miércoles, 8 de abril de 2009

De prejuicios, expectativas y profecías


Esta vez empezaré con una trivialidad palmaria: nuestra visión del mundo está cargada de prejuicios. En principio esto no es ni bueno ni malo. A fin de cuentas, y si se atiende a la literalidad de la palabra, un prejuicio no es más que un "juicio previo", es decir, un juicio, creencia o valoración con la que contamos antes de haber tenido experiencia directa o suficientemente prolongada de aquello sobre lo cual juzgamos.

De múltiples ámbitos de la realidad jamás tendremos una experiencia directa, y los prejuicios heredados de nuestra cultura, nuestro medio social o nuestra educación nunca se verán expuestos a una confrontación con la realidad que permita comprobar su presunta veracidad. Pero en el momento en que esta confrontación ocurre, se dice que los prejuicios pueden tener un efecto tanto positivo como negativo. Si plasman una representación veraz, nos ayudarán a orientarnos, a reconocer mejor el objeto prejuzgado cuando por vez primera nos enfrentemos a el. Si, por el contrario, los prejuicios falsean la realidad, harán fracasar cualquier intento de captarla y comprenderla.

Sin embargo, esta teoría sobre el valor de los prejuicios sólo es parcialmente verdadera. Porque determinados prejuicios también tienen el poder de transformar, de construir la realidad, hasta el punto de que un prejuicio en principio falseador puede acabar siendo sistemáticamente corroborado por la experiencia precisamente por tratarse de un elemento crucial en la configuración y creación de la realidad. Me refiero, en concreto, a los prejuicios sociales. Y esa realidad capaz de ser moldeada a la medida de los prejuicios no somos sino nosotros mismos una vez interiorizamos aquellos prejuicios que la sociedad ha proyectado sobre nuestras cabezas. Es lo que vino a demostrar una famosa experiencia llevada a cabo el día después del asesinato de Martin Luther King por Jane Elliot, profesora de primaria en un colegio de Iowa, con sus alumnos de tercer curso.

Jane Elliot empezó sus clases ese martes de 1968 diciendo a sus alumnos que las personas de ojos azules eran mejores que las personas de ojos marrones. Más listas. Superiores. Dictaminó entonces que los alumnos de ojos azules gozarían de una serie de privilegios (repetir en la comida, más tiempo de recreo...) y que los de ojos marrones no podían jugar con ellos. Los niños de ojos azules fueron invitados a poner una banda distintiva en el cuello de sus compañeros de ojos marrones para poder identificarlos en la distancia. Y comenzó a tratar a los alumnos de ojos azules como si, efectivamente, fueran más listos y buenos que los alumnos de ojos marrones, y a éstos como si fueran más torpes y lentos en su aprendizaje.

Al día siguiente Jane Elliot confesó a sus alumnos que el día anterior les había mentido. Era un hecho que las personas con los ojos marrones eran mejores que las personas de ojos azules. Más listas. Superiores. Los privilegios cayeron del lado de los alumnos con ojos marrones. Las prohibiciones y las bandas distintivas, sobre los niños de ojos azules, que fueron tratados como más torpes y lentos en su aprendizaje que los alumnos de ojos marrones.

Durante los dos días la conducta de los niños se alteró de forma notoria en función de su pertenencia al grupo privilegiado o desfavorecido. El día en que fueron juzgados de superiores se comportaron con sus compañeros inferiores como pequeños tiranos, y se divirtieron tratando de mandar sobre ellos y humillándolos. El día en que fueron tachados de inferiores manifestaron un odio repentino hacia los superiores. Pero más allá de estas conductas, lo que me parece extremadamente significativo de esta experiencia es el efecto que tuvo sobre el rendimiento intelectual de los alumnos. Jane Elliot los sometió durante los dos días a una prueba en la que habían de poner en juego sus habilidades y rapidez intelectual. Los mismos alumnos de ojos azules que el primer día habían resuelto la prueba en un escaso margen de tiempo, tardaron al día siguiente, aquél en que se les dijo que eran menos listos e inferiores, bastante más. Y exactamente lo mismo sucedió, pero a la inversa, con los alumnos de ojos marrones. El día en que fueron juzgados de menos listos, no pudieron actuar inteligentemente. Cuando se les hizo creer que, por tener ojos marrones, eran inteligentes y rápidos, actuaron de forma más inteligente y rápida. Todo ello en el escaso margen de veinticuatro horas.

Jane Elliott repitió esta experiencia con sus alumnos de primaria en los años siguientes. Durante los quince días anteriores a su puesta en práctica, les hacía diversas pruebas y test de inteligencia. Cada año pudo comprobar cómo el día en que los alumnos formaban parte del grupo de los inferiores su puntuación disminuía en esas mismas pruebas, y aumentaba el día que se les hacía pensar que eran superiores.

También en 1968 Robert Rosenthal y Lenore Jacobson hicieron varios experimentos con resultados análogos a los arrojados por la experiencia de Elliot. En uno de ellos pasaron varios test de inteligencia a los alumnos de un colegio y ofrecieron a sus profesores un listado de aquellos que, según los test, eran más brillantes. Se trataba, sin embargo, de un listado falso, pues los alumnos fueron escogidos al azar. Lo sorprendente fue que, tras ocho meses, el rendimiento académico de esos alumnos no sólo había aumentado más que el de sus compañeros, sino que incluso su coeficiente intelectual era mayor. Las expectativas que sus profesores habían puesto sobre ellos, el trato que en función de esas expectativas habían recibido, habían incrementado su inteligencia. La introducción de un prejuicio falso -que esos alumnos eran más inteligentes- logró transformar la realidad hasta hacerlo verdadero, dado que, en efecto, los alumnos acabaron siendo más inteligentes.

Lo que les sucedió a los alumnos de Jane Elliot y a los de los experimentos de Rosenthal y Jacobson es lo que se conoce como el efecto pigmalion o la profecía autocumplida. Según el sociólogo Robert K. Merton, estas profecías capaces de provocar su propia realización son definiciones falsas de la realidad que, una vez formuladas, despiertan un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción de la realidad se vuelva verdadera. Y su influencia no se limita ni remotamente al desarrollo de las capacidades intelectuales. Afecta a la integridad de nuestros modos de ser en cuanto éstos se desarrollan en un contexto social que siempre ha determinado de antemano, en función de nuestro sexo, nuestro color de piel o nuestra extracción económica, lo que somos y se espera de nosotros.

Es por ello por lo que la teoría de la profecía autocumplida me parece en extremo reveladora a la hora de explicar por qué en colectivos humanos definidos por alguna diferencia no relevante -como no lo era el color de los ojos en la experiencia de Jane Elliott- pueden, no obstante, observarse diferencias en lo relativo a sus aptitudes, capacidades o comportamientos. Porque según esta teoría, da igual que sea falso que las mujeres son menos promiscuas que los hombres o que están menos dotadas para el pensamiento abstracto. Basta con que el medio social haya proyectado sobre ellas estas profecías para que las estadísticas acaben corroborando su verdad. Como da igual que sea falso que los hombres son más agresivos o violentos que las mujeres, o más competitivos y emprendedores. Basta con que se espere que lo sean para que efectivamente lo sean. Y también da igual que sea falso que los negros son menos inteligentes o poseen mayores tendencias a la criminalidad que los blancos. Basta con que la sociedad les eduque en esas creencias para que los datos objetivos las ratifiquen.

La conclusión que de aquí se desprende tiene forma de paradoja: sólo cuando se rompa con esos falsos prejuicios, dejarán de ser verdaderos.

Os dejo un fragmento de un interesante documental sobre la experiencia de Jane Elliott que muestra algunos momentos de la misma. El documental completo lo podéis encontrar aquí.


43 comentarios:

Anónimo dijo...

Por cierto, Antígona, me confundo o era tu cumple por estos días? Muchas felicidades si es así, y perdona si me confundo. Un beso, JJ

Antígona dijo...

Te confundes, querido JJ, pero no tanto :)

Será dentro de poco. Así que me guardo tus felicitaciones para entonces. Gracias por ellas.

Un beso

troyana dijo...

Antígona,es un poco inquietante la conclusión de estos estudios ya que si sólo cuando se rompan los falsos prejuicios,dejarán de ser verdaderos,esto parece una pescadilla que se muerde la cola.

Siempre he pensado que el prejuicio se combate con el conocimiento,que la ignoracia o el desconocimiento son el mejor caldo de cultivo para los prejuicios sociales,pero si es cierta la teoría de la profecía autocumplida ¿quíen rompe el círculo vicioso?

1 abrazo

Antígona dijo...

