sábado, 29 de agosto de 2009

Desprecio


"El cine sustituye nuestra mirada por un mundo más en armonía con nuestros deseos"

André Bazín

Al comienzo de la película "El desprecio" (1963), Jean-Luc Godard menciona estas palabras de Bazín para señalar que la historia narrada en ella es una historia de ese mundo más acorde con nuestros deseos que el cine pretende ofrecer a nuestra mirada. Sin embargo, una vez terminada la proyección, no resulta fácil dilucidar por qué Godard puede creer que el mundo reflejado en esta trágica historia se hallaría más en armonía con nuestros deseos y no quizás más alejado de ellos.

Paul (Michel Piccoli) es un joven dramaturgo francés a quien Prokosch, un lúbrico y prepotente productor americano, ha propuesto que reescriba el guión de la película que está filmando en Italia. Se trata de una película sobre el personaje homérico de Odiseo y su largo viaje de regreso a Ítaca. Su director, que encarna Fritz Lang interpretándose a sí mismo, aspira a retratar al hombre en su ineludible lucha con los dioses, es decir, con aquellas fuerzas del destino que intervienen en su existencia más allá de su poder de decisión y a las que no puede evitar enfrentarse si quiere hacer prevalecer su voluntad sobre ellas. Pero los intereses puramente comerciales de Prokosch han entrado en conflicto con los intereses artísticos y expresivos de Fritz Lang. También en conflicto con su vocación de autor teatral, Paul está valorando la posibilidad de aceptar el trabajo. Ha comprado un caro apartamento para él y su esposa Camille (Brigitte Bardot) y necesita el dinero.

La primera escena de la película, en la que Paul y Camille conversan tumbados en la cama, ella desnuda sobre la colcha, nos revela que Camille espera de Paul una correspondencia sin fisuras al profundo amor que siente por él. "Entonces, ¿me amas totalmente?", le pregunta. "Te amo totalmente, tiernamente, trágicamente", responde Paul. No obstante, al día siguiente ocurrirá algo que hará pensar a Camille que Paul no la ama del mismo modo que ella a él, y este descubrimiento transformará su amor, en un vuelco radical e irreversible, en un visceral desprecio hacia Paul. Cuando va a recogerlo a la salida de Cinecittá, Prokosch, con claras intenciones de seducirla, le propone que se vaya con él a su casa en su coche mientras Paul y la traductora toman juntos un taxi para reunirse con ellos. Camille pregunta a Paul qué debe hacer. Es obvio que no le gusta la idea y prefiere que sean ella y su marido quienes tomen juntos un taxi para dirigirse a casa de Prokosch. Pero Paul, ignorando la manifiesta incomodidad de Camille con la situación, la empuja a marchar con él. El siguiente plano, en el que Paul aparece corriendo tras al coche de Prokosch y gritando el nombre de Camille, nos muestra que éste ha intuido el error que acaba de cometer con Camille, pese a que aún no es consciente de en qué consiste su error ni tampoco de su fatalidad.


A partir de ese momento, en la actitud de Camille hacia Paul se entremezclan la agresividad y la frialdad, el resentimiento y la distancia interior. Ante las constantes preguntas de un Paul sumido en la extrañeza por el repentino cambio en el comportamiento de Camille, ésta acaba confesándole que ya no lo ama porque lo desprecia, si bien se niega a aclararle el motivo de este giro en sus sentimientos. Las circunstancias todavía pondrán a Paul ante la posibilidad de enmendar su error cuando Prokosch los invita a pasar unos días en su villa de Capri, donde se ruedan algunas escenas de la película. En un momento dado, Prokosch pide a Camille que regresen juntos en su lancha a la casa mientras Paul permanece en el mar con el equipo de rodaje. Camille pregunta de nuevo a Paul qué es lo que él quiere que ella haga. Paul desperdicia esta segunda oportunidad concediendo una vez más que se vaya con él. Pero es entonces cuando se percata de lo sucedido entre Camille y él. De vuelta hacia la villa con Fritz Lang, propone al director una interpretación de la figura de Odiseo que no es sino un fiel espejo de él mismo. Según Paul, Odiseo es infeliz con Penélope antes de su partida. Demora el retorno a Ítaca porque sabe que Penélope ha dejado de quererle, que le desprecia por haberle pedido que fuera amable con sus pretendientes. Por eso los mata a su regreso, con la intención de recuperarla. Pero Fritz Lang le replica que la muerte no es la solución. Y, en efecto, Paul ya nada podrá hacer por recobrar el amor de Camille. Ya en la villa, ésta se besa con Prokosch ante sus propios ojos, no por deseo o amor, sino movida por el afán de devolver a Paul el sufrimiento que éste le ha causado. Poco después, Camille decide la ruptura entre ambos.


