<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774</id><updated>2012-01-27T09:13:25.310+01:00</updated><category term='Cazadores'/><category term='Música'/><category term='¿Bloggeo o no bloggeo?'/><category term='Ojo crítico'/><category term='Verbos imprescindibles'/><category term='Avatares'/><category term='Hermes'/><category term='Divertimentos'/><category term='Conceptos'/><category term='Ficciones veraces'/><category term='Cuadros'/><category term='Maestros de la pluma'/><category term='Cuestión de sexos'/><category term='Estar aquí'/><category term='Mememememememe...'/><category term='La gran pantalla'/><category term='Perlas cultivadas'/><title type='text'>La cólera de Aquiles</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>175</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-1418201168154122185</id><published>2011-07-31T19:55:00.004+02:00</published><updated>2011-07-31T20:05:31.418+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Avatares'/><title type='text'>Verano</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-8fplbr4r6j0/TjWYeUG3uLI/AAAAAAAAA3E/8Wz5D18ZQHw/s1600/carl_spitzweg_021-detail.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 439px; height: 651px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-8fplbr4r6j0/TjWYeUG3uLI/AAAAAAAAA3E/8Wz5D18ZQHw/s400/carl_spitzweg_021-detail.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5635578155285067954" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: verdana;font-size:85%;" &gt;En armonía con lo que viene sucediendo desde hace un par de semanas –no sé si se habrán ustedes percatado- no voy a tener más remedio que ausentarme durante algunas semanas más de esta casa y probablemente también de las suyas. Lamentablemente, me temo que debo de pertenecer a esa clase de seres que no son capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo, o, en mi caso, de dedicar mi atención a dos cosas al mismo tiempo, más cuando una de ellas me absorbe hasta el punto de desdibujar del horizonte casi cualquier acontecimiento en el mundo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: verdana;font-size:85%;" &gt;Mientras el resto de la humanidad celebra la llegada del calor y dedica sus jornadas veraniegas a solearse en la playa, nadar en la piscina o dar paseos campestres, las mías transcurren conmigo enclaustrada entre las cuatro paredes de mi particular “oficina”, inmersa en la caótica pila de apuntes y libros que se agolpan sobre mi mesa de trabajo, y pegada en la pantalla del portátil a un documento de Word al que sólo muy lentamente y con ímprobo esfuerzo le van creciendo las palabras. Lo importante, sin embargo, es que después de varios años de lecturas por fuerza mil veces interrumpidas, de intensos centrifugados seguidos de bruscos y prolongados parones, de recorrer laboriosos caminos para verme después condenada, cual vulgar Penélope atrapada en el red de los hilos del olvido, a andarlos de nuevo como si por primera vez los pisaran mis pies, por fin, por fin, le van creciendo las palabras. Aunque es cierto que nunca más que en estos días he tenido tan presente esa frase que leí hace tiempo y que jamás –no, en este caso no– creo que olvide: “escribir es suicidarse”. Escribir según qué cosas, habría que matizarla desde mi propia perspectiva, es suicidarse. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: verdana;font-size:85%;" &gt;Ahora, supongo que nada de lo que nos lleva a sentirnos vivos deja de acelerar en cierta medida la llegada de la muerte. Y yo, qué quieren que les diga, me siento a ratos exhausta, a ratos angustiada frente a los obstáculos y las dudas, a ratos enfadada con esta naturaleza obsesiva mía que apenas me permite pensar en otra cosa que no sea esto que tengo ahora entre manos –estás como ausente, me reprochan los amigos, como en aquel poema de Neruda- y mucho menos concentrarme mínimamente en cualquier otra actividad. Pero también me siento viva. Así que, por más que haya decidido emplear mi verano en suicidarme un poco, no hace falta que se preocupen por mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: verdana;font-size:85%;" &gt;Ingrediente clave en esta espiral obsesiva, en absoluto desconocida para mí pero tal vez más acusada en estos momentos que en otras etapas de mi vida, es que el tiempo me apremia. Lo cual significa que si todo va bien, calculo que allá por septiembre esta suerte de castigo autoinfligido que me privará del moreno estival, esta a veces pesadilla voluntariamente escogida, habrá concluido o habrá concluido al menos en su parte más difícil y podré volver a tomar las riendas de esta casa y a pasearme y demorarme tranquilamente por las suyas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Disfruten mientras tanto, cada cual como mejor le parezca -ya ven a partir de mi ejemplo que cualquier rareza vale- del calor veraniego y de las vacaciones, y nos vemos en unas cuantas semanas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: verdana;font-size:85%;" &gt;Besos para todos!   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-1418201168154122185?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/1418201168154122185/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=1418201168154122185&amp;isPopup=true' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1418201168154122185'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1418201168154122185'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/07/verano.html' title='Verano'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-8fplbr4r6j0/TjWYeUG3uLI/AAAAAAAAA3E/8Wz5D18ZQHw/s72-c/carl_spitzweg_021-detail.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-5254529202275244589</id><published>2011-07-11T20:37:00.011+02:00</published><updated>2011-07-11T21:55:07.426+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ojo crítico'/><title type='text'>Neurociencia versus CEOE</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-bAZ8r62o0mc/ThtGvsMY18I/AAAAAAAAA28/cUnwjIhIwV4/s1600/3b22b3-1.JPG"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 471px; height: 411px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-bAZ8r62o0mc/ThtGvsMY18I/AAAAAAAAA28/cUnwjIhIwV4/s400/3b22b3-1.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5628169944460482498" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Hace un par de décadas se comprobó empíricamente que la corteza cerebral de una rata –el lugar de su cerebro donde se encuentran sus neuronas– aumenta de tamaño cuando se la sitúa en un ambiente de estimulación, como pudiera ser una jaula con objetos que la rata pueda explorar, o cuando aprende a orientarse dentro de un laberinto. Sin embargo, sólo recientemente se ha averiguado el por qué de este aumento en el tamaño de su corteza cerebral: en un importante estudio de neurobiología, el científico &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://mcb.illinois.edu/faculty/profile/912"&gt;William Greenough&lt;/a&gt;, de la Universidad de Illionis constató que si bien el número de neuronas que la componen permanece estable, lo que aumenta significativamente es el número de dendritas o ramificaciones arborescentes en sus neuronas que conectan con otras neuronas. Así pues, la corteza cerebral de la rata se desarrolla porque crece el número de conexiones que sus neuronas generan entre sí. Algo que no sucede cuando se mantiene a la rata aislada y sin estimulación.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Nada distinto sucede por lo visto con el cerebro humano. Es cierto que se trata de un órgano rígido en lo que respecta al número total de neuronas que lo forman, no susceptibles de multiplicación o regeneración desde pocos meses después del nacimiento, momento en que se alcanza el cómputo global y fijo de neuronas que persistirán a lo largo de la vida de un individuo hasta que comiencen a destruirse. Pero el cerebro, según vienen demostrando en los últimos tiempos las investigaciones científicas en el terreno de la neurociencia, es un órgano tremendamente plástico y moldeable en lo relativo al número y tipo de conexiones que esas mismas neuronas pueden crear. La propia morfología de las neuronas, como consecuencia del desarrollo de sus dendritas y de los contactos que tales ramificaciones establecen con otras neuronas, está sujeta a cambios y éstas, al parecer, nunca pierden su capacidad de modificarse. En este sentido, puede decirse que el cerebro humano es un órgano en constante transformación no sólo funcional, sino también estructural o morfológica en virtud del número y clase de conexiones que se producen entre las neuronas, dado que ambos factores no dejan de alterarse con el transcurrir del tiempo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;¿Y de qué son resultado las nuevas y diferentes conexiones que se crean entre las neuronas? Sencillamente, de la experiencia y de los aprendizajes a los que ésta da lugar. Nuevos estímulos perceptivos y ambientales, suficientemente reiterados, implican nuevas conexiones. Distintas prácticas, operaciones o ejercicios mentales conducen al desarrollo de distintas ramificaciones de las dendritas neuronales y a distintas conexiones con otras neuronas. Y, al parecer, esta plasticidad o capacidad de las neuronas de generar conexiones entre ellas no depende de la información hereditaria. O, lo que es lo mismo, los genes no determinan el número de conexiones sinápticas que las neuronas pueden generar, sino que éste varía exclusivamente en función de la actividad y estimulación cerebral. Por ello no existen dos cerebros iguales, ni tan siquiera en gemelos idénticos. Si sólo uno de estos gemelos de idéntica carga genética se dedica, pongamos por caso, a tocar el piano, se observará que en las áreas de la corteza cerebral destinadas al control del movimiento de cada una de las dos manos se ha generado un gran cúmulo de conexiones neuronales y, por tanto, un desarrollo de la corteza cerebral en estas zonas notoriamente mayor en relación con el cerebro del otro gemelo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Lo que se deduce de todo esto es que el cerebro humano es una suerte de masa plástica que se modela en función de la experiencia. De ahí que, incluso en su configuración puramente física, dispar en cada ser humano, este órgano constituya el fiel reflejo de nuestras vivencias y de las habilidades y competencias que hemos adquirido en virtud de la práctica y el aprendizaje. Un reflejo, por otra parte, siempre cambiante y dispuesto al cambio según las actividades que llevemos a cabo y la estimulación a la que sometamos a nuestras neuronas. Hasta el punto de que se cree que si los niños procedentes de ambientes depauperados con deficiente estimulación intelectual y psico-afectiva tienden a mostrar una menor capacidad o desarrollo intelectual es porque, al igual que en el caso de las ratas, sus neuronas poseen una arborización menor que la de los niños criados en ambientes óptimos. Pero si esos mismos niños son sometidos a un programa de estimulación cognitiva, su desarrollo cerebral y el correlativo rendimiento intelectual no tardan en aumentar para equipararse al de la media al aumentar el número de conexiones sinápticas de sus neuronas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-dB-FhlUv9Ms/ThtGqrZkdfI/AAAAAAAAA20/brykE3k_YWY/s1600/3b22b3-3.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 465px; height: 311px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-dB-FhlUv9Ms/ThtGqrZkdfI/AAAAAAAAA20/brykE3k_YWY/s400/3b22b3-3.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5628169858347988466" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Esto es, a día de hoy, lo que dice la Ciencia en lo referente a la plasticidad del cerebro, la capacidad de aprendizaje y el rendimiento intelectual de los seres humanos. Sin embargo, hace unas semanas, saltaba la &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.elpais.com/articulo/sociedad/CEOE/ve/genes/clave/exito/escolar/elpepisoc/20110622elpepisoc_4/Tes"&gt;noticia&lt;/a&gt; de la presentación de un estudio por parte de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) sobre las “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Reformas necesarias para potenciar el crecimiento de la economía española&lt;/span&gt;” –un estudio, por cierto, al que no se puede acceder gratuitamente y cuyo precio en el mercado es de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.aranzadi.es/index.php/catalogo/tipo/libros/reformas-necesarias-para-potenciar-el-crecimiento-de-la-economia-espanola-tomos-i-y-ii"&gt;más de 80 euros&lt;/a&gt;– en el que, en el capítulo sobre reformas educativas, se defiende que la herencia genética “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;tiene una importancia sustantiva en el rendimiento escolar de los hijos equivalente o algo superior a la del origen socioeconómico&lt;/span&gt;”. Y es que, según uno de los coautores del mismo, profesor de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.ucm.es/centros/cont/descargas/documento21595.pdf"&gt;Sociología de la Educación&lt;/a&gt; en la Universidad Complutense, “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;cada vez estamos más convencidos de que no todo es condicionamiento social&lt;/span&gt;”. A la par, este mismo estudio señala que “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;el gasto en educación no es lo más importante en la obtención de resultados&lt;/span&gt;”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;No puedo saber –dado que, como ya he dicho, no se puede consultar de manera gratuita y no tengo intención alguna de gastarme más de 80 euros en adquirir este texto para enriquecer aún más el bolsillo de los empresarios– si el estudio de la CEOE pone en relación ambas afirmaciones. Pero creo que cualquier persona con sus neuronas mínimamente estimuladas y, consecuentemente, con un grado estándar de conexiones sinápticas entre ellas, podrá deducir la conclusión que se deriva de su contemplación conjunta: si el rendimiento escolar depende “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;sustantivamente&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;” de la herencia genética y, por tanto, los listos de nacimiento siempre obtendrán mejores resultados que los tontos de nacimiento, ¿qué sentido tiene invertir más en una mejor educación? No, la inversión en educación no tiene sentido, parece decir la CEOE a partir de las investigaciones presuntamente científicas en las que se apoyan. De manera natural, los listos de nacimiento obtendrán buenos resultados y los tontos de nacimiento malos. No despilfarremos el dinero público en gastos inútiles.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Pero lo que no contaba esta noticia es que en este capítulo sobre reformas educativas del estudio de la CEOE, titulado “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Diagnóstico y reforma de la educación general en España&lt;/span&gt;” se sostiene –al menos según el &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.asp-research.com/pdf/resumen%20ejecutivo.pdf"&gt;resumen ejecutivo&lt;/a&gt; que sí circula por la red– que “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;los centros privados suelen obtener mejores resultados que los públicos, aunque ello se debe en gran medida a que seleccionan alumnos de familias con mejor nivel social o educativo&lt;/span&gt;”. Parece, pues, que sus autores, incurriendo en una clara contradicción, sí reconocen que, a mayor nivel socioeconómico, mejores resultados. Refrendan con ello, quizá sin pretenderlo, los datos estadísticos que –por supuesto desde otros frentes– señalan que las tasas de fracaso escolar son entre tres y cuatro veces superiores en las comunidades pobres en comparación con las ricas, o que los niños pertenecientes a familias con renta media y alta tienen hasta veinte veces menos probabilidades de abandono escolar que los pertenecientes a familias de renta baja.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-6sbiYHxqLUM/ThtGmGLlmQI/AAAAAAAAA2s/vwmeF43mA40/s1600/escuela.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 419px; height: 417px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-6sbiYHxqLUM/ThtGmGLlmQI/AAAAAAAAA2s/vwmeF43mA40/s400/escuela.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5628169779637754114" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Y tampoco contaba que a continuación de este punto sus autores se permiten afirmar que “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;una mayor proporción de enseñanza privada mejora el rendimiento conjunto del sistema, a través de las presiones competitivas en las escuelas públicas, a condición de que gran parte de la enseñanza privada esté financiada públicamente y la financiación por alumno sea similar a la de los centros públicos&lt;/span&gt;”. Cabría aquí preguntarse cómo hacer compatible la idea de que el gasto en educación no es lo más importante en la obtención de resultados –o, tal y como reza en el resumen ejecutivo, “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;llegado un cierto nivel de gasto por alumno, los incrementos superiores tienden a tener efectos nulos en el rendimiento escolar&lt;/span&gt;” – con la de que la financiación por alumno en los centros privados sea similar a la de los centros públicos. Porque mientras no se incremente el gasto en educación –y el estudio sugiere claramente la inutilidad de tal incremento–, la financiación pública de los centros privados sólo podría tener lugar a costa de disminuir el gasto en educación en los centros públicos. Y mientras los centros concertados y privados sigan seleccionando a los alumnos de mejor nivel socioeconómico, ello supondrá destinar el dinero público a favorecer a los más favorecidos quitándoselo para ello a los más desfavorecidos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Quizá estos profesores piensen que en los niveles socioeconómicos más elevados se aglutinan los más listos, mientras que en los inferiores se aborregan los más tontos. Y a lo mejor hasta tienen razón, si se atiende al rendimiento escolar observado entre una y otra esfera de la población. Ahora, lo que me parece el colmo de la obscenidad y la perversión es que intenten convencernos de la inutilidad de cualquier política de redistribución de la riqueza y justicia social encaminada a mitigar diferencias entre los más ricos y los más pobres desde la premisa de que si los pobres son pobres ello se debe, sencillamente, a que son tontos de nacimiento y no hay forma de alterar esta cruel determinación natural. Porque es aquí donde se demuestra la obscenidad y la perversión que anidan en la defensa de ciertas ideologías innatistas sobre la condición humana en general y su inteligencia en particular: que sistemáticamente se postulan al servicio del más recalcitrante inmovilismo y para aún mayor beneficio de quienes ya han salido injustamente beneficiados en esta injusta lotería social, que no natural.    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-5254529202275244589?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/5254529202275244589/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=5254529202275244589&amp;isPopup=true' title='22 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5254529202275244589'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5254529202275244589'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/07/neurociencia-versus-ceoe.html' title='Neurociencia versus CEOE'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-bAZ8r62o0mc/ThtGvsMY18I/AAAAAAAAA28/cUnwjIhIwV4/s72-c/3b22b3-1.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>22</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-4073568601974775186</id><published>2011-06-24T21:50:00.008+02:00</published><updated>2011-07-19T20:45:01.496+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Estar aquí'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><title type='text'>Para qué poetas</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-s6kh4xmW-zI/TgTtVMVyN_I/AAAAAAAAA2g/Cl5FnQIUUJE/s1600/chagall_poet.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 412px; height: 566px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-s6kh4xmW-zI/TgTtVMVyN_I/AAAAAAAAA2g/Cl5FnQIUUJE/s400/chagall_poet.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5621879183210854386" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Se nos deslucen las palabras en la boca de tanto gastarlas, como monedas que pasando de mano en mano fueran mermando en lustre, perdido entre el sudor y el polvo de dedos incontables su brillo originario, limada por el uso la nitidez primera del cuño de sus relieves, evaporado con el correr del tiempo aquel sabor inédito a tesoro extraño y recién capturado que paladearon una y otra vez nuestras lenguas infantiles al conquistar su poder. Ahora las lanzan al aire, o inmóviles al silencio reflectante de nuestras cabezas, convertidas en útiles, prácticos enseres, instrumentos tendidos hacia otros, hacia nuestra interioridad confusa, como puentes que devienen invisibles para los ojos fijos en la orilla a alcanzar. Y así emergen de nuestras gargantas apenas percibidas en sus contornos, difusamente entrelazadas por el enigmático automatismo tan sólo en una ínfima parte nutrido de la costumbre, ajenos los oídos las más de las ocasiones a la amplitud frondosa que se agazapa tras la superficie repetida y cotidianamente recortada de su significado. Al igual que se oculta la honda riqueza del dar al confinarse su pronunciación a la donación del pan y el martillo.     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Pero hay quienes no cesan de abismarse sobre los zurcidos que la experiencia cose en sus entrañas, de abrazarse a los espectros brotados de su fantasía, de aguzar sus sentidos y afinar sus sentires en busca de la sustancia que arma el mundo, y en descenso por las raíces que el lenguaje clavara en sus almas desde allí se afanan en amasar el barro de las palabras para moldear figuras de líneas delicadamente esculpidas. Como aplicados orfebres engastan las piezas del collar único y precioso escogiendo con cuidado cada trozo de metal irremplazable, meditando reflexivos sobre la justeza de cada ligadura, engarzando primorosamente una palabra tras otra. Y en su esmerada trabazón, insólita o en su sencillez reveladora, logran devolverles el brillo que acaso un día poseyeran. Desnudas sobre el papel, adheridas al son de una melodía en los oídos, refulgen entonces las palabras como piedras recién extraídas de una cantera, recobrada su fuerza bruta, revestidas de su autoridad nominativa primigenia. Dispuestas a resonar de nuevo en nuestras bocas con los ecos vírgenes que acompañaron su nacimiento, solícitas a vibrar en nuestras lenguas como si por vez primera las engendraran fraguando su sentido. Y hasta el silencio que separándolas las alía y uniéndolas las distancia reverbera en ellas sinuoso como su signo escrito sobre la partitura, tornándose patente en el vacío que lo conforma.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Brillan las palabras en el metal forjado de sus versos, y brillan con ellas las cosas que nombran, en idéntico proceso deslucidas y opacas, desgastadas y sobadas por las manos en el hábito de la ejecución, por la mirada que en su reiteración las baquetea y aplana, aplastando el misterio que soporta su existencia, sepultando la belleza que en su singularidad se alberga. Disuelto por la designación atenta el gris plomizo que enturbia su manifestación rutinaria, se nos aparecen de súbito bajo una nueva luz, una luz distinta, más pura, más salvaje, que irradian perfilando sus límites, fundiéndola en su materia. Por eso descubrimos una y otra vez en el relucir de esas palabras la hermosura de la rosa ignorada durante el paseo, la suavidad fugaz de sus pétalos destinados a caer como párpados somnolientos, el orgullo inocente de sus espinas. Siempre pasmoso, el azul del cielo soleado que sobrevuela nuestras coronillas apresuradas. La frescura del agua manando en surtidor de la fuente o el muro impenetrable en los ojos dulces de la gacela. Y en todo ello, el milagro de que cada pequeña cosa, cada insignificante mota de polvo, haya llegado a estar ahí para arroparnos con su presencia. Pero también aprendemos una y otra vez, al calor de esos nombres y verbos pulcramente encajados, la soledad que ensombrece nuestras conciencias en el rugido negro de una pantera enjaulada. En un cuenco lleno de flores el asombro pintado de verde de la muerte. La potencia quizá aniquiladora, acaso vivificadora del dolor y la tristeza muelle de la melancolía. El desgarro irrenunciable del amor esposado al sufrimiento enajenado del desamor y la pérdida. La ironía terrible del cáncer como fiesta enloquecida de las células. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Es misión de poetas y trovadores arrastrarnos como flautistas por los senderos sedosos de sus palabras para arrojarnos en pleno rostro, rescatadas del nicho de la costumbre y entretejidas al ritmo de sus silencios, verdades que apartamos tozudos guiados por la pretensión vana de rehuir la angustia. Bastidores de los aconteceres que nos gestan quizá tan sólo encerrados en el arcón de la desmemoria por el trasiego de los desvelos diarios. Apenas intuidas a veces desde el lenguaje común y la vivencia roma, evidencias que nos atraviesan en unas breves estrofas con la contundencia del rayo. Y no es raro que logren sus versos incrustarse con tal tenacidad en nuestra retinas que ya nunca dejemos de vislumbrar rojos los leones sobre las cálidas praderas, de tierra los cuerpos unidos en la noche, el blanco de su gemido al sobrevenir el alba. Poetas y trovadores trabajan el elemento dúctil del lenguaje para decir aquello que las cosas pueden ser y son. Para fundar lo que en su aparecer las muestra y define al ser dichas y nombradas si aquí es, como uno de ellos cantara, el tiempo de lo decible. Se inventa y construye el mundo, ése que hacia adentro y por fuera nos es dado contemplar, ése que esencialmente habita en nuestras pupilas, en la presteza convulsa de sus dedos y la articulación de sus lenguas. Esponjado por ellas en sus aparentes cercados, ensanchado en su masa mostrenca al desamparo de las palabras. Y así es como de continuo se puebla de ángeles sobrecogedores, de dioses olímpicos, de atlántidas sumergidas, no por invisibles a los ojos del cuerpo menos tangibles para los del alma. De Aquiles encolerizado, Ulises nostálgico y añejos caballeros andantes. De infinitas entidades más concretas, más compactas y veraces en el tránsito del papel a la cabeza que los seres engañosamente cercanos al alcance de nuestras manos. De torsos de Apolo salvados de entre las ruinas capaces de impulsarnos a cambiar nuestra vida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Y quién sabe si acaso no cantan y celebran, maldicen y lloran en sus elegías poetas y trovadores, como Orfeos regresados del averno, para ofrecernos en préstamo sus voces doradas cada vez que el aire, devenido incógnita densa en la ecuación indescifrable, ataranta y enmudece nuestras lenguas de trapo hurtándonos la palabra. Cada vez que vapuleados por el oleaje agitado que en las vísceras levanta esta realidad siempre extraña, siempre brumosa y desbordante, se nos torna correoso el lenguaje en la boca, reducida el habla a torpe balbuceo o grito ahogado, usurpándonos la posibilidad del justo decir y nombrar. Condenándonos a un desasosegante silencio. Penetramos sus letras y de pronto ahí estamos, retratados en su inaudita composición como en un espejo claro. Escuchamos sus versos y en su fluir ordenado nos hallamos, en pugna con boca y mundo, dichos en el pesar que asfixia la garganta, nombrados atinadamente en el pasmo que nos calla. Pues ellos son quienes dedicados a transformar en verbo su carne mortal, desgranan con cuidado la amalgama confusa de la experiencia para brindarla abierta a nuestras lenguas. Y repitiendo sus palabras pulidas, vibrantes, recobramos nosotros la voz. Diciéndonos en su cristalino sonido como nadie mejor nos hubiera dicho. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-4073568601974775186?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/4073568601974775186/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=4073568601974775186&amp;isPopup=true' title='24 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4073568601974775186'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4073568601974775186'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/06/para-que-poetas.html' title='Para qué poetas'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-s6kh4xmW-zI/TgTtVMVyN_I/AAAAAAAAA2g/Cl5FnQIUUJE/s72-c/chagall_poet.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>24</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-4575794555898257736</id><published>2011-06-04T19:06:00.014+02:00</published><updated>2011-06-05T13:14:32.394+02:00</updated><title type='text'>Obediencia</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/-B_Wqmy7oLa0/TeoTKxaSeeI/AAAAAAAAA2Y/Ezj-tluVcds/s1600/Nuremberg_1934.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 464px; height: 319px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-B_Wqmy7oLa0/TeoTKxaSeeI/AAAAAAAAA2Y/Ezj-tluVcds/s400/Nuremberg_1934.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5614320961253964258" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;No me cabe la menor duda: cualquiera que se enfrentara a la pregunta acerca de si estaría dispuesto a suministrar, bajo las órdenes de un científico, una descarga eléctrica de 460 voltios a otra persona, respondería con un escandalizado "¡No!" Y también con toda certeza proferiría una negativa aún más rotunda de planteársele si lo haría a petición del conductor de un concurso o del público de un plató televisivo. Pero, ¿podemos estar tan seguros de lo que haríamos o dejaríamos de hacer bajo la presión de una fuente de autoridad? ¿Sabemos realmente hasta qué punto estaríamos dispuestos a obedecer las órdenes de otro ser humano revestido, constitutiva o coyunturalmente, de alguna forma de poder reconocido por nosotros mismos como legítimo? &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Éstos son tan sólo algunos de los interrogantes que suscita la reciente reproducción del experimento &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Milgram"&gt;Milgram&lt;/a&gt; -un famoso experimento de psicología social llevado a cabo en los años 60- presentada en un documental de la televisión francesa llamado &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://documentalesatonline.loquenosecuenta.com/2010/10/el-juego-de-la-muerte-2010-documental-canal-hd-espanol-satrip-descargar-online/"&gt;“El juego de la muerte”&lt;/a&gt;. La única pero más que significativa diferencia entre uno y otro experimento es que Milgram lo realizó en un laboratorio de la Universidad de Yale, mientras que su versión contemporánea tuvo lugar en un estudio de televisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-Tse-CzR1CGQ/TeoTCwxmmdI/AAAAAAAAA2Q/Iu87K7GnT1k/s1600/milgram.