Tienes toda la razón, Troyana, la circularidad semeja de entrada irrompible. Pero, por fortuna, la teoría de la profecía autocumplida no es ni tan generalizadora ni tan aplastante. Por una sencilla razón. Porque en la medida en que los prejuicios a los que se refiere son falsos, siempre hay individuos que experimentan su falsedad. Que viven las etiquetas que por culpa del prejuicio les caen encima como un corsé injusto y aplastante. Que se rebelan contra aquello que la sociedad les dice que son y contra lo que se espera de ellos.

Si no fuera así, no habría habido movimientos de liberación de la mujer. Si no fuera así, no habría hombres que se indignan ante la ley de violencia de género al no reconocerse en el calificativo genérico de agresivos y violentos. Si no fuera así, Obama no sería hoy por hoy presidente de los Estados Unidos.

Todos los movimientos sociales que combaten situaciones injustas o discriminatorias –de eso iba realmente la experiencia de Jane Elliott, de combatir la discriminación racial- han surgido de la puesta en cuestión de esos prejuicios falseadores, de la intuición de ciertos individuos de que, en el fondo, el prejuicio no funcionaba y la realidad creada por él era una realidad endeble por falseadora. Y digo endeble porque creo que este tipo de prejuicios no se sostendrían si no hubiera determinados mecanismos de poder actuando a favor de ellos, y siempre a causa de intereses grupales. Este tipo de prejuicios pueden romperse. Basta con tratar de tomar distancia frente a aquello que se nos ha dicho que somos y lo que de nosotros se espera. Aunque también pienso que esa toma de distancia sólo puede surgir de un profundo malestar previo con aquello que el prejuicio trata de imponer. Y esto no se da ni en todas las ocasiones ni en todas las personas. Pero una vez el prejuicio ha empezado a romperse, también el malestar acaba contagiándose.

Me temo que esta noche estoy muy optimista :)

Un abrazo y un beso!

troyana dijo...

Bravo por es@s individu@s que se rebelan contra los prejuicios y contra lo que se supone se espera de ell@s.Ese optimismo tuyo( al igual que el malestar con aquello que el prejuicio trata de imponer)me consta también se contagia y de alguna manera también puede ser el motor de otra profecía autocumplida pero esta vez en favor de un pensamiento nuevo más flexible y abierto,es decir provocando cambios tan necesarios como renovadores.Así sea!madre mía,qué de semana santa me ha quedado...;)
+abrazos

Antígona dijo...

Así es, Troyana. Además, hay que tener en cuenta que la teoría de la profecía autocumplida vale tanto para las profecías negativas como para las positivas. En el experimento de Elliott los niños fueron capaces de resolver las pruebas de inteligencia en menos tiempo el día en que se les hizo creer que eran más listos por su color de ojos. No hay aquí ningún efecto mágico. Ocurre simplemente –y es un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología social- que el modo en que nos vemos a nosotros mismos tiene consecuencias reales sobre el modo en que actuamos, sobre la activación y desarrollo de nuestras potencialidades. Por ello, cuando creemos que podemos hacer algo, tenemos muchas más posibilidades de lograrlo que cuando creemos que no podremos hacerlo.

Que pases una buena Semana Santa, Troyana.

¡Más besos!

NoSurrender dijo...

Yo creo, doctora Antígona, que los prejuicios sociales, para que tengan efecto, necesitan de una autoridad social. Es obvio que el experimento de los niños, que usted nos trae aquí, no podría haberse dado si quien establece la discriminación no es, precisamente, la profesora.

Es obvio que el prejuicio hacia los negros no lo podrían dictaminar los blancos si no fueran los blancos quienes ejercen el poder en la sociedad. Es obvio, también, que sólo se puede discriminar a la mujer en una sociedad machista, y que sólo puede hacerse una ley de violencia de género como la que tenemos bajo un poder mediático que establece una línea editorial feminista.

El problema, por tanto, vuelve a ser el concepto de Autoridad, para bien y para mal. Porque todos los prejuicios sociales van encaminados a mantener la estructura de poder de turno, a mi modo de ver. Esto es, la realidad no la construimos todos, sino unos pocos que detentan el poder social, ya sea religioso, político, capitalista, y hasta futbolístico.

Por otra parte, esta manipulación de la realidad para conseguir el efecto de la profecía autocumplida también puede tener efectos positivos. Todos los departamentos de Recursos Humanos de las grandes multinacionales lo saben, y actúan en consecuencia, alabando a sus directivos, expresándoles lo importantes que son para ellos, confiando en su poder autónomo de decisión, etc, y consiguiendo así que, efectivamente, acaben trabajando más y mejor para la compañía.

Pero todo esto lo hemos vivido todos, desde muy pequeños, cuando el entrenador de nuestro equipo infantil nos decía que éramos los mejores y que íbamos a ganar al otro equipo. La motivación y la desmotivación son armas muy poderosas para transformar la sociedad. Yes, we can.

Un beso, Antígona!

Anónimo dijo...

Hablamos de un círculo vicioso en el que se retroalimentan unos determinados hechos objetivos y una determinada "interpretación de la realidad". Hoy es fácil estar de acuerdo en que los negros no son "por naturaleza" menos inteligentes que los blancos, porque resulta fácil encontrar ejemplos de negros con preclara inteligencia, y tampoco se admitiría que las mujeres sean "incapaces por naturaleza" de hacer aportaciones a la ciencia, porque nada más sencillo que encontrar la nómina de importantes científicas. Cuánto nos reiríamos hoy, en fin, de lo que los griegos o romanos pensaban sobre la innata incapacidad de los germanos para la civilización y la cultura.

El problema, naturalmente, está en los prejuicios que "están en el aire" de una determinada época. Y el que tú has citado, el de la violencia de género, es en estos momentos especialmente clarificador. En España, sin ir más lejos, el Estado encarga periódicamente una encuesta sobre "violencia de género" para conocer el alcance del problema. ¿Cómo se realiza dicha encuesta? Encuestando exclusivamente a mujeres, y preguntándoles por aquellas conductas "violentas" de que han sido víctimas. El resultado, obviamente, es que las mujeres siempre son víctimas y los varones siempre son agresores (la encuesta, por cierto, da por descontado que "la pareja" de una mujer sólo puede ser un hombre: la violencia entre parejas lesbianas ni se considera ni como posibilidad). La encuesta, por tanto, parte de la aceptación de que es cierto aquello que pretende demostrar, y está diseñada de tal forma que sólo puedan encontrarse datos que abonen los prejuicios de partida. ¿Alguien se atrevería a hacer una encuesta para descubrir si son más violentos los payos o los gitanos en la que sólo se entrevistara a payos, y en que sólo se preguntara por las agresiones que habían recibido de gitanos?

En otros países, sin embargo, sí se han hecho encuestas donde se planteaba el mismo tipo de preguntas a hombres y mujeres y, sorpresa, los resultados de estas encuestas demuestran que en las relaciones de pareja la violencia está muy lejos de ser un monopolio masculino.

En España mismo, por cierto, sí se ha hecho un estudio académico sobre la violencia dentro de la pareja con una encuesta "bidireccional y simétrica" (es decir, se encuestaba tanto a hombres como a mujeres, y no sólo se preguntaba por la violencia de que se creían víctimas, sino también por aquella de la que se reconocían culpables, los datos así obtenidos permiten ser contrastados: para ser congruentes el porcentaje de miembros de un determinado sexo que se confiesa responsable de una determinada conducta violenta debe ser semejante al número de miembros del otro sexo que se considera víctima de tal tipo de conducta). Veamos algunos datos:

AMENAZAR CON GOLPEAR:
-- hombres:
(reconocen ser perpetradores) 11,1%
(dicen ser víctimas) 14,7%
-- mujeres:
(reconocen ser perpetradoras) 14,5%
(dicen ser víctimas) 09,8%

SUJETAR FÍSICAMENTE:
-- hombres:
(reconocen ser perpetradores) 24,3%
(dicen ser víctimas) 20,0%
-- mujeres:
(reconocen ser perpetradoras) 19,2%
(dicen ser víctimas) 20,1%

LANZAR ALGÚN OBJETO:
-- hombres:
(reconocen ser perpetradores) 05,4%
(dicen ser víctimas) 08,2%
-- mujeres:
(reconocen ser perpetradoras) 07,4%
(dicen ser víctimas) 05,8%

ABOFETEAR
-- hombres:
(reconocen ser perpetradores) 03,0%
(dicen ser víctimas) 10,2%
-- mujeres:
(reconocen ser perpetradoras) 09,6%
(dicen ser víctimas) 03,1%

El artículo completo sobre esta investigación se puede leer en la revista Psicothema:

http://www.psicothema.com/pdf/3418.pdf

Desgraciadamente, se trata de un estudio limitado a parejas jóvenes de la comunidad de Madrid, pero sus resultados no suponen ninguna rareza para quien haya visto los resultados de cientos de estudios semejantes realizados en los más diversos países: si alguien quiere muchas más referencias estadísticas sobre esta cuestión, puedo enviárselas por correo electrónico.

athini_glaucopis@hotmail.com

carrascus dijo...