La primera vez que vi "El desprecio" quedé fascinada tanto por su enorme belleza como por muchos otros aspectos puestos en ella en juego que no me detendré a tematizar aquí. Pero a esa fascinación se unió también una cierta sensación de desasosiego que, supongo, provenía del carácter extremo de la historia de desamor narrada en esta película y de los interrogantes y reacciones ambivalentes que me suscitaba. Hay un punto de vista, que cabría calificar de trivial sin atribuir a este término ningún sentido peyorativo, desde el cual la conducta de Camille hacia Paul resulta cruel e injustificada. El error de Paul no es tan grave como para eludir toda perspectiva de perdón. Incluso la percepción de Camille de que Paul ha optado por prostituirla, por venderla a cambio de un guión de cine, podría desvelarse como un malentendido susceptible de ser disuelto por medio de un diálogo entre ambos que ella rechaza desde el principio. Pero hay otro punto de vista que, a mi entender, no deja de legitimar la posición de Camille. Si a Camille le basta un único gesto de Paul para que su visión de él se transforme radicalmente es porque lee en ese gesto el verdadero rostro de Paul, un rostro que antes desconocía. "Yo te conozco", le dice al final de la película poco antes de anunciar su ruptura. Una frase que, en el contexto en que tiene lugar, cobra más bien el significado de "ahora ya te conozco". La acción de Paul le ha hecho patente que éste nunca la amará del modo absoluto que ella desea para el amor que sostiene su relación. Su desprecio sólo es una respuesta a lo que, ante sus ojos y su propia aspiración a ese amor absoluto, aparece como un desprecio previo de Paul. Su infidelidad con Prokosch, únicamente un acto de venganza por el dolor y la decepción que experimenta. Siendo consecuente con el descubrimiento de la distancia que media entre el amor que ella le profesa y el que Paul puede ofrecerle, Camille no duda de que la única solución a su conflicto pasa por el abandono. Frente a la certeza de la falta de reciprocidad, Camille no elige la resignación sino la separación.

Aún sigo sin saber cuál es el mundo más en armonía con nuestros deseos que, según Godard, "El desprecio" querría poner ante nuestra mirada. ¿Tal vez un mundo ideal en el que la resignación y el conformismo estuvieran excluidos del deseo de amar y ser amado? ¿Un mundo en el que los seres humanos fuéramos capaces de perseguir con la máxima coherencia aquello que queremos para nosotros mismos sin concesiones ni pretextos ante la repentina captación de una realidad que no nos satisface? ¿Un mundo en el que no cerráramos los ojos ante el acoso de una cruda verdad? Tampoco sé si, de acabar dando una respuesta afirmativa a estas preguntas, estaría de acuerdo con el modo en que Godard imagina ese mundo a través de la historia de Paul y Camille. Pero con lo que sí estoy sin duda de acuerdo es con cómo concibe la primera mirada de Odiseo sobre Ítaca que Fritz Lang rueda al final de la película: Ítaca, sencillamente, no se encuentra en el horizonte. Ítaca, símbolo de la posibilidad del retorno a la seguridad del hogar, imagen del perfecto cierre del círculo que garantizaría el sentido del camino recorrido, es un vacío al que debemos acostumbrarnos. Tanto en el amor como en cualquier otro terreno.


20 comentarios:

dErsu_ dijo...

Pero... se puede amar a quien se conoce?

Un paseante dijo...

Vaya, no recordaba esa película. Triste como el otoño. Real también, como el otoño.
No tiene sentido aferrarse a lo que no puede ser: hay que romper la inercia de algo que sabemos que nunca funcionará.
Gracias por la visita: a mis protagonistas les pasa algo parecido: su tiempo terminó.
El dolor de un final no es la muerte, pero seguir una relación que no tiene futuro es un cáncer.

Duschgel dijo...

Impresionantes los caminos que nos buscamos los seres humanos para vengarnos, para romper con lo no deseado. Los desencadenantes que nos impulsan a ello, las pequeñas acciones que acaban convertidas en pelota gigante, en mazazo.

Y es verdad, no hay cabida para el regreso. Sólo un mar por delante al que no queda otro remedio que aventurarse si no se quiere perecer, donde no hay camino marcado, sólo el que uno elige.

Siempre hablas de películas que nunca he visto y me gustaría encontrarlas en algún sitio. En español, a ser posible, pero creo que aquí lo tengo chungo. De todos modos, lo intentaré. Hoy en día no se hacen demasiadas películas que conduzcan a reflexión.