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 445px; height: 285px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-Tse-CzR1CGQ/TeoTCwxmmdI/AAAAAAAAA2Q/Iu87K7GnT1k/s400/milgram.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5614320823644363218" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Los sujetos experimentales fueron esta vez 80 personas seleccionadas entre 2500 para participar como voluntarios en la presunta puesta a punto de un nuevo concurso televisivo llamado “La zona extrema”. Al igual que en el experimento Milgram, se trataba de personas de entre 20 y 50 años con niveles de estudios variables.  Su cometido como “examinadores” consistía en formular una serie de preguntas a otro “concursante” o “candidato” –en realidad, un actor cómplice del experimento- relativas a un listado de palabras que éste debía memorizar previamente y en penalizar sus respuestas erróneas con descargas eléctricas de intensidad creciente. Según la lógica del concurso, “examinador” y “candidato” ganarían un millón de euros a repartir entre ambos sólo por persistir en el juego hasta la formulación de la última pregunta, con independencia de los errores cometidos por el “candidato”. Pero dado que los “examinadores” creían estar participando en un mero programa de prueba, sus beneficios económicos, así como los del ficticio “candidato”, se reducirían a 40 euros en concepto de compensación por su colaboración. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Las descargas que podía recibir el “candidato” iban desde los 20 voltios iniciales ante el primer error hasta los 460 voltios. Durante la ejecución del concurso, el “candidato” permanecía supuestamente encerrado en una cabina. "Examinador" y público en el plató tan sólo podían escuchar primero sus quejas ante las descargas, luego sus alarmantes gritos de dolor y finalmente sus desesperadas súplicas para que se le permitiera abandonar el concurso -simples grabaciones de la voz del actor reproducidas por los productores del programa tras las hipotéticas descargas-. A partir de los 320 voltios el candidato se negaba entre gritos y lloros a responder a más preguntas. A partir de los 360, de su cabina únicamente emergía un preocupante silencio. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Si el “examinador” vacilaba en aplicar la descarga y así continuar con el juego, la conductora del programa debía decir: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Adelante, continúe”&lt;/span&gt;. Conforme la vacilación del “examinador” aumentaba ante las reacciones del “candidato”, también lo hacía la presión de la conductora sobre él con consignas del tipo: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Que no te impresione. Hay que continuar”&lt;/span&gt; o &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Es tu turno. Continúa”&lt;/span&gt;. Después: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Tienes que continuar. Son las reglas”&lt;/span&gt;, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Es la lógica del juego. Tienes que continuar”&lt;/span&gt;, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“El juego exige que continúes”&lt;/span&gt;. Y ante la primera negativa del “examinador” a proseguir con el juego: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Nosotros asumimos todas las consecuencias”&lt;/span&gt;. Seguido de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“Ahora mismo el candidato quiere parar, pero en diez minutos te agradecerá que hayas continuado”&lt;/span&gt;. Y finalmente, si las consignas fracasaban, la apelación al público: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“¿Qué opina el público?”&lt;/span&gt;, que aplaudía y alentaba al “examinador” a continuar. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Los resultados del experimento fueron escalofriantes: de los 80 “examinadores”, 64 -el 81 por ciento- llegaron hasta el final del juego, obedeciendo las órdenes de la conductora del programa y consintiendo en aplicar una última descarga eléctrica de 460 voltios al falso “candidato”. Sorprendentemente, se superaban los ya escalofriantes resultados del experimento de Milgram, en el que, desbordando todas las previsiones de los psicólogos, el 62 por ciento de los “examinadores” obedecieron también hasta el final las instrucciones de un científico creyendo participar en un experimento de la Universidad de Yale sobre el efecto del castigo en el aprendizaje.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/--6tlWCa2nrc/TeoS-iNWBbI/AAAAAAAAA2I/Weosy-6_L7M/s1600/Stanley_Milgram.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 442px; height: 425px;" src="http://1.bp.blogspot.com/--6tlWCa2nrc/TeoS-iNWBbI/AAAAAAAAA2I/Weosy-6_L7M/s400/Stanley_Milgram.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5614320751014708658" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Estas personas no eran sádicos que disfrutaran infligiendo dolor a otros. Por el contrario, después de la realización del experimento y de haber sido informados sobre su dinámica, todos manifestaron haber sufrido enormemente y experimentado un grave conflicto moral por verse “obligados” a administrar descargas eléctricas al “candidato”. A partir de cierto voltaje, muchos de ellos intentaron hacer trampas indicando al “candidato”, con la entonación de su voz, la respuesta correcta a las preguntas formuladas para no tener que proseguir con la tortura. Durante el concurso, vivieron momentos de tensión insoportable y fuerte angustia. Pero, aún así, no consiguieron dejar de obedecer las órdenes de la conductora del concurso. De no haberse tratado de un experimento psicológico, el 81 por ciento de los sujetos participantes habría matado a otra persona ante las cámaras por no ser capaces de desobedecer y de enfrentarse a la autoridad que concedieron al programa. La cuestión más candente ante estos hechos es, simple y llanamente: ¿Por qué?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Las conclusiones del equipo de psicólogos que dirigieron el experimento resultan, a mi juicio, de todo punto iluminadoras: puesto que convivir como seres sociales exige obediencia al conjunto de normas y leyes que regulan el funcionamiento de la sociedad, desde nuestros primeros años de vida se nos educa &lt;span style="font-style: italic;"&gt;en&lt;/span&gt; la obediencia y &lt;span style="font-style: italic;"&gt;para&lt;/span&gt; obedecer. No de otra forma aprendemos a convivir con nuestros semejantes e incluso a sobrevivir como individuos. Eso no significa que obedezcamos a cualquiera. Pero sí que obedecemos por principio a quienes reconocemos como fuentes de legítima autoridad: a nuestros padres de niños, a nuestros profesores, a nuestros jefes, a los agentes del orden público, a los médicos… Desde que tenemos uso de razón, hemos sido moldeados para obedecer sin cuestionamiento a quienes concedemos la legitimidad de un poder instituido socialmente, y en especial a quienes ostentan el poder social que otorga el saber.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;En este sentido, dicen los psicólogos, la desobediencia y el enfrentamiento a la autoridad no son fruto de la improvisación: igual que se aprende a obedecer, la capacidad para desobedecer es resultado de un aprendizaje previo, de unas experiencias anteriores, de una educación. La que, como sugiere el documental, demostraron poseer el grupo de 9 “rebeldes” que lograron enfrentarse a la conductora del programa y parar el juego en torno a las descargas de 180 voltios, haciendo valer sus convicciones morales por encima de sus órdenes. Una de ellos relataba con posterioridad que, al pulsar la palanca de las descargas, a su mente venía la imagen de los campos de concentración nazi, de los médicos que experimentaban en ellos con sus prisioneros. Y no creo que sea casual que esta mujer declarara haber crecido en un país comunista, donde la mayor presencia y calado del mandato de obediencia a las reglas sociales tendería a confrontar a sus individuos, al menos reflexiva o virtualmente, con la posibilidad de la desobediencia. Pero si no todo el mundo ha tenido la oportunidad de aprender a desobedecer, ese aprendizaje, afirman los psicólogos, puede adquirirse con cierta rapidez. Prueba de ello sería el segundo grupo de 7 rebeldes que rechazaron continuar con el juego a partir de los 320 voltios, una vez el “candidato” dejó de responder a las preguntas.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Según los psicólogos, el principal obstáculo a la desobediencia que la gran mayoría de los “examinadores” no consiguió vencer radica en lo que Milgram llamó en su día el “estado agéntico”: ante los dictados de una autoridad valorada como legítima y, fundamentalmente, ante el desconocimiento del contexto, de los supuestos, de los factores de realidad que darían sentido o mostrarían con prístina claridad a dónde conducen tales dictados, entramos en un estado por el que nos percibimos como meros instrumentos ejecutores, como meros agentes de las decisiones de otros. Suspendemos el juicio. Dejamos de pensar y delegamos toda nuestra responsabilidad personal en la autoridad que ordena. La autoridad pasa a ser entonces responsable de las consecuencias de nuestros actos, no nosotros. Ellos sabrán lo que se hacen, nos decimos. Yo sólo cumplo órdenes y será la autoridad quien responda de mis actos. Inquietante, ¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;El experimento psicológico que se expone en el documental “El juego de la muerte” pretendía evaluar el poder en nuestras sociedades de la televisión, convertida para gran parte de la población en fuente legítima de autoridad. Sin embargo, me parece que sus conclusiones a este respecto pueden ponerse parcialmente en entredicho desde el siguiente razonamiento: somos muchos los que de antemano rechazaríamos dedicar unas horas de nuestras vidas a colaborar en la puesta a punto de un programa televisivo a cambio de 40 euros; por tanto, los participantes en el experimento eran personas que ya sentían una particular “veneración” por el universo televisivo y no cabe considerarlos como una muestra representativa del conjunto de la sociedad a la hora de medir el influjo de la televisión sobre ella.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Pero si, a pesar de ello, creo que este documental merece ser visto y analizado con detalle, es porque pienso que sus reflexiones sobre la obediencia son perfectamente válidas y deben ser tenidas en cuenta. En un mundo de creciente complejidad como el nuestro, donde cada vez son más los asuntos cuyo funcionamiento interno desconocemos, y cada vez mayor la necesidad, en función de ello, de confiar en el saber de los “expertos”, nos vemos de continuo alentados, incluso forzados, a suspender el juicio, a dejar de pensar y a limitarnos a obedecer las consignas de otros. A delegar la responsabilidad de nuestras vidas en manos de esos que saben o dicen saber. Y es así como nos volvemos peligrosamente proclives a convertirnos, sin darnos cuenta siquiera, en las manos ejecutoras de sus abusos de poder. Permanezcamos, pues, atentos. Y no olvidemos que siempre nos cabe la opción de la desobediencia y el enfrentamiento a la autoridad. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Descubrí hace unos meses este fascinante documental gracias a &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://huelladeperrourbano.blogspot.com/2011/01/blog-post_9190.html"&gt;Huelladeperro&lt;/a&gt;. Ya entonces se desató en su blog un interesante debate sobre él. Pero como, pasado el tiempo, tengo la impresión de que apenas se difundió y de que muy poca gente lo conoce, no he querido dejar de traerlo a esta página. Entre otras cosas, porque si es cierto que la desobediencia se aprende, creo que bien podemos aprender algo, por poco que sea, a partir de la experiencia de otros. Así que, si os sobra hora y media, no dejéis de verlo. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;object height="360" width="480"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.megavideo.com/v/X1LVC41J480103c1299ff0e53628aa679125adb2"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;embed src="http://www.megavideo.com/v/X1LVC41J480103c1299ff0e53628aa679125adb2" type="application/x-shockwave-flash" allowfullscreen="true" height="360" width="480"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-4575794555898257736?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/4575794555898257736/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=4575794555898257736&amp;isPopup=true' title='43 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4575794555898257736'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4575794555898257736'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/06/obediencia.html' title='Obediencia'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-B_Wqmy7oLa0/TeoTKxaSeeI/AAAAAAAAA2Y/Ezj-tluVcds/s72-c/Nuremberg_1934.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>43</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-6366684235216966540</id><published>2011-05-21T20:17:00.006+02:00</published><updated>2011-05-22T18:16:06.306+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ficciones veraces'/><title type='text'>Ilusión</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-XdAWf9PuUe8/Tdf_8ilI0WI/AAAAAAAAA18/tvQKk1rGC5Q/s1600/Sorolla%2BJoaquin%2BEl%2Bnino%2Bde%2Bla%2Bbarquita.gif"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 407px; height: 564px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-XdAWf9PuUe8/Tdf_8ilI0WI/AAAAAAAAA18/tvQKk1rGC5Q/s400/Sorolla%2BJoaquin%2BEl%2Bnino%2Bde%2Bla%2Bbarquita.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5609233276453048674" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Y de nuevo los ojos, distraídos de las manos afanosas sobre los últimos cubiertos sucios, chocando contra la presencia impertinente del vaso junto la pila. Fue el primer momento en que el atisbo de extrañeza, dejado caer días atrás con indiferente rapidez, detuvo el hilo errático de sus pensamientos para focalizarlos sobre el interrogante que descartaba el simple despiste. Porque Carmen siempre coloca la vajilla recién fregada en el escurridero empotrado en el armario que pende sobre la pila. Y el vaso, al igual que días atrás, estaba limpio, sin huellas de restos de zumo o del carmín sobre el borde con que aún, como desde bien jovencita, tiñe sus labios tras el aseo matutino aunque no tenga previsto salir de casa. Tal y como hiciera esos días, Carmen lo enjuagó y depositó sobre la rejilla del escurridor junto a sus congéneres, si bien proponiéndose esta vez estar atenta al pequeño misterio del vaso fuera de sitio. Apartando de un manotazo, con una media sonrisa, ridículas ideas sobre duendes domésticos, al mismo tiempo rechazando tozuda la posibilidad del error inconscientemente repetido tras tantos años de idéntico ritual en sus manos entre el fregadero y el escurridor sobre su cabeza. A la mañana siguiente, mientras preparaba la cafetera, todavía demasiado dormida para recordar propósitos fijados antes del sueño, se percató con un ligero respingo del vaso limpio mirándola callado, insolente desde el reluciente banco de mármol junto a la pila. Y así seguiría mirándola de cuando en cuando por más que ella se empeñara en devolverlo a su lugar natural cada vez que lo descubría.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Pronto se sumaron otros objetos cotidianos a la vida en apariencia independiente de su voluntad adquirida por el vaso. Para su desesperación cuando el tiempo la apremiaba, las llaves desaparecían del paño interior de la puerta donde las incrustaba mecánicamente al entrar para reaparecer sobre el taquillón de la entrada, la mesa de la cocina o incluso el sofá. La más pequeña de las toallas, cuidadosamente apilada junto a las demás tras recogerlas del tendedero y guardarlas en el último cajón del armario, la sorprendía a menudo desde su escondite entre el revoltijo de la ropa interior. El cojín rojo del sofá empezaba a acostumbrarse a reposar sobre la cabecera de su cama. Encima de la lavadora, discos que hacía meses no escuchaba. Hasta las teclas del teléfono semejaban activarse al margen de sus dedos: llamaba a alguna de sus hijas, o a Alba, su antigua colega de docencia en la facultad e íntima amiga, y no era raro que le respondiera una voz desconocida al otro lado de la línea. Tras disculparse consultaba por si acaso, irritada, la agenda. Sí, por supuesto que ése era el número que había marcado. Un nuevo intento, pulsando con mayor concentración las teclas, y ya la voz o el contestador familiares.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Después de varias semanas de desconciertos domésticos y creciente inquietud no tuvo más remedio que abrir la puerta a la hipótesis temible, aterradora, que hasta entonces había encerrado entre los muros de la negación: lagunas en su memoria sustrayendo a su conciencia los actos que explicarían la alteración inesperada en el orden habitual de los objetos; fragmentos de ella misma en su acostumbrado trajín por la casa evaporados de su mente como si jamás los hubiera protagonizado en primera persona; pedazos de su propio yo desgajados de su presunta unidad monolítica sin más rastros de su pérdida, de las rupturas por ella operadas en el hilo subjetivamente continuo de sus vivencias, que el vaso y las llaves y la toalla y el cojín y los discos descolocados. Tal vez el inicio del desmoronamiento de las células en su cerebro. Acaso el comienzo de la demencia. Sus padres habían muerto jóvenes, no sabía de otros precedentes en la familia. Aunque, es cierto, últimamente la mortificaban ciertas anécdotas que había oído contar sobre un primo de su madre pocos meses antes de morir. Y a sus muchos años, ¿por qué habría de ser imposible? Sin embargo, salvo el baile caprichoso de los objetos, ninguna otra cosa la inducía a admitir que en su desbarajuste se reflejara el de su vieja cabeza. Si los repasaba cuidadosamente al acostarse, recordaba perfectamente los acontecimientos de cada jornada, por más que éstos se redujeran a la rutina de obligaciones domésticas, paseos, lecturas y reuniones periódicas con amigos y colegas de la universidad, cada vez más achacosos, con que se esforzaba por aliviar la sensación de vacío y soledad que la acosaban desde su jubilación. Recordaba las ideas, el orden argumental de los ensayos, los nombres de los personajes, la trama de las novelas, las noticias que leía en el periódico. Las conversaciones telefónicas con sus hijas, con Alba, a quienes nada había mencionado de lo que le estaba sucediendo. Pese a su antipatía por los médicos, se dijo con angustia que debía valorar firmemente si acudir a ellos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Una noche despertó sobresaltada. La mente en blanco, sin imágenes tenebrosas o desasosegantes que justificaran su abrupto retorno a la conciencia. Temerosa, aguzó el oído. Sólo el silencio plácido de la noche. Incapaz de conciliar de nuevo el sueño, decidió finalmente propiciar su venida con un rato de lectura. Probablemente la novela a medio leer que reposaba sobre la mesita la espabilaría aún más, así que mejor decantarse por la recopilación de artículos de uno de sus autores favoritos que había comprado hacía poco. Se levantó y se dirigió al comedor en su busca. Sólo al día siguiente se preguntaría por qué no la turbó hallar la puerta entornada en lugar de cerrada, tal y como ella solía dejarla antes de acostarse para que el ruido del tráfico matinal no alcanzara su dormitorio. Al encender la luz, sus ojos se posaron de inmediato sobre el libro que yacía, como abandonado al descuido, sobre el sofá. Se sentó algo ansiosa –una vez más, no recordaba haberlo sacado de la librería– y al cogerlo comprobó que entre sus páginas, a modo de señal marcando la interrupción de la lectura, asomaba el borde de una fotografía. Abrió el libro por esas páginas y así lo depositó sobre su regazo para ponerse las gafas prendidas en la pechera del camisón y examinar la fotografía. Allí estaba ella con Antonio durante el viaje que hicieran a Turquía el verano después de casarse. Ella con un vestido amplio y algo seria. Antonio sonreía a la cámara abrazado a su cintura. Qué jóvenes los dos. Y qué ignorantes de los problemas, de las agrias desavenencias, de las sofocantes discusiones que acabarían por separarlos con los años. Al notar una nube de tristeza ensombreciendo su corazón se dispuso a devolver la fotografía a su lugar entre las páginas del libro. Curiosa, quiso antes echar un vistazo a esas páginas. Su mirada se paralizó sobre el nombre que servía de título al capítulo que allí comenzaba. David. El corazón ya encogido bajo la lluvia. Ella estaba embarazada de cuatro meses -¿cómo no se había acordado al ver la fotografía?- durante aquel viaje, de ahí el vestido amplio y la seriedad de su rostro, no se encontraba ya muy bien. Si era niño, lo iba a llamar David. A los pocos días de volver, el dolor agudo en el vientre, la alarmante hemorragia, la visita a urgencias. Más o menos año y medio después nació Andrea. Luego Julia. Luego empezaron los problemas con Antonio. El nombre de David quedó para siempre sin destinatario.     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Y al introducirse de nuevo entre las sábanas ya frías portando bajo el brazo el libro de artículos, la idea descabellada, absurda, inadmisible, abriéndose paso en su cerebro como un tropel de caballos desbocados, derribando con su fuerza los numerosos obstáculos, las tenaces barreras, los poderosos empujones de la mente racional de la antigua profesora de ciencias políticas: ¿y si fuera David el que…? ¿y si David, su niño no nato…? ¿Por qué si no entonces el libro sobre el sofá, la fotografía en la que ella aún lo llevaba en su seno entre esas precisas páginas presididas por su nombre? ¿Por qué si no los objetos cambiados de sitio, como si David, el espíritu de David –le daba vergüenza incluso pronunciar mentalmente esta palabra– quisiera…? Estremecida por sus propios pensamientos, Carmen alzó el embozo sobre sus labios, lo mordió de puro nerviosismo y lo bajó de nuevo hasta su pecho. Casi se asustó de sí misma cuando oyó su voz rompiendo suavemente el silencio: David. Un gato maulló lastimero en el patio interior. Un poco más fuerte: David, hijo, ¿eres tú?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Desde hace unos días, Carmen se levanta más temprano. Prepara la cafetera, corta el pan, mira distraída por la ventana mientras se tuesta, se agita por la cocina de un lado a otro con la mantequilla y la mermelada, y sólo tras este ritual, durante el cual intenta disimular la sonrisa en curva contenida sobre sus labios, se aviene a dirigir la vista hacia la pila, hacia el vaso limpio junto a la pila, y lo coge ya sonriendo abiertamente para depositarlo sobre el escurridor, meneando un poco la cabeza, como si estuviera reprendiendo a alguien. Es la misma sonrisa que ilumina su rostro, el mismo gesto que balancea su coronilla cuando da con las llaves en el sofá, la toalla pequeña cubriendo sus medias, los discos o cualquier otra cosa –ahora son ya tantas cosas– sobre la lavadora o cualquier lugar insospechado. Sus diarios paseos al mediodía se han vuelto más largos y ágiles, al caer la tarde lee con mayor fruición sus novelas y ensayos. Se abandona al sueño con una apacible sensación de bienestar, de plenitud, hace años olvidada. Esta mañana ha quedado con su amiga Alba a tomar un café y de repente ésta la ha abordado por la calle, extrañada, ¿pero qué haces aquí?, si habíamos quedado hace una hora en la plaza, ¿te encuentras bien?, ha preguntado escrutando su rostro, te he esperado durante media hora, te he llamado al móvil pero estaba desconectado, y luego he venido por esta zona a hacer unas compras y aquí te encuentro, no sé, ¿seguro que estás bien?, pareces desorientada. Sí, Carmen se ha desorientado. Iba andando camino de la plaza y de improviso se ha descubierto en esa calle que no conoce, sin saber muy bien cómo llegar a la plaza, tampoco para qué quería ir a la plaza. Alba la toma cariñosamente del brazo, tratando de ocultar el estupor, la preocupación que amenaza con asomar en sus facciones, pergeñando con premura la estrategia, vamos, te acompaño a casa, qué bien haberte encontrado, quería que me dieras el teléfono de tu hija, de Andrea, es que… es que uno de mis nietos quiere irse a estudiar a París, ¿sabes? y me gustaría hablar con ella, como ella vive allí, pero… ¿de verdad estás bien?, ¿no te notas nada raro? Carmen no puede dejar de sonreír mientras deniega con la cabeza. Trata de imaginar la reacción de Alba si le dijera que sí, que claro que está bien, que es sólo que David, con su constante parloteo, con sus juegos por la calle, correteando y escondiéndose detrás de cada esquina, la despista y aturulla, y por eso se ha desorientado. Pero Carmen calla, prudente, y se deja conducir dócilmente a casa.     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-6366684235216966540?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/6366684235216966540/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=6366684235216966540&amp;isPopup=true' title='18 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6366684235216966540'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6366684235216966540'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/05/ilusion.html' title='Ilusión'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-XdAWf9PuUe8/Tdf_8ilI0WI/AAAAAAAAA18/tvQKk1rGC5Q/s72-c/Sorolla%2BJoaquin%2BEl%2Bnino%2Bde%2Bla%2Bbarquita.gif' height='72' width='72'/><thr:total>18</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-2244035914801379893</id><published>2011-05-07T18:48:00.015+02:00</published><updated>2011-05-20T14:58:47.777+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La gran pantalla'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Verbos imprescindibles'/><title type='text'>Perdonar</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-sD6TXURdWsE/TcVrZYhgD_I/AAAAAAAAA10/5HdRGur0hX8/s1600/joseph.wencker.priamo.aquiles.1876.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 438px; height: 562px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-sD6TXURdWsE/TcVrZYhgD_I/AAAAAAAAA10/5HdRGur0hX8/s400/joseph.wencker.priamo.aquiles.1876.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5604003395156316146" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;De la &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://espectadores.net/camino-a-la-libertad-critica/"&gt;historia&lt;/a&gt; que me conmovió apenas se nos narra un escuálido esqueleto: un hombre es acusado por la mujer que ama de traición al régimen soviético. Ha firmado la declaración falsa que lo condena a veinte años de encierro en un gulag en Siberia. Derramando lágrimas, testifica ante él sobre sus críticas a Stalin y sus actividades de espionaje. Él, petrificado por la incredulidad, sólo alcanza a preguntar, ¿pero qué te han hecho? Y al retirarse ella al comisario, ¿pero qué le han hecho?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Y tú te dices que en el rostro lloroso de ella no hay magulladuras, ni miembros rotos en su figura erguida, aunque él relate más tarde que es la tortura la que ha arrancado de sus labios la mentira. ¿Tal vez otra mentira que se cuenta a sí mismo, inventando una inocencia tan falsa como esa primera mentira? Tal vez. Quién no necesitaría del sustento precario, pero entre los escombros sólido como una roca de la mentira. De cualquier mentira que permita soportar las interminables horas de trabajo a la intemperie en el frío de las nieves de Siberia. Que consuele de los piojos en las ropas raídas cuando los párpados se cierran sobre el catre mugriento, rodeado de hombres convertidos por la indigencia en demonios amenazantes. Que alimente el deseo de seguir rehuyendo la muerte mientras el cuerpo exhausto y desnutrido de sopas aguadas quiere encaminarse lentamente hacia su consunción. Una mentira para aferrarse a la vida allí donde ésta deviene infierno y túnel oscuro sin atisbo de luz que indique la salida.     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;¿O acaso desconocemos qué terribles formas puede adoptar la tortura? Si las ropas esconden los golpes, también la tensión del miedo puede envarar el cuerpo descompuesto que se desmadejaría en su falta. ¿O acaso creemos que tan nítidamente debe vislumbrarse la huella de los machetazos asestados en el alma? Te arrancaremos los ojos si no firmas la declaración, podría haber escuchado la mujer que él ama. ¿Querrías perderlos? Más terrible aún: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;le &lt;/span&gt;arrancaremos los ojos, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;lo&lt;/span&gt; haremos pedacitos si no firmas. ¿Es eso lo que quieres? Y tú te estremeces pensando en el poder de las palabras según cómo se entrelacen, según quién y dónde, cuándo y cómo se pronuncien. Y en la atrocidad que significa forzar al acto heroico, a la resistencia de consecuencias inciertas, a la fortaleza reservada a los semidioses que han aceptado el destino de su muerte pronta, a seres frágiles y temerosos como nosotros. Tratando de eludir sin conseguirlo la imagen de ti mismo ante esas palabras, el interrogante por tu reacción ante esas mismas palabras. Bendiciendo tu suerte. Demasiado fácil puede resultar quebrarnos por la mitad sin tocar un solo cabello de nuestras cabezas, y luego dejar marchar los trozos desgarrados con la conciencia tranquila de las manos limpias de sangre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Pero la luz termina por aparecer para él, quién sabe si nunca dejó de brillar débilmente al fondo de su amabilidad temeraria en el medio hostil: la posibilidad de la fuga. Aun desde la certeza de que los muros de la cárcel que lo aprisiona no los forman en realidad las alambradas, tampoco los fusiles de los vigilantes ni los perros entrenados, sino la gigantesca extensión despoblada e inhóspita de los bosques de Siberia. Con sus hielos, sus lobos y sus escasos habitantes alentados a la caza del fugitivo. Naturaleza despiadada y más despiadada aún humanidad en su miseria. ¿Por qué enfrentarse a ellas? ¿Por qué lanzarse en brazos de una muerte pronosticada como segura cuando tal vez la astucia, el egoísmo eficiente que se esfuerza por abandonar todo impulso compasivo, el aprendizaje y la paciente espera pudieran deparar la continuidad mecánica de la vida? ¿Qué le espera en el mundo si la mujer que ama lo ha traicionado, si su delación todo lo ha reducido a añicos? ¿Y por qué seguir avanzando cada pie aterido y plagado de ampollas durante incontables kilómetros, en lucha feroz contra el hambre aún mayor sin las sopas aguadas, contra el frío aún más intenso en ausencia de las paredes endebles del barracón, contra la sed enloquecedora cuando el hielo se transforma en desierto que quema la piel y cuartea los labios? ¿Por qué no ceder al agotamiento extremo, a los músculos enflaquecidos reclamando descanso, a la mente extenuada de sobreponerse cada nuevo día al impulso acuciante de ceder?