Pero todo esto lo sabíamos ya sobradamente sin necesidad de estos estudios, no?

Es decir... que una mujer o un negro sean social y laboralmente menos válidos que un hombre o un blanco todos sabemos que no es cierto...

Sin embargo hasta hace muy pocos años ha existido el apartheid y aquí mismo en España las mujeres no podían sacar dinero del banco si no lo aprobaba su marido con su firma. ¿Por qué?

Pues porque en algún momento a alguien, una persona o un colectivo, se le ocurrió decir que las mujeres y los negros eran así...

Y casi nadie se planteaba si eso era verdad o no. Lo asumían como cierto, aunque son hechos objetívamente falsos.

De ahí que también lleve razón NoSurrender cuando dice que para echar a rodar un prejuicio, tiene que comenzarlo alguien que tenga ascendiente sobre aquellos a los que se va a dirigir el discurso.

Y quizás por eso también muchas veces, los críticos y plumillas en general se creen alguien por ser capaces de "crear opinión".

Horrach dijo...

Lo he colgado en mi blog, pero también se lo dejo aquí. ¿Qué opina de esta versión del efecto Pigmalión, que aquí señala JA Montano? ¡Qué proyecciones sociales más curiosas que delata todo esto!:

[32] Escrito por: Blogger J. A. Montano - 10 de abril de 2009 15:48:00 CEST

EL TAMAÑO SÍ IMPORTA

Horraaaaaaaaach! No se pierda estooooo! Acojonanteeeee!

No lo veo online, pero en el suplemento de Salud de El País, que he visto hoy en papel, se dice que en una encuesta el 99% de las mujeres declaran que el tamaño del pene no importa. Jajajajaja, o sea: que el 99% de las mujeres (¡como mínimo!) mienten como bellacas.

Lo maravilloso es ese porcentaje: 99%. Es el mismo que se da en las dictaduras más férreas: o sea, que la mentira entre ellas tiene los signos de una confabulación. ¡Es una Mentira totalitaria!

Y ese tamaño sí que importa: el tamaño (¡enormísimo!) de la Mentira Ctónica!

huelladeperro dijo...

Las jodidas profecías autocumplidas... ¡Qué poder tienen! sobre todo entre nosotros los humanos...

El problema está en mi opinión en que nadie mira a los otros con sus propios ojos, sino con gafas de colores; con una rejilla polarizada que sólo deja pasar aquello que encaja en las espectativas que la sociedad sembró en nosotros.

Es decir: miramos el color de los ojos o la etiqueta del bolso del prójimo; cualquier cosa que la sociedad nos haya enseñado a mirar; antes que mirarlo a él realmente.
Nos falta; nos hace falta la mirada libre de prejuicios del chimpancé chimps vs humans.

¿Como se sentían ellos ayer? pregunta Jane Elliot a sus alumnos
.- como un perro con una correa -responde uno de ellos.

Todos somos perros con correas, y lo más triste es que se las ponemos a todo. Hasta a los chimpancés y a los perros, como si tuviéramos que cumplir algún extraño mandato divino de dominar, sojuzgar, aplastar todo lo que hay en la Tierra hasta destruirlo...

Nosotros incluídos, claro, porque la sociedad actúa contra los pocos individuos que se rebelan contra los prejuicios y lo que se espera de ellos. La selección debe haberse decidido (estarse decidiendo) a favor de los individuos obedientes y mansos que siguen las reglas del rebaño. Un inmenso rebaño, eso somos, en el que casi todos los individuos con criterio propio, como lo tiene cualquier chimpancé, acaban suicidándose; siendo asesinados en guerras; pudriéndose en la cárcel; instalando campamento en los supermercados de las drogas; en el manicomio controlados por los nefastos psiquiatras; o siendo absorbidos y corrompidos por la máquina ciega que todo lo destroza: la sociedad humana.

huelladeperro dijo...

me temo que hoy no estoy muy optimista... ;-)

C.E.T.I.N.A. dijo...

Hasta los padres suelen caer en ese error al calificar abiertamente a un hijo como más listo que a otro. Y eso es algo que suele condicionar de por vida las relaciones entre hermanos dado que ambos pueden acabar asumiendo su rol de hermano listo y hermano torpe.

En el mundo del deporte ese comportamiento está muy estudiado. De hecho una parte muy importante de los éxitos de un deportista suele deberse a la motivación que le inculca su entrenador o su psicólogo.

El hecho de ser capaz de visualizar un objetivo facilita el hecho de conseguirlo. Incluso algunos músicos, antes de ejecutar una partitura compleja, necesitan visualizarla previamente.

No lo digo yo, es lo que escribe Punset en su último libro. ;-)

Un beso

Antígona dijo...

Lo plantea usted muy claramente, doctor Lagarto, y no puedo sino darle la razón en todo lo que dice.

En efecto, sin autoridad, sin Poder, sencillamente no habría discriminación. Porque las actitudes discriminatorias benefician al colectivo que las impone y sin tales beneficios, sean de la índole que sean, no tendrían ninguna razón de ser. La profesora Jane Elliot supo verlo muy bien al asociar, nada más comenzar su experiencia, superioridad con privilegios. Privilegios de los que eran privados los alumnos tachados de inferiores. Eso es lo que, en el fondo, alimenta las estructuras de poder: los múltiples beneficios que genera el control del poder. Y los casos, más cercanos históricamente, tanto de la ley de violencia de género como de otras medidas de discriminación positiva de la mujer, así lo evidencian. El problema es que lo beneficios de unos nunca dejan de suponer el perjuicio de otros. Y de ahí que los grupos discriminados acaben tomando conciencia de la injusticia que viven y constituyan uno de los principios básicos del cambio social.

Nada más cierto, por otra parte, que el hecho de que los prejuicios sociales estén, como dice, encaminados a mantener las estructuras de poder. Por eso las estructuras de poder hacen tantos esfuerzos por difundirlos e imponerlos, y por eso mismo sus efectos han llegado a formar parte de la realidad objetiva. A fin de cuentas, ¿qué es tener el poder sino contar con el control de los medios capaces de difundir esos prejuicios? Y en esta operación hasta la Ciencia ha resultado, en algunos momentos de su devenir histórico, un mecanismo de Poder –recordemos, por ejemplo, las teorías eugenésicas- por su prerrogativa para producir la Verdad. ¿Alguien puede poner en cuestión la instancia de Autoridad que la Ciencia representa?

Dice, doctor Lagarto, que la realidad objetiva no la construimos todos, sino los pocos que poseen el poder social. Bien, diría que esto es así en los inicios de la construcción de esa realidad. Pero una vez nosotros mismos hemos interiorizado los prejuicios sociales propagados por las instancias de poder, creo que somos tan responsables como esos pocos de su perpetuación. El colectivo que en un momento dado se ve privilegiado (hombres, blancos, mujeres) por esos prejuicios sociales tiene, lo reconozca o no, un profundo interés en que se mantengan, y los hará valer con tenacidad e insistencia en su vida privada o pública por miedo a perder los privilegios de los que goza. De ahí que, como decía antes, el principio del cambio social se encuentre en el colectivo discriminado, y no en el discriminador. Lo cual no quita para que todos y cada uno de nosotros tengamos la obligación de mantener una actitud crítica con esos prejuicios, tanto si nos favorecen como si no. Obligación que surge de la conciencia de que la desigualdad engendra, a mi parecer, perjuicios para el conjunto de la sociedad que ni tan siquiera se ven compensados en el caso del colectivo favorecido en relación a los beneficios que obtiene.

Los efectos positivos de la profecía autocumplida me parecen también innegables. A la luz de la historia me temo que las profecías autocumplidas se han utilizado, al menos desde el punto de vista de los colectivos humanos, en muy menor escala para provocar esos efectos positivos que cita que para producir los efectos negativos que sostengan una determinada situación de discriminación. Pero me parece importante recalcar que tales efectos positivos existen. Por eso he traído a colación en el post los experimentos de Rosenthal y Jacobson, que me parecen tan iluminadores como esperanzadores.