¡Un beso!

Gato dijo...

Jo, no he visto esta película pero se me quitan las ganas... es muy triste.

Y efectivamente hay eventos en los que se cruza una frontera, y ya nada se puede hacer (y mira que nos emperramos en intentarlo, eh?)

Antígona dijo...

Muy buena pregunta, Dersu. Y en mi opinión su respuesta es no. Debe siempre restar un margen de desconocimiento, de misterio –que en cuanto parte no deja de afectar al todo- para poder amar y seguir amando a alguien.

Un beso

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Un paseante, personalmente no encuentro la película triste, sino más bien inquietante. Es cierto que durante la película se presentan algunos detalles que dan a entender al espectador que Paul no ama a Camille de la misma forma que ella lo ama a él. Pero el hecho de que sea ese acontecimiento en apariencia trivial el que desencadene en ella un desprecio tan profundo habla, para mí, de una suerte de ceguera previa que súbitamente se quiebra. Algo que me hace pensar en nuestra falta de transparencia para con nosotros mismos y también para las cosas que más nos importan. En nuestra tendencia al autoengaño y lo frágil que, sin embargo, éste puede resultar ante ciertos hechos.

Pero tienes razón: por dolorosa que resulte la ruptura, ésta no puede dejar de ser positiva para los personajes, sobre todo para Paul. El final de Camille, bueno, en eso mejor no entro para no desvelar más cosas de la peli a quienes no la hayan visto.

Un beso

Antígona dijo...

Bueno, Dusch, pese a lo que le digo más arriba al paseante acerca de la observable falta de armonía entre el amor de Camille y el de Paul, parecería como si Camille hubiera sido totalmente ciega para ella hasta el momento en que Paul la empuja a largarse con Prokosch. Quiero decir, que ese acontecimiento y sus consecuencias resultan para ella incluso más sorprendentes que para el propio espectador, de manera que su vivencia sería, a mis ojos, la de una brusca quiebra de la imagen que tenía de Paul y que sabe de imposible recomposición. Para el espectador cabe la interpretación de que el acontecimiento tan sólo sea un catalizador que hace estallar un malestar previo, pero en ella no hay indicios de ese malestar sino más bien un hecho que la golpea como un mazazo.

El retorno nos es imposible desde múltiples puntos de vista, pero fundamentalmente desde el temporal. Por el tiempo nos hallamos en continua transformación y no hay forma de regresar a donde ya estuvimos. Así que todo lo que tenemos por delante es siempre una aventura, con todo el riesgo que ello conlleva.

El sitio donde encontré esta peli no fue otro que internet, en fin, ya sabes a qué me refiero ;) Pero quizás podrías hacértela enviar desde España a través de algún comercio o algún portal que venda pelis, porque seguro que ésta debe de estar editada. Yo me hago enviar libros desde Alemania con relativa frecuencia y el servicio es bueno y los gastos de envío bastante aceptables.

¡Un beso!

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La película vale realmente la pena, Gato, tanto por las cosas que he contado aquí como por las que no he contado. Tiene escenas bellísimas y la banda sonora es una auténtica maravilla, así que pese a todo no puedo dejar de recomendártela.

También yo creo que hay acontecimientos que marcan un antes y un después sin que exista la posibilidad de la vuelta atrás. Pero supongo que un problema muy común es que, a diferencia de la actitud que adopta Camille, ante ese tipo de acontecimientos se prefiera cerrar los ojos y embarcarse en una lenta y dolorosa agonía en lugar de aceptar que ante lo sucedido sólo cabe poner tierra de por medio. La aceptación suele llegar tarde o temprano. Pero nos ahorraríamos mucho sufrimiento si fuera más temprano que tarde.

Un beso

Angus dijo...

Me gusta. :)

NoSurrender dijo...

Bueno, no sé si será solidaridad de género, pero cuando vi esa película de Godard mi punto de vista estaba en Paul. Y pensé que Paul no intentaba prostituir a Camille: que Prokosch sólo propuso acompañarla en un viaje de coche de unos pocos minutos. No creí que a Paul se le pasara por la cabeza que su mujer fuera a ser violada por Prokosch, no. El juego al que Paul se prestaba era mucho más inocente. Claro que, volviendo a verla, no se me pasó por alto la actitud que Paul tiene con la traductora y que puede indicar una clara falta de respeto hacia Camille.