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Sólo tras contemplar el esbozo de penalidades que intuyes inimaginables más allá de su vivencia real, se descubre que la luz que lo asiste durante ese caminar famélico y desesperado, la luz en el horizonte hacia la que cada pie avanza con insólita determinación, se nutre del deseo que corona la asunción de un poderoso imperativo: encontrarla a ella. Y de nuevo, ¿por qué? ¿No ha sido ella, su debilidad frente al dolor, su cobardía ante la amenaza, su egoísta afán de supervivencia, o sí, incluso su impotente voluntad de protegerlo, pero ella al fin y al cabo la causante de su desgracia? ¿No ha sido ella quien se ha dejado vencer por el enemigo y ha salido indemne mientras él sufre? ¿Indemne? ¿Es que cabe salir indemne de la derrota? Ella, dice él, jamás se perdonará por lo que hizo. Nunca dejará de torturarse por su denuncia. Y sólo él, sólo él puede perdonarla. Por eso tiene que regresar. Por eso &lt;span style="font-style: italic;"&gt;debe&lt;/span&gt; regresar. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Y entonces sí crees poder imaginarlo a él imaginándola a ella, ella en su incesante paladear en la boca el sabor amargo de la culpa, ella asediada cada noche al posar la cabeza sobre la almohada por el recuerdo de las palabras acusatorias proferidas ante él, por el recuerdo de sus ojos estupefactos, preguntándose una y mil veces si no podría haber actuado de otra manera, si no podría haber resistido un poco más, si no podría haberlo salvado del destierro. Si él todavía estará vivo, si es posible sobrevivir no ya al gulag, sino al daño intolerable infligido por quien nos ama, si no habrá muerto ya, no de hambre o de frío, sino de tristeza y vacío y soledad ante sus propios recuerdos. Si no sería mejor para él haber muerto aunque eso a ella la convierta en asesina. Y junto a la cadena infinita de condicionales engarzados en su martilleo, la vergüenza constante, la vergüenza en la memoria del pasado, en la libertad presente, proyectada en el futuro sobre la angustiosa fantasía de un hipotético reencuentro en el que ella no se atrevería a enfrentar esos ojos estupefactos impresos en sus retinas. A solicitar su perdón por el mal imperdonable. En la solicitud de perdón habita el reconocimiento del daño causado que mitiga el dolor del ofendido. Pero hay daños tan evidentes, tan notorios en su brutalidad, que la mera demanda de perdón afrenta al chocar con el orden de lo irreparable.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Sin embargo, él no sólo ha perdonado. También comprende hasta qué punto el agravio sufrido le otorga milagrosamente el poder de la reparación a través del perdón. Si él perdona, ella queda libre de culpa. Si es él quien reconoce ante ella haber logrado imponerse sobre el sufrimiento padecido y elevarse con un resto todavía intacto sobre su cima, la eleva a ella consigo más allá de su culpa. Por eso &lt;span style="font-style: italic;"&gt;debe&lt;/span&gt; encontrarla. Porque ha comprendido que ella, cruelmente obligada a devenir instrumento de la maldad de otros, no merece cargar con esa culpa. Que nadie merece ser tachado de culpable por su incapacidad para erigirse en héroe si nadie sabe de antemano de sí mismo, de su propia fortaleza para llevar a cabo la proeza exigida al otro. Y que la máxima perversión pretendida por la iniquidad humana estriba en destruir a los hermanos, a los amigos, a los que se aman, transformando su amor recíproco en odio corrosivo que envenene para siempre sus almas. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Y piensas que la ofensa ciega al reconcentrarnos sobre nuestro propio dolor. A menudo redoblado por proceder de quien únicamente esperamos cura y consuelo para los múltiples dolores que inflige el mundo. Ocultándonos la verdad de que también nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestras mezquindades causan dolor incluso sin quererlo a quienes amamos. De que no hay víctima de ofensa que no se conozca en la posición de ofensor. Encubriendo el poder del perdón que se nos regala junto al dolor del agravio, ése que bien podría haber provocado la propia mano. El poder que permite la restauración del equilibrio desquiciado con el alivio del dolor de quien se duele por habernos herido. Quizá sería insensato afirmar que cualquier desmán humano es susceptible de perdón. Pero más insensato aún sería confiar en el aire respirable de la vida sin la existencia de otros dispuestos a perdonarnos. A concedernos el perdón que nos niega la soledad de nuestra conciencia envilecida por la imagen del dolor del otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;iframe src="http://www.youtube.com/embed/8xNTlNYStys" allowfullscreen="" frameborder="0" height="390" width="470"&gt;&lt;/iframe&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-2244035914801379893?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/2244035914801379893/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=2244035914801379893&amp;isPopup=true' title='30 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2244035914801379893'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2244035914801379893'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/05/perdonar.html' title='Perdonar'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-sD6TXURdWsE/TcVrZYhgD_I/AAAAAAAAA10/5HdRGur0hX8/s72-c/joseph.wencker.priamo.aquiles.1876.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>30</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-410346382491852996</id><published>2011-04-23T20:33:00.006+02:00</published><updated>2011-05-04T20:55:14.258+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La gran pantalla'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuestión de sexos'/><title type='text'>Revolución</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-gH-pxE7tSak/TbMICE36IJI/AAAAAAAAA1s/3nySwGAewXc/s1600/el-grupo.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 463px; height: 354px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-gH-pxE7tSak/TbMICE36IJI/AAAAAAAAA1s/3nySwGAewXc/s400/el-grupo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5598827593512657042" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;“¿Hay mayor revolución que la de las costumbres?”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Sophie Gottlieb en &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.papelenblanco.com/novela/el-viajero-del-siglo-de-andres-neuman"&gt;“El viajero del siglo”&lt;/a&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;Quizá deberíamos recordar más a menudo aquello que los antiguos dijeron hace ya más de veinticinco siglos: el ser humano es un animal social por naturaleza. Y no sólo porque el lenguaje, eso que más esencialmente nos define como humanos, sea imposible al margen de la vida comunitaria, ni porque disponer de una interioridad como la que nos caracteriza signifique haber sido previamente colonizado por la exterioridad de las palabras de otros. A través de y junto al hecho del lenguaje, de esos otros, próximos o lejanos, pasados o presentes, recibimos también –además de tantas otras cosas– los valores que defendemos con nuestra conducta, las pautas de actuación que nos guían, los hábitos que nos sostienen, los deseos por cuya satisfacción y cumplimiento luchamos día a día y que más íntimamente sentimos como propios y originarios. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Por eso resulta por lo general tarea tan ardua, y cuestión de décadas o de siglos más que de años, que las ideas que pretenden modificar la estructura y funcionamiento de las sociedades acaben por instaurar los nuevos valores, las nuevas pautas de actuación, los nuevos hábitos y deseos que atestiguarían la realidad efectiva del cambio al que se aspira. Por un lado, los automatismos férreamente consolidados por la tradición de la masa social tienden a ahogar de entrada cualquier principio de cambio. Por otro, y tal vez esto sea lo más decisivo, los individuos que en avanzadilla intentan vivir de acuerdo con el nuevo modelo a implantar forman parte de esa misma masa social que los ha moldeado en función de los antiguos valores, pautas de actuación, hábitos y deseos. No será extraño entonces que su voluntad y determinación se muestren insuficientes para romper con el moldeado recibido. Tampoco que estos pioneros del cambio social se vean a menudo abocados a la contradicción, a la infelicidad e incluso a la tragedia: bien por chocar contra la resistencia de sus contemporáneos, bien por estrellarse contra sí mismos, internamente desgarrados entre sus ideales y los valores, pautas de actuación, hábitos y deseos aprendidos en el seno de la sociedad que quieren alterar. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Ésta es, a mi modo de ver, la problemática que plantea la película “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El grupo&lt;/span&gt;”, basada en una novela homónima de Mary McCarthy, dirigida en 1966 por el recientemente fallecido &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Sidney_Lumet"&gt;Sidney Lumet&lt;/a&gt;. Un relato trágico del fracaso del individuo doblemente enfrentado a una época demasiado inmadura para el nuevo modo de vida que se esfuerza por encarnar y a su propia subjetividad, igualmente inmadura para llevarlo a la práctica con la coherencia y resolución necesarias.   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;“&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El grupo&lt;/span&gt;” narra la historia de ocho amigas recién graduadas en Vassar, una de las universidades femeninas más prestigiosas de Estados Unidos. Todas ellas han sido educadas para ser mujeres profesionales y autónomas que contribuyan al nacimiento de una sociedad donde la mujer tenga igual relevancia y poder de decisión que el hombre. Todas ellas son mujeres cultas y preparadas que abandonan las aulas con la ilusión de cambiar el mundo. Corre el año 1933.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Sin embargo, una vez fuera del amparo del marco académico y devueltas a la sociedad, la evolución de sus vidas durante los siete años que tardarán en reunirse de nuevo distará mucho de parecerse a lo que habían imaginado. La razón principal: casi todas estas mujeres sucumbirán a la imposibilidad de conjugar sus aspiraciones profesionales y sus afanes de libertad e independencia con el deseo más poderoso que las domina de llegar a ser fieles esposas y madres en una sociedad que las ha destinado de antemano a esa función y que constantemente les recuerda que ése y no otro debe ser su papel como mujeres. Un deseo que las conducirá a reproducir los roles de pasividad, sometimiento y obediencia al hombre de sus predecesoras que intentan superar. Un deseo que habrán de satisfacer en la mayoría de los casos al precio de la renuncia, la decepción, la desilusión y la frustración en la medida en que ninguna podrá olvidar en el fondo su paso por la universidad y los ideales que allí se les inculcaron.       &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-OsZSQjzCrhY/TbMHzDgnAyI/AAAAAAAAA1k/7Ec2UbOhA_I/s1600/e_hartman_group_2_BIG.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 446px; height: 372px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-OsZSQjzCrhY/TbMHzDgnAyI/AAAAAAAAA1k/7Ec2UbOhA_I/s400/e_hartman_group_2_BIG.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5598827335448462114" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Las más atrevidas, quienes optan por la liberación sexual que por fin permite el uso de nuevos métodos anticonceptivos antes de contraer matrimonio, harán el amargo descubrimiento de la importancia que aún se concede a la virginidad femenina, así como la doble moral respecto al sexo que sigue impidiendo a las mujeres ejercer sin consecuencias negativas su libertad sexual. Tras perder su virginidad con un artista bohemio que únicamente la desea como amante, y ante el temor de no ser aceptada por ningún otro hombre, Dottie termina por casarse con un rico viudo del que no está enamorada pero que le ofrece la posición, seguridad y tranquilidad que busca. Aunque Libby alcanza cierto éxito profesional como agente literario, sus aventuras con los escritores que conoce harán que se lamente eternamente por sus problemas para encontrar un marido. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Huyendo de los convencionalismos, la más alocada del grupo, Kay, se casa con su novio de la universidad, un dramaturgo sin talento, mujeriego e irresponsable al que mantendrá con su trabajo en unos grandes almacenes mientras éste la engaña, dilapida su dinero y acaba por maltratarla e ingresarla en una institución psiquiátrica en un mundo todavía proclive a creer que las mujeres son seres de mentes frágiles cuyos estallidos de violencia responden a su naturaleza histérica en lugar de a causas legítimas. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Pese a sus ideas liberales, Pokey no puede evitar cifrar el sentido de su existencia en la posibilidad de concebir un hijo y se sentirá realizada al quedarse embarazada después de años de fracasar en el intento. La pudiente Helena no logra ser valorada en su trabajo por los prejuicios aún imperantes sobre la inferioridad de la mujer frente al hombre. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Sin duda el caso más dramático es el de la tímida Priss, brillantemente licenciada en Económicas y demócrata convencida, que emprende con gran entusiasmo su carrera profesional en la Administración de Roosevelt. Sin embargo, poco después la sacrifica para casarse con un pediatra republicano que se burla de sus ideas políticas y la induce a una maternidad que ella teme. La obsesión de su marido por que amamante a su primer hijo pese a sus dificultades para hacerlo llevará a Priss a menospreciarse por no ser capaz de comportarse como una “verdadera” madre. A partir de ese momento, delegará la educación de su hijo en su marido, quien con sus modernas teorías pedagógicas hará de él un pequeño monstruito mientras Priss, siempre pasiva y sumisa a su voluntad, se transforma en una gris, apagada e infeliz ama de casa. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Sólo Polly, quien consigue un cierto equilibrio entre su vida profesional y sentimental, y Lakey, que marcha a Europa para regresar años más tarde con una baronesa alemana como pareja, escaparán parcialmente a las contradicciones que amargan las existencia del resto de sus amigas. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;El ritmo por momentos trepidante de la película, en el que las vidas de las ocho protagonistas, mostradas en fragmentos que se suceden e intercalan a gran velocidad, se confunden a menudo en la mente del espectador, parecería querer reflejar tanto la propia confusión que experimentan estas ocho mujeres, arrastradas por sus deseos, por sus fisuras, por sus circunstancias, a lugares en los que jamás quisieron estar, como el hecho de que, en esencia, sus respectivas trayectorias se reducen a una única historia: la de los múltiples y dolorosos obstáculos que hallaron las primeras generaciones de mujeres alentadas a hacer suyos los ideales feministas en una sociedad que difícilmente podía formarlas para estar con integridad a su altura y que se resistía a aceptar los profundos cambios que implicaban.    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Sophie Gottlieb tiene razón: la mayor revolución es la revolución de las costumbres, y no hay cuestión más esencialmente política, en lo que respecta a la igualdad entre hombres y mujeres, que la  que concierne a la gestión de la vida íntima. Ningún proyecto político sobre este tema se realizará plenamente sin la correspondiente subversión privada. Pero también es cierto, a la vista de las conexiones que todavía cabe trazar entre esta película de Sidney Lumet y la realidad social del siglo XXI, que estas revoluciones íntimas exigen un largo tiempo para darse por concluidas.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-410346382491852996?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/410346382491852996/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=410346382491852996&amp;isPopup=true' title='28 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/410346382491852996'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/410346382491852996'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/04/revolucion.html' title='Revolución'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-gH-pxE7tSak/TbMICE36IJI/AAAAAAAAA1s/3nySwGAewXc/s72-c/el-grupo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>28</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-5626509017904570536</id><published>2011-04-09T10:22:00.016+02:00</published><updated>2011-04-21T19:38:16.560+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><title type='text'>Surcos</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/-5e7F3YwvgDA/TaAWI07Z2vI/AAAAAAAAA1U/-DONX4OMVGE/s1600/picassosubastanota.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 451px; height: 568px;" src="http://3.bp.blogspot.com/-5e7F3YwvgDA/TaAWI07Z2vI/AAAAAAAAA1U/-DONX4OMVGE/s400/picassosubastanota.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5593495078096722674" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Ni uno solo de los nacidos al fulgor oscuro de una conciencia mortal que la fortuna salve de una pronta retirada se verá libre de la turbadora experiencia: la sorpresa agria frente al espejo por el pliegue inédito sobre el labio, en línea prolongando el rabillo del ojo, hendiendo entre los ojos la base de la frente; la mueca consternada que en su descubrimiento lo ahonda y acusa; la interrogante incomprensión por el invisible, necesario proceso que en silencio fuera labrándolo más allá del alcance de nuestras pupilas hasta concedernos de pronto la visibilidad de su presencia; en él la epifanía del misterio, salvo para el microscopio inviolable, de la materia en transformación que ahora declina. El dedo frota suavemente el surco y lo alisa, pretendiendo iluso su desaparición con el roce. De la herida que sin doler en la carne abruma el alma.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Relajando los músculos nos alejamos del espejo. El orden previamente quebrado sobre la superficie pulida se restaura. Si nos acercamos de nuevo, valientes, la proyección esperada vuelve a mancillarse. Todavía no es tan evidente, susurra mientras le damos la espalda la voz tranquilizadora. No lo suficiente para emborronar la certeza del primer e incontestable vestigio, el que revela el comienzo de la erosión sobre la estampa antes intacta, de la leve pendiente inclinada marcando el término de la meseta, del rodar por ella de nuestro cuerpo en caída lenta pero inexorable. Ese porvenir tan sabido en el anunciamiento de su observación mundana como tercamente ignorado es por fin pura, rabiosa actualidad, cuya irrupción se acompaña de la anticipación de sus ineludibles secuelas: la profundidad como destino de ese primer pliegue incipiente, de tantos otros aún inexistentes que con toda seguridad llegarán a agrietar junto a él el lienzo de nuestro rostro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Nos empuja de entrada la frivolidad a lamentar malhumorados la belleza poseída en deterioro, tan amarga la percepción de su ruina si es escueta o generosa; el menoscabo de la frescura que ilumina las caritas infantiles de tez inmaculada, también la nuestra en el recuerdo ayer guardado. Presos del vínculo en los oídos mil veces recorrido que anuda hermosura y juventud, lindeza y lozanía, sentimos abrirse en ese pliegue la brecha creciente de la fealdad, con ella la depreciación progresiva de nuestro valor en el mercado del deseo. Pero si, ya ajeno al juez severo de nuestros ojos, se intensifica el fruncido en el ceño, es porque tras el temor de la preocupación vanidosa a devenir pieza repudiada en la feria de las apariencias acaba siempre por asomar la angustia ancestral, tenazmente ahogada bajo el cotidiano braceo en las aguas de nuestros pensamientos: habla en el pliegue el augurio de la muerte, el brillo de la hoja afilada de la guadaña que, sin rasgar aún el cuello, recorta de repente la imagen engañosa de la extensión indefinida del tiempo en la figura exigua por limitada, idénticamente artificial en su concreción, verdadera en su concepto, del tiempo que nos queda. Entrevisto día a día desde el espejismo de la infinitud que traza el pincel del presente miope, el horizonte de dimensiones nebulosas en su lejanía se ha aproximado abrupto mostrándonos el muro ciego que lo cierra, la perpendicular que lo segmenta y quiebra, el negro último que lo sella. En el surco en la piel, el dibujo de un reloj de arena súbitamente invertido, focalizado con nitidez sobre la ampolla que se vacía. Transmutados nosotros en cenicientas ansiosas que se sofocan con antelación por el irremediable sonar de las campanadas de medianoche.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Pues con el alarmante hallazgo de ese pliegue que alborea se precipita el balance, el recuento de las cifras anotadas en la columna del haber en tenso contraste con las correspondientes al debe. De un rápido vistazo tendente a traicionar su envergadura computamos los logros, las acciones, los movimientos, la suma de las ganancias. Más escrupulosa, la mirada se dispara hacia adelante y ante ella desfila el esbozo de los peces dorados aún no atrapados en las redes: metas en lontananza, objetos anhelados en su falta, obras inconclusas, poemas no escritos, vivencias soñadas punzantes en su quimérica irrealidad. Y confiadamente aferrados al cálculo falaz de probabilidades que quiere descartar el accidente fatal, la enfermedad asesina, el fallo orgánico prematuro y letal, sopesamos a partir del rendimiento de los años pretéritos la posibilidad de embutir en el tramo pronosticado a la duración de los futuros la liquidación a tanta deuda. No será raro que nos embargue entonces una triste desazón. Tanto si la frustración nos desborda en la áspera impresión del fracaso, de la miseria en dividendos, del trayecto estéril y malogrado, como si admitimos ponderados la valía de nuestras conquistas, el balance arrojado resultará por fuerza negativo: no basta la finitud de una vida humana para el cumplimiento de los incontables deseos que engendra, de las innumerables proyectos que baraja, de las vidas infinitas que en su seno imagina.    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Antes o después, rehuir el pesar que emerge de la inútil voluntad de retroceso, aplacar el sentimiento de pérdida que como cáncer en metástasis minará poco a poco el brío de nuestros miembros, reinstalarse en el aliento y la alegría por lo venidero, exige la corrección de la metáfora, la alteración de la perspectiva: no delata el pliegue cúspide alguna que condene al descenso; por más que la piel haya empezado a ajarse bajo el sol inclemente del mediodía tardío, nosotros seguimos ascendiendo. Aligerados a cada paso del peso inerte de la inexperiencia, menos vacilantes nuestros pies al pisar la arena incierta, adherida la destreza a sus plantas para la evitación del tropiezo, dotadas nuestras manos de mayor pericia en el manejo de la brújula, aguzado el instinto, asentada la determinación en la elección ante el camino que se bifurca tras múltiples rutas andadas. Tales son las flores que brotan al precio pautado por la ley de la frágil, quebradiza mortalidad del desgaste de la cáscara, de sus muescas y desconchones. Tatuajes que la luz y el polvo graban sobre los semblantes humanos para narrar al mundo y a nuestros ojos en el espejo las risas que gozamos, los lágrimas que lloramos, las batallas libradas en sus gloriosas victorias, las derrotas que libaron las mieles, nunca suficientemente apreciadas, de la supervivencia triunfante y el tesoro del aprendizaje. Huellas palpables de los saberes que por su causa ostentan nuestras lenguas, dirigen nuestros dedos, vibran al fondo de nuestras pupilas. Del ser en perpetuo andamiaje que con sus palabras, sus gestos, sus miradas, se ha ido forjando en el barro de nuestra carne. Cicatrices ausentes de la piel virginal e irreprochable del infante torpe como máscara impoluta cuya pulcritud sólo manifiesta el vacío de la nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí. No otro es el enfoque a construir capaz de contener el lamento: armados con ese precioso botín, nosotros seguimos ascendiendo. Y que no se nos oculte que en las alturas pueden aguardarnos más amplios y espléndidos paisajes, vientos más densos, azules más límpidos, nunca antes siquiera intuidos.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Deberíamos por eso ejercitarnos a diario en el amor y la celebración de los surcos que año a año se esculpen sobre nuestro rostro como los ama y celebra el labrador sobre la tierra al ararla, a pesar del sudor y los riñones doloridos, en la expectativa del germinar de sus frutos. Por eso, y porque cada nuevo amanecer frente al espejo nos retratan aún saltando por encima de las piedras que en choque brutal detuvieron a tantos otros, expulsándolos de las risas y las lágrimas, de las victorias y las derrotas y sus mieles. A tantos otros que demasiado temprano para los surcos y los pliegues convirtieron en víctimas de la tragedia que nosotros aún, todavía burlamos.    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Apenas esas humildes, pequeñas palabras escriben las tablas del puente que, ante la marca del dios devorador en nuestro rostro, cruza de la tristeza a la alegría: del tiempo limitado, cercenado, finito que nos queda, al tiempo limitado, cercenado, finito que &lt;span style="font-style: italic;"&gt;aún&lt;/span&gt;, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;todavía&lt;/span&gt; nos queda. Desplegando ese tiempo tasado en la misteriosa infinitud de instantes que alberga. Alumbrando el espacio que en su interior se nos ofrece para acoger cálidamente tanto como ahora nos llega. Tanto como esté por llegarnos en cada ahora restante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-5626509017904570536?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/5626509017904570536/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=5626509017904570536&amp;isPopup=true' title='27 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5626509017904570536'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5626509017904570536'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/04/surcos.html' title='Surcos'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-5e7F3YwvgDA/TaAWI07Z2vI/AAAAAAAAA1U/-DONX4OMVGE/s72-c/picassosubastanota.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>27</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-7063579168181156140</id><published>2011-03-24T18:15:00.006+01:00</published><updated>2011-03-30T19:55:57.615+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><title type='text'>Justicia</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-NMgb3SEKFj8/TYt1RtFgvUI/AAAAAAAAA1M/k69bQ39BmRc/s1600/goya_hexensabbat_det.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 469px; height: 309px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-NMgb3SEKFj8/TYt1RtFgvUI/AAAAAAAAA1M/k69bQ39BmRc/s400/goya_hexensabbat_det.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5587688709704170818" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Alcalde: La donación de Claire Zachanassian es aceptada. Por unanimidad. No por el dinero -&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Comunidad: no por el dinero -&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Alcalde: sino por la justicia -&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Comunidad: sino por la justicia -&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Alcalde: y por una cuestión de deber moral. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Comunidad: y por una cuestión de deber moral.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Alcalde: Pues no podemos vivir tolerando un crimen entre nosotros -&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Comunidad: Pues no podemos vivir tolerando un crimen entre nosotros - &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Alcalde: que debemos extirpar -&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Comunidad: que debemos extirpar -&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Alcalde: para que nuestras almas no se pierdan -&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Comunidad: para que nuestras almas no se pierdan -&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Alcalde: ni nuestros bienes más sagrados.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Comunidad: ni nuestros bienes más sagrados.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Alfred (grita): ¡Dios mío!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La visita de la vieja dama - Friedrich Dürrenmatt.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Pocos libros de los que han caído en mis manos en los últimos tiempos me han proporcionado tanto placer como el recientemente publicado &lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 51, 255);"&gt;&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=3464"&gt;"Enemigos públicos"&lt;/a&gt;, &lt;/span&gt;un intercambio epistolar por momentos agrio, por momentos conmovedor e intimista, en cada una de sus páginas siempre reflexivo e iluminador, entre dos figuras en principio situadas en los extremos más opuestos del horizonte cultural francés: el polémico, nihilista, depresivo novelista &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Michel_Houellebecq"&gt;Michelle Houellebecq&lt;/a&gt; y el intelectual comprometido, mediático, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;bon vivant&lt;/span&gt; &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Bernard-Henri_L%C3%A9vy"&gt;Bernard-Henry Lévy&lt;/a&gt;. Y una pequeña parte de ese placer proviene del hecho de haberme recordado una inquietante obra de teatro del genial &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Friedrich_D%C3%BCrrenmatt"&gt;Friedrich Dürrenmatt&lt;/a&gt; que leí hace ya demasiados años y que prácticamente se había borrado de mi cabeza.