Yes, we can :)

¡Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

Anónimo, me parece muy interesante tu aportación y te agradezco tu extenso comentario, que comparto punto por punto. Si acaso, con respecto a lo primero que señalas de que tal vez hoy día sea fácil estar de acuerdo con que los negros no son “por naturaleza” menos inteligentes que los blancos, o que las mujeres están “por naturaleza” menos capacitadas para la ciencia que los hombres, me gustaría expresar mi preocupación por la actual proliferación de discursos pretendidamente científicos –para mí, desde luego, pseudocientíficos–, como sería el caso de la psicología evolucionista, que utilizan el nombre de la Ciencia, con toda la carga de autoridad que éste involucra, para volver a señalar que tales diferencias “por naturaleza” –y por tanto, inalterables, necesarias, inamovibles- sí existen según los nuevos “descubrimientos” realizados en el campo de la genética y la neurociencia.

En concreto, creo que en nuestra sociedad aún “están en el aire” ciertos prejuicios relativos a presuntas diferencias naturales entre hombres y mujeres en un sentido discriminatorio para éstas. Pero esperemos que las conquistas de las mujeres en los terrenos que antaño les fueron negados (educación, acceso a puestos de poder, libertad sexual…) los vayan aniquilando poco a poco. Si la evolución sigue como hasta ahora, confío en que llegue un momento en que los prejuicios dejen de corresponderse con la realidad social y sean descartados por evidentemente falsos.

Ahora, me parece grave que esa aniquilación de los prejuicios discriminatorios de la mujer tenga que pasar por la creación de nuevos prejuicios criminalizadores del hombre. También yo creo que el que afecta a la ley de violencia de género es especialmente clarificador en este momento, como tú señalas. Los datos supuestamente objetivos de las encuestas suelen tener muy poco de objetivo, pues, en efecto, todo reside en el modo en que se ha efectuado la encuesta. Algo que jamás se pregunta ni cuestiona, ni tan siquiera cuando los resultados que arrojan parecen insensatos o como mínimo sospechosos. Quizás no pueda ser de otra manera: así como el científico proyecta un experimento en función de la teoría, previamente diseñada, que pretende demostrar, también las encuestas suelen estar de antemano guiadas por una representación de la realidad que tratan de corroborar. El problema reside, entonces, en el control de los medios para realizar tales encuestas y difundir después masivamente sus resultados. Porque encuestas se pueden hacer muchas y en función de los más variados intereses. Pero sólo algunos sectores poseen los medios para difundir y proclamar como verdaderos los resultados obtenidos, y así hacer prevalecer sus intereses particulares imponiendo la visión de la realidad de la que obtienen beneficios. En el caso de la violencia de género, creo que no puede dudarse de la existencia de ciertos lobbies feministas –lástima que no exista aún otra palabra más que “feminismo” para designarlos, porque nada traiciona más el espíritu del feminismo que este tipo de actuaciones– interesados en demostrar que los hombres son más violentos que las mujeres por los rendimientos que de tal presunta realidad se derivan para las mujeres.

Los datos que expones sobre conductas violentas en hombres y mujeres me parecen importantes. Fundamentalmente, porque vienen a corroborar lo que ya desde hace mucho se defiende desde el campo de la sociología y la antropología, a saber, que la violencia no es patrimonio de ninguno de los sexos. Es cierto que, históricamente, sí ha sido patrimonio de uno de los dos géneros, dado que el reparto de roles permitía, fomentaba y legitimaba el uso de la violencia a los varones y lo negaba a las mujeres. Pero en el momento en que ese reparto de roles ha empezado a caer, nada impide que el ejercicio de la violencia sea ya una cuestión de personas, y no de hombres o de mujeres, tal y como muestran los estudios de los que hablas.

Gracias de nuevo por tu comentario y un saludo.

Antígona dijo...

Me alegro mucho, amigo Carrascus, de que tú seas de esos que ya sabían sobradamente de la falsedad de tales prejuicios discriminatorios sin necesidad de tales estudios. Y lo digo sin ninguna sorna, eh? Porque me temo que aún hay quienes no sólo no lo saben tan sobradamente, sino que incluso se empeñan en afirmar la verdad de tales prejuicios.

Sin ir más lejos, hace un par de años, James Watson, premio Nobel y codescubridor de la doble hélice del ADN, saltó a los medios por declarar que había “pruebas” científicas de que los negros eran menos inteligentes que los blancos.

Hace ya bastante tiempo escribí un post denunciando cómo desde la psicología evolucionista se volvían a afirmar diferencias naturales entre hombres y mujeres que justificarían no sólo el histórico reparto de roles entre ambos, sino también el actual predominio de hombres en los puestos de poder de los departamentos de investigación científica, dada la menor aptitud natural de las mujeres para el desempeño de estas tareas (http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2008/01/en-nombre-de-la-naturaleza.html). Enseguida aparecieron comentaristas dispuestos a defender las teorías de la psicología evolucionista. Y hay que recordar que uno de los más populares defensores de estas teorías, Steve Pinker, goza de un enorme prestigio intelectual y sus libros han sido premiados y ampliamente difundidos por todo el mundo.

No puedo saber cuáles habrán sido las repercusiones de las declaraciones de Watson en Estados Unidos, y en qué medida habrán reavivado ciertos prejuicios contra la inteligencia de los negros. Pero me consta que teorías como las de Pinker, a quien por cierto Punset ha invitado a su programa en varias ocasiones, sí han tenido cierto calado y observo a mi alrededor cómo vuelven a reaparecer discursos sobre diferencias “naturales” entre hombres y mujeres que legitimarían la histórica situación de privilegio del hombre frente a la mujer.

Por suerte, este tipo de prejuicios no tienen ya ningún correlato legal. Es más, como el comentarista anónimo quería denunciar, la ley, en determinadas cuestiones, está ahora discriminando a los hombres frente a las mujeres. Sin embargo, no creo que pueda decirse que los viejos prejuicios sociales que discriminaban a la mujer estén ya muertos y me temo que aún siguen mediando más de lo que sería deseable en las relaciones entre personas. A la vez que me preocupan tanto las consecuencias legales como sociales de esa imagen del hombre como un ser agresivo y violento que se desprende de encuestas como las que exponía el comentarista anónimo.

Un beso

Antígona dijo...

Bueno, Horrach, la verdad es que no sé muy bien qué decir ante el comentario de J.A. Montano. Porque de él se desprende que hay una única verdad, a saber, que el tamaño sí importa, y que quien diga lo contrario, sencillamente miente. De manera que si, según Montano, sólo una lógica totalitaria puede sostener que el 99% de las mujeres opina que el tamaño no importa, el mismo totalitarismo advierto en la inversión de esa afirmación.

Y como no me gustan las lógicas totalitarias, y menos aplicadas a este tipo de cuestiones, pues creo que lo mejor es que me abstenga de decir nada, dado que la verdad o la mentira de lo que diga se encuentra ya prejuzgada de antemano.

Un saludo

Antígona dijo...

Huelladeperro, también yo creo que nos hace falta esa mirada libre de prejuicios del chimpancé. El post al que remites, y que ya leí en su día –que andaba desaparecida pero no tanto :)- me pareció realmente iluminador. Porque creo que muestra que el proceso de socialización de los humanos es realmente complejo y que en él entran elementos no tan fácilmente perceptibles pero cruciales en nuestra constitución como las personas que somos. Se espera de nosotros que hagamos algo y lo hacemos, sin preguntarnos si ése es el camino más inteligente o el que más nos conviene. Se nos enseña que las cosas tienen que ser de una determinada manera y sobre esa base incuestionada nos movemos. Tanto en lo que afecta a lo que son los otros como en lo relativo a qué o quiénes somos nosotros mismos.

Ahora, ¿es posible limpiar la mirada, desprenderse de los prejuicios, quitarse las gafas de colores? Yo creo que, hasta cierto punto sí. Puede que nunca totalmente, pero los prejuicios pueden ser puestos en cuestión, pueden ser criticados. Sobre todo cuando descubrimos, gracias al conocimiento de otras culturas, de otras sociedades, que hay gafas distintas con las que mirar la realidad y eso nos lleva a poner en entredicho la fiabilidad de las gafas que portamos ante nuestros ojos. El ejercicio es arduo, costoso e inacabable. Pero al mismo tiempo liberador. Y por esa liberación vale la pena hacer el esfuerzo.

Del documental me llamó la atención la frase de un niño que decía, recordando el día en que había sido “inferior”: “Por la manera en que te trataban, te sentías como si nunca más quisieras volver a intentar hacer algo”. El mayor peligro, me parece, anida en la interiorización de prejuicios que caen sobre nosotros como losas y nos atan de pies y manos. De esos es de los que, en primer lugar y con mayor urgencia, hay que luchar, contra uno mismo y su propia constitución, por liberarse.