En cualquier caso, Prokosch tiene derecho a intentar conquistar a una mujer que le guste. Y es esa mujer, y no el marido de ella, quien debe decidir si caer o no caer en los brazos de Prokosch. Porque, ¿es dueño Paul de Camille? No, no lo es. Es Camille quien ama voluntariamente a Paul, y quiere ser amado por un acto de libertad de Camille. Entonces, ¿debía Paul decirle a Camille lo que debe o no hacer ante la proposición de Prokosch? No, no debía, no podía. Lo que mi Paul busca en Camille es que ésta decida por sí misma quedarse con él. En fin, que a veces pongo más de mi parte de lo que se dice realmente en una historia ¿a usted nunca le ha pasado?

Creo que El Desprecio es una película sobre la incomunicación, tanto en la pareja como en el propio cine y la literatura, y llevado hasta la tragedia de Odiseo. Pero la manera tan particular de rodar de Godard (no utilizaba guión sino que se dejaba llevar por el momento) hace que se mezclen en el texto los universos particulares de los actores por lo que creo que su historia puede admitir distintos puntos de vista y me gustaría que valiera hasta la mía :)

Quizás la cita de Bazín se refiere a la manera tan particular que Paul tiene de leer la Odisea cuando habla con Fritz Lang, a que la armonía de nuestros deseos (perspectiva) condiciona la manera como queremos poner la cámara, escribir un guión, contar la Odisea.

Un beso, doctora Antígona!

Margot dijo...

No he visto la peli (y me la apunto para hacerlo, me seduce) así que intentaré que mi comentario no sea un palo de ciego. Aunque creo que lo cuentas tan bien que al menos la esencia del meollo me queda clara...

Puedo entender (otra cosa sería compartir, no creo) la postura de Camile. Existen grietas en los demás, en nuestra relación con ellos también (mas acusada la exigencia de que el otro no las tenga si se trata de amor) cuyo conocimiento sólo puede conducir al desprecio. Tal vez la actitud de Paul pueda verse como algo inconsciente, un error, un despiste casi, que sin embargo a mí me resultaría tan significativo como a Camile. El descubrimiento de que su ambición siempre estaría por encima de su amor, no por una exigencia de ofrecer a Camile como cebo para el productor (eso sería demasiado obvio y dudo que a Paul se le pasara por la imaginación siquiera)sino algo mucho más simple: en ciertos momentos Camile desaparecería para él, dejaría de existir y su amor (no olvidemos esa promesa de amor en la cama) no significaria nada, no sería total. Es la grieta de la deslealtad, del abandono a cambio de un pedazo de pan o fama, o sólo reconocimiento (no deja de ser un artista, jeje)... y todo hecho de una forma tan despreocupada por parte de Paul, tan espontánea, que sólo puede significar que dibuje su verdadera naturaleza... de ahí ese "te conozco" que no parece tener vuelta atrás...

Por eso, se me ocurre que esa armonía a la que alude Godard sea la perteneciente a un mundo donde la existencia de los absolutos, del amor sin grietas, la coherencia total, la valentía al no dejar pasar por alto, y por amor, un error que, al margen de ser comprensible o no por los demás, a uno le machaca y dinamita desde dentro el amor que se habia sentido.

Esa valentía, esa radicalidad a la hora de sentir (amor o desprecio, qué mas da), la exigencia de perfección propia, en los otros, en el amor mutuo... uffff, a mí me provoca tanto pavor como deseo... y sí, puedo entender pues que ese mundo sea deseable en toda su simplicidad.

Afortunadamente no tengo que elegir ni analizar mis inclinaciones, esto es la vida y no el cine, ufff (jeje).

Como siempre un placer (y un tocho de comentario, jajaja). Besos sin grietas!

troyana dijo...

Antígona,
no estoy convencida de que el cine sustituye nuestra mirada por un mundo más en armonía con nuestros deseos,no al menos siempre o por sistema.
Y ya centrándome en Camille y en Paul,también me surgen algunas dudas en torno a su relación.Deduzco que Camille sospecha que Paul no la ama como ella le ama a él,sin embargo,¿¿no es posible que la ame a su manera con la misma intensidad??nada prueba que la deje marchar con otro hombre,pues eso es una señal de que la quiere libre,dueña de sus decisiones,y que en el fondo,lo único que anhela es que escoga quedarse con él.
Y puestos en el caso de que él realmente no la quisiera,de nada sirve la infidelidad a modo de venganza,eso es sólo una forma de dañarse a sí misma,y tampoco el desprecio o la frialdad.
Nadie puede obligar a otro a que le quiera,sobre el corazón no se manda,y si no hay corresponcia,tarde o temprano,lo mejor es aceptarlo,de nada sirve la tortura,el chantaje,la insistencia....esas sólo son técnicas para descartar una posible amistad.
Un abrazo y como siempre,muy interesante el post.Busco la película ya!