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;A propósito del tema de la guerra Houellebecq cita en una de sus cartas una frase de Goethe que en apariencia denotaría un flagrante e incluso perverso conservadurismo: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Más vale una injusticia que un desorden"&lt;/span&gt;. En su respuesta Lévy se revuelve indignado y advierte a Houellebecq que el sentido original de esa afirmación de Goethe es exactamente el contrario del que por lo general se le atribuye: el escritor alemán la pronunció durante la Revolución Francesa, poco después de haber contribuido a impedir el linchamiento de un soldado francés; la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;injusticia&lt;/span&gt; valorada por Goethe como superior al desorden consistió en salvar la vida de un soldado enemigo que probablemente fuera un gran criminal; el &lt;span style="font-style: italic;"&gt;desorden&lt;/span&gt; habría sido permitir su asesinato al populacho ávido de sangre. Lévy dice detestar profundamente esa frase tal y como suele ser utilizada: con el fin de justificar el sacrificio del individuo en aras del orden establecido, para legitimar el atropello de inocentes en nombre de la estabilidad de la maquinaria social y política. En definitiva, con el objetivo de validar la injusticia sobre un elemento del sistema por el bien de su estructura global. Y es aquí donde confiesa que, cada vez que escucha esa odiosa, para él mortífera sentencia, en su memoria reaparece, junto a otros personajes reales o ficticios, el tendero Alfred Ill, la víctima sacrificada en pro de la prosperidad de la comunidad en la tragedia de Dürrenmatt &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"La visita de la vieja dama"&lt;/span&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;La acción se desarrolla en la pequeña ciudad de Güllen, inexplicablemente arruinada para desesperación de sus habitantes mientras asisten al florecimiento económico de las demás localidades de la región. Han depositado todas sus esperanzas de salir de la miseria en la visita de Claire Zachanassian, que abandonara la ciudad siendo muy joven y ahora regresa convertida en una excéntrica multimillonaria: Claire, antes Klara, ha estado realizando obras benéficas en las ciudades cercanas. ¿Qué no hará entonces por Güllen?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Alfred Ill, un tendero tan apreciado en la ciudad que se prevé como el próximo alcalde, fue novio de Claire antes de su partida. Junto a las personalidades más destacas de Güllen, la recibe en la estación y ambos evocan los tiempos de su noviazgo. La ciudad ha preparado una comida de bienvenida para Claire y aguarda impaciente que ésta explique el motivo de su visita. El alcalde pronuncia un caluroso discurso elogiando a la millonaria, proclamando su alegría por su vuelta a su ciudad natal. Finalmente Claire anuncia que está dispuesta a regalar a Güllen 1000 de sus millones: 500 para la ciudad, y 500 a repartir entre sus habitantes. Pero sólo con una condición: les dará el dinero a cambio de justicia. ¡La justicia no se puede comprar!, exclama escandalizado el alcalde. Todo se puede comprar, replica Claire. Y a continuación les recuerda lo que todos los habitantes de Güllen parecen haber olvidado: Claire quedó embarazada de Alfred, quien se negó a reconocer la paternidad de la criatura en su vientre y sobornó a dos jóvenes para que en el juicio afirmaran haberse acostado con ella. En avanzado estado de gestación, aún adolescente, en una fría noche de invierno y todavía sintiendo las burlonas miradas de desprecio sobre sus espaldas, Claire se vio forzada a abandonar la ciudad. Para sobrevivir hubo de dedicarse a la prostitución y su bebé murió con apenas un año. Pero su suerte cambió y ahora nada en la abundancia. Sin embargo, su deseo de que se haga justicia por lo que le aconteció en Güllen aún sigue vivo. Alfred merece ser castigado por su traición. Por ello, dará 1000 de sus millones a Güllen sólo si se acepta su condición: que alguien lo mate. El alcalde rechaza indignado la oferta en nombre de la ciudad. En nombre de la humanidad. Antes pobres, afirma, que con las manos manchadas de sangre. Bien, esperaré, responde Claire.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Pocos días después Alfred observa que todos los habitantes de Güllen lucen zapatos amarillos nuevos. Los parroquianos compran a crédito en su tienda más y más caros productos. Alfred comienza a sospechar que todos aguardan a que alguien se atreva a asesinarle. Atemorizado, acude al jefe de policía para rogarle que detenga a Claire por amenazar su vida. Éste le rechaza amablemente mientras en su boca brilla un nuevo diente de oro. Alfred se dirige entonces al alcalde, que trata de disuadirle de sus sospechas con una nueva corbata anudada a su cuello, un cigarro de lujo entre sus dedos y una máquina de escribir último modelo sobre su escritorio. Por todas partes se escucha el rumor de radios y televisores nuevos en las casas de Güllen. Por último, Alfred visita al párroco, quien, en medio del repiqueteo de una nueva campana en la torre de la iglesia, insiste en que no debe preocuparse más que por la salvación de su alma y por la vida eterna. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Aunque Alfred intenta huir, la ciudad en pleno se lo impide.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay que reconocer que se portó como un cerdo, han empezado a murmurar los parroquianos a su paso. También la propia mujer de Alfred, que ha reformado la tienda y estrena elegantes vestidos. Su hijo se pasea por la ciudad en un flamante coche nuevo. Su hija recibe junto a sus amigas clases de tenis. Cuando el maestro de la ciudad le cuenta que ha intentado sin éxito ablandar el corazón de Claire, Alfred, impotente, dice aceptar su culpa: Yo he convertido a Claire en lo que es. Y el maestro le da la razón: En efecto, usted tiene la culpa de todo lo que pasa. Ha sabido por la propia Claire que ésta fue comprando todas las fábricas de Güllen y provocando su ruina. Como en una tragedia griega, únicamente la muerte de Alfred acabará con la maldición caída por su causa sobre la ciudad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El alcalde prepara una asamblea donde todos los ciudadanos del pueblo votarán si deben aceptar o no la donación de Claire. Pero antes de su celebración visita por última vez a Alfred para instarle al suicidio. Su obligación moral, afirma, sería terminar él mismo con su vida. A fin de cuentas, sería lo justo para la comunidad y la liberaría de cometer un delito del que Alfred es por completo responsable. Por lo demás, ¿qué otra cosa haría un hombre de honor, sino sacrificarse por el bien de su ciudad natal y así poner fin a la miseria, a los niños hambrientos en Güllen? Debe aprovechar la oportunidad que se le ofrece para reparar su falta y recuperar con ello al menos, antes de su muerte, un poco de su dignidad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Ante la negativa de Alfred, la asamblea se celebra. Aceptar o no la donación de la millonaria Claire no es, proclama el alcalde, una cuestión de dinero, de bienestar, sino de justicia. Porque los ciudadanos de Güllen han vivido ya demasiados años en la injusticia al tolerar el crimen perpetrado contra Claire. ¿Estáis dispuestos ahora a realizar el ideal de la justicia?, pregunta a la asamblea. ¡Sólo si os sentís incapaces de consentir el mal, sólo si os resulta imposible vivir en un mundo viciado por el aire de la injusticia, podéis aceptar con la conciencia tranquila los millones y cumplir la condición que la donación lleva implícita! Todos los ciudadanos, excepto Alfred, alzan sus manos a favor de la donación. La prensa y las mujeres abandonan la sala. Cuando Alfred es conducido al escenario, una muchedumbre silenciosa se abalanza sobre él. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Nada más comprensible ahora que la indignación de Bernard-Henry Lévy en &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Enemigos públicos"&lt;/span&gt;: en la tragedia de Dürrenmatt los habitantes de Güllen representan la plasmación más extrema del sentido degenerado de la frase pronunciada por Goethe, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Más vale una injusticia que un desorden"&lt;/span&gt;. Pues lo que sucede en Güllen no es solamente que la injusticia de asesinar a Alfred sea preferible al desorden de su comunidad, y por esta razón sus habitantes opten por la injusticia con el fin de restaurar el orden perdido. En Güllen, la perspectiva del orden social impone la siniestra transformación de la injusticia en la verdadera justicia. En Güllen, es ese orden de la comunidad, el de la muchedumbre asesina movida por su afán de prosperidad económica, el que decide lo que es justo y no lo es, haciendo evaporarse en el aire la injusticia del crimen cometido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más comprensible ahora, también, que la fragilidad del significado de la palabra justicia allí donde ésta se enfrenta al deseo humano de abundancia y riqueza. Lo cual quizá explique que esta  obra de Dürrenmatt se haya leído igualmente como la plasmación más extrema de la moral del individuo moderno en las sociedades capitalistas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Digamos para finalizar, en descarga de mi admirado Michelle Houellebecq, que éste comienza la siguiente carta en respuesta a Lévy declarando entender la frase de Goethe exactamente en el mismo sentido que él. Quién desee saber por qué, que no deje de leer este genial y apasionante duelo epistolar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-7063579168181156140?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/7063579168181156140/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=7063579168181156140&amp;isPopup=true' title='36 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/7063579168181156140'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/7063579168181156140'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/03/justicia.html' title='Justicia'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-NMgb3SEKFj8/TYt1RtFgvUI/AAAAAAAAA1M/k69bQ39BmRc/s72-c/goya_hexensabbat_det.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>36</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-1181040748338756892</id><published>2011-03-09T23:11:00.018+01:00</published><updated>2011-03-10T11:12:04.609+01:00</updated><title type='text'>Saltar del barco</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/-9DcQRekXbG0/TXf5doQFOBI/AAAAAAAAA0s/JXDX9IUvIiM/s1600/AU%2BFUMANDO.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 463px; height: 432px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-9DcQRekXbG0/TXf5doQFOBI/AAAAAAAAA0s/JXDX9IUvIiM/s400/AU%2BFUMANDO.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5582204550565410834" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;De entre esas percepciones difusas que nos acompañan prácticamente desde que tenemos uso de razón, pero que sólo con el transcurrir de los años logramos identificar al hallarlas formuladas en palabras entre las páginas de un libro, hay una en la que me reconozco especialmente: existir bajo la forma de los extraños animales que somos significa habitar en la constitutiva, radical, inalienable y profundamente desarraigante imposibilidad de sentirse en este mundo como en casa. Hasta el punto de que toda relación de familiaridad con ese mundo, toda visión de éste como un hogar, aparece como un constructo de variable fragilidad destinado a encubrir esa inhospitalidad originaria. La intuimos bajo el poderoso influjo de ciertos estados de ánimo particularmente desasosegantes a través de los cuales se nos revela que no cabe sentirse como en casa en esta constante lucha contra la nada impuesta sobre nuestras cabezas desde que abandonamos el vientre materno. Estados de ánimo que nos ponen con crudeza de manifiesto cómo el lugar donde siempre acecha la amenaza inminente, y más cierta que ninguna otra certeza, del regreso seguro a esa nada, nunca representará un verdadero hogar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;No es ninguna novedad para quienes seguís desde largo la andadura de este blog mi obsesión por este tema, presente de forma más o menos directa, más o menos tangencial, en varias de sus entradas, y quizá incluso motivo que recurrentemente colorea sin siquiera mencionarse el tono de gran parte de ellas. Pues bien, hoy he querido traerlo una vez más a colación -aun a riesgo de aburriros ya definitivamente con él- porque mi obsesiva relación con esta cuestión comienza a cobrar, de un tiempo a esta parte, un cariz que nunca hasta ahora había mostrado: asumida la imposibilidad esencial de sentirse en este mundo como en casa, así como la forzosa búsqueda y creación de los lazos que nos permitan ocultar esa inhospitalidad primigenia derivada de ella, últimamente se ha apoderado de mí la sensación de que no &lt;span style="font-style: italic;"&gt;el &lt;/span&gt;mundo en cuanto tal, sino &lt;span style="font-style: italic;"&gt;este&lt;/span&gt; mundo concreto, el que día a día se dibuja con el curso de los acontecimientos, el que se fragua con la introducción de nuevas leyes, el que resulta del comportamiento de quienes en él toman decisiones, se está convirtiendo en un lugar a mis ojos cada vez más inhóspito. Tan inhóspito que reiteradamente me sorprende un absurdo deseo que en callado diálogo conmigo misma me lleva a exclamar: ¡Qué ganas de saltar de este barco! Absurdo porque sé perfectamente que, tal vez en absoluto y sin duda desde mis singulares circunstancias, no hay espacio alternativo alguno al que saltar y no me queda, por tanto, más remedio que permanecer en el barco y tratar de acomodarme al rumbo que lo guía.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;No, no soy tan ingenua: ya ni recuerdo cuándo descubrí que este mundo concreto, el que me ha tocado vivir, con su particular configuración, nunca sería un mundo amable para quienes nacimos pobres y carentes de poder. Nunca lo fue, es cierto, para todos aquellos que en similares condiciones hubieron de sufrir en sus propias carnes la maldición bíblica de tener que destinar una parte abusiva del tiempo de sus vidas a procurarse el sustento diario. Pero, a diferencia de los hombres y mujeres de otras épocas de la historia, los trabajadores del siglo XXI hemos de cargar además con la conciencia de que los trazos más gruesos de ese rostro inhóspito que el mundo nos ofrece en la actualidad provienen del indecente fracaso de una de las esperanzas menos utópicas y más potencialmente factibles de la humanidad: que el progreso de la razón científica moderna, con su intrínseca vinculación a la producción técnica, al surgimiento y perfeccionamiento de la máquina, acabaría, si no por liberarnos definitivamente del penoso castigo del trabajo, sí por aliviarnos de él de manera significativa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Bien, es obvio que hemos logrado inventar y producir tantas máquinas como jamás llegaran a soñarse en el pasado. Máquinas que, en efecto, al reemplazar y multiplicar exponencialmente en su rendimiento el esfuerzo humano, son capaces no sólo de asegurar nuestra subsistencia, sino también de devolvernos por fin el tan preciado tiempo de vida que el perverso dios cristiano nos hurtó bajo el pretexto del pecado. Sin embargo, es otro hecho igualmente palmario que sólo un ridículo porcentaje de la humanidad ha conseguido sustraerse a la condena ancestral, o estaría en disposición de hacerlo si recordara su condición de castigo, mientras nada en la más obscena y aberrante abundancia a costa de la perpetuación de la maldición para su gran mayoría. Y como, además, la porción occidental más favorecida de esa gran mayoría parece también haber olvidado la tremenda injusticia de la que es víctima y ni siquiera rechista por ella gracias a las pequeñas alegrías que obtiene de su inmersión en la espiral consumista, hace ya mucho que entendí que, como miembro que soy de esa porción de la humanidad en su conjunto alienada y conformista, no me cabía sino resignarme y aceptar que habría de seguir invirtiendo una cantidad abusiva del tiempo de mi vida en procurarme el sustento -y yo como más bien poco-, un techo bajo el cual cobijarme, algunos libros de vez en cuando y poco más.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Lo entendí, sí. Pero ese ejercicio de resignación y aceptación que practico religiosamente a diario, cada mañana de jornada laboral que suena el despertador, cada noche en que me acuesto agotada y frustrada por no haber contado con las horas que desearía para hacer otras cosas al margen de trabajar, aún me cuesta demasiados empastes rotos a fuerza de apretar las mandíbulas. Omití comentar que también me ejercito en resignarme a incluir entre mis gastos la periódica factura del dentista.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Ya creía más o menos delimitado el conjunto de los factores sobre los que seguir practicando cada día la resignación y la aceptación, cuando nos sorprendió la crisis, los activos tóxicos y con ellos el anuncio en los periódicos por parte de grandilocuentes articulistas del antes y el después del capitalismo salvaje, de la inevitable alteración del modelo, del doloroso acontecimiento que por fin determinaba, sí o sí, la exigencia de cambio, la demolición del sistema insostenible. En contra de nuestras ilusiones, muchos intuíamos que mejor esperar sentados. Nuestras intuiciones se confirmaron: como en el juego de la ruleta, de nuevo ganaba la banca.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Más tarde llegaron las huelgas de protesta frente a las medidas adoptadas para salir de esa crisis provocada por la avaricia psicópata de los poderosos, y con ellas la decepción al comprobar la pasividad de quienes podían seguirla, la indignación al descubrir la impotencia de quienes, deseando hacerla, no se atrevían a permitírselo por ver peligrar sus puestos de trabajo -ese bien tan preciado en tiempos de crisis, da igual las horas de tiempo de vida que a uno le roben por él-, la incomprensión al constatar la falta de rebeldía de tantos y tantos que reivindicaban ferozmente su derecho a &lt;span style="font-style: italic;"&gt;no&lt;/span&gt; hacer huelga. Como si las medidas adoptadas no fueran también contra ellos, contra sus familias, contra sus hijos, contra los hijos de sus hijos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Poco después hube de empezar a hacer tremendos esfuerzos por asumir que, por si no era ya suficiente el ejercicio de resignación con el que cargaba, ahora se le sumaba el correspondiente al incremento de los años del tiempo de mi vida obligatoriamente destinados al sustento futuro, a la vejez presuntamente digna, a la siempre postergada, y ahora todavía más, propiedad del tiempo propio. Esta vez, increíble pero cierto, ya sin huelga ni protesta, sin reacción por parte de nadie, en la más silenciosa aceptación del engrandecimiento de la injusticia. Y, desde los últimos días, la exhortación, la demanda al precio de multa, a un nuevo ejercicio de resignación: emplear aún más tiempo de mi vida, de nuestras vidas, en desplazarnos a nuestros lugares de trabajo. Sin una sola reflexión, sin una sola mención en ningún medio de comunicación, acerca de las posibilidades que la tecnología ofrece para que algunos, bastantes, se liberen de la necesidad de perder ese precioso tiempo en autovías y autopistas -eso que se llama &lt;span style="font-style: italic;"&gt;teletrabajo&lt;/span&gt;, debe de ser que ni políticos ni periodistas lo han oído nombrar jamás- y así nos liberen al resto de insalubres contaminaciones, de enervantes atascos, de gastos prescindibles, mientras ellos se ganan su sueldo en batín y zapatillas desde sus más humildes o pudientes hogares. Dando obcecadamente por sentado, a mayor beneficio a largo plazo de las petroleras, que cierto uso energético ligado estrechamente al trabajo constituye un factor inamovible en este mundo hostil cuyos costes sólo se pueden rebajar obligando al usuario a dilapidar más tiempo de su vida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Y mientras tanto, y para más inri, el triunfo de la tiranía de la salud hipócrita que ya ni tan siquiera consiente ni un mísero reducto público para que los fumadores nos envenenemos a voluntad con el placer de la nicotina. Avalado encima por el aplauso generalizado de quienes, alentados a la más odiosa intolerancia, no comprenden que, bajo el imperio de las razones económicas, únicamente asisten a un nuevo paso hacia adelante del proceso de extensión incontrolada de esa lógica tiránica que -no tardaremos en ser testigos de ello- terminará por intevenir, más allá del humo del tabaco, en los hábitos alimenticios, deportivos o sexuales considerados poco saludables.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Pensaba igualmente que hacía tiempo que había alcanzado un grado notable de resignación ante la creciente estupidez, deficiencia mental e inmoralidad de la clase política. Y digo de la clase política porque, al menos en cuanto a estupidez y deficiencia mental -en la inmoralidad cabrían acaso ciertas matizaciones-, a incompetencia para argumentar con un mínimo de credibilidad y sin constantes y groseras mentiras las decisiones que toman o tomarían de ocupar el poder, todos y cada uno de ellos, con independencia del color de su bandera, me parecen idénticamente deleznables. Por desgracia, en estos últimos meses en los que el mundo me resulta un lugar cada vez más inhóspito, un lugar donde las posibilidades de sentirse -aunque sea ilusoriamente- como en casa se reducen a un ritmo vertiginoso, compruebo que no es así. Como compruebo en mis cada día más tensas mandíbulas que mi capacidad para el ejercicio de la resignación está rozando sus límites.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Definitivamente, ¡pero qué ganas de saltar de este barco!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-1181040748338756892?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/1181040748338756892/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=1181040748338756892&amp;isPopup=true' title='33 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1181040748338756892'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1181040748338756892'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/03/saltar-del-barco.html' title='Saltar del barco'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-9DcQRekXbG0/TXf5doQFOBI/AAAAAAAAA0s/JXDX9IUvIiM/s72-c/AU%2BFUMANDO.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>33</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-1795933356870442103</id><published>2011-02-24T18:12:00.019+01:00</published><updated>2011-05-05T19:21:49.434+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ficciones veraces'/><title type='text'>Mal por mal</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/-gggLoW6_XrQ/TWV7uXtN4QI/AAAAAAAAA0k/rEgEFh5wiGI/s1600/4DPict.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 457px; height: 598px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-gggLoW6_XrQ/TWV7uXtN4QI/AAAAAAAAA0k/rEgEFh5wiGI/s400/4DPict.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5576999750136094978" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El bajo continuo de una inquietud sorda pulsando en la boca de su estómago le acompaña desde el día en que recibió la llamada. Su intensidad se agudiza al asociarse obsesivamente, en el rutinario trayecto al hospital, al recuerdo del número desconocido en la pantalla, de su indecisión -probablemente un error- para apretar la tecla de aceptar, de la voz vacilante al otro lado del teléfono pronunciando su nombre tras excesivos timbrazos. Una voz al principio extraña, reconocida poco después con la vergüenza ya coloreando su rostro al identificarse su propietaria, cautelosa en la elección de las palabras, sin embargo cada vez más firme conforme revelaba la gravedad del asunto. Para rayar tenebrosamente en la angustia cuando Andrés revive en su imaginación su reacción de sorpresa indignada, su obstinado, airado rechazo de la acusación vertida, cómo se atreve, el tono sereno de la voz femenina al expresar la velada amenaza de denuncia, debe usted comprender, yo podría salir mal parada, y él finalmente asintiendo, prometiendo lo antes posible la visita, la inspección encubierta, mejor en domingo cuando yo no esté, volveré a llamarla en cuanto lo haya visto, no, no se preocupe, este mismo fin de semana.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Lucía había aceptado el pretexto de su visita sin apenas preguntas, sin atisbo de reproche en su voz suave por su descuido ahora que, por su desapego ahora que, por su lejanía trascendiendo la distancia geográfica ahora que pero igual antes, con sincera alegría alborozada, sólo lamentando que Carmen no pudiera también, que hubiera de ser tan breve, domingo en lugar de sábado, el domingo libra Pilar, ya sabes, la cuidadora, y no podrían moverse de casa, anunciando pollo en pepitoria como el que guisaba mamá, riendo, muy lista no he sido nunca pero la cocina no se me da mal.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Andrés acusa la tensión en la espalda tras los cientos de kilómetros recorridos y el desasosiego en alza al penetrar en el edificio del piso familiar, su propio hogar hasta hace no tantos años aunque en cada visita le parezcan los de toda una vida, la casa de su infancia y primera juventud escindidas de su presente como por un abismo. La reciente mano de pintura cubriendo las paredes del portal y las escaleras no logra ocultar su aspecto antiguo, decadente, deslucido más allá de ese brillante color crema. Tampoco impide el involuntario rebrotar de sentimientos ambivalentes enraizados a una memoria que rehúye evocar. En el segundo piso, Lucía le recibe ante la puerta con una sonrisa y un discreto delantal, el trapo entre las manos medio húmedas, pasa pasa, que qué tal el viaje, te abro una cerveza de aperitivo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Ya desde el recibidor adivina en el comedor la coronilla rala asomando sobre el respaldo del sillón frente al ventanal. Mientras Lucía vuelve a la cocina, se acerca a él despacio, procurando no perturbar quizá una siesta temprana. Y papá, en efecto, duerme pese a sus ojos abiertos, las pupilas fijas y los globos estáticos evidenciando la ceguera impasible del espíritu inerte a las líneas paralelas de árboles floridos, a los viandantes en la calle bulliciosa, a la bandada de pájaros rasgando el azul límpido del cielo. Se sitúa frente a él, ¡papá!, una, dos, a la tercera vez alcanza a quebrar su vigilia sonámbula, su extravío interior por blancos desiertos, y sus pupilas giran hacia las suyas mientras en la lengua de Andrés, alentada por el asomo de reconocimiento, parlotean preguntas huecas, palabras estúpidas en armonía con sus muecas exageradas, ésas que tontamente se prodigan al infante aún ajeno al lenguaje, a este infante arrugado y mudo cuyas pupilas acaban regresando opacas al ventanal, al paisaje dinámico invisible frente a sus ojos por dentro sellados. Papá tiránico, papá colérico, papá ogro convertido ahora en un muñeco viejo y acartonado. Papá un idiota, una estatua de sal tras el ictus irrecuperable.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Lucía aparece con la cerveza, ya ves, pobre, sigue igual, terminar así, con el mal genio que tenía, cómo no lo vas a recordar, menos mal que Pilar se las apaña bien con él, su dineral nos cuesta y gracias, sobre todo a ti, pero los domingos, los domingos se hacen pesados, todo el día aquí encerrada, imposible dejarlo solo, cuando menos lo esperas se levanta, aún tiene fuerza, no vayas a creer que porque se haya quedado en la mitad, y está tan torpe, que si no coordina, dice el médico, a trompicones va, y entonces no sabes los moratones que le salen, la medicación ésa para la sangre, qué te voy a contar, tú trabajas con médicos, cualquier golpecito de nada, pero no, no te apures, no lo llevo tan mal, y además si no pasa nada el mes que viene estará en la residencia, ya queda poco, suspira, qué alivio, todo está bien, todo está bien.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Papá ha comido su papilla hace rato y ellos se sientan a la mesa junto al ventanal. Lucía tiene buen aspecto, aunque diga acusar el cansancio por su inexperiencia en la gestión de la panadería, aunque la cicatriz que afea su rostro desde su nacimiento siga surcando la carne pálida desde la nariz al labio. La pequeña Lucía, siempre dócil, siempre tierna, siempre obediente. En su mansedumbre, en sus estrepitosos fracasos escolares esposándola a la harina y el pan, en su falta de interés por los chicos, fruto sin duda del desconfiado apocamiento que, año tras año, se anudaba con mayor tenacidad al reflejo tan frecuentemente estudiado de la cicatriz en el espejo del baño, se alberga para Andrés el número contable de los factores despejando las incógnitas a tantos porqués: por qué Lucía no logró abandonar el nido a menudo inhóspito, por qué cedió a las presiones de mamá que empezaba a enfermar renunciando al proyecto del piso en alquiler, por qué tras su muerte consintió de nuevo, sólo unos meses más, hasta que papá se habitúe a la idea, papá ya viejo y cansado, pero papá gastando todavía ese perro humor de mil demonios, ese aquí mando yo, ese egoísmo tiránico y autoritario. Y de improviso el ictus, de improviso papá inútil y desvalido. No, Lucía no sabe aún qué hará cuando ingrese en la residencia, puedes quedarte en esta casa, no faltaría más, todo el tiempo que quieras, sólo cuando tú lo decidas ponemos en marcha los trámites de venta, podrías incluso pagarme una parte y quedarte a vivir aquí si lo prefieres. Lucía deniega con contundencia mientras mastica el pollo y lanza la vista hacia papá, no, eso ni en broma, demasiados malos recuerdos, para luego mirar a Andrés durante unos instantes y devolver los ojos al tenedor y el cuchillo trajinando en el plato.