En cuanto a los perros con correas, tienes toda la razón. Me sorprendió del documental que una de las alteraciones más notorias en la conducta de los niños “superiores” fuera su repentino deseo de mandar sobre los otros. Ahora, no me siento, francamente, tan pesimista como tú. Es cierto que el destino de los rebeldes es ser aplastados, o ninguneados. Creo que he asumido y me he resignado a que la rebeldía no puede ser absoluta si uno no desea afrontar ese destino. Pero quiero confiar en que, al menos individualmente, es posible mantener ciertos márgenes de rebeldía que nos conduzcan a respirar con más libertad. Y quiero pensar que ha habido en la historia ciertos triunfos de colectivos rebeldes que no tienen por qué no seguir dándose. La cuestión es compleja y no quiero pecar de ingenua. Pero intento mantener cierto optimismo.

Un beso

Antígona dijo...

Así es, C.E.T.I.N.A., las diferentes expectativas que los padres proyectan sobre sus hijos en función de sus conductas más tempranas es lo que hace que los hermanos puedan desarrollar personalidades tan diferentes. Cada miembro de la familia tiene un rol, y esos roles se determinan ya muy pronto. Algo que parece no entender la lógica popular que, sorprendida, se pregunta cómo hijos criados en un mismo seno familiar pueden ser tan distintos.

La motivación es, desde luego, esencial. En otro documental que vi, y que fue el que me hizo descubrir la experiencia de Jane Elliott, se narraba otro experimento realizado con cadetes de una escuela militar. A todos los participantes en el experimento se les pasaron pruebas médicas para registrar su agudeza visual. Luego se los dividió en dos grupos. Al primero de ellos se les mete en un simulador de vuelo perfectamente diseñado, se les viste de pilotos y se les sugestiona para que sientan la responsabilidad de un piloto a la hora de reconocer marcas o signos en otro avión que vean en la distancia. Después se les dice que deben reconocer los signos de un avión que aparece en la pantalla del simulador, que son exactamente las mismas marcas que habían tenido que reconocer en su examen médico. Al segundo grupo se les mete en el mismo simulador, y se les hace la misma prueba, si bien se les dice que el simulador no funciona correctamente, no se les viste de pilotos y tampoco se les sugestiona para que se sientan como verdaderos pilotos. Resultado del experimento: la agudeza visual del primer grupo de cadetes aumentó significativamente con respecto a los resultados de la prueba médica, mientras que la agudeza visual del segundo grupo no varió. Vamos, que hasta algo tan pretendidamente físico y objetivo como es la agudeza visual puede variar en función de la importancia que atribuyamos, de la responsabilidad que sintamos en la puesta en juego de esa capacidad. Alucinante.

Sabes que Punset no es precisamente santo de mi devoción, o al menos no lo es su amor por la Nueva Ciencia. Pero vaya, alguna vez tenía que decir algo sensato este hombre :)

Un beso

Horrach dijo...

No veo yo que en el comentario de Montano se evidencie que la única verdad es que 'el tamaño importa'. Más bien que se miente cuando se habla de este tema, nada más. La proyección totalitaria que usted traza, por tanto, no está justificada.

saludos

Antígona dijo...

A ver, Horrach, analicemos la argumentación:

- “…el 99% de las mujeres declaran que el tamaño del pene no importa”
- Al declarar que el tamaño del pene no importa (se deduce del “o sea”) “…el 99% de las mujeres mienten como bellacas”
- Declarar que el tamaño del pene no importa es mentir.
- Mentir es no decir la verdad.
- No es verdadero que "el tamaño del pene no importa".
-------------------------------------------------
Es verdadero que el tamaño del pene importa.

Sólo analizo lo que dice J.A. Montano, que además comienza su intervención con unas mayúsculas bien evidentes que señalan: EL TAMAÑO SÍ IMPORTA, como si ésta y no otra fuera la verdad.

La formulación correcta para lo que, supongo, quería decir Montano sería que “es falso que el 99% de las mujeres declaren que el tamaño no importa”. Negación de la cual no se deduce que el 99% de las mujeres hagan declaraciones falsas, sino, por ejemplo, que el tanto por ciento de mujeres que declaran que el tamaño no importa es menor que ese 99%.

Sólo aplico la lógica. Nada más.

Un saludo

Horrach dijo...

Soy un gran defensor de la lógica... pero también de la ironía, y esa es una facultad que el amigo Montano maneja con bastante asiduidad, por ejemplo en este post comentado.

Antígona dijo...

Me parece estupenda la ironía, Horrach. Pero tal vez no sea la mejor forma de denunciar un falseamiento de la realidad el recurrir a argumentos falaces, por irónicos que sean.

Neo dijo...

y los niños de ojos verdes? jaja
Yo creo que los prejuicios te hacen perder tiempo y siempre falsean, porque las cosas cambian (al menos las q están vivas)
bsos!

Margot dijo...

Ummm me rechinan los prejuicios, lucho contra ellos con uñas y dientes, lo que no deja de ser otro prejuicio más, a veces pienso... jajaja. Pero aún así lo intento, el prejuicio te encierra, nubla el entendimiento y te vueve lelo. Necesarios sí pero también castradores.

Y mientras te leía no podía evitar pensar cómo nos modela el efecto pigmalión, desde la más tierna infancia, con nuestra familia que son los primeros seres sociales que nos marcan. Todos los miembros de una familia se mueven (nos movemos) por roles en los que uno no siempre sabe diferenciar quién fue primero: la gallina o el huevo. "Eres tal o cual" te dicen y uno acaba siendo tal o cual por reforzamiento, propio y externo.

Tópicos, roles, prejuicios, clichés.... muchas palabras para un mismo concepto, no? uff qué miedo!! jeje.

Como siempre un placer, querida Antígona muá. Cómo lo (te) echaba de menos...

Besos sin calzador!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Esa autoridad de la que habla Nosurrender, es la de jugar a ser dios. Jane jugó a ser dios, sí, no creo que los prejuicios nazcan un día sin mas de nosotros, es mas ese envenenamiento colectivo que nos viene de fuera. Pero por supuesto, lo realmente importante es tu post, que habla de cuanto daño puede hacernos el experimento del que hablas, y que en la sociedad es el pan de cada día. Me parece cruel, pero es lo que hay. LLego a la conclusión que te he mencionado anteriormente, el medio nos envenena. Pero hay que vivir en el. Y lo importante es tener la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, y el poder hacerlo objetivamente, vamos, que vivir en un castillo cmo el mío, leer lo que me gusta, y relacionarme sólo con gente que me parece de buena fé.. es altamente productivo a la hora de cargarme prejuicios.. Aunque se que algunos son dificiles de erradicar, pero estoy en ello.
Me alegro mucho de tu vuelta, apenas tengo tiempo para conectarme, tengo mucho trabajo, la crisis... y me están tensando mucho... pero bueno, todo va bien. Y felicidades, por los que cumplas. Dame toque si vienes por los Madriles, me encantará verte algún día.
BSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS

huelladeperro dijo...

Me temo, Antígona, que las cosas no son tan sencillas como NoSurrunder y tú parecéis pensarlo.
Si bien es cierto que el ser humano es un cobarde ambiguo que se somete voluntariamente a cualquier autoridad, como lo han demostrado experimentos sociales como el que cuentas, o como el famoso experimento de Yale, o el que yo enlazaba de los chimpancés y los niños. O como los grandes experimentos que la historia ha llevado a cabo para nosotros, como el lamentable comportamiento de todo (casi todo) un pueblo cómplice de los crímenes de sus dirigentes... eso no significa que el "mal" esté en los propios dirigentes, que imponen por la fuerza a sus dirigidos las convicciones que a ellos les convienen para perpetuarse en el poder. Hay, parece haber un fallo estructural en la misma naturaleza del hombre, que en un elevadísimo porcentaje busca escamotear su responsabilidad sometiéndose al criterio de una autoridad superior. "Obediencia debida", se llama en el ejército. Franco lo definió tan bien en un discurso que hizo con motivo del cierre de la Academia Militar de Zaragoza en 1931 que la definición estuvo en enmarcada en nuestros cuarteles hasta bastantes años después de su muerte... Esta:

¡Disciplina!..., nunca buen definida y comprendida. ¡Disciplina!..., que no encierra mérito cuando la condición del mando nos es grata y llevadera. ¡Disciplina!..., que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía, o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que os inculcamos, esta es la disciplina que practicamos. Este es el ejemplo que os ofrecemos.