Isabel chiara dijo...

Tampoco vi la peli, otra pal lote. No me gusta el amor enfermizo, el que obliga a tener presente al otro cada milésima de segundo de vida, me aterra porque no lo veo sincero, tampoco la creencia de que se ama de una determinada manera y si no se hace lo que convencionalmente está admitido no hay amor. Camille parece una mujer histérica, desocupada, demasiado dependiente y por tanto obsesiva y maniática. El hecho de que el trabajo de Paul coincida con una versión particular de Ulises es muy oportuno. El Odiseo es el que emprende el viaje, el que marcha para volver cuando a dios le venga en gana, el que vive aventuras, el que se divierte, el que lo prueba todo. Penélope espera paciente. Para ella no hay viaje que valga, sólo tejer u zurcir y limpiotear el castillito pa el macho que volverá o pa el otro que ocupará su lugar. En la peli, es Camille la que se marcha, la que emprende el viaje. A un nuevo amor? Imposible con esa actitud.

Hoy no estoy muy fina, Antígona, lo sé, me cabrean las tonterías que oigo por la tele y me salen las cosas a trompicones, jajaja, pero es algo así.

De todas formas, tengo que ver la peli y rápidamente.

Un besazo

Neo dijo...

Cómo voy a despreciar un texto como este? lo que pasa es que ni he visto la peli ni acostumbro a usar ese sentimiento en mi Penfield, jaja
Bsos

huelladeperro dijo...

Querida Antígona:
Terrible el tema que nos traes esta vez, con esa radical exigencia de coherencia y lealtad que Camille, como creo que somos todos en nuestro interior, espera de Paul. Y con esa inconsistencia de Paul, que lamentablemente coincide mucho con cómo somos todos exteriormente, en la que se distrae fácilmente por un quítame allá esa traductora o por la propia continuidad del día de lo que él mismo afirmara y creyera ser lo más sagrado de su vida: su amorf por Camille...

Creo que vi la peli hace muchos años, cuando la tele no duraba todo el día y recién había empezado a haber segunda cadena. Y no creo que la viera entera, que estas cosas solían tener dos rombos, y mis padres no sabían criar niños. Pero vi sin duda suficiente, porque tus evocadoras palabras me han hecho recordar:
A un hombre corriendo por la calle detrás de un coche para intentar salvar lo que momentos antes había estropeado.
La turbación que ese vislumbre del mundo de los adultos me había producido (¡qué cándidos niños éramos!).
Y mi postura, radicalmente a favor de una bellísima Brigitte Bardot, casi, de puro joven y bonita, más cerca de ser mi amiga ideal de juegos que la mujer de ese indigno miserable.

Antígona dijo...

Doctor Lagarto, es posible que en el momento en que uno ve una película tienda a producirse ese fenómeno que usted llama solidaridad de género y se identifique de entrada, sin apenas darse cuenta, con el protagonista de su mismo género. Pero si bien en este caso, y pese a no compartir en absoluto la posición de Camille, no me resultó difícil meterme en su punto de vista, no creo que ello se dejara explicar por una cuestión de solidaridad de género, sino más bien por la relación existente entre los personajes de la historia que Godard nos quiere contar. Para mí es obvio que Paul no siente la relación con Camille del mismo modo en que ella la siente hacia él. Y esta conclusión no sólo puede derivarse de la actitud de Paul hacia la traductora a la que alude –supongo que se refiere a la escena en que Paul le acaricia descaradamente el culo cuando trata de alegrarla precisamente porque la traductora, enamorada de Prokosch, acaba de llorar al percibir la atracción de éste hacia Camille- sino también de otra escena bellísima de la película en la que, una vez Camille ha empezado a mostrar su frialdad hacia Paul, se alternan los fragmentos de una suerte de monólogo que cada uno de ellos sostiene consigo mismo en los que se expresan lo que sienten con respecto al distanciamiento del otro. Y lo que Camille se dice a sí misma, además de las imágenes que acompañan a lo que se dice, poco tiene que ver con lo que Paul se dice a sí mismo, y con las imágenes del cuerpo desnudo de Camille que ilustran su monólogo, como si Godard quisiera darnos a entender con ello que el verdadero fundamento del amor de Paul hacia Camille fuera la atracción física que experimenta hacia ella, hacia su belleza, y nada de mayor calado.