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Desde la cocina llega el rumor de la radio, de Lucía canturreando mientras friega y prepara café. Andrés se levanta, se dirige con sigilo hacia papá y se sitúa frente a él, poniendo sus manos sobre las suyas, que yacen laxas, frías, inmóviles sobre los muslos. Papá impasible, las pupilas fijas chocando ahora con su suéter negro de algodón. Con cuidado le desanuda el batín, le desabrocha la camisa, le sube las mangas. Ahí están. Dios. Dios. El rostro de Andrés se desencaja, bajo su esternón el punzón lacerante del horror haciendo por fin acto de presencia, aniquilando en su contundente manifestación la esperanza de la fantasía malévola, de la sospecha delirante y mezquina. Sobre la piel fofa, las manchas informes de color violáceo, las huellas delatoras, irrefutables, más recientes, más antiguas y amarillentas, de unos dedos pellizcando con saña, retorciendo la masa blanda, apretando con injustificada dureza, acaso abofeteando la carne flácida. Oh, Dios. Sus manos tiemblan gelatinosas al recomponer con idéntico cuidado las ropas de papá impertérrito, papá indefenso, papá muñeco viejo y acartonado maltratado por una niña enloquecida capaz de la más terrible atrocidad. Papá, de pronto, vencida la cabeza sobre el respaldo y los párpados cerrados. Papá que, al apartarse Andrés de su cuerpo, mira otra vez al frente, los párpados ya abiertos, los globos estáticos, tan ciegos como antes a los suyos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Los brazos de Andrés reposan con fingida calma sobre el mantel cuando Lucía llega con la bandeja del café. La deposita con cuidado en el centro. Del sillón emerge un leve ruido nasal. Espera un segundo, el paquete de kleenex saliendo del bolsillo del delantal, hasta hay que sonarle como a un crío, pobre, se inclina sobre papá tal y como él apenas hace unos minutos, sopla papá, sopla. Y mientras le limpia la nariz, Andrés observa sorprendido cómo la mano derecha de papá cobra de repente vida y se encamina, como impulsada por un lejano automatismo, pausada, casi parsimoniosamente hacia Lucía, hacia la falda de Lucía, hacia la cadera de Lucía. La cadera que entonces se contorsiona con un extraño, huidizo movimiento y se sustrae ágilmente a la mano extendida. Una mueca de viva repugnancia, de virulento asco, contrae las facciones de Lucía de regreso a la mesa, Lucía que baja la cabeza al intuir sobre ella la mirada de Andrés, Lucía que se precipita sobre la cafetera para servir el café y formula una pregunta ya formulada y respondida en algún momento.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Sobre la secuencia aún sostenida en sus retinas que enlaza mano y cadera en fuga se abalanza un tropel de imágenes desterradas, sepultadas en el cajón más recóndito de ese armario oscuro donde Andrés se esfuerza por encerrar bajo llave, con reconcentrado tesón desde que memoria y olvido le asisten, sus más inquietantes, amargos recuerdos. Lucía sacudiéndose esa mano más joven que, apoyada en su cintura, se desliza como al descuido hacia su nalga. Lucía soltándose bruscamente de esa mano menos arrugada que, agarrada a su brazo, parece intentar rozar con el dorso de los dedos su pecho adolescente, mientras papá bromea sobre su aspereza, Lucía cardo borriquero. La repulsión mal disimulada en los labios de Lucía al besar las mejillas de papá al acostarse, forzando a su talle delgado a guardar una insólita distancia de su tronco rechoncho. Lucía, aquella tarde en que papá había regresado de la panadería horas antes de lo habitual, ella sola en casa, él borracho tras la comida de celebración, encerrada en su cuarto, un ovillo prieto en un rincón, llorando en silencio, abrazándose con fuerza las rodillas, mordiendo la cicatriz del labio hasta hacerlo sangrar, rehusando contar el motivo de su llanto. Lucía, la pequeña y dócil y mansa Lucía.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Cuando arranca el motor es su propio llanto el que se desata, las lágrimas empañando las manchas violáceas, las facciones contraídas de Lucía, la cicatriz partiendo su labio, el timbre de la voz de Pilar, el de su voz mañana, mintiendo, garantizando la inocencia de Lucía, asegurando la naturaleza accidental, inevitable con la medicación, amenazando con el despido inminente si no desecha ocurrencias perversas, llamando a primera hora a la residencia, tratando de acelerar, cueste lo que cueste, el ingreso de papá. Ni un domingo más Lucía a solas con él. Ni un domingo más Lucía enloquecida, enloquecida pero no atroz, enloquecida pero quién afirmaría que culpable, por la ira y la rabia. Por el dolor durante largos años macerado en insensata, brutalmente ritual, enfermiza, pero quién osaría decir que incomprensible erupción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo se encoge en sus pulmones al contemplar el reloj en el salpicadero: todavía hoy es domingo, todavía restan horas de domingo. Y a punto de pulsar el intermitente para emprender el trayecto, su rostro a medio recomponer se desencaja de nuevo al descifrar la idea confusa que apedrea su frente desde que entrara en el vehículo: que en la cabeza vencida de papá sobre el respaldo del sillón no hablara queja alguna por el sutil, demorado martirio; que sus párpados cerrados por unos segundos tan sólo revelaran el resignado, apenas consciente asentimiento de un minúsculo, acaso último resquicio de claridad en el espíritu moribundo, a la ley que dictamina la devolución de mal por mal, de crimen por crimen, de abuso por abuso y maltrato por maltrato. Por más que, junto a tantas y tan infinitas variables, el imparable flujo del tiempo y el germinar por su causa de flores podridas en heridas irrestañables niegue el equilibrado intercambio en su nombre de ojos por ojos y dientes por dientes.   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-1795933356870442103?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/1795933356870442103/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=1795933356870442103&amp;isPopup=true' title='18 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1795933356870442103'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1795933356870442103'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/02/mal-por-mal.html' title='Mal por mal'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-gggLoW6_XrQ/TWV7uXtN4QI/AAAAAAAAA0k/rEgEFh5wiGI/s72-c/4DPict.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>18</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-4248685762686276051</id><published>2011-02-06T11:14:00.011+01:00</published><updated>2011-02-07T20:22:54.326+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La gran pantalla'/><title type='text'>Infidelidad</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5nh6Oy9aI/AAAAAAAAAz8/7EjdvhB-qZQ/s1600/NOJE-08s26-trolosa-88_3074w.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 465px; height: 310px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5nh6Oy9aI/AAAAAAAAAz8/7EjdvhB-qZQ/s400/NOJE-08s26-trolosa-88_3074w.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5570503621368542626" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Imaginémonos en la situación común de los celos: repentinamente me entero de que mi compañera ha tenido una relación con otro hombre. Bien, no hay problema, soy racional, tolerante, lo acepto...; pero entonces, irremediablemente, las imágenes empiezan a abrumarme, imágenes concretas de lo que hacían (¿por qué tuvo que lamerle precisamente &lt;/span&gt;ahí&lt;span style="font-style: italic;"&gt;?, ¿por qué tuvo que abrir &lt;/span&gt;tanto &lt;span style="font-style: italic;"&gt;las piernas?), y me pierdo, temblando y sudando, mi paz se ha ido para siempre.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;"El acoso de las fantasías", Slavoj Zizek&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Hay quien ha observado, y tal vez no sin razón, que esta época de creciente trivialización y mercantilización del sexo, convertido en instrumento al servicio del cada vez más exacerbado narcisismo individual, lleva aparejada un debilitamiento del poder destructor de la infidelidad en las relaciones amorosas. Sin embargo, la historia del cine y la literatura, tanto en el pasado como en el presente, abundan en narraciones que pretenden retratar esa fuerza devastadora poniendo de manifiesto una verdad que todavía algunos -quizá esos a los que &lt;a href="http://www.pasajeslibros.com/L9788433961426-el_mundo_como_supermercado.html"&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 51, 255);"&gt;Houellebecq&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; calificaba irónicamente de seres con valores &lt;span style="font-style: italic;"&gt;desviados&lt;/span&gt; que siguen asociando sexualidad y amor- estarían dispuestos a aceptar: nada, absolutamente nada en una relación amorosa, se perdona tan difícilmente como una infidelidad. Y no solamente porque la infidelidad suela acompañarse de la mentira, el engaño y la idea obsesiva de la traición: es un hecho que ninguna mentira, engaño o traición parecen minar tan dolorosamente los pilares de una relación amorosa como los que invariablemente se ligan a la infidelidad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Aun a sabiendas de la complejidad de esta cuestión, podría plantearse que la infidelidad abre una herida más profunda que cualquier otra en el vínculo entre dos personas por suponer la ruptura y disolución de aquel principio que precisamente las define como miembros estables y comprometidos de una relación amorosa: el de compartir en recíproca exclusividad -en un doble&lt;span style="font-style: italic;"&gt; sólo contigo y nada más que contigo&lt;/span&gt;- el terreno de la intimidad física en todos aquellos aspectos que, incluyéndolas, van también más allá de las prácticas estrictamente sexuales. Un principio que, por su parte, se presenta fundado en la evidencia de que esa intimidad física constituye el inevitable e irreemplazable ámbito donde cobra expresión el sentimiento amoroso de carácter erótico. Por mucho que el sexo -nada más lejos de mi intención negarlo- pueda ser practicado con independencia del amor, como mero entretenimiento, como ejercicio narcisista de búsqueda de placer físico o satisfacción emocional, la ecuación inversa carece de validez: no hay amor de pareja sin deseo, sin deseo de intimidad física con el otro, en ausencia de toda inclinación hacia el sexo. De ahí que la infidelidad de uno de los miembros de la pareja tienda a ser interpretada por el miembro engañado como signo de pérdida o menoscabo del amor que los unía: allí donde el sexo se concibe como expresión del amor, la apertura del territorio de la intimidad física reservado a la pareja a una tercera persona significa insuficiencia de amor, insuficiencia del deseo indisolublemente ligado al amor, en aquel que ha roto el pacto tácito o explícito de exclusividad que antes operaba como garante y prueba de ese mismo amor.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Cabría preguntarse por qué es el sexo y no otra cosa lo que determina de forma generalizada la unidad sustancial de la relación amorosa de pareja. Por qué ésta convive sin problemas con una multitud de terceros en lo que respecta a compartir risas, complicidades, conversaciones intensas, incluso íntimas, borracheras o partidos de fútbol, pero no tolera intrusos en el dormitorio. O por qué los amores filiales, fraternos, paternos y maternos, justamente por hallarse desposeídos del componente sexual -y aquí manda además la interdicción ancestral- se prodigan sin conflicto sobre más de un individuo, mientras que el amor de pareja reclama una celosa exclusividad contundentemente plasmada en la demanda de exclusividad sexual. Y también por qué, en este preciso ámbito, se produce ese insidioso acoso de las fantasías que, según Zizek, nos hace sudar y temblar, hurtándonos la capacidad de razonamiento, arruinando toda nuestra paz, ante la mera imaginación del ser amado en brazos de otro. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;No creo que la respuesta a tanto interrogante sea sencilla. Y quizá no lo sea porque en la esfera del deseo y la sexualidad habita uno de los núcleos más oscuros y enigmáticos de nuestro ser, frente al cual más desprovistos nos sentimos de herramientas para interpretarnos, para comprender los mecanismos que impulsan nuestras más íntimas inclinaciones y apetencias, para discernir quiénes somos o debemos o queremos ser en esa selva espesa y confusa. Ahora bien, lo que sí considero hasta cierto punto indiscutible es que en esa oscuridad, y en su estrecha e igualmente misteriosa alianza con el amor, anida un haz de fuerzas de enorme potencia capaz de elevarnos hasta lo más alto o de abocarnos a la más terrible de las miserias.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5n6z06noI/AAAAAAAAA0c/zUAGEiA27GY/s1600/vlcsnap2009071922h02m38.png"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 464px; height: 268px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5n6z06noI/AAAAAAAAA0c/zUAGEiA27GY/s400/vlcsnap2009071922h02m38.png" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5570504049146109570" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;De la miseria que puede traer consigo la infidelidad, así como de las tenebrosas fuerzas que con ella se desatan, quiere hablarnos la película &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.fotogramas.es/Peliculas/Infiel/Critica"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Infiel&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, dirigida por Liv Ullmann a partir de un guión de Ingmar Bergman. En &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Infiel&lt;/span&gt;, Marianne, una actriz de teatro, relata a un viejo escritor que invoca su presencia  fantasmagórica su relación adúltera con David, director y autor de obras de teatro y mejor amigo de su marido, Markus, un brillante director de orquesta de fama internacional. Pero Marianne no es el producto de una fantasía del escritor. En el anciano solitario de mirada triste acabaremos reconociendo a su amante David, en parte responsable de su muerte temprana. Y en la descarnada narración de Marianne, una suerte de crudo ajuste de cuentas de David con su pasado que, dando voz al recuerdo de su amante, se sitúa por fin en la perspectiva que en vida de ella, y acaso nunca antes de ese momento al que asistimos, supo o quiso adoptar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;En el intervalo de uno de los constantes viajes de Markus al extranjero, Marianne se encuentra casualmente con David, que atraviesa una etapa difícil tras su divorcio. Haciéndose cargo de su malestar, Marianne lo invita a su casa, donde ambos conversan largamente. Marianne aprecia sinceramente a David, su afecto por la pequeña Isabelle, hija de su matrimonio con Markus, y describe su relación con él como la de dos hermanos. Hasta que él le pregunta si puede dormir con ella esa noche. Desconcertada, Marianne se burla primero y después accede. Y, en efecto, ambos duermen como hermanos, con tan sólo una mano entrelazada. Pero al despertar Marianne observa el rostro dormido de David y percibe el nacimiento en ella de un sentimiento poderoso e indescriptible. ¿Qué hacer ante él? Aunque Marianne se muestra perfectamente consciente del peligro de atenderlo y alimentarlo, toma la decisión de no dejarlo caer en el vacío. Varios días más tarde propone a David una estancia de tres semanas en París, con el pretexto de una beca que le han concedido, mientras Markus emprende otra gira internacional. Se trata, pues, de un adulterio por completo organizado y planificado, una aventura que ambos vivirán apasionadamente, sólo empañada para Marianne por breves momentos de angustia presididos por la imagen de Isabelle y la intuición del daño que su adulterio habrá de infligirle.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5nu48HKSI/AAAAAAAAA0U/hEeeALPvrPs/s1600/trolosa2000prev21mi.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 464px; height: 254px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5nu48HKSI/AAAAAAAAA0U/hEeeALPvrPs/s400/trolosa2000prev21mi.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5570503844360038690" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;De vuelta en Estocolmo, los amantes se distancian. Pese a que se adivina cierta insatisfacción en su matrimonio a causa de las continuas ausencias de Markus, Marianne desea en el fondo volver a la normalidad. Sin embargo, tras otro encuentro casual, la relación con David se reanuda. No sin el lastre de un ambivalente sentimiento de culpa, el adulterio se integra en la cotidianidad de Marianne, que acude al piso de David dos veces por semana. Una tarde Markus aparece en él cuando los amantes duermen. Declara que ha sabido prácticamente desde sus inicios del idilio entre Marianne y David, y que confiaba erróneamente en su carácter pasajero. Desmadejado por la ira, anuncia que va a comenzar un doloroso proceso para Marianne. Y así sucede: Markus solicita el divorcio y también la custodia total de Isabelle. Marianne se va a vivir con David, separada de su hija y angustiada por la posibilidad de perderla. Tras un cruento litigio que se prolonga durante meses y en el que Markus, favorecido por la justicia, se niega a hablar con Marianne, una noche la llama por teléfono. Quiere verla, a solas, para hacerle una propuesta relativa al futuro de Isabelle. La niña está sufriendo con la situación y sólo desea lo mejor para ella. Ante la aceptación de Marianne, David estalla en un incomprensible ataque de celos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Marianne regresa de su cita con Markus con el rostro desencajado. David la somete a un torturante interrogatorio con el que Marianne confiesa haber conseguido la custodia de Isabelle a cambio de follar con Markus. Ésta era su aberrante, obscena propuesta. Markus ha perpetrado su venganza por la infidelidad de Marianne forzándola a la infidelidad que malogrará irremediablemente su relación con David. Asediada por las preguntas de éste, Marianne admite que Markus ha insistido en el acto sexual hasta llevarla al orgasmo. David se desmorona internamente. Sufre desde hace mucho el dolor amargo de una herida que ahora, con las declaraciones de Marianne, sangra profusamente emponzoñando su amor por ella: en París, incitada por él a hablarle de su vida sexual, Marianne le confió ingenuamente que nunca nadie le había dado tanto placer como Markus, con quien llegaba a perder el sentido tras alcanzar el orgasmo. Los esfuerzos de Marianne para que David entienda y se haga cargo de la vejación a la que ha sido sometida por Markus se revelan inútiles. Siempre celoso de su matrimonio por el intenso placer sexual que Markus le proporcionaba, humillado por la infidelidad cometida a sus ojos por Marianne, David acabará meses más tarde pagándole con la misma moneda y aniquilando su relación. Tampoco ella podrá soportar su infidelidad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5nq3Q08vI/AAAAAAAAA0M/jYyVMoRXGgA/s1600/bscap0002ks2.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 465px; height: 255px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5nq3Q08vI/AAAAAAAAA0M/jYyVMoRXGgA/s400/bscap0002ks2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5570503775190577906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;En &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Infiel&lt;/span&gt; la infidelidad, alumbrada desde el foco de su componente más nítidamente sexual, es el claro desencadenante de la ruina de las existencias de sus protagonistas. Ninguno de ellos es capaz de perdonar la infidelidad de los seres a los que aman y el sufrimiento que ésta les provoca les conduce al desastre. Pero Markus es sin duda el personaje más enajenado por su causa. Tras su suicidio, Marianne descubre que Markus ha tenido una amante estable durante los once años que ha durado su matrimonio. Sin embargo, el daño producido en él por la infidelidad de Marianne lo ha convertido en un ser cruel y despiadado, que incluso ha intentado que la pequeña Isabelle se suicide con él para arrebartársela definitivamente. ¿Por qué Markus, él mismo infiel y sumergido en el juego de una doble vida, ha sido incapaz de aceptar su relación David? ¿Por qué ha querido destruirla tan brutalmente si Marianne sólo puede ser acusada de la misma falta cometida por él durante tantos años?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Me temo que aquí la descripción de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Slavoj_%C5%BDi%C5%BEek"&gt;Zizek&lt;/a&gt; que encabeza este post adquiere plena vigencia. Ante la infidelidad del ser que amamos, nuestro lado racional se ve anulado, obnubilado por el asalto de un pertinaz batallón de imágenes insufribles, insoportables, intolerables, que nos pierden y alienan de nosotros mismos y de toda posible paz. No me cabe la menor duda de que algunos seres humanos logran en mayor medida que otros hacerse con el control de esas imágenes, ahogarlas en el mar del olvido, o aprender a convivir con ellas. Pero tampoco se me escapa que nada de todo ello será alcanzado, si es que se alcanza, sin grandes dosis de voluntad y sufrimiento. Y que, según muestra la película &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Infiel&lt;/span&gt;, resulta en cualquier caso necesario asumir tanto el peligro de sucumbir al poder de las fantasías como las consecuencias que esa derrota traería consigo.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-4248685762686276051?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/4248685762686276051/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=4248685762686276051&amp;isPopup=true' title='55 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4248685762686276051'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4248685762686276051'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/02/infidelidad.html' title='Infidelidad'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TU5nh6Oy9aI/AAAAAAAAAz8/7EjdvhB-qZQ/s72-c/NOJE-08s26-trolosa-88_3074w.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>55</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-5383490502777759768</id><published>2011-01-22T17:20:00.011+01:00</published><updated>2011-01-23T11:32:26.636+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Estar aquí'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><title type='text'>La hidra</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TTsEaY1XDrI/AAAAAAAAAzw/02ow0-M0Kc0/s1600/Gustave_Moreau_003.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 448px; height: 525px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TTsEaY1XDrI/AAAAAAAAAzw/02ow0-M0Kc0/s400/Gustave_Moreau_003.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5565046615935749810" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Nadie sabe qué misteriosa reacción entre los finos fluidos del cuerpo durante el reposo del sueño, qué inconsciente inquietud bajo el imperio de plácidas o tenebrosas visiones vapuleando al durmiente olvidadizo, regalan por capricho a algunos despertares el embrión de una pequeña hidra con pupilas de medusa anidando en el vientre. Al asomar la primera de sus cabecitas calvas por entre las zigzageantes grietas del cascarón, la hidra emite su más tierno gruñido de recién nacido ante la ausencia mezquina de un sol perezoso o esquivo tras el ventanal lluvioso, ante la hiriente y cegadora tiranía de los rayos que asaltan los párpados semicerrados. Una segunda emerge al contacto de los pies arrastrando los miembros entumecidos sobre el suelo, frío o blandamente mullido. La tercera arruga el ceño frente al espejo del rostro aún somnoliento, tentado a desertar del día de regreso a las sábanas. Y al llegar a la cocina tras el matutino e higiénico bautismo, ya las siete cabezas diminutas ondulan con fuerza las entrañas que vierten el café sobre el mantel limpio, dejan caer al suelo la tostada que propicia traicionera un breve idilio entre suelo y mermelada, pellizcan dolorosamente los dedos contra el borde del cajón, rugiendo irritadas por su provocada torpeza.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;En el sonoro improperio lanzado al volante sobre el conductor vacilante en la rotonda, en el bufido que por sorpresa regurgita la laringe al roce involuntario de otro viajero en el vagón, en la mirada heladora deseosa de petrificar al peatón que nos tropieza, se esfuma toda duda acerca de su creciente, amenazadora presencia. Mientras la hidra avanza con las tripas que revuelve, emprende la mente su propio trayecto a la caza de una causa que la explique. Los acontecimientos del día anterior, contemplados a la luz de un rápido y único fogonazo, ofrecen nula respuesta. Nula el recuento de los pensamientos acunados a su término en mansa espera de la llegada de Morfeo. Abre el objetivo el ojo rememorante y en la imagen ampliada escruta las manchas oscuras de frustraciones sabidas, de insatisfacciones largamente sobrellevadas, de resignados descontentos, que ensucian hasta el más armonioso cuadro humano. Pero por más que al retenerlas en ese ojo ruja hoy la hidra acelerando el pulso en las venas, el foco de la sinceridad sostenido con firmeza pone de relieve la clara ausencia de causas localizables para la repentina cristalización de esas turbias corrientes familiares, aquellas sobre las que cada día aferramos el timón confiando en sortear el naufragio, en las formas sinuosas y las siete boquitas dentadas de la molesta criatura acuática. No más allá de la vaga intuición del choque secreto de los finos fluidos, de las figuradas, enigmáticas visiones oníricas sustraídas a la memoria en el sigilo de la noche.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Y abrazada a la incógnita, la certeza de que hoy, el día en que una hidra con pupilas de medusa crece en nuestro interior, no se es apto para el mundo. Anticipa la experiencia de otras hidras pretéritas la aparición ante sus ojos relampagueantes, ahora adheridos a los nuestros, de cada uno de sus ejes, de sus contornos, de sus múltiples pobladores, teñidos del color de la hostilidad y la discordia. La más nimia fricción de sus aristas sobre nuestra piel, siquiera la más nimia sospecha de su posibilidad, a menudo inventada por la delirante beligerancia de la voraz criatura, la exasperará y agudizará su natural tendencia a abalanzarse, dientes en ristre, sobre la carne frágil para arrancarla a jirones de los blancos huesos, para entre ellos triturarla sin compasión, impasible por salvajemente sorda ante el sufrimiento. Tan quimérico frente a la materia espontánea del mundo, el orden ideal del deber ser dicta para hoy -así nos lo ha enseñado esa misma experiencia- sometimiento al mandato solidario de mantenernos a resguardo, tras los barrotes de una jaula de acero, quizá esposados a una pared rocosa. Con la sola compañía de la hidra mordiendo nuestro propio vientre inhóspito, descargando su furia sobre las manchas oscuras del cuadro. Convertidos en su única víctima, a pesar de la zozobra inhabitable que mana su ira, a cambio de alejarla de presas inocentes, de testigos indeseados, de ulteriores y seguros remordimientos. Pues de la tácita aceptación de ese orden ideal aprendimos hace mucho que preferibles serán la zozobra y la ira emponzoñando cada poro de nuestra alma al inexcusable y soberano esfuerzo de ocultación, de contención de la hidra mientras compartimos escenario con nuestros semejantes. A la tensión continuada del intérprete, a la rigidez de la máscara forzando serenidad o sonrisas mientras la hidra, rabiosa, se desgañita en silencio cubriéndolos de groseros insultos y juicios sesgados. Sin embargo, el mundo y sus imponderables aguardan, vueltas sus espaldas miopes a estas hidras fortuitas, azarosas, inexplicables. Otros deberes de calibre terrenal imponen el comienzo de la función.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Al poco nos percatamos, casi lo habíamos olvidado aturdidos por sus rugidos, de que los decorados, los muebles sobre la tarima, los historiados ropajes de los demás actores, tienden a fortalecer los tendones destinados a refrenarla. En ocasiones, es la necesaria concentración requerida para el cumplimiento de las tareas encomendadas la que por suerte debilita su ímpetu obturando las desconocidas fuentes que la nutren. Y no es imposible que la casual participación en un coro de risas, los rostros gentiles y sus músicas atinadas, cierta conjunción amable en los sucesos que marcan el discurrir de la jornada, lleguen a aniquilarla, borrando en unas horas el recuerdo del amanecer presidido por su piel escamosa y su fétido aliento. Por desgracia, también existen hidras terriblemente tenaces en su ferocidad, ciegas al ademán dulcificador, proclives a transformar cada minuto en un infierno de impostura, de lucha sostenida al filo de la angustia por el fracaso, de puntual derrota conducente al amago de explosión, a la mostración amenazante de los colmillos, rápidamente retraídos por el puño cerrado de la voluntad que obligará al aluvión de avergonzadas disculpas, al giro en redondo agarrado a la esperanza de la desmemoria o la tolerancia ajena si la hidra nos impide pronunciarlas. Las más pérfidas son maestras del engaño, y se fingen intimidadas o apaciguadas por los decorados, los muebles y los actores para simular una paulatina y tranquila desaparición tan incomprensible como su nacimiento, en espejismo confirmada por el poso de tristón malestar que resta en el estómago tras su presunto evaporarse. En realidad, dormitan agazapadas entre las vísceras con siete ojos medio abiertos, atentas al probable aflojarse de los músculos incitado por el engaño.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Tanto si lo logran por su pertinaz carácter como por sus taimadas argucias, las supervivientes suelen desatarse al retornar a la intimidad del hogar, tras la bajada del telón y la consiguiente suspensión de la guardia. A grandes tragos apuran el cansancio acumulado que destilan los miembros en relajación al depositar máscara y disfraz sobre el felpudo, inflando sus cuerpos de reptil para elevarlos hasta el límite de la campanilla. Cuando sus cabecitas bloquean la garganta con una asfixiante sensación de ahogo, suenan las campanas de su inexorable victoria. Embotados los oídos, enturbiada la vista por la escasez de aire en los pulmones, escucharemos palabras agrias en las afables, veremos gestos cortantes en los labios cálidos, trocaremos miradas afectuosas en indiferentes o despreciativas Y legitimados al fin por el asalto alucinado de la vaticinada hostilidad del mundo y sus pobladores, consentiremos, destensando el cuello, la salida triunfante de la hidra. Su golpear con un grito la voz suave. Su precipitarse con un arañazo sobre la mano que acaricia. El hundimiento afilado de sus pupilas de letal medusa en los ojos amados.