Aunque la autoridad de cada momento haya creado un canal por el que la responsabilidad recae al final en en quien detenta el máximo poder, que es esta dependencia jerárquica del inmediato superior, el problema no se soluciona descabezando a reyes y dictadores. El problema aparentemente no tiene solución, o ¿cuántos de los ciudadanos alemanes no fueron cómplices de las barbaridades del régimen, por cerrar ojos, oídos y bocas a las salvajadas que entre todos cometían?
No, el problema; la demanda de una autoridad en la que descargar responsabilidad propia que todos, antes o después hacemos; es algo tan anclado en nuestro comportamiento social, psicológico y personal que más parece que sea algo genético que un comportamiento aprendido. Y no sé yo; tengo dudas de si tantos años de autoritarismo paternal y de civilización no habrán operado una selección negativa descartando a aquellos individuos capaces de criterio propio (y su descendencia) en favor de aquellos (y sus descendientes) que por medrar se sometían voluntarimente a toda autoridad.
Una notable diferencia reconocida por los etólogos entre perros y lobos (por lo demás tan parecidos que son, funcionalmente, una misma especie) es que el lobo, incluso criado en cautividad, enfrentado a cualquier problema difícil de resolver, insiste y persiste en él. Se emperra hasta resolverlo. Mientras que el perro, a las dos o tres veces que no logra resolverlo, abandona y mira al dueño, esperando que este le facilite la cosa...

Pues bien, lo que quiero decir es que quizá no seamos ya más que perros. Que haya ya pocos lobos y poco lobo en nosotros. Y sin la actitud responsable del que asume su propia carga en la vida sin apoyarse en una autoridad superior ¿como no fabricarnos prejuicios? En la ausencia del jefe los prejuicios son el jefe.

El problema no está en que el jefe nos impone prejuicios. El problema podría estar -me temo; sospecho que está- en que necesitamos jefe.

Margot dijo...

Guauuuu, señor huelladeperro, aúllo (cual perro, me temo, pero aúllo al fin y al cabo) ante sus palabras...

"En la ausencia del jefe, los prejuicios son el jefe", chapó!

Tambien se podría hablar de cómo el jefe puede ser sustituido por el salvador... entre religión y autoridad... ya se sabe, quien lleva las de ganar siempre fue el cordero.

Su argumento me deprime, por factible, claro. Sólo nos queda lamer nuestras heridas...

huelladeperro dijo...

Y mirar en nuestro interior; e intentar educarnos; y también a los que nos rodean...
Pero no; no es fácil, y la batalla está casi perdida..

Antígona dijo...

¿Los niños de ojos verdes, Neo? Jane Elliott los liquidó a todos antes de empezar la experiencia, de lo contrario no le hubiera salido bien :P

Las cosas cambian, sí. Y también las que no están vivas. Que ya decía Heráclito aquello de que no es posible bañarse dos veces en el mismo río. En este sentido, los prejuicios falsean tanto como los conceptos. Pero necesitamos de ambos para no sentirnos absolutamente perdidos en medio de la realidad. La cuestión es que hay falseamientos necesarios. Otros, no lo son, y además son dañinos. Esos son los que hay que tratar de dinamitar día a día.

¡Besos!

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Bueno, niña Margot, supongo que no podemos pasarnos la vida poniendo en cuestión todas y cada una de las ideas preconcebidas que tenemos, que son siempre muchas. Otra cosa es cuando esas ideas preconcebidas, en lugar de facilitar cierta comprensión de la realidad, te encierran, como dices, en una visión errónea, y te llevan a golpearte una y otra vez contra ella. Es lo que veo en las personas que no son capaces de desprenderse de ciertos prejuicios falseadores. En lugar de aprender de experiencias que ponen en cuestión sus prejuicios, se enclaustran y se reafirman en ellos, y luego se quejan de que no hay quien comprenda nada. Pero supongo que no es tan fácil deshacerse de aquello que nos hace sentir seguros y exponerse a la desorientación inicial que conlleva toda ruptura de prejuicios.

También yo creo que el efecto Pigmalión tiene su ámbito de manifestación más evidente en el seno familiar. Demasiado tiernos estamos en la infancia, demasiado indefinidos y amorfos como para no resultar fácilmente moldeables por las definiciones que otros nos atribuyen. Pareciera, además, que los padres estuvieran especialmente ávidos de saber qué o cómo son sus hijos, de descubrir en ellos una personalidad, unos gustos, unas apetencias que los diferencien, que les doten de una individualidad, y al tiempo denoten la impronta familiar. Y en ese afán por descubrir, crean sin saberlo esa misma personalidad. Tal vez el proceso sea inevitable. Pero, por suerte, la familia deja pronto de ser el único ámbito de influencia y poco a poco entran en juego más factores de moldeamiento. Me encanta cuando mi madre me dice: “Nunca entenderé cómo nos has podido salir así” :)

Lo que es un placer es tenerte por aquí, niña Margot.

¡Besos desprejuiciados!

Antígona dijo...

Bueno, Delirium, tal vez la experiencia nos pueda llevar a asumir ciertas ideas que luego, por mera generalización (los individuos del tipo X con los que he tratado son así; por tanto, TODOS los individuos del tipo X son así), se convierten en falsos prejuicios. Pero, de entrada, los prejuicios nos vienen obviamente de fuera. De la misma forma que todo aquello que nos hace humanos nos viene de fuera, y en primer lugar el lenguaje, que es el gran depósito de ideas que hacemos nuestras sencillamente cuando aprendemos a hablar. Es el lenguaje el que nos permite tener una imagen de nosotros mismos y de aquello que nos rodea, el que nos coloca ya esas gafas de las que hablaba Huelladeperro a través de las cuales vemos y comprendemos en primera instancia la realidad. Y todo lenguaje está cargado de infinidad de prejuicios, empezando ya por la propia estructura sujeto-predicado, que esquematiza el mundo en objetos, en cosas, a las que les pasan o hacen cosas. Sin embargo, no se pueden poner al mismo nivel estructuras formales de este tipo con cuestiones de contenido, tales como, por ejemplo, los refranes, los dichos, los giros que transmiten una determinada visión de la realidad. En una sociedad sexista o racista su lenguaje también lo es (“¡cojonudo!”, “¡qué coñazo!”, “trabaja como un negro”), y eso lo interiorizamos de manera inconsciente sin ningún tipo de cuestionamiento. Pero el cuestionamiento puede venir después. Ésa es, según entiendo, la finalidad del lenguaje políticamente correcto, que parte de la idea de que la realidad se construye lingüísticamente y que transformar el lenguaje implica también transformar la realidad. Aun cuando esté claro que esa transformación es vacía si, al mismo tiempo, no se da en otro orden de cosas. Y, como decíamos más arriba, de ese cuestionamiento de prejuicios dañinos o discriminadores para un determinado colectivo, que ha logrado acabar con ellos o que al menos está en camino de hacerlo, hay ejemplos históricos innegables.

Yo no creo que vivir, como dices, en un castillo, leer lo que a uno le gusta y relacionarse con la gente que le apetece sea un motivo para tener más prejuicios de los habituales, Delirium. Todo depende, diría, de las actitudes que uno adopte para consigo mismo y para con el prójimo, de la voluntad de confrontar sus creencias con sus experiencias. Y eso puede hacerse en cualquier parte.

Ánimo para el mucho curro, guapa, y me alegro de que, pese a la crisis y lo que la sufres, todo vaya bien.

Y gracias por las felicitaciones, aunque no me apetece nada cumplir años, ay. Y a ver si nos vemos pronto, sí.

¡Besazos!

Antígona dijo...

Huelladeperro, entiendo lo que planteas y por eso creo que estábamos pensando en asuntos, en cuestiones distintas cuando hacíamos nuestros respectivos comentarios.

En principio estoy de acuerdo con la idea general de que hay en nosotros una tendencia que nos impulsa a sometemos a la autoridad. También con el hecho de que no puede haber autoridad sin voluntad o conformidad en someterse a ella. Someterse tiene, obviamente, sus beneficios. Ese escamotear la propia responsabilidad al que aludes yo lo llamaría, en la línea de Fromm, miedo a la libertad. O minoría de edad moral, como lo llamaba Kant, que hace cómoda la vida en la medida en que nos libra del esfuerzo de tener que pensar por nosotros mismos, de tener que actuar en nombre de nuestra propia responsabilidad y no de la de otros.