Por supuesto que Prokosch tiene derecho a intentar conquistar a la mujer que le guste. Y entiendo perfectamente lo que dice con respecto a la libertad de Camille. La imagen que usted propone de cómo debería plantearse Camille las cosas en lugar de dejar que sea Paul quien decida por ella me resulta mucho más cercana al modo en que yo, personalmente, entiendo que debe ser una relación de pareja y cómo deben en ella comportarse los miembros que la integran. Pero me temo que proyectar ese ideal hacia Camille es no hacer justicia a la historia que Godard quiere narrar, ni tampoco al personaje de Camille. Camille, nos guste o no, espera que su marido no le deje esa libertad. O al menos espera que Paul se posicione de entrada con respecto al posible uso que ella pudiera hacer de esa libertad. Podemos estar de acuerdo o no en el modo en que Camille vive su relación con Paul y yo, tomando distancia frente al personaje, no lo estoy. Pero si, pese a no estar de acuerdo con ella, trato de meterme en su piel y en sus expectativas con respecto a lo que debe ser el comportamiento de su marido, entonces comprendo perfectamente su decepción y su desprecio. Por decirlo de otra manera: lo que para mí está claro es que Camille quiere algo de Paul –nos guste o no, nos parezca legítimo o no el modo en que ella pretende que Paul decida- que Paul no es capaz de darle. Y cuando lo descubre actúa en consecuencia.

Continúo abajo, que este blogger es un tacaño con la longitud permitida a los comentarios. O yo una enferma :P

Antígona dijo...

Me parece muy interesante lo que dice con respecto al tema de la incomunicación en la pareja, en el cine y en la literatura. Sin embargo, lo veo más ajustado en relación al cine que en lo que a la pareja respecta. Desde mi punto de vista, si Camille no expresa su desprecio hacia Paul es porque éste se ha apoderado de tal modo de ella que ve inútil cualquier comunicación con él. El acto de Paul es determinante de la ruptura. Ninguna comunicación posterior puede ya reparar, a ojos de Camille, la herida que ese gesto de su marido ha abierto en ella y en su relación de pareja. Si acaso, es el momento en que Prokosch pretende llevársela de nuevo el que podría haber revertido el proceso si Paul no la hubiera dejado ir. Pero para que ese gesto hubiera tenido el efecto buscado era necesario que Camille no dijera nada a Paul que pudiera influir en su conducta. ¿Qué valor habría tenido el cambio de actitud de Paul –un cambio que, desgraciadamente para ambos, no tiene lugar- si éste hubiera sido forzado por una “reprimenda” previa de Camille o por una expresión de sus necesidades? Ninguno. Ello mismo hubiera imposibilitado una actuación espontánea de Paul, que es lo que, a ojos de Camille, está en juego en todo momento.

Por último, no se me había ocurrido la interpretación que usted propone de la cita de Bazín, pero me parece sugerente. Es cierto que siempre tendemos a interpretar la realidad, y también todo aquello que vemos en ella o hacemos con ella, en función del modo en que nos vemos a nosotros mismos y a cómo desearíamos que fuera esa realidad. Y eso no pasa en menor medida en la realidad que es el cine o en la manera en que contamos las historias que nos conmueven o nos inquietan.

Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

Pues haz lo posible por conseguirla, niña Margot, porque la peli es una maravilla, y de las que además dan que pensar, tanto si se está de acuerdo con las cosas que plantea como si no.

La verdad es que comparto plenamente el modo en que expresas qué es lo que le sucede a Camille. También para mí su desprecio va más allá de que queramos describir el acto de Paul como un vulgar ofrecimiento de su mujer a Prokosch. Se trata, en efecto, de que Camille descubre que ella no está por encima de todo para Paul. De que hay momentos en que Paul no vive el amor hacia ella como algo absoluto, mientras que ella sí. La manera en que lo has planteado con respecto al tema de la ambición me ha recordado cierto capítulo de los “Fragmentos sobre un discurso amoroso” de Roland Barthes que éste titula “Una mancha en la nariz”. Barthes describe allí bajo el concepto de “alteración” el fenómeno por el cual, al capricho de incidentes ínfimos o de rasgos en apariencia insignificantes, quien ama ve alterarse e invertirse repentinamente la buena Imagen que posee del amado. Dice Barthes que esa alteración de la Imagen del otro se produce cuando se siente vergüenza por el otro, una vergüenza que proviene de la brusca captación del otro en tanto sometido al servilismo del mundo social, preso de la simpleza que lo caracteriza y que es contraria al orden del amor. Pues eso creo que es, entre otras cosas, lo que le ocurre a Camille cuando ve a Paul sometido al servilismo de su ambición, pero de un modo tan drástico, tan brutal, que su buena Imagen de él ya no podrá recomponerse de ningún modo.
O quizá no se trate de un problema del modo en que eso sucede, sino del mero hecho de que esto suceda. Para Barthes esa experiencia de la “alteración” forma parte del amor mismo, forma parte del delirio amoroso y de sus altibajos y vaivenes, y no tiene por qué conducir a una ruptura. Antes bien, entiendo que para él ese fenómeno es una prueba de la presencia misma del enamoramiento. Pero en el ideal de ese mundo en armonía con nuestros deseos al que tal vez aluda Godard, en el ideal de un mundo donde existieran los absolutos y los amores sin fisuras, una única ruptura de la buena Imagen del otro resultaría quizás intolerable para la pervivencia del amor.