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Lejos de apaciguarse, la satisfacción de sus instintos envalentona y llena de soberbia a estas criaturas marinas. Por eso, pese a la lógica consunción de las sustancias nutricias dispuestas para su alimento anunciando su próxima extinción con la extinción del día, no es extraño que la hidra nos acompañe hasta la cama y aún bulla airadamente en las tripas al reposar la cabeza sobre la almohada. Confundiendo todavía nuestro entendimiento, cargándolo de un remolino embarrado de razones-pretexto encaminadas a corroborar su debida liberación, a asentir tozudamente al permiso concedido a su emergencia. Hasta que mareados por la espiral dentro del cráneo, cerca ya del agotamiento de toda reserva, exhaustos por el constante agitarse de la hidra durante el día inacabable, cerraremos los párpados confiando en provocar sus últimos estertores con el apagarse de la conciencia. Al compás del progresivo adormecimiento de la criatura, el encenderse de una pequeña vela en medio de la oscuridad intentando alumbrar tímidamente la verdad de sus mentiras. Franqueando el paso por una esquina a la duda de la interpretación falaz, descabellada, demente bajo su influjo poderoso, a la aprensión por el daño injustamente infligido a quienes nos arropan amorosamente junto al fuego, a la conjeturada imagen futura de su necesaria reparación, al asomarse de la culpa. Pero la hidra sigue respirando en nuestro interior y su aliento emborrona todo atisbo de claridad. Sólo nos cabe desear su venida con el despertar del nuevo día. Sujetando el columpio que nos balancea entre el escudo de la defensa fundada y la desazón de la descarga gratuita por errónea, un suspiro de impotencia proyecta sin pretenderlo una fugaz ojeada sobre el día que termina para sumirnos en el hondo pesar de descubrirlo desperdiciado, dilapidado, arrojado a un nauseabundo estercolero en brazos de una caprichosa hidra. Y poco antes de extraviarnos en el sueño, el pensamiento angustiado de que si la vida nos castigara con la muerte fulminante en este mismo instante, tras este día atroz dominado por la insidiosa criatura, sintiéndonos aún arder sobre los rescoldos de su cólera, abandonaríamos el mundo, este mundo que envilecen sus pupilas de medusa solapadas a las nuestras, con el alma desgarrada entre el consuelo por el cese de la tortura y la tristeza por el dolor inútil de haberlo habitado.   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-5383490502777759768?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/5383490502777759768/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=5383490502777759768&amp;isPopup=true' title='19 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5383490502777759768'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5383490502777759768'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/01/la-hidra.html' title='La hidra'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TTsEaY1XDrI/AAAAAAAAAzw/02ow0-M0Kc0/s72-c/Gustave_Moreau_003.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>19</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-6700248364084355062</id><published>2011-01-05T19:03:00.015+01:00</published><updated>2011-01-06T13:28:00.464+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Música'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><title type='text'>Movimiento</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS7IHq9nsI/AAAAAAAAAzY/sMQAlKeMwRI/s1600/20090224-carretera.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 423px; height: 423px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS7IHq9nsI/AAAAAAAAAzY/sMQAlKeMwRI/s400/20090224-carretera.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5558773588254629570" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Ciertos libros se nos presentan envueltos en una especie de aura de la que sentimos emanar el imperativo de leerlos. Se trata de libros que se ha oído nombrar en múltiples y muy diversos contextos, y que reiteradamente se nos ofrecen arropados por apasionados elogios en torno a su excelente factura, enfundados en exaltadas opiniones acerca de su repercusión en la historia de la literatura, adornados por sesudas observaciones sobre su importancia en la emergencia de elementos tan cruciales de nuestra cultura que se estiman insoslayables para la comprensión de nuestro propio presente. Libros, por tanto, frente a los cuales uno suele decirse a sí mismo que tarde o temprano habrá de acabar leyendo si no desea privarse de una experiencia literaria avalada en su relevancia por el criterio de generaciones más o menos numerosas de lectores.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Por alguna razón, siempre me había parecido demasiado temprano para la lectura de uno de esos libros que había oído mencionar en infinidad de ocasiones. Hasta que alguien me dijo: “Si te gusta Dylan, tienes que leerlo”. Vaya, pues me gusta mucho Dylan. Es más, me &lt;span style="font-style: italic;"&gt;fascina &lt;/span&gt;Dylan, quizá el descubrimiento musical de los últimos años -por extraño que resulte, mi acercamiento a la obra de algunos músicos mundialmente reconocidos ha sido sorprendentemente tardío- que con mayor entusiasmo celebro. Así que esa simple frase hizo por fin sonar la hora de la obediencia a un imperativo largamente postergado: el que destilaba a mis ojos la novela de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jack_Kerouac"&gt;Jack Kerouac&lt;/a&gt; &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/En_el_camino"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, cuyas últimas páginas me acompañaron en la inauguración de este nuevo año.   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS7DtjNZnI/AAAAAAAAAzQ/rljN0rRh07M/s1600/dylan%2Bkerouac.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 413px; height: 497px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS7DtjNZnI/AAAAAAAAAzQ/rljN0rRh07M/s400/dylan%2Bkerouac.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5558773512523310706" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Lejos de diluirse al poco de emprender su lectura, tal y como cualquier lector desearía, la conciencia del imperativo se ha prolongado -también es cierto que con intensidad decreciente- hasta prácticamente esas últimas páginas. Por lo general, no tengo reparo alguno en abandonar un libro después de empezado, bien porque anticipe que su lectura no me reportará el placer o el aprendizaje que de ellos espero, bien porque considere que no me encuentro en el momento más propicio para proseguirla y decida posponerla hasta su llegada. Pero con &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt; ha sucedido algo distinto: pese a anunciar casi cada día que lo más probable era que lo dejara, cierta inercia me ha impulsado a acompañar a sus protagonistas hasta el final del trayecto narrado por Kerouac. Una inercia que quizá, pienso ahora, me haya atrapado por contagio del dinamismo enloquecido que desprende esta novela.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Porque &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt; es para mí, ante todo, una experiencia del movimiento, de la velocidad, de la convulsión y la agitación vertidos en la más pura exterioridad de la total ausencia de reflexión acerca de su sentido. A un ritmo febril y descabellado, sin apenas dinero, sus protagonistas, Sal Paradise -alter ego del propio Kerouac- y el inolvidable Dean Moriarty -trasunto literario de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Neal_Cassady"&gt;Neal Cassady&lt;/a&gt;- viajan junto a un séquito de amigos y otros personajes fugaces a lo largo y ancho de los Estados Unidos. De Nueva York a San Francisco, de San Francisco a Los Ángeles, de los Ángeles de vuelta a Nueva York. Y de nuevo a San Francisco. Y otra vez de regreso a Nueva York. Y de Nueva York, finalmente, a México. Llegados a cada destino, una inexplicable urgencia los impele a emprender la marcha hacia otro lugar que invariablemente se convertirá en el punto de partida hacia otra meta distinta. Y es que la ciudad en la que desean estar, la ciudad que promete excitantes vivencias, chicas o drogas de más fácil acceso, nunca es aquella en la que acaban de aterrizar. En las paradas intermedias, beben hasta la inconsciencia, fuman marihuana, encuentran al amor de su vida, follan y se desencantan de él en apenas unas horas, escuchan jazz, bailan frenéticamente, gritan, saltan como posesos. Para, casi siempre arrastrados por la delirante agitación física y mental de Dean Moriarty y sus reiterados y absurdos &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“¡Sí! ¡Sí!”&lt;/span&gt; -quizá la plasmación más bruta, pero no por ello desposeída de una evidente fuerza de arrastre tan poderosa como un enorme imán, del nietzscheano “sí” a la vida-, lanzarse a devorar kilómetros a velocidades de vértigo por las autopistas norteamericanas. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;¿Por qué razón? Nadie en la novela se lo pregunta. ¿Con qué propósito? Sencillamente no lo hay. Correr, moverse, acelerar, dejar atrás toneladas de asfalto en la carretera, es en &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt; sinónimo de estar vivo. Sin que importe cuál sea la meta. Sin que importe a dónde debe conducir tanto movimiento y tanta gasolina consumida. Y lo es porque, a mi entender, el movimiento se ha convertido para sus protagonistas en el elemento denso, tembloroso, vibrante, capaz de llenar el vacío que horada cada minuto de toda existencia humana y que cada minuto nos exige la búsqueda contenidos, de tareas, de objetivos con los que ahuyentarlo. Si te mueves, si te desplazas de un lado a otro, si tus pies caminan o giran las ruedas bajo su presión sobre el acelerador, reza la consigna en &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt;, ya estás haciendo algo. Mientras saltas, brincas, ondulas las caderas sobre otro cuerpo o te retuerces compulsivamente al compás de una trompeta entonando jazz, el vacío desaparece, puesto en fuga por la actividad incuestionable, indiscutible, irrebatible ante tu propia mirada que despliegan tus miembros, aniquilado por tu propio aturdimiento. Así, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt; constituye -además de muchas otras cosas, no es mi intención negarlo- un perfecto retrato del movimiento como forma de vida, del dinamismo convulso y desprovisto de justificación como opción existencial en pugna contra el perpetuo acoso de la nada.    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Paradójicamente, el hecho de que casi cada día de los que avanzaba por sus páginas anunciara su probable abandono responde a que una palpable y aguda sensación de vacío, sólo compensada a la postre por el extraño afecto que terminé desarrollando por esa criatura espasmódica y demencial que es Dean Moriarty, se impuso sobre el resto de las generadas por su lectura. Vacío ante la flagrante ausencia de cualquier atisbo de viaje interior sustentando las trepidantes correrías de los personajes de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt;. Vacío ante la inevitable repetición de movimientos, de trayectos, de situaciones idénticas en la vorágine de carreras y excesos. Vacío, en última instancia, ante la omisión narrativa de las huellas, de los posos, de las mudanzas anímicas esperadas en sus protagonistas como consecuencia de tanta agitación exterior. Y es que, supongo, lo que para algunos lectores puede acabar poniendo de manifiesto &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt; es que el movimiento por el movimiento configura una forma más bien precaria y limitada de llenar el vacío. Que la renuncia en él al sentido, a la dirección, a la orientación, lo transforman en una nube etérea, en una masa de aire agujereada que, lejos de ahuyentarlo, únicamente logra encubrir momentáneamente ese vacío para provocar su aún más feroz reaparición en el centro mismo de ese movimiento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;A no ser que se asuma -y ésta es una asunción inquietante, pero plausible- que no existiendo, que no habiendo tal sentido y siendo nuestros esfuerzos por inventarlo siempre insuficientes y abocados al fracaso, sólo nos cabe desprendernos de su exigencia y apostar por agitarnos, por retorcernos, por correr frenéticamente por la vida de un lado a otro hasta que nuestras energías se agoten.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS6-upVVKI/AAAAAAAAAzI/hw16CwK4XT0/s1600/dylan%2Bkerouac%2B2.JPG"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 469px; height: 217px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS6-upVVKI/AAAAAAAAAzI/hw16CwK4XT0/s400/dylan%2Bkerouac%2B2.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5558773426918085794" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS7DtjNZnI/AAAAAAAAAzQ/rljN0rRh07M/s1600/dylan%2Bkerouac.jpg"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;¿Y Dylan? Bien, quien me dijo que si me gustaba debía leer &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt; tenía razón. Terminada ya su lectura, he sabido del reconocimiento de Dylan sobre la influencia que la obra de Kerouac, así como su poesía, hasta ahora desconocida para mí, tuvo sobre él. Pero también me he cruzado con estas líneas que Dylan escribe en sus &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Crónicas"&lt;/span&gt;: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“A los pocos meses de estar en Nueva York yo ya había perdido el ansia de vivir todo lo que &lt;/span&gt;“On the road”&lt;span style="font-style: italic;"&gt; de Kerouac ilustra tan bien. Aquel libro, que había sido la Biblia para mí, ya no lo era. Todavía me encantaba la pulsión dinámica y extrema del fraseo poético estilo bop que fluía de la pluma de Jack, pero ahora Moriarty me parecía un personaje fuera de lugar, sin sentido, que inspiraba idiotez. Iba por la vida dando tumbos como un toro desatado”&lt;/span&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;Dylan contaba con veinte años cuando se trasladó a Nueva York. No sé si la conclusión que debería extraer de sus palabras es que, pese a no ser yo nunca persona, ni tan siquiera en mi más tierna juventud, tendente a la agitación y el movimiento sino más bien a todo lo contrario, de tanto postergar la lectura de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;“On the road”&lt;/span&gt; al final se me hizo demasiado tarde para ella. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-6700248364084355062?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/6700248364084355062/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=6700248364084355062&amp;isPopup=true' title='38 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6700248364084355062'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6700248364084355062'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2011/01/movimiento.html' title='Movimiento'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TSS7IHq9nsI/AAAAAAAAAzY/sMQAlKeMwRI/s72-c/20090224-carretera.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>38</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-6292636147150560923</id><published>2010-12-20T19:24:00.016+01:00</published><updated>2011-04-04T20:27:25.224+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><title type='text'>Hospitalidad</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TQ47rpuKRXI/AAAAAAAAAy8/RF904HesBJ8/s1600/0119-0103_die_kirche_von_auvers.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 466px; height: 577px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TQ47rpuKRXI/AAAAAAAAAy8/RF904HesBJ8/s400/0119-0103_die_kirche_von_auvers.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5552441011714278770" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Ese mundo no es el mío:&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;es el tuyo: el que en tus pupilas&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;hundido está desde siempre &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;y no lo alcanza mi vista. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;A ese mundo quisiera entrar &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;antes que suene la hora&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;-ay- de mi vida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El mundo que yo no viva&lt;/span&gt; - Agustín García Calvo&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Llama a mi puerta tu voz de eslabones engarzados, el silencio espejeando mi contorno en tu mirada, la límpida humanidad de tu figura. Otra es, sin embargo, la tonalidad que fragua el metal de la cadena descifrable, la luz de mi reflejo extinguiéndose en el reverso de tus ojos callados. Y por más que muevan tus manos cinco dedos y cinco dedos las mías, nunca sabré, si alcanzo a tocarte, cómo se encienden y crepitan sobre tu piel esos dedos míos tan parecidos, tan diferentes a los tuyos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Por eso llamas a mi puerta. Llaman tu voz, tu mirada, tu figura. Porque incluso si caminas a mi lado cada noche con sus días, vienes siempre de lejos, vienes siempre de fuera. Calados tus huesos bajo la tormenta por gotas de lluvia que a mí jamás me rozaron. Poblados tus ojos de bosques oscuros y pájaros petrificados en pleno vuelo. Los pies curtidos por piedras de aristas desconocidas, acariciados por vientos ajenos a los míos. Como si llegaras de un país remoto cuyo cielo ignoro, cuya tierra se me oculta. Donde otro fuera el mapa de las estrellas que en el firmamento ampara tu frente alzada, y otras las hojas caídas que arropan en murmullo tus pasos. Otras en el túnel de tus pupilas, en el pozo insondable de la memoria escapando al relato, en tu lengua paladeando palabras legibles, a la vez cerradas como cofres si sólo tú percibes el sabor de esas palabras en tu boca, el aroma que las envuelve, el laberinto de imágenes, de sentires, de melodías que en ellas resuenan al tú pronunciarlas. Ante todo, otras dentro del lugar sin coordenadas desde donde te abres en ventana a ese cielo y a esa tierra, a cada una de las pequeñas y grandes cosas que entre ellos se esponjan, a mí al llamar a mi puerta. Como un extranjero arribado a suelo extraño. Como un extraño buscando cobijo en mi casa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Llamas a mi puerta para descubrir que no hay puerta que te impida la entrada. Traspasas el umbral y estás dentro. Lo quiera o no, eres ya mi huésped, eres ya mi invitado. Lo quieras o no, soy ya tu rehén en mi propia casa: me ata tu mera presencia forzando la necesaria respuesta, condenándome a cargar con ella hasta en la pretensión de eludirla. Pero serán la voluntad que alienta tu llegada y su expresión en tu rostro, mi consecuente o recelosa acogida, el azar o el destino aliados al tranquilo transcurrir del tiempo o al tijeretazo brusco que lo niegue, también la intensidad con que la naturaleza de tus demandas y mi aceptación o rechazo perpetren el secuestro, los jueces que sentenciarán en cuál de las múltiples habitaciones de esta casa que digo mía te será dado instalarte. Entre quiénes de los incontables huéspedes que la habitan se halla tu sitio.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Reconocer tu condición de invitado implica saber que llegas demasiado tarde para tener cabida en la habitación de sus primeros huéspedes. Ésos cuya alteridad entonces ignota sembró los cimientos de esta casa. Ésos que con sus signos y gestos, con sus leyes y reglas, penetraron la masa informe, la semilla tierna, el barro húmedo, diseñando su más primigenio esbozo. Porque nada era antes de su venida, porque sólo su extranjería permitió el nacimiento de mi identidad quebrada, carecen mis dinteles de puertas que los sellen y así permanezco expuesta a la llegada de otros huéspedes. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Se agolpan los más numerosos en diversas estancias de dimensiones indefinidas, de trazado y muebles neutros, las más distantes de las habitaciones que ocupo. Allí reposan en calma, innominados o con nombres huidizos, apenas provistos de peticiones. Rara vez se asoman al pasillo para solicitar cualquier nimiedad de fácil satisfacción, y a cambio aportan sus cuerpos cierto calor animal a la casa. Se trata de huéspedes fortuitos, de rápido reemplazo, que no dejan mancha pero tampoco huella reseñable alguna, y desaparecen un buen día acaso con menos que un breve adiós. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Reservo igualmente varias salas para los huéspedes indeseados. Sin más preámbulo los destinan a ellas sus malos modos, sus lenguas aburridas o en exceso afiladas, los galones con que aspiran a imponer su dominio al poco de cruzar la puerta. Otros llegan trasladados desde las estancias donde me despliego y demoro: lentamente acabó por desvelarse su inconveniencia entre sus paredes amorosamente decoradas, sobre las alfombras que resguardan mis plantas desnudas. En algunos casos, porque la entrada de otros huéspedes en más armónica sintonía con mis placeres y quebrantos los mudó en estorbo dentro de sus limitados espacios. Y unos pocos propiciaron con contundencia el cambio a fuerza de errores dañinos, de golpes malintencionados, de inocentes pero nocivas torpezas. Son huéspedes molestos, irritantes, cubiertos de más exigencias, de más súplicas de las que el buen ánimo desearía concederles. Se les soporta con la resignación del penitente si resulta ineludible atenderlos, de ser posible se les ignora y sortea al transitar de habitación en habitación con la esperanza de su marcha pronta, de que finalmente abandonen sus camas en préstamo arrastrando consigo el espectro enervante de su recuerdo. Estos últimos tienden a aullar al alba como lobos a la luna, perturbando mi sueño con el despertar de la culpa. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Pero si logran tus manos amables y la calidez templando tu voz, la sabiduría de tus palabras y tu risa sincera, que tu nombre se consolide y torne gozosa costumbre en mis labios, te alojaré en unas de las habitaciones más próximas a las mías. Y junto a mis más queridos huéspedes, te sentaré a mi mesa para compartir contigo mis mejores viandas, para hacerte partícipe de mis más bellos juegos, para dedicarte mi tiempo valioso en conversación frente el fuego. Esforzándome, solícita, por agasajar tu paladar con vinos añejos, por escuchar al atardecer tus cuentos, por reservarte mis horas más soleadas, por ayudarte a airear tu habitación cuando las sombras la invadan, y no cese en ti el deseo de ser mi invitado. Te unirás así al círculo de aquellos huéspedes con quienes aprendí a valorar el secuestro como un regalo, como una gracia que invita a tender las muñecas a las cuerdas, consciente de que su ausencia enfriaría mortalmente esta casa e inocularía en mí la duda de si merece ser habitada.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Quizá, quién sabe, se fortalezca tan poderosamente tu presencia entre sus tabiques que empiece a creerla irremplazable. Quizá comience a conquistarme la idea de que es tu precisa luz, y sólo la tuya, la que arranca a cada uno de sus rincones el más hermoso brillo, disolviendo sus humedades, esclareciendo sus tinieblas. La idea temblorosa de que la desaparición de los lazos que en torno a sus cimientos has ido tejiendo los heriría con grietas irreparables. Y termine entonces por instalarte en mi propio cuarto, por abrir mis armarios y cajones a los objetos que te acompañan, por cobijarte bajo la suavidad de mis mantas. Para que te conviertas en mi más precioso huésped y yo en tu más cómplice rehén. Para que a mi lado camines cada noche con sus días. Y junto a ti sea capaz de olvidar, durante largos instantes o largas horas, que también tú, como el resto de mis huéspedes, vienes siempre de lejos, vienes siempre de fuera. Portando a cada paso en tu mirada, en tu figura, en tu voz, un mundo extraño que sin remedio se me hurta.     &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;object height="385" width="480"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/_WhA4Ylqnds?fs=1&amp;amp;hl=es_ES"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/_WhA4Ylqnds?fs=1&amp;amp;hl=es_ES" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="385" width="480"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-6292636147150560923?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/6292636147150560923/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=6292636147150560923&amp;isPopup=true' title='20 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6292636147150560923'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6292636147150560923'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/12/hospitalidad.html' title='Hospitalidad'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TQ47rpuKRXI/AAAAAAAAAy8/RF904HesBJ8/s72-c/0119-0103_die_kirche_von_auvers.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>20</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-1254600176348253604</id><published>2010-12-08T19:36:00.011+01:00</published><updated>2010-12-09T19:12:46.479+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La gran pantalla'/><title type='text'>Mentiras</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TP_P52H3PGI/AAAAAAAAAy0/8gnhsBzz_yQ/s1600/Narciso.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 454px; height: 298px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TP_P52H3PGI/AAAAAAAAAy0/8gnhsBzz_yQ/s400/Narciso.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5548381858631728226" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;"&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Todo empezó con una pequeña mentira&lt;/span&gt;", confiesa Emilio Barrero, economista y ejecutivo del Banco de España para todos sus familiares y conocidos. Una pequeña mentira que, sin embargo, ha acabado dando paso a la monstruosa impostura que es el pleno entramado de cartón piedra de su vida. Porque, aunque así lo crean su mujer y su hijo, sus padres, sus suegros, sus más íntimos amigos y las personas que trata habitualmente, Emilio Barrero no es economista ni trabaja en el Banco de España. Sólo finge serlo desde hace veinte años. Una ficción que comienza cada mañana cuando, con su traje caro y su maletín, lleva a su hijo al colegio para después dirigirse a un parque donde pasea o lee, esperando pacientemente la hora de regresar a casa tras su inexistente jornada laboral. Que apuntala pretendiendo frecuentes viajes al extranjero que nunca lleva a cabo. Que se sostiene a fuerza de reiteradas estafas a sus padres, a sus amigos, a sus conocidos, prometiéndoles inversiones de alta rentabilidad dada su posición en el Banco de España, con las que paga su lujoso chalet en las afueras, el colegio privado de su hijo, su imagen de hombre de éxito. Hasta que, bajo el peso de nuevas y cada vez más inverosímiles mentiras, el frágil edificio de cartón piedra se derrumba y Emilio Barrero se ve forzado a confesar que toda la farsa que es su vida empezó con una pequeña mentira.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Esta es la historia que nos cuenta Eduard Cortés en su película &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.filmaffinity.com/es/film101929.html"&gt;"La vida de nadie".&lt;/a&gt; Una película cuya visión provocará la inmediata aparición de un nudo en el estómago de sus espectadores porque éstos, sabedores prácticamente desde el comienzo de la impostura de Emilio Barrero, no dejarán de preguntarse cómo es posible soportar durante veinte largos años una mentira de tales dimensiones y todo lo que ésta conlleva: la tremenda soledad, el diario vagar por el parque en pugna con el tiempo y el vacío, el esfuerzo por narrar y recordar de continuo lo que sólo posee realidad en las propias palabras, el pánico al posible desvelamiento del engaño a causa de un error trivial... De tratar de imaginar cómo cabe respirar cuando se ha adherido al propio rostro una máscara asfixiante que debe mantenerse y reforzarse día a día en ausencia de toda perspectiva de desprenderse de ella que no implique la pérdida más absoluta, incluso de la libertad en el seguro destino de la cárcel. Y asistirán, encogidos por una angustia que el propio Emilio Barrero no parece sentir, a un progresivo desbordamiento de su capacidad de invención y mentira que se convertirá en la previsible antesala de la tragedia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Pero es sólo la ficción de una ficción imposible, pensé al terminar de ver la película. Quizá, interpreté, la inquietante historia de Eduard Cortés no pretende ser más que una gran metáfora de cómo la mentira puede llegar a actuar como un cancer capaz de malograr las vidas de quienes se dejan arrastrar por ella. Y por mi cabeza cruzaron también imágenes de hombres y mujeres casados con mujeres y hombres a los que nunca amaron, padres y madres de hijos que nunca desearon, desempeñando trabajos  que nunca quisieron para sí, mintiéndose a sí mismos cada día para ocultarse el fracaso de sus existencias y su incompetencia o cobardía para enmendarlas. Hasta que, pocos días después, la casualidad quiso que averiguara que la historia llevada al cine por Eduard Cortés, lejos de ser ficción, aspira a relatar la mentira en la que se sumergió durante dieciocho años un hombre real, condenado hoy día a cadena perpetua. Inspiradas en él se han realizado, además de la de Eduard Cortés, dos películas más, &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.filmaffinity.com/es/film986583.html"&gt;El empleo del tiempo&lt;/a&gt; y &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.labutaca.net/films/14/eladversario.htm"&gt;El adversario&lt;/a&gt;. Esta última basada en el &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://hexagonobabel.wordpress.com/2006/04/26/el-adversario-de-emmanuel-carrere/"&gt;texto&lt;/a&gt; del mismo título del periodista francés Emmanuele Carrère, que intenta presentar y analizar al protagonista de esta increíble historia, &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jean-Claude_Romand"&gt;Jean-Claude Romand&lt;/a&gt;, a partir de las declaraciones que efectuó durante el juicio por asesinar a su mujer, a sus hijos, a sus padres y a su perro, cuando en 1993 se creyó a punto de ser descubierto en su existencia engañosa. Un libro y tres películas: tal vez la cifra demuestre que la singularidad del caso de Jean-Claude Romand suscita toda suerte de emociones excepto la indiferencia y merece ser objeto de reflexión.