Ahora bien, toda autoridad necesita ser reconocida como tal para poder tener efecto. El reconocimiento de la autoridad procede de aquellos que se someten a ella. Pero no nos sometemos a cualquier forma de autoridad, precisamente porque no le reconocemos autoridad a cualquiera que pretenda tenerla. Así, yo no le atribuyo ningún tipo de autoridad moral a la Iglesia, por ejemplo, pese a que sus fieles sí lo hagan. Puede haber también formas más o menos legítimas de autoridad. Un ejemplo para mí de autoridad legítima es la autoridad del saber, que de niños no tenemos más remedio que atribuir acríticamente a nuestros mayores, pero que ya de adultos atribuimos a unos y no a otros en función de criterios que ya son propios. Y luego hay formas de autoridad que, de ser consideradas legítimas en una determinada época, han pasado a dejar de serlo cuando los sujetos antes dispuestos a someterse a ella han dejado de estarlo. Un ejemplo claro sería el de la antigua autoridad del marido sobre la esposa. O del blanco sobre el negro. Seguramente en algunos aspectos era más cómodo para muchas mujeres el que sus maridos, o sus padres o hermanos, mandaran sobre ellas. Quizá bajo ciertas circunstancias es más cómodo ser esclavo que no serlo. Pero en ambos colectivos ha habido individuos que no se resignaron a la falta de libertad que debían pagar por su comodidad. Que incluso llegaron a sentirse atropellados por verse obligados a respetar la autoridad de aquellos a quienes, sin embargo, querían ver como iguales. Y es esa conciencia, ese sentir rebelde, el que ha conducido a que, hoy por hoy, ninguna mujer tenga ya que reconocer autoridad alguna a su marido sólo por el hecho de ser ella mujer y él hombre –al menos en los países occidentales-, y a que ningún negro tenga que reconocer autoridad a un blanco sólo por el hecho de ser él negro y el otro blanco.

Es a esas formas de autoridad cuyo reconocimiento y mantenimiento depende de la difusión e interiorización de prejuicios sociales que, sin embargo, pueden ser quebrados, a las que yo me estaba refiriendo y entiendo que también NoSurrender. Que el desprenderse de esos prejuicios y del sometimiento a la autoridad que conllevan tan sólo suponga un nuevo sometimiento a otras formas de autoridad, es cierto. Pero sigo pensando que no estamos dispuestos a someternos a cualquier forma de autoridad, ni tampoco en cualquier terreno ni a cualquier precio.

Es verdad que muchos alemanes prefirieron obedecer a rebelarse. Por comodidad, pero también por miedo. Ahora, también hubo, aun cuando fueran pocos, movimientos de resistencia frente al régimen. No todo el mundo escoge obedecer cuando siente que su dignidad como ser humano está en juego en la alternativa entre obedecer o rebelarse.

¿Que necesitamos jefes? Pues depende de para qué y de qué manera. Depende de en qué ámbito de nuestra vida ese supuesto jefe pretenda ejercer su autoridad. Y no creo que sean pocos los conflictos sociales en que la soberanía del individuo, en relación según a qué temas (eutanasia, aborto…), quiera hacerse valer por encima de cualquier mandato social, moral o legal.

Vamos, que no creo que la batalla esté tan perdida. O al menos no totalmente si ese mirar en nuestro interior nos lleva a sentir un profundo malestar en aspectos que, confiamos, sí podemos cambiar. Otra cosa es que, pese al malestar, creamos que no nos compensa cambiar nada. Pero en ese caso al menos somos conscientes de lo que estamos eligiendo.

Un beso

Antígona dijo...

Bueno, Margot, como le decía a Huelladeperro, no todos los jefes, no todos los prejuicios nos valen. Unos podemos asumirlos con más o menos conformismo, con más o menos conciencia del modo en que nos constituyen y determinan. Pero otros los sentimos como ataduras de las que podemos llegar a librarnos. Pese a que esa liberación pueda tener costes altos, muy altos.

¡Más besos!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

No, si lo que te decía, precisamente, es que vivir en el castillo, es una manera de ponerse la armadura y que esos prejuicios de allá fuera, caigan por su propio peso. Es, exactamente, la actitud, la que se los carga, y hablo de que esa actitud, pretendo siempre que sea la mía, aunque no siempre lo consigo. Me ha hecho gracia, porque yo siempre digo cojonudo y coñazo.... El castillo no es tan efectivo...
Un besazo fuerte, y oye, que eres una cría, por dios....
Huella de perro es la hostia.

Antígona dijo...

Vaya, Delirium, pues qué mal te había entendido entonces, es que estoy de un espeso esta mañana... debe de ser el mal tiempo.

Ningún castillo es efectivo, tienes razón. Se nos cuelan demasiadas cosas que no querríamos. Y hay que permanecer alerta, eso sin duda.

¿Una cría? Qué más quisiera yo. Pero en realidad, el único problema que tengo con los años es que pasan demasiado rápido.

Huelladeperro es la hostia, sí, la verdad es que todos sois la hostia y me hacéis darle vueltas al coco con vuestros comentarios que da gusto.

¡Más besos!

NoSurrender dijo...

Es muy interesante todo lo que comentas, Huelladeperro. Pero no veo una incompatibilidad con la teoría que expuse acerca de que los prejuicios van encaminados a mantener la Autoridad de turno en el poder. De hecho, el poder se comparte, por delegación, entre súbditos y soberanos mediante un contrato social basado en la doble legitimidad de uso y origen. Cuando hablo de “legitimidad política” no hablo de “coacción” (que es a lo que llega la Autoridad cuando pierde una de las dos legitimidades tradicionales para mantenerse en el poder, incluyendo, por supuesto al democráticamente-elegido-Adolf). Eso sería entrar en otras cuestiones también muy interesantes, sin duda, pero que no explican el modelo social en el que nos movemos nosotros y nuestros prejuicios más que lo explican las astracanadas sobre pollas y tamaños que ha traído alguien a este debate de manera un tanto delirante, a mi modo de ver.

Realmente pienso que esos prejuicios ayudan a mantener tanto el origen como el uso de la legitimación de quien detenta el poder en cualquiera de sus facetas.

Un saludo para todos y otro beso para Antígona!

Margot dijo...

Ummm Antígona mía, coincido contigo en lo de que ciertos individuos se rebelan y prefieren liberarse de las ataduras (al menos intentarlo y con un coste de aupa, ajá. Soy de las que me gusta poco la autoridad y tiendo a respetarla aún menos, lo mío me ha costado y me cuesta. Por no gustarme no me gusta ni la policía y no hablemos de los seguratas. De ahí hacia arriba el resto, jeje) pero en líneas generales, como bien advertías, no es esa la tónica. No cuando miro a mi alredor y veo actitudes y miro al mundo. Y claro que depende del "jefe", dirigente prefiero llamarlo yo, no todos valen... pero estoy convencida de que nuestro carácter de animalitos gregarios y la tendencia a la comodidad, junto al miedo a ser responsables y libres (lo uno va unido a lo otro siempre) nos lleva a buscar quien nos dirija y diga qué hacer, qué pensar.

Verás, yo durante estos meses no dejo de preguntarme por qué en lugar de cagarnos en san pito-pato y liarnos a pedradas, esperamos con la boca abierta las soluciones de aquellos que con sus tejemanejes nos han metido en el hoyo. Y no dejo de observar a Obama, o no tanto a él sino la actitud con respecto a él. La actitud que todos mantienen esperando que saque su varita mágica y nos libere. Forma parte de lo que hablábamos, no es un dirigente "chungo", por supuesto que no!, pero la sumisión a la que nos arrastra sigue siendo la misma.

En fin, cuando uno está en el centro de la tempestad no puede ponerse a analizar el estado de la mar pero aún así me encuentro patidifusa, en serio. Tal vez los prejuicios estén cambiando pero la forma de manejarlos es la misma de siempre. O eso me parece... y creo que tiene mucho que ver con la argumentación de Huelladeperro. Tal vez sea mezclar temas distintos, no estoy segura, pero intuitivamente se me cruzan en el análisis y me da qué pensar.

En cualquier caso, brindo por los que "salieron así y nadie entiende la razón" jeje.

Más besos!

Antígona dijo...

Caray, doctor Lagarto, ¡menudo comentario más erudito se ha marcado! ;)

Como el comentario se dirige a Huelladeperro, tan sólo le diré que tampoco yo veo esa incompatibilidad a la que alude. Creo que ha sido muy acertado que haya traído aquí la idea del contrato social y la cuestión de la legitimidad en la que se funda, dado que ambas presuponen el consentimiento, el reconocimiento de los súbditos con respecto al poder que los administra y legisla. Un reconocimiento que, a mi modo de ver, sólo puede darse cuando el poder se encuentra en armonía con el modo en que una determinada sociedad se ve y se entiende a sí misma. Ahí es, me parece, donde entran en juego los prejuicios sociales, tan alimentados por el poder (educación, ciencia, medios de comunicación…) como refrendados por la sociedad que acepta su legitimidad en una suerte de bucle que, sin embargo, nunca cierra del todo, como ya comentaba Troyana. El poder nos constituye, nos moldea como los individuos que somos, pero, como ya decía García Calvo, por suerte nunca es perfecto. De lo contrario, según él estaríamos muertos. Y quiero creer que no lo estamos.