Por mi parte, creo en esa valentía, en esa radicalidad a la hora de sentir, en esa exigencia de perfección en el amor mutuo. Pero también creo que las fronteras de esa radicalidad, los límites donde uno pone qué es un acto de deslealtad o no, qué es un gesto de desamor por parte del otro y qué no, no son universales y varían de un ser humano a otro. Son algo subjetivo y personal, y probablemente no se averiguan hasta que aquel a quien amamos no los transgrede. Desde este punto de vista, no sé si puede decirse que Camille es excesivamente exigente con Paul. Como no sé si podría decirse que quien tolerara, por ejemplo, una infidelidad, sería excesivamente permisivo. Porque no creo que ese tipo de fronteras puedan juzgarse.

Un placer leerte a ti, y ningún problema con los tochos de comentarios, que sabes que en esta casa son siempre bienvenidos.

Besos de este mundo!

Antígona dijo...

Bueno, Troyana, tampoco estoy yo convencida de que la frase de Bazín sea correcta en todos los casos, pero sí me parece que se ajusta a la función que cumplen algunas obras literarias y algunas películas.

A la relación de Camille y Paul, o al modo en que ella vive la deslealtad de él, se pueden poner muchas objeciones, claro que sí. Y la fundamental es la que señalas y la que ya señalaba NoSurrender: que ella espera que su marido le diga lo que tiene que hacer cuando Prokosch la invita a subir al coche. Pero, ¿no podría ser también que ella no se atreva a contradecir a su marido por no perjudicarle en la nueva relación profesional que está trabando con Prokosch? Porque ella no deja de expresar que prefiere que ambos tomen juntos un taxi y de hacer manifiesto su malestar ante la idea de irse con Prokosch, y aún así Paul insiste en que suba con él. Sí, también podría haberse negado directamente a subirse al coche de Prokosch. Pero lo que está valorando en Paul es hasta qué punto quiere él proteger la relación que tiene con ella. Y no creo que, de haber mostrado Paul una voluntad de proteger su relación con ella diciendo, por ejemplo, que preferiría ir en un taxi con ella, ello fuera incompatible con dejarla actuar en libertad. Más bien Camille expresa, aunque no con la suficiente contundencia, que no quiere ir en el coche con Prokosch. Pero a Paul no parece importarle.

También yo creo que la infidelidad de nada sirve a modo de venganza. Pero una infidelidad de ese tipo no me parece que persiga finalidad alguna. Para mí está sencillamente guiada por unas emociones negativas que se manifiestan visceralmente, como cuando automáticamente devolvemos el golpe a quien nos ha golpeado primero.

Por otra parte, tampoco creo que Camille desee torturar a Paul. Todo el proceso que lleva a Paul a descubrir lo que le sucede a Camille no dura ni tan siquiera un día entero. Tengo más bien la impresión de que a la propia Camille le lleva ese tiempo aceptar ese horrible descubrimiento que ha hecho respecto a su marido, aceptar lo que significa para ella y su matrimonio. Y por ello no pienso que su crueldad sea premeditada, sino sólo fruto del estado emocional en que ese descubrimiento la ha puesto. Tampoco para Camille puede ser fácil asumir que su relación se ha derrumbado tan repentinamente.

Un beso y un abrazo!

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Ay, Ichiara, pues ya lo estás remediando eso de no haberla visto que seguro que te va a gustar. Si eres aficionada al pirateo no creo que te cueste encontrarla ;)

Entiendo tu punto de vista sobre Camille, claro que sí. Pero, sinceramente, no creo que ésa sea la historia que Godard quiere contar. Podemos no compartir la visión de Camille o sus exigencias con respecto a Paul, pero, como ya he dicho más arriba, ciertas escenas de la película delatan que Camille tiene razón en el fondo: Paul no la quiere del modo en que ella desea ser amada, y me parece que es legítimo que rompa con él en el momento en que lo descubre, aunque el deseo de ella nos parezca estúpido, absurdo, o fruto de ciertos convencionalismos.