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;La espiral de mentiras de Jean-Claude Romand comenzó también, según cuenta en el juicio, con una pequeña mentira motivada por un desafortunado accidente: días antes de los exámenes finales de su segundo año de Medicina, sufre un percance en el que se rompe la muñeca derecha. No puede presentarse a los exámenes, pero tampoco se atreve a revelar a sus padres lo sucedido. Semanas más tarde les comunica que ha superado con éxito los exámenes y que va a matricularse en el tercer curso. Durante varios años más, Jean-Claude asiste regularmente a las clases e incluso se reúne en su habitación a estudiar con la que más tarde se convertirá en su mujer, matriculada en la Facultad de Farmacia. Sin embargo, ya no volverá a presentarse a ningún examen. Jacques perpetra el engaño con tal habilidad que ninguno de sus conocidos dudará de que ha obtenido su título de doctor en Medicina. Tampoco de que poco después ha conseguido un prestigioso puesto en Ginebra como investigador de la Organización Mundial de la Salud, a donde se desplaza desde su lugar de residencia en una zona de Francia cercana a Suiza para codearse con importantes científicos y políticos. Pero Jean-Claude no trabaja en ningún sitio: sus días transcurren en diferentes cafeterías, parkings, isletas de autopistas, donde lee prensa y revistas científicas o sencillamente dormita. A veces, se dedica a vagar sin rumbo por los bosques de Jura. Y al igual que el protagonista de la película de Eduard Cortés, financia sus gastos solicitando dinero a sus familiares y conocidos que, presuntamente, deposita en cuentas bancarias en Suiza. Sin embargo, llega un punto en que sus estrategias para obtener dinero se agotan. Algunos de los estafados comienzan además a desconfiar de él. Ante la posibilidad de que su verdad salga a la luz y, desde la creencia de que su familia no podrá aceptarla, Jean-Claude decide asesinarla y suicidarse posteriormente. Los mata, se cita con una amiga íntima con idéntica intención de asesinarla aunque ésta logra escapar, regresa a casa, ingiere barbitúricos y prende fuego al hogar familiar. Se salva milagrosamente. Tan milagrosamente que las pruebas médicas apuntan a que tomó los barbitúricos cuando los bomberos estaban ya en camino hacia la casa y que su suicidio, por tanto, no fue sino una impostura más antes de ser encarcelado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Y, no obstante, no la última. Porque una de las conclusiones que se desprenden del libro de Emmanuele Carrère es que para Jean-Claude Romand, habituado a simular ser quien no era durante casi veinte años, a inventar para quienes le rodeaban una vida inexistente, la impostura se ha convertido en una segunda naturaleza que coarta todo acceso a la verdad de su persona, de sus recuerdos, de sus sentimientos. Todos sus gestos, sus palabras, sus acciones, siguen teniendo como único objetivo el mismo que le guiaba antes de asesinar a su familia: ofrecer una imagen favorable de sí mismo a los demás, con independencia de que esa imagen se corresponda con los hechos que fraguaron su vida en el pasado o con sus juicios y valoraciones presentes. Los psiquiatras que le han tratado sospechan que ni tan siquiera se da ya en él esa doblez que se presupone en la conciencia de la mentira, la que consiste en conservar una idea de la realidad que se altera o deforma mediante el discurso: Jean-Claude dice lo que cree y cree lo que dice, y sus creencias se reconstruyen día a día en función de las interpretaciones que le brindan los propios psiquiatras que lo visitan en la prisión sin admitir contraste alguno con una verdad que ni él mismo parece poseer. No es posible, pues, descubrir quién fue y quién es Jean-Claude Romand más allá de la máscara cambiante e incoherente a lo largo del tiempo que expone ante sus semejantes tratando de ajustarla a su preocupación por presentar una imagen positiva de sí mismo. Ni llegará nunca a saberse en qué ocupaba las horas, ni qué pensaba y sentía durante su transcurso, de todos aquellos días en que salía de su casa para enfrentarse a la nada y al vacío ocultos tras su título y trabajo ficticios.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Termino de escribir esto y pienso que todos hemos mentido en numerosas ocasiones para ofrecer a los demás una imagen más favorable de nosotros mismos. Que es probable que nos mintamos sin saberlo para componer ante nuestros propios ojos un retrato de aquello que somos más acorde con nuestros deseos y juicios morales. Que, entonces, también en nuestro caso se halla vedada, para los otros y desde la intimidad de nuestra propia conciencia, la conquista de un conocimiento último, indiscutible, preclaro, acerca de quiénes fuimos y quiénes somos. Pero tal vez lo que nos separa de Jean-Claude Romand resida en nuestra capacidad para anticipar las consecuencias de nuestras posibles mentiras y en la decisión de optar por la verdad, por dolorosa o incómoda que ésta sea, cuando las percibimos en la distancia como aún más dolorosas e incómodas que la propia verdad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Sólo que esa línea fronteriza entre Jean-Claude Romand y nosotros no resulta tan nítida si tenemos en cuenta que toda una vida de monstruosa impostura puede comenzar con una pequeña mentira.  Y que muchas son las veces en que erramos en la previsión de las consecuencias de nuestros actos, o las circunstancias que podrían conducirnos a un fatal error de cálculo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-1254600176348253604?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/1254600176348253604/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=1254600176348253604&amp;isPopup=true' title='36 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1254600176348253604'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/1254600176348253604'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/12/mentiras.html' title='Mentiras'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TP_P52H3PGI/AAAAAAAAAy0/8gnhsBzz_yQ/s72-c/Narciso.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>36</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-8801005403137909281</id><published>2010-11-23T20:23:00.005+01:00</published><updated>2010-11-25T19:51:30.103+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ficciones veraces'/><title type='text'>Ser visible</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TOwSq281AXI/AAAAAAAAAys/CllyxOKa9G4/s1600/criada.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 427px; height: 661px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TOwSq281AXI/AAAAAAAAAys/CllyxOKa9G4/s400/criada.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5542825768900690290" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El tiempo se detuvo hace ya tanto para ti que sólo a duras penas alcanzas a recordar, cuando del capricho de tu memoria deshilachada afloran imágenes viejas como fotografías cuarteadas, que hubo un día en que renunciaste a ser a cambio de poco más que una cama y comida segura en el plato. La cama estrecha que desquicia las reducidas dimensiones del cuartucho donde despiertas cada mañana bajo la luz macilenta del angosto patio interior. La comida que engulles a solas en la cocina, a grandes bocados, en danza entre el taburete y las suelas de tus zapatillas al sonar de la campanilla reclamando el segundo plato, el postre, el café de los señores.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Su detención fue tan lenta como el renqueante diluirse de las esperanzas de volver a ser que, entreveradas con la huella indeleble del olor a escasez y miseria del pueblo, hicieron soportables los difíciles inicios de la renuncia. Tan pausada como la resignada asunción de tu juventud en fuga, cuyo demorado pero tenaz escaparse iba aniquilando año tras año toda mirada ilusionada en perspectiva. Nunca se te ocultó la tacañería con que en ti se había prodigado la naturaleza. A la edad en que hasta la carne menos garbosa relumbra, tú parecías ya una niña vieja, la barbilla puntiaguda bajo las mejillas hundidas, el talle y las piernas de alambre que la voracidad de tu estómago y la barra de pan diaria desde que entraste a servir -envidia secreta de la señora en eterno litigio con su gordura- jamás consiguieron redondear. A la edad en que hasta el patito más feo semeja aletear como un cisne, desmadejaban tus andares, te entumecían la lengua, enturbiaban tu risa la cortedad y la torpeza, quién sabe si fruto de tus humildes orígenes. No por ello dejaste de confiar en la diosa fortuna que a tantas otras, no más hermosas ni agraciadas que tú, había otorgado un marido y una casa propia. Pero todos los hombres que, arropada por el grupo de criaditas en tertulia, se acercaron a ti en las tardes del jueves o del domingo, pasaron de largo como los viandantes que se atusan el pelo ante el reflejo de un escaparate y reanudan indiferentes la marcha.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Las manecillas del reloj emitieron imperceptibles su último tic-tac cuando algo en ti aceptó que no llegarías a poseer más hogar que la cama estrecha y la cocina testigo de la soledad de tus comidas. Que tu vida seguiría discurriendo en eterna parálisis por el circular sucederse siempre idéntido de los días iguales. Segmentados por las mismas tediosas rutinas, finalizados con las mismas fatigas. Días vacíos, muertos antes ya de haber nacido. Y que nunca recobrarías el ser perdido ni la visibilidad que le corresponde si es tarea de los sirvientes aprender a habitar en el no-ser y devenir invisibles como fantasmas. Fantasmas que penetran sigilosos en las habitaciones desiertas para devolverles cada mañana el orden quebrado. Sombras que nadie ve cuando recorren la galería cargadas con los enseres de limpieza aunque el sol las ilumine. Figuras etéreas que sólo se encarnan ante otras pupilas para recibir órdenes secas y agrias regañinas. Que no merecen palabras salvo para lo estrictamente necesario. A quienes nadie pregunta excepto para pedir explicaciones y cuentas. Así permanecerías tú mientras el trajín de cada jornada, el cansancio, el hastío, arrugaban tu esqueleto y encanecían tus cabellos ralos: convertida en una estatua de cristal transparente, de cuencas huecas, oídos encerados y labios sellados. Tal es el inexcusable requisito, la cláusula sagrada que firman los criados para acceder a compartir con sus legítimos poseedores los espacios donde transcurre una vida que no les pertenece. La vida a la que se asoman desde su propio centro, público indeseado de sus más oscuros recovecos, al precio de la invisibilidad y la ceguera, de la condena al doble silencio, de la irrevocable exclusión. La vida que exige desplegarse ajena a su presencia, blindada frente a ella, y por eso niega en sus formas la existencia del intruso en el coto cerrado, y se convence hipócrita de la ausencia bajo su piel de la madeja cálida y enredada que producen los corazones, las cabezas humanas. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Eres ya casi una anciana y nadie te conoce. Ni siquiera tú misma. Los pensamientos perpetuamente encerrados en tu cabeza, carentes de puertas y ventanas, fueron enmoheciendo dentro de su cárcel y se pudrieron poco a poco, dejándote huérfana de palabras para el diálogo solitario con tu propia conciencia, palabras calladas que te explicaran explicándolos a ellos, que te arrullaran desde dentro repoblando el desierto de tus días, más allá de las melodías que tarareas con tu voz de niña vieja mientras tiendes la ropa. Maniatada por las cadenas del arbitrio de los señores, tu voluntad adelgazó tanto como tus piernas de alambre y acabó olvidando, famélica, dónde reside la palanca que activa el mecanismo de la decisión, cómo se siente al vibrar el deseo, que de la garganta también puede emerger el reclamo. Quizá por ello, cuando por las noches los señores consienten que, semiescondida en tu sillita de enea tras el marco de la puerta de la salita, separada por el tabique del mullido sofá donde ellos reposan para no perturbar su intimidad, participes un rato de la pantalla del televisor, obediente después a la retirada cuando el sueño vence aunque a ti no, aunque a ti no, se instala en tu boca, por encima de la barbilla cada vez más puntiaguda, una sonrisa bobalicona, de infante dócil y manso a la espera del siguiente mandato, que la señora espía y comenta más tarde con el señor, burlona y a la vez preocupada por el presunto flaquear de tu sesera, por el evidente menguarse de tus fuerzas, por tu galopante sordera.       &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Hace días que vuelves a escuchar el tic-tac del reloj. El intenso dolor en las articulaciones de tus rodillas, que apenas te permite arrastrarte de estancia en estancia, ha reanudado el flujo del tiempo abriéndolo al futuro. Un futuro ya sin resto de la ilusión evaporada en la juventud y que ahora luce el rostro siniestro del destino inexorable de los sirvientes: la expulsión dictada por la inutilidad, la destitución en la vejez inhábil. Con angustia intuyes el aproximarse inminente del momento en que deberás abandonar los muebles, los suelos, los rincones a los que regalaste, a cambio de poco más que una cama y comida segura en el plato, un número imposible de las horas ya gastadas que contenía tu vida. La cama estrecha y la cocina. Los ojos que aún te miran pero nunca te vieron. El momento en que tendrás que mudarte al pequeño piso en el pueblo, comprado con la paciente acumulación de tu mísera paga y un favor a destiempo, clamoroso destiempo, de la diosa fortuna. En que serás despojada para siempre de tus rutinas y tareas, de las voces arrogantes, irritadas, a veces condescendientes de los señores, de la invisibilidad que en tu servidumbre te impusieron. Lo único que posees al margen de ese pequeño piso que nunca será tan tuyo como esta casa que nunca ha sido tuya. Y tienes miedo. Porque sabes con certeza que entre sus habitaciones todavía extrañas se construye listón a listón, clavo a clavo, el ataud de tu última y más terrible invisibilidad.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-8801005403137909281?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/8801005403137909281/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=8801005403137909281&amp;isPopup=true' title='25 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8801005403137909281'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8801005403137909281'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/11/lo-visible-y-lo-invisible.html' title='Ser visible'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TOwSq281AXI/AAAAAAAAAys/CllyxOKa9G4/s72-c/criada.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>25</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-2008016855240164906</id><published>2010-11-06T21:02:00.013+01:00</published><updated>2010-11-13T21:40:23.930+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ojo crítico'/><title type='text'>Intimidad en venta</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TNWgjXeRXQI/AAAAAAAAAyc/WQ9By86DkXw/s1600/Informaci%C3%B3n.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 465px; height: 292px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TNWgjXeRXQI/AAAAAAAAAyc/WQ9By86DkXw/s400/Informaci%C3%B3n.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5536507846378740994" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Quizá sea ya una trivialidad decir que, en nuestras actuales sociedades de la información, el poder social queda en manos de quienes son capaces de acumular información e invertirla convenientemente para obtener de ella el máximo rendimiento, bien sea político o económico. Pero todos sabemos que no toda información posee el mismo valor en el mercado, y es esto lo que permite distinguir entre ricos y pobres, entre poderosos y desposeídos, desde el punto de vista de la posesión de capital informativo. Los ricos y poderosos son los que disponen de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;información privada&lt;/span&gt; de acceso restringido, de información privilegiada que todo el mundo desearía para sí. Frente a ellos, los pobres y desposeídos son los que carecen de información de interés por no disponer más que de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;información pública&lt;/span&gt;, esto es, información accesible a cualquiera, que es la que les suministran los medios de comunicación de masas. Así, en las modernas sociedades de la información, los pobres son pobres porque no tienen información alguna que utilizar como moneda de cambio, porque no han acumulado información reservada que pueda convertirse en objeto de compra o intercambio. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;¿Qué pueden hacer entonces los pobres para salir de su condición de pobres? Dado que carecen de información privada con la que negociar públicamente, siempre les cabe la opción de intentar hacer pasar su &lt;span style="font-style: italic;"&gt;intimidad &lt;/span&gt;por una especie de propiedad privada de la que sacar un beneficio. El problema, sin embargo, es que semejante operación siempre resulta doblemente ruinosa: en primer lugar, porque la intimidad se arruina sin remedio, se echa a perder, una vez se la concibe como capital de carácter privado a utilizar como mercancía; y en segundo lugar, porque la intimidad como mercancía apenas vale nada -nada más que lo que puntualmente se decida pagar por ella a cambio de un beneficio infinitamente más elevado que el obtenido por quien comercia con ella- y su venta jamás sacará a los pobres de su condición de pobres.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TNWgsOambsI/AAAAAAAAAyk/ErpQ1Hv0fNs/s1600/informacion2.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 448px; height: 285px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TNWgsOambsI/AAAAAAAAAyk/ErpQ1Hv0fNs/s400/informacion2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5536507998566248130" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El análisis que acabo de exponer está extraído de un magnífico y denso &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.unilibro.es/find_buy_es/libro/pre_textos/la_intimidad.asp?sku=347877&amp;amp;idaff=Unilibro"&gt;tratado sobre la intimidad&lt;/a&gt; al que retorno cada cierto tiempo y en el que no pude evitar pensar cuando me enteré de la existencia de un programa de televisión que, a mi juicio, encaja a la perfección con lo que en él se sostiene e incluso podría representar un caso extremo de esa venta de la intimidad. Se trata del programa-concurso &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_juego_de_tu_vida"&gt;"El juego de tu vida"&lt;/a&gt;, cuya dinámica describiré brevemente para quienes no la recuerden o nunca hayan tenido la oportunidad de verlo. Ante la presencia de un polígrafo, quienes en él concursan deben someterse a veintiuna preguntas sobre ellos mismos y sus vidas. Si, según el polígrafo, dicen la verdad, van ganando sumas progresivamente mayores de dinero, hasta alcanzar un total de 100.000 euros en el caso de que no mientan en ninguna de las veintiuna preguntas. Cada cierto número de preguntas pueden renunciar a seguir y embolsarse así la cifra -ridícula hasta las últimas tres preguntas- conseguida hasta entonces. Pero si a lo largo del programa el polígrafo dictamina que mienten, pierden todo el dinero acumulado y se vuelven a sus casas con las manos vacías. Además, varios allegados de los concursantes se encuentran entre el público y pueden, si así lo deciden, impedir que el concursante responda a una de la preguntas formuladas por la conductora del programa. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Las preguntas que se formulan a los concursantes conciernen a aspectos tan íntimos de sus vidas, de sus emociones, de sus relaciones de pareja o familiares, de sus deseos o actividades sexuales, que al verlo no es extraño que uno ponga en cuestión la veracidad del programa y piense que todo ese despliegue mediático no es más que una farsa interpretada por actores. Por lo visto no es así. La producción del programa cuenta, a través de un complejo proceso de entrevistas previas, con esa información que, en principio, sólo deberían conocer algunos de los allegados y, en lo que respecta a ciertas cuestiones, ni siquiera ellos sino sólo el propio afectado. Pero lo que, a mi manera de ver, con más motivo puede suscitar la incredulidad -y también el estupor- de cualquier espectador no es tanto la naturaleza de las preguntas a las que los concursantes deben responder, como la idea de que alguien consienta en prestarse, a cambio de dinero, a semejante interrogatorio público. Porque hablamos de un interrogatorio que, invariablemente en cada programa, acaba comprometiendo gravemente la relación del concursante con su pareja, familiares o amigos presentes en el plató. Y es que pocos matrimonios, amistades o afectos familiares lograrían sobrevivir a algunas de las verdades sobre sus sentimientos hacia esas personas, sobre sus infidelidades, sobre sus creencias y deseos, que el concursante hace públicas ante la audiencia. Verdades cuya manifestación frente a las cámaras, en ciertos casos, no puede dejar de ser tremendamente humillante para esos allegados que, sin embargo, aplauden ante su revelación por el dinero que proporcionan al concursante. Se tiene así la impresión de estar asistiendo a un espectáculo consistente en que un individuo se demuestre capaz de arruinar las relaciones afectivas en principio más relevantes de su vida y exponerse a ser juzgado, en las esferas de mayor intimidad de su persona, por todos los conocidos que contemplen el programa desde sus casas, con el fin de ganar unos miles de euros. Un espéctaculo suicida en el que alguien ha decidido exponerse a perder lo que muchos estimarían como tesoros de valor incalculable utilizándolo como moneda de cambio para salir de su condición de pobre. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Personalmente, no me escandalizan los "trapos sucios" que los concursantes airean en este programa. Asumida la complejidad del ser humano, hace ya tiempo que comprendí que no es raro, sino más bien todo lo contrario, que las relaciones de pareja se conviertan con el tiempo en un vertedero de expectativas rotas, traiciones, rencores ocultos y deseos insatisfechos. Que las relaciones familiares son el perfecto terreno abonado para los sentimientos encontrados y los odios subterráneos. Que incluso las relaciones de amistad albergan más mugre, más desprecio o más engaño de lo que en su superficie se muestra. No, no es la miseria que con frecuencia habita en secreto el subsuelo de las relaciones con nuestros más íntimos allegados lo que me escandaliza. Me escandaliza el hecho de que determinados sujetos estimen que sacar a la luz pública esa miseria secreta, aquella cuya ocultación permite la pervivencia de unos afectos quizá imperfectos pero afectos al fin y al cabo, aquella cuya revelación, por tanto, difícilmente podrá convivir con la continuidad de tales afectos -y no sólo por la naturaleza de lo revelado, sino por la humillación que supone para quienes participan de esos afectos la manifestación pública de un secreto que sólo a ellos y al concursante concierne-, bien vale la posibilidad de ganar unos miles de euros. Y aún me escandaliza más que existan programas que ganan muchos más miles de euros invitando a la gente a arruinar su intimidad a cambio de la promesa, por lo general frustrada, de un poco de calderilla en comparación con lo que de ellos obtienen. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Me diréis que todo el mundo es libre de hacer con su intimidad lo que le venga en gana. Y os daré plenamente la razón. Por supuesto que sí. Pero no por ello dejará de apenarme el éxito de ese espectáculo suicida, pornográfico y bochornoso -había decidido ahorrarme los juicios de valor, pero ya véis que al final no he podido contenerme- organizado por unos y consentido por otros en torno a la pila del vil metal. En el tratado sobre la intimidad al que me he referido se dice que la venta de la intimidad es normalmente hija de la necesidad, puesto que nadie la vendería de poseer capital privado con el que negociar en el mercado de la información. Y aunque es probable que así sea, me cuesta comprender cuál es el grado de necesidad que justifica semejante venta y la ruina que ésta entraña. A no ser que lo que suceda es que estemos empezando a perder la percepción de en qué consiste en realidad la ruina, la vida en ruinas, la existencia arruinada, en un mundo que amenaza con extender sin límites sus mecanismos de mercantilización y conversión de cualquier cosa en valor de cambio.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-2008016855240164906?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/2008016855240164906/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=2008016855240164906&amp;isPopup=true' title='74 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2008016855240164906'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2008016855240164906'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/11/intimidad-en-venta.html' title='Intimidad en venta'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TNWgjXeRXQI/AAAAAAAAAyc/WQ9By86DkXw/s72-c/Informaci%C3%B3n.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>74</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-799421050280365515</id><published>2010-10-23T21:01:00.005+02:00</published><updated>2010-10-24T13:47:00.951+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Avatares'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><title type='text'>Infierno III</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TMMw5-wagsI/AAAAAAAAAyU/wo-GSVbdV-Y/s1600/muchedumbre2.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 461px; height: 362px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TMMw5-wagsI/AAAAAAAAAyU/wo-GSVbdV-Y/s400/muchedumbre2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5531318539997840066" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;En el andén se agolpa la multitud que acude puntual a su cita con el metro de la hora punta vespertina. Forman una masa homogéneamente desordenada de miradas ausentes, de rostros cansados que con toda probabilidad atraviesan ya en su imaginación el umbral de sus hogares, huérfanos de su presencia durante la jornada de trabajo. Tan cerca unos de otros, a la vez tan distantes. Nos adherimos a la multitud para el último transbordo. Apenas queda un minuto para la llegada del tren, donde nos fundiremos definitivamente con ella apretando quizá nuestros cuerpos contra otros cuerpos anónimos, quebrantando la ley muda que rechaza su roce, ésa que, tácitamente asumida, delimita un perímetro de espacio vacío en torno a cada cuerpo para la adecuada y no intimidatoria interacción de los semejantes. Poco importa, tan sólo serán dos paradas hasta nuestro destino.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Las puertas se abren y la multitud se apresura en busca del hueco que los acoja y resguarde de la presión excesiva de otros cuerpos, del contacto casualmente impúdico. El hueco desde el cual tratarán de compensar la proximidad abusiva evitando discretamente el choque indeseado de los ojos, disciplinándolos a fijarse durante el trayecto, si no logran posarlos sobre las páginas de un libro o la pantalla del móvil, sobre alguna superficie neutra, anodina, libre de conflicto. A nosotros nos protege, en medio de la masa anónima, la familiaridad del roce mutuo, la certeza de poseer en los ojos del otro un lugar de reposo seguro. Nos acomodamos con dificultad entre los demás viajeros y, aunque la estrechez que une los cuerpos frenaría cualquier posible caída, prefiero forzar el brazo hacia la barra que pende sobre mi cabeza y hallar un punto de sujeción, necesariamente endeble dada mi corta estatura, entre las manos asidas a ella. Nuestra conversación, animada hasta el momento, se interrumpe cómplice. Demasiados testigos cuando el estruendo del vagón en movimiento nos obligaría a alzar la voz. Demasiada exposición de nuestra charla que se quiere privada entre el cerco de orejas que nos rodea. En nuestro silencio, los demonios que desde hace horas serpentean bajo la alfombra de mi conciencia amenazan de repente con tomarla al asalto. Junto a ellos, la pesadumbre por el cuerpo quejoso que ha parido a las insidiosas criaturas. Ante todo, la desazón por la cabeza enfermizamente presa de los demonios nacidos de ese cuerpo que se queja, imponiendo su presencia frente al bienestar que procura su saludable desaparición. Hastiada del renovado despertar de esta agotadora batalla interior, recuesto la mejilla sobre el brazo estirado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Se me ofrece entonces, por entre los demás brazos alzados, una imagen que me golpea con fiereza: el perfil de un hombre de mediana edad, con aspecto extranjero, desencajado por la desesperación, la impotencia, el llanto. Sus labios se mueven mientras las lágrimas se deslizan por las comisuras, pero el ruido de la maquinaria y la relativa distancia me impiden oír sus palabras. La inclinación que en nuestros cuerpos erguidos imprime un giro del vagón me permite ver durante un par de segundos el carrito de bebé que aferran sus manos, los puños raídos de su suéter. Devueltos a la verticalidad, de nuevo su perfil, los labios que se mueven ininteligibles. Intuyo que no hace falta mucho más para adivinar el sentido de su discurso: cuenta a sus semejantes, nosotros, quién sabe qué desgraciada situación y solicita ayuda, la ayuda que traduce el dinero. La desesperación de su rostro me resulta tan franca, tan nítida en su sinceridad, que algo en mí se angustia instintiva, empáticamente y humedece mis ojos. Siento el impulso repentino de sacar de la cartera un billete y dárselo. Pero el impulso se detiene en seco. Lo paraliza un estúpido sentimiento de vergüenza que emerge al imaginar las miradas de los otros viajeros sobre mí, el juicio callado -¿tal vez reprobatorio?- que emitirían ante mi acción. Lo paraliza la insignificante idea de haber de molestarles -otra vez sus miradas, ahora de fastidio, de contenida irritación- deslizándome trabajosamente entre sus cuerpos comprimidos para alcanzar al hombre que pide y llora. Y lo paraliza, ya de manera irreversible, el pensamiento del engaño, de la ficción, del teatro fraudulento, que apuntala y explica el anticipado sentimiento de vergüenza bajo esas miradas. Miradas que, a la luz de ese pensamiento, preveo ya claramente reprobatorias, incluso burlonas. Miradas que acusarían mi ingenua credulidad, porque yo, la crédula ingenua, lejos de comprender la pantomima, sólo percibo en ese perfil descompuesto a un hombre pobre desgarrado por la desesperación.