¡Un beso!

Antígona dijo...

A ver, Margot, creo que comprendo lo que planteas, pero también creo que aquí habría que distinguir entre el plano de la acción colectiva, y el de la individual, aun cuando también soy consciente de que esa distinción es en buena medida falaz. Pero trataré de explicarme.

Por mi parte, acepto que hay un orden social dado. Acepto que las reglas que rigen este mundo no las he hecho yo. Como acepto, y te aseguro que con íntima e inagotable rebeldía, el tener que ir todos los días a currar pese a ser plenamente consciente de que el intercambio tiempo-dinero que lo justifica es mentiroso e injusto. Pero que lo acepte no significa que esté de acuerdo ni con ese orden social, ni con las reglas del mundo, ni con el modo en que se pretende que nos traguemos mentiras por verdades. Y mucho menos que me guste. Ahora bien, ¿qué puedo hacer frente a ese orden social? ¿Tengo alguna posibilidad de intervenir para cambiar las reglas que rigen este mundo? Es posible que sí, pero, francamente, cuando me planteo el asunto de una forma global, es que no sé ni por dónde habría que empezar. En mi cabeza se imponen, además, la impotencia y la desesperanza, como si los tiempos en que las acciones colectivas civiles capaces de transformación y cambio hubieran ya pasado. ¿Que por qué no nos liamos a pedradas cuando a algunos, desde luego, las ganas no nos faltan? Probablemente porque no le vemos sentido a esa iniciativa, porque pensamos que ningún liarnos a pedradas cambiará la situación en la que vivimos, porque creemos que este mundo se ha vuelto demasiado complejo y no tenemos claro qué tipo de estrategias habría que utilizar para que ciertas transformaciones tuvieran lugar.

Se impone, entonces, la lógica del “sálvese quien pueda”. La lógica de la lucha por minimizar, los efectos perversos que ese orden social, con todos sus prejuicios, puedan tener sobre nosotros mismos y sobre nuestra realidad más inmediata. Que es a la vez la lucha por combatir, por cambiar, la incidencia de esos prejuicios en nosotros en el momento en que los sentimos como una losa asfixiante, y también por tratar de cambiarlos en aquellas personas sobre las que pensamos que podemos ejercer algún tipo de influencia. Se trata, desde luego, de una acción de muy corto alcance. Pero a fin de cuentas es conmigo misma y con mis sufrimientos con quien tengo que vivir, es con la gente que me rodea, con las personas que elijo tener en mi vida, con quienes quiero vivir esa vida de la mejor manera que pueda. Y aunque la acción sea de corto alcance, no por ello pienso que sea menos esencial, menos imprescindible. Ahí es donde percibo que tengo alguna posibilidad de transformación, e intento actuar en consecuencia.

Personalmente, no me gusta NADA que nadie me diga lo que tengo que hacer. No me gustan las relaciones de autoridad, ni tan siquiera la que se establece entre médico y paciente. Pero allí donde me someto es porque creo que no tengo más remedio que hacerlo. O mejor, porque no deseo afrontar las consecuencias negativas que se derivarían necesariamente del hecho de no someterme. Y tengo la sensación de que a muchos les pasa exactamente lo mismo, es decir, que no se someten gustosos a las autoridades que detectan conscientemente en sus vidas, sino que las acatan porque tampoco desean afrontar las desventajas o perjuicios que implicaría no hacerlo.

Otro asunto sea, tal vez, el hacer o pensar “lo que está mandado” sin ni tan siquiera ser consciente de que eso es “lo que está mandado” y con la espuria sensación de elegir libremente. Entiendo que eso es a lo que llamas espíritu gregario. De eso, supongo, es extremadamente difícil desprenderse. Y basta ir a un centro comercial un sábado por la tarde para comprobarlo. Ahora, por otro lado, no puedo dejar de pensar que cada cual allá con su vida. Quien se sienta feliz y satisfecho haciendo y pensando “lo que está mandado”, es asunto suyo. Yo, por mi parte, seguiré tratando de deshacerme de “lo que está mandado” cuando sienta las contradicciones que mi sometimiento a ello me produzca, cuando experimente la mentira en mis propias carnes.

Ay, no sé si después de todo este rollo he aclarado algo. Se me hace difícil pensar el problema. Imagino que porque el problema no es nada fácil en sí mismo.

¡Besazos!

Margot dijo...

No, si yo estoy como tú, así que perfectamente explicado! jajajaja

Ichiara dijo...

Bárbaro debate. Yo de pequeña sufría el experimento de Elliot con mi madre, mis hermanos (tres chicos)y las camas. La muy zorrona, jajaja, me obligaba a hacer las camas de todos. Yo me rebelaba, obviamente, po lo que ella argumentaba que yo lo hacía muy bien, que los tíos eran unos torpes y nosotras, las mujeres, teníamos un sentido armónico de valor incalculable. Mi perfección llegó a tales extremos que podía hacerlas todas, incluida la matrimonial, en dos escasos minutos. Y perfectas. Como decidí que mi futuro no estaría comprometido con el sector de la hostelería no me sirvió de gran cosa, excepto para desarrollar el sentido armónico (cualidad femenina de gran interés según Kant).

La autoridad mandaba y yo ejecutaba. Lo que no tengo muy claro es si hice lo que se esperaba de mí como mujer porque lo mandaba la jefa o porque no estaba por la labor de emprenderla a golpes con tres tíos adolescentes y otro ya crecidito y dije sí bwana.

Lo cierto es que coincido contigo. Se hace tan lastimoso caminar a diario, con un panorama tan requetesobao de capitsa y capitas de barniz que a estas alturas quién sabe de la calidad de la madera. Elegimos el entorno más cercano a nuestros propios juicios y prejuicios y nos damos cuerda.


Muy interesante el temita.

Besos

Antígona dijo...

Me alegra que te hayas incorporado al debate, Ichiara, y más con este ejemplo tan ilustrativo de la cuestión. Un ejemplo que, en otras variantes, he sufrido también en mis propias carnes en lo relativo a la educación que le dieron a mi hermano por ser hombre y a la que me dieron a mí por ser mujer.

Creo que, en este caso, no hay diferencia alguna entre el hecho de que obedecieras para hacer lo que de ti se esperaba y que lo hicieras para no emprenderla a golpes con tus hermanos. El resultado fue que hiciste lo que se esperaba de ti –la desobediencia tiene consecuencias bastante terribles en la infancia- y en ese hacer lo que se esperaba de ti se cumplió la profecía. Tu “sentido armónico” para hacer camas se desarrolló a fuerza de práctica y lo que inicialmente era falso –que tú tuvieras más capacidad que tus hermanos para hacer bien las camas y que ellos fueran más torpes-, terminó siendo verdadero. Tus hermanos, nunca obligados a hacer las camas, siguieron siendo torpes, y tú te convertiste en una perfecta hacedora de camas. ¿No dicen aquello de que la función crea el órgano? Pues eso. Porque digo yo que la primera vez que las hicieras no te saldría la cosa tan perfecta, ¿no? En fin, estas madres nuestras, cargaditas de prejuicios, qué daño hacían sin saberlo.

Lo de Kant, jeje, hijo de su tiempo, qué le vamos a hacer, como todos los filósofos –hombres, claro- hasta cierto momento de la historia. Lamentable que su genialidad no les sirviera para poner en cuestión los prejuicios heredados. Aunque, ¿a santo de qué iban a hacerlo, si el prejuicio determinaba que estaban en la posición privilegiada? Ante determinadas afirmaciones de los filósofos sólo se puede correr un tupido velo si una –mujer- pretende seguir interesándose por la filosofía. Y esbozar mientras tanto una media sonrisa irónica diciendo “pobrecillos” ;)

Tienes razón con lo del barniz y la madera, una metáfora que expresa muy bien lo que se quería plantear aquí. Ahora, estoy segura de que hay capas de barniz que pueden ser rascadas, sobre todo cuando no nos dejan respirar. Es un trabajo arduo, pero si se siente como necesario, también inevitable.

Besos

Ichiara dijo...

No sé si a todas las mujeres nos pasa, no conozco a muchas a las que les interese la filosofía como lectura de cama, jejeje, al menos así en persona y en mi entorno inmediato, pero supongo que nuestro gesto no se corresponde con el convencional establecido: sesudo, adusto, pensativo, etc. a mí me sale siempre la sonrisa beatona y a veces, muchas, la carcajada.

Tuve hace años un novio muy filósofo que cuando me leía a Nietzsche me decía: pero muchacha, tú de qué te ríes? (era un prerandolph obviamente)