Me parece pertinente que traigas a colación la diferencia que existe entre las figuras de Odiseo y la de Penélope y los diferentes roles que a ambos les toca cumplir en la Odisea. Ambos tienen dos misiones muy distintas y es obvio que eso no deja de ejercer una influencia en lo relativo al modo en que viven su relación amorosa, como también les sucede a Paul y a Camille en la medida en que ella, al menos en el momento de sus vidas que cuenta la película, se limita a ser una simple ama de casa desocupada y dependiente económicamente de su marido. Sin embargo, creo que en la última pregunta te equivocas. Pero no puedo decirte por qué. Para saberlo tendrás que ver la peli, que si no ya estaría contando demasiado ;)

Un beso grande!

Antígona dijo...

Neo, lo de no haber visto la peli no es grave. Sobre todo porque tiene remedio :P

Y me alegro de que no desprecies el texto ni acostumbres a hacer uso de ese sentimiento. Pero, ¿qué es eso de mi Penfield? No lo había oído en la vida!

Besos!

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Huelladeperro, has expresado el conflicto entre Camille y Paul mucho mejor de lo que yo he sido capaz en el post. Porque, en el fondo, esa es la diferencia entre lo que ambos personajes representan, la distancia que media entre ellos y acaba separándolos: la de un cierto ideal de consistencia que, sin embargo, no convive bien con las posibilidades que, en efecto, tenemos los humanos de llevarlo a cabo. Quizá en otro momento de sus vidas hubiera sido Paul el representante de ese ideal y Camille la figura en la que se hace patente que no siempre estamos a la altura de nuestros ideales, quién sabe. Y supongo que, para contar su historia, Godard tiene que obviar un elemento que a mi juicio resulta indispensable para las relaciones humanas en atención a nuestro conocimiento tanto de nuestras propias inconsistencias como de las de los demás, y que es el perdón.

Me impresiona que aún recuerdes esta película habiéndola visto de niño y ni siquiera entera. Nadie diría de entrada que se trata de una historia que un niño pudiera comprender. Y sin embargo, tus palabras me hacen pensar que quizás hayamos olvidado que de niños somos sensibles y receptivos a muchas más cosas de las que, como adultos, solemos presuponer en ellos.

La película parece en muchos momentos un homenaje a la belleza de esa jovencísima Brigitte Bardot. Veo que ya de niño tenías buen gusto ;)

Besos!

Shandy dijo...

Antigona, no vi la película. Pero por lo que muy bien cuentas me parece fascinante y quiero verla. Entiendo perfectamente el desprecio que Paul llega a inspirar a Camille. Ella duda del amor de Paul, algo le hace intuir que ese "totalmente" no es cierto en la medida que ella espera y desea ( que podemos juzgar egoísta, pero profundamente humano). Por eso la pregunta ¿Qué debo de hacer?, una prueba a la que lo somete (que no entro a juzgar). Claro que Camille es libre para decidir no ir con Prokosch, pero aunque no hubiese ido, el daño ya está hecho desde el momento en que Paul ha consentido, y me temo que no sólo a sabiendas de las intenciones del director americano, sino precisamente por ello. Camille descubre que Paul la utiliza ( por su belleza) y que son más importantes sus ambiciones que el amor que siente hacia ella.

Es terrible descubrir en la persona que se ama ese lado "oscuro", ese "algo" que no se puede aceptar, que el cuerpo rechaza visceralmente. Aunque se pueda perdonar, me temo que no hay vuelta atrás en el desencuentro porque se ha perdido la admiración hacia el otro: "Yo te conozco". Llegados a este punto, entiendo y comparto la decisión de Camille: separarse. Claro que es una opción, ni mejor ni peor que cualquier otra que libremente se tome.
Antigona, no sé si conoces el cuento de Hemingway "Colinas como elefantes blancos". También es la historia de un desencuentro. Un relato inquietante porque en apariencia no pasa nada, sólo emerge la punta del iceberg.

Me encantó leer esta entrada y los comentarios.

Con respecto a tu última entrada: yo voy de salto en salto.

Un abrazo

C.E.T.I.N.A. dijo...

Lo malo del amor es que hay un montón de imbéciles (muchos de ellos cineastas y poetas) que lo han idealizado tanto que nos han hecho creer que solo existe una forma de amor verdadero, cuando en realidad hay tantas formas como personas.

Todo consiste en encontrar a alguien que comparta nuestra manera de sentir y acepte nuestras pequeñas miserias. Como un buen amigo, pero con menos alcohol y más sexo. ;-)

Un beso