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Desesperación tras un largo e infructuoso día de mendicidad también avergonzada de sí misma. De desplazarse de vagón en vagón, de andén en andén, de esquina en esquina, entre rostros que se vuelven impenetrables hacia un lado, entre pupilas que se desvían y pierden con tesón en el vacío, entre oídos sordos al relato de la indigencia y la penuria, a la petición sin violencia y no obstante recibida como una afrenta. Máscaras petrificadas en un gesto de impasible indiferencia destinado a ocultar un enjambre de sentimientos de naturaleza dispar: incomodidad, inquietud, miedo, compasión, lástima; indignación censuradora por la desfachatez del pedigüeño, por la elección de la vía fácil y enojosa para el resto frente a su miseria; autojustificación vacilante entre quienes, tal vez conmovidos, apelarán sin embargo a la necesidad del rechazo desde la convicción de que erradicar la mendicidad exige no alimentarla; incluso cruel desprecio, motivado por la creencia en la desgracia merecida, en la suerte justa del perdedor, si para algunos no existe la miseria silvestre, sino tan sólo la sembrada y regada por las propias manos. Y, por un momento, no puedo evitar pensar que, para el hombre que llora su desesperación, que clama impotente tan cerca de sus semejantes para descubrirlos entonces tan lejos, tan decidida e intencionadamente lejos, el conjunto indefinido de máscaras petrificadas dentro de este vagón de metro, tal vez las últimas de las innumerables que habrán desfilado ante sus ojos a lo largo de su jornada, las que asisten impertérritas, esquivas, ausentes, al desmoronarse de sus ánimos, de sus esperanzas, de su confianza en el prójimo, deben de componer el más puro retrato del &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2008/03/infierno.html"&gt;infierno&lt;/a&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El tren empieza a detenerse y nosotros a abrirnos paso hacia la puerta. Mi rostro, como el del hombre, amenaza también con desencajarse y estallar en lágrimas. No entiendo por qué esta intensa, sorpresiva congoja. No entiendo por qué, con tal brusquedad, esta exacerbada sensibilidad después de tantos mendigos, después de tantas escenas similares con el paso de los años. Cuando me preguntas si me pasa algo, sólo consigo responder, pretendiendo una falsa serenidad, que me ha impresionado un hombre que estaba pidiendo en el metro y que, situado a tus espaldas, tú no has podido ver. Pero no se me escapa que la vergüenza ha abandonado su anterior condición de proyección imaginaria para convertirse en la realidad que acaso sustenta esta tristeza que aún desea arrastrarme al borde del llanto. Vergüenza por mi estúpido sentimiento de vergüenza ante el posible juicio ajeno, por mi parálisis, por mis pensamientos encontrados. Vergüenza por mi debilidad, por la insensata magnitud de mis demonios interiores frente a la nimiedad de los males que los nutren, ridículamente diminutos en la escala de las desgracias, de las miserias, de los sufrimientos que puede albergar una vida humana. Por las lágrimas que, con soberano esfuerzo, al fin logro contener. Y vergüenza, &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2009/06/infierno-ii.html"&gt;una vez más&lt;/a&gt;, por haber formado parte, aunque él no haya visto mi rostro, del conjunto indefinido de máscaras petrificadas que, dentro del vagón de metro que acabamos de dejar atrás, han encarnado a mis ojos ocupando los suyos el particular infierno del hombre que lloraba.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-799421050280365515?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/799421050280365515/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=799421050280365515&amp;isPopup=true' title='22 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/799421050280365515'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/799421050280365515'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/10/infierno-iii.html' title='Infierno III'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TMMw5-wagsI/AAAAAAAAAyU/wo-GSVbdV-Y/s72-c/muchedumbre2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>22</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-3549443550019868640</id><published>2010-10-06T22:13:00.017+02:00</published><updated>2010-10-11T11:51:17.277+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ficciones veraces'/><title type='text'>Soledad</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TKy8L-qeeeI/AAAAAAAAAyE/b3e6a2cTqeY/s1600/Soledad.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 461px; height: 390px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TKy8L-qeeeI/AAAAAAAAAyE/b3e6a2cTqeY/s400/Soledad.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5524997756862495202" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Revivir bajo la fuerza inesperada de este sol invernal de mediodía, al calor que el movimiento ligero de las piernas en paseo enciende en las costillas junto al deseo infantil de abandonar el abrigo en cualquier esquina. Es el efecto benéfico, ya previsto por repetido, de esta adquirida rutina de las mañanas de domingo, después del amanecer temprano y la obligación cumplida sobre el escritorio, después del lento instalarse de las familiares brumas en torno a la frente tras algunas horas de forzar a los ojos a viajar del libro a la pantalla, del libro al diccionario y de nuevo a la pantalla, mientras los dedos teclean obedientes las palabras claras arrancadas a la lengua extraña. El sonido envolvente de las campanas de la torre del casco viejo que acaba de dejar atrás la apremia. Si quiere ajustarse al horario de costumbre, no debe demorarse ya en buscar una terraza donde culminar el rito dominical ante un café y su cuaderno rayado, ese otro espacio más íntimo que siempre preferirá a la pantalla para la reflexiva, también ociosa retención del río desordenado de pensamientos que invariablemente fluye de sus pies en marcha libre. Los locales que frecuenta al término de la caminata aún se encuentran unas calles más allá. Se desabrocha el abrigo y apresura el paso.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El correr de las aguas se remansa y estanca ahora sobre un único interrogante. Todavía no ha decidido si lo llamará para regalarse una tarde de asueto. De nuevo, el mordisco de la ambivalencia. El péndulo oscila entre la pereza y la conciencia de su, tal vez -sólo tal vez-, excesivo aislamiento. Ni un leve resquicio, bajo el sol radiante y la pintoresca amabilidad de las calles empedradas, de las dudas que al anochecer, a veces -sólo a veces-, le asaltan sobre la naturaleza de los sentimientos que suscita en ella esta nueva presencia en su vida. La cuestión es ésta: después de tanto tiempo, demasiado tiempo, vuelve a sentirse bien sola. Orientada dentro de sí misma, dentro del acogedor refugio en que se han transformado las paredes pintadas de verde pálido de su pequeño piso. Y comienza a darse cuenta de que echaba infinitamente de menos -más que el aire en los pulmones tras un buceo prolongado- esa sensación. Paradójico que sea ahora, en su paulatina recuperación, cuando puede percatarse de su anterior ausencia y del brutal, desesperado desasosiego que hizo crecer en ella. Paradójico también que, pese a lo poco que se relaciona, a los días dedicada exclusivamente a sí misma, a la traducción, a su cuaderno rayado, el agujero en medio del pecho y los alfileres punzantes de la soledad, desplegados dolorosamente por la entera superficie de su piel ya antes de su separación  y largos meses después -ahí se le reveló que la soledad puede llegar a doler en el cuerpo-, apenas pervivan ya en ella como un borroso recuerdo. Incluso como un recuerdo de otro que le hubieran relatado y no lograra percibir como suyo. Sólo algunas tardes, a la caída del sol, la invade un turbio sentimiento de pesadez, de opresión en la coronilla y el cuello, que atribuye a la falta de contacto humano, a esa acentuada reconcentración sobre sí que tiende a alejarla de sus semejantes. Quizá no sea bueno que persista en esa posición huraña con la que, por otra parte, tan cómoda se encuentra, de la que tanta tranquilidad extrae. Quizá sea hora de esforzarse un poco por rehabilitar las antiguas vías de acceso al mundo, por cálido que le resulte el centro recobrado de su propio yo y reconfortante la certeza de saberse por él acompañada.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Bajo la lana tupida de su abrigo el calor comienza a ser sofocante. Se detiene, y al girar el torso para desprenderse de él y volver a pasar el bolso por su cabeza, cree intuir una figura en la distancia que la observa. No le apetece hablar con nadie. Tomar su café y sentarse frente a su cuaderno: eso es lo único que desea. Si es alguien que la conoce, mejor adoptar una actitud ausente y seguir su camino. Reanuda la marcha. Sobre el suelo empedrado de la calle estrecha y casi desierta le parece oír el repiqueteo de unos pasos tras ella que caminan a su ritmo. Lo acelera e igualmente parecen hacerlo los pasos. Malhumorada, se detiene de nuevo y finge rebuscar algo dentro del bolso. Si un amigo o un conocido quiere saludarla, mejor propiciar el encuentro cuanto antes y pretextar cualquier excusa para librarse de él. Aguza sus sentidos, esperando que los pasos se precipiten hacia ella. Pero no percibe nada más que el lento y renqueante deslizarse por el empedrado de las suelas de los zapatos de una pareja de ancianos que pasan junto a ella. Quizá todo haya sido fruto de su imaginación, se dice aliviada, echando de nuevo andar. Casi al instante vuelve a percibir a sus espaldas -esta vez ya no puede equivocarse- los pasos en rítmico contrapunto con los suyos. Nota en las marcadas pulsaciones en sus sienes cómo su corazón salta asustado. Como una máquina al apretar un botón, sus manos se aferran con fuerza al bolso, al abrigo. Pero, ¿no es estúpida esta reacción? ¿Qué le puede ocurrir a plena luz del día, un domingo por la mañana, en esta pequeña ciudad donde nunca pasa nada? Relaja los dedos y deja caer las manos a ambos lados de sus caderas, balanceando los brazos con suavidad al compás más pausado de sus piernas. Escoltada por los pasos, prosigue su camino a lo largo de varios bloques de edificios. Otro más. Y otro más. Y continúa oyéndolos, siempre con la misma intensidad indicadora del prudente mantener las distancias, cuando gira por una calle lateral que debe conducirla a su lugar de destino. La calle está algo más concurrida. Sin embargo, los pasos, casi acoplándose ahora con los suyos, se perfilan en sus oídos con nitidez frente al mayor rumor de fondo. El temor inicial ha ido hallando su perfecto reemplazo en una curiosidad creciente. ¿Quién puede querer seguirla? ¿Por qué? Por su mente cruza la fantasía, tan explotada en su opinión por el más cursi y baboso cine romántico, de que un desconocido se hubiera sentido atraído por ella. Y aunque la sabe absoluta, ridículamente descabellada, no puede evitar esbozar una sonrisa. Si fuera así -no puede serlo, claro que no, pero... ¿y si fuera así?- quizá lo descubra cuando llegue al café. Si fuera eso lo que está sucediendo -¿pero qué tontería es ésa?-, a lo mejor quien la sigue trataría de acercarse a ella e iniciar una conversación. Pese al embarazo que le produce el disparatado rumbo que están tomando sus pensamientos, la escena empieza a dibujarse ya frente a sus ojos: mientras saca su cuaderno y su bolígrafo, nota el aproximarse y sentarse de alguien a la mesa junto a la suya. Se siente observada. Comienza a escribir con gesto concentrado y al poco alza el rostro y apoya la barbilla en una mano, perdiendo la mirada en el horizonte, como si nada más que sus pensamientos alcanzaran a captar su atención. Tal vez se ruborice al intuir, en la imagen vaga  que entonces aparecerá por uno de los extremos de su campo de visión, los ojos del desconocido posados sobre ella, sobre su perfil, sobre su pelo. Tal vez se atreva a cruzar brevemente con esos ojos los suyos cuando la camarera se aleje con su pedido. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Al girar de nuevo hacia la derecha -aún le quedan un par de calles por recorrer- algo la arranca de su ensoñación. Es el silencio. El silencio que emana de la ausencia, de la privación del sonido que ha ocupado sus oídos durante el último tramo de su paseo dominical. Ese sonido que la ha acompañado por las calles empedradas desde que dejara atrás la torre y decidiera ir a tomar su café. Aunque otros viandantes caminan hacia ella, el claqueteo de sus propios pasos sobre la piedra retumba en su cabeza como si la calle estuviera desierta, como si sólo ella, tan sólo sus pies, caminaran apoyándose pesadamente sobre el suelo. Porque sobre su coronilla, sobre el cuello, el peso opresivo, redoblado en intensidad, de algunas tardes, a la caída del sol, después de una jornada de trabajo en soledad. Y, como renacidos del reino de los muertos, el agujero en medio del pecho y los alfileres punzantes desplegándose dolorosamente por la entera superficie de su piel entresudada.     &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-3549443550019868640?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/3549443550019868640/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=3549443550019868640&amp;isPopup=true' title='27 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3549443550019868640'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3549443550019868640'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/10/soledad.html' title='Soledad'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TKy8L-qeeeI/AAAAAAAAAyE/b3e6a2cTqeY/s72-c/Soledad.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>27</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-5266768145096527024</id><published>2010-09-28T19:42:00.006+02:00</published><updated>2010-09-29T13:18:00.795+02:00</updated><title type='text'>Huelga</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Emulando a mi admirado &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://manueldelgadoruiz.blogspot.com/"&gt;Manuel Delgado&lt;/a&gt;, un profesor de antropología que cada miércoles a las cinco de la tarde, en compañía del filósofo Manuel Cruz, nos invita desde la &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.cadenaser.com/la-ventana/"&gt;radio&lt;/a&gt; a pensar por pensar, y traicionando, a falta de tiempo y urgida por la fecha, el estilo de los post que últimamente aparecen en esta casa, hoy seré extremadamente breve y me limitaré -o casi- a dejaros este tubo:&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;object height="385" width="450"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/S8Ms_-u_jag?fs=1&amp;amp;hl=es_ES"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/S8Ms_-u_jag?fs=1&amp;amp;hl=es_ES" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="385" width="450"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://bloc.roigcultura.cat/2010/09/razones-para-una-huelga-trailer.html"&gt;vídeo&lt;/a&gt; no está producido ni patrocinado por ningún sindicato, y quienes en él hablan no son precisamente unos iletrados. Son &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.rebelion.org/autores.php?id=76"&gt;Vicenç Navarro&lt;/a&gt;, &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.rebelion.org/autores.php?id=51"&gt;Juan Torres&lt;/a&gt; y &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://blogs.publico.es/dominiopublico/2484/y-a-partir-de-ahora-%C2%BFque/"&gt;Miren Etxezarreta&lt;/a&gt;, todos ellos catedráticos o antiguos catedráticos de Economía Aplicada en diferentes universidades.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;No soy economista y ni tan siquiera entiendo mucho de economía. Pero las opiniones de estas personas me merecen un respeto. Y confío en la autoridad de su saber.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Perdonadme este impulso panfletario de última hora, pero no he podido reprimirlo. Y puesto que no es un afán polémico lo que me mueve, sino meramente expresivo, por esta única vez no dejaré abierta la opción de comentarios. Si alguien quiere decir algo, siempre puede hacerlo, por supuesto, en los post anteriores.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-5266768145096527024?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5266768145096527024'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/5266768145096527024'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/09/huelga.html' title='Huelga'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-3504387699406836992</id><published>2010-09-17T20:40:00.006+02:00</published><updated>2010-09-17T21:54:30.627+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><title type='text'>¿Hay que vivir?</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TJOsQv_lDFI/AAAAAAAAAxs/8_P5NRqZ0Uc/s1600/Amery.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 419px; height: 556px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TJOsQv_lDFI/AAAAAAAAAxs/8_P5NRqZ0Uc/s400/Amery.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5517943372220009554" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;En una divertida escena hacia el final de la película de Woody Allen "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Annie Hall&lt;/span&gt;", en la que Annie (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Diane Keaton&lt;/span&gt;), tras la ruptura de su relación con Alvy (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Woody Allen&lt;/span&gt;), acude al apartamento de éste a recoger sus pertenencias, Annie tiene muy claro cuáles son sus libros y cuáles los de Alvy: los de ella son los de poesía; los de él, un tipo en extremo neurótico y depresivo, los que hablan sobre la muerte y la agonía.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Más de una vez, quienes mejor me conocen, se han referido a esta escena para burlarse cariñosamente de mi afición -totalmente cierta, por otra parte- a los libros o películas que, de una manera u otra, tematizan la cuestión de la muerte. No hay en esta particular querencia mía tendencia morbosa alguna ni, por supuesto, necrofílica. Si me interesa teóricamente el tema de la muerte es porque siempre he creído que cualquier reflexión sobre ella es, en esencia, una reflexión sobre la vida. Sobre la muerte, en sí misma, poco hay que pensar. Pero me resulta bastante evidente que ningún pensamiento sobre la vida puede eludir la cuestión de la muerte, e incluso estoy convencida de la imposibilidad de alcanzar una visión lúcida y completa de la forma existencia que nos ha tocado en suerte a los humanos -esos que tan gráficamente los antiguos griegos denominaban "los mortales" frente a los dioses inmortales- sin contemplarla a la luz de su reverso.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Contando con tales supuestos, siempre supe, desde que tuve conocimiento de su publicación, que tarde o temprano acabaría leyendo el libro que he terminado estos días. Se trata de "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Levantar la mano sobre uno mismo&lt;/span&gt;", sugerente expresión con la que Jean Améry abordó en 1976 el tema del suicidio o, como el prefirió llamarlo, de la "muerte voluntaria", dos años antes de levantar su propia mano sobre sí mismo y poner fin a su vida ingiriendo barbitúricos en un hotel de Salzburgo. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Como ya se comentó &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2007/10/confianza.html"&gt;una vez&lt;/a&gt; en este blog, la vida de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Am%C3%A9ry"&gt;Jean Améry&lt;/a&gt; no fue precisamente una vida feliz: estuvo marcada por la experiencia de la tortura durante la ocupación nazi de Bélgica y por su encierro en varios campos de concentración, Auschwitz entre ellos. No es raro, entonces, que haya quienes interpreten ese suicidio como la consecuencia más obvia de su incapacidad -sin duda para nada reprochable- de sobreponerse a tan terribles vivencias. Yo misma, debo admitirlo, he apelado a esta circunstancia cada vez que he hablado sobre el suicidio de Améry. Y probablemente ni ellos ni yo nos equivoquemos: de esa incapacidad da cuenta el hecho de que Améry hiciera grabar en su lápida el número que, tatuado en su brazo, le recordaría cada día de su existencia la atrocidad cometida por los nazis contra millones de judíos, él incluido. Sin embargo, leer su libro sobre la muerte voluntaria me ha llevado a dudar sobre la legitimidad de justificar su suicidio a partir de unos sucesos cuyo horror y difícil superación todos podemos comprender sin discusión.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Porque, para Améry, poco importan los motivos que induzcan a un individuo a alzar su mano sobre sí mismo y mucho menos cabe exigir que tales motivos sean comprensibles o admisibles para sus semejantes. La cuestión crucial es que todo individuo, según él, se pertenece esencialmente por encima de cualquier instancia o consideración ajena a él, y debe ser reconocido, con independencia de sus circunstancias o vivencias particulares, absoluto soberano a la hora de afrontar la decisión de si desea seguir viviendo o prefiere arrojarse a la nada de la muerte, anticipándose así a su acaecimiento natural. En este sentido, Améry se rebela no sólo contra la condena religiosa y social del suicidio, a su juicio hipócrita en una sociedad que apenas se preocupa por la existencia de sus individuos y no vacila en llamarlos a filas cuando se hace estallar una guerra. También arremete con dureza contra la valoración de la psicología y la psiquiatría del &lt;span style="font-style: italic;"&gt;suicidario&lt;/span&gt; -así designa Améry a quien lleva dentro de sí el proyecto de la muerte voluntaria- como un enfermo al que hay que proteger de sí mismo y rehabilitar para el adecuado cumplimiento de sus funciones sociales. Y se pregunta si el hastío de la existencia que a menudo embarga al suicidario es una enfermedad que se pueda o deba curar en lugar de una legítima posibilidad que, desde dentro de la vida, reclama el fin de la vida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Para el suicidario, dice Améry, el mundo se ha convertido en un lugar de demencia y tortura. Pero nadie al margen de él mismo tiene derecho a juzgar bajo qué condiciones el mundo se convierte en un lugar de demencia y tortura, ni tampoco a acudir a un criterio objetivo y comúnmente compartido capaz de determinar qué conjunto de condiciones acaban transformando el mundo en un infierno. El criterio es, desde la innegable &lt;span style="font-style: italic;"&gt;soledad existencial&lt;/span&gt; característica del ser humano, estrictamente subjetivo e individual. Y desde esta perspectiva, nada excluye que la vida misma en cuanto tal, que de continuo alberga la amenaza de la desgracia, el sufrimiento y el fracaso -el fracaso &lt;span style="font-style: italic;"&gt;en&lt;/span&gt; la vida-, destinada de antemano al fracaso último de la muerte -el fracaso &lt;span style="font-style: italic;"&gt;de&lt;/span&gt; la vida-, sea concebida y sentida como una carga, como un pesado y angustioso fardo, a la que el suicidario opta por replicar para liberarse definitivamente de ella. Pues, según Améry, y desde su expresa intención de rehabilitar la muerte voluntaria, ésta no es sino un acto que afirma la libertad, la dignidad y el derecho a la felicidad, aun cuando lo haga por la absurda vía de la negación de toda libertad, dignidad y felicidad ulterior a su puesta en práctica. Y es que, frente a la muerte natural que nos asalta en la pasividad y sin mediación de nuestra voluntad, en la muerte voluntaria radica, sostiene Améry, la única muerte libre. Una opción vital, la de querer levantar la mano sobre sí antes de que lo haga el cáncer, una desafortunada teja caída del cielo o la decrepitud de la vejez, ante la que el ser humano se encuentra solo consigo mismo y ante la cual la sociedad debe callar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Améry no rehuye el absurdo que supone rechazar la lógica de la vida: así como todo acto de libertad implica una liberación &lt;span style="font-style: italic;"&gt;de algo&lt;/span&gt; -un estado de opresión efectivo- que se traduce en libertad &lt;span style="font-style: italic;"&gt;para algo&lt;/span&gt; -escoger las posibilidades negadas por el estado de opresión-, la liberación del ser transformado en un pesado fardo que implica la muerte voluntaria da lugar a una &lt;span style="font-style: italic;"&gt;libertad para nada&lt;/span&gt;, es decir, para la nada a la que la propia muerte voluntaria conduce. Pero esa vía de liberación no por absurda es también demente: por el contrario, a juicio de Améry, el absurdo de la muerte voluntaria reduce el de la vida misma, más absurda aún en tanto constituida como vida-para-la-muerte -a menudo para la muerte accidental, temprana, atroz, dolorosa- desde el comienzo de nuestra existencia. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Que nadie dude de que Améry respetaba a esa enorme, abrumadora mayoría que decide, que decidimos, consciente o tácitamente, permanecer en este juego absurdo que es la vida al que un día amanecimos sin solicitarlo. Tan sólo se enfrentó a todos aquellos que aceptan la vida como una obligación y ante el hastío, el fracaso o la desgracia, propia o ajena, responden con un resignado: "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;A fin de cuentas, hay que vivir&lt;/span&gt;". ¿Por qué?, les replicaría Améry. No &lt;span style="font-style: italic;"&gt;hay que&lt;/span&gt; vivir. Sencillamente, porque a todos nos llegará ese otro día en el que ya no tendremos que vivir y que será, además, el día en que ya no podremos vivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque no he encontrado la escena de "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Annie Hall&lt;/span&gt;" a la que me refería al comienzo del post, os dejo con esta otra, que guarda relación con ella. Que digo yo que os sentará bien reiros un poco después de un post como éste, ¿no? :)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;object height="385" width="480"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/P4cQ7AEt8Sw?fs=1&amp;amp;hl=es_ES"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/P4cQ7AEt8Sw?fs=1&amp;amp;hl=es_ES" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="385" width="480"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-3504387699406836992?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/3504387699406836992/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=3504387699406836992&amp;isPopup=true' title='45 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3504387699406836992'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3504387699406836992'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/09/hay-que-vivir.html' title='¿Hay que vivir?'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TJOsQv_lDFI/AAAAAAAAAxs/8_P5NRqZ0Uc/s72-c/Amery.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>45</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-6798694343059680542</id><published>2010-09-01T16:28:00.005+02:00</published><updated>2010-09-01T16:47:41.087+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Verbos imprescindibles'/><title type='text'>Anticipar</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TH0RNn0z7rI/AAAAAAAAAxc/yMTBl5OBsLQ/s1600/prisionero.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 448px; height: 454px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TH0RNn0z7rI/AAAAAAAAAxc/yMTBl5OBsLQ/s400/prisionero.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5511580444697816754" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Cárcel tengo por fuera,&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;cárcel por dentro.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Voy vagando y vagando,&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;puerta no encuentro.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;Tener no me importara&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;cárcel por fuera,&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;si de la de aquí adentro&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;salir pudiera.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Romance del prisionero&lt;/span&gt;, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Chicho Sánchez Ferlosio&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Como el reo que abandona el cuerpo inmóvil al lóbrego escenario de la celda, mientras recorre y explora una y otra vez el más siniestro en su mente agitada del patio de ejecución, la tarima de madera recién ensamblada, la pecera aséptica donde olerá a fármaco y desinfectante. Y durante largas, amargas horas cada día, allí se instala y vive, y entrecorta la angustia su respiración cuando camina con paso endeble por las baldosas de piedra para situarse frente al pelotón y dejarse vendar los ojos. Al aferrarse sus oídos al silencio benévolo, ya el líquido vergonzante deslizándose por su entrepierna, pronto desgarrado por las voces de mando. Al estallido de cada impacto sobre la carne siempre tierna para el metal. Mientras aguarda el definitivo fundido en negro que lo libere del dolor inimaginable. El silbido de la hoja rasgando el aire antes de cercenar la cabeza ya casi rodante. El colapso del corazón alcanzado por las sustancias letales trepando por sus arterias. Extraño debe ser sentir un corazón detenido en el pecho, y palpa su mano el corazón aún palpitante, tembloroso en su congoja, olvidado en esas horas junto a su cuerpo entre las paredes grises de la celda. Las que cada amanecer baña un rayo cálido de luz, invisible para el espíritu ausente y los ojos enredados en tinieblas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Así, idénticos a ese reo que sufre una y otra vez el sufrimiento próximo de una única agonía, así somos nosotros avanzando sobre el penoso puente que acerca al porvenir no querido, al mañana que repele, al presente por llegar que con indescriptible alivio, de sernos concedida tal gracia, borraríamos  sin vacilación de nuestra ruta. Prendidos en la anticipación de las fotografías inexistentes que lo retratan. De antemano sumergidos en una realidad aún no real según las leyes de Cronos, más que efectiva para el sentir capaz de anular toda perspectiva y lejanía. Multiplicando por cada pensamiento adherido a ese mañana, a ese después, las horas de desazón para él pronosticada. Doliéndonos por adelantado, en quejosa letanía interior, por el tiempo de miseria, de aburrimiento, de vacío, alzado frente a nosotros en la imagen íntima como un singular espectro en su inmaterialidad dotado de la solidez pétrea, ruda, tangible de las estatuas. Inclinados como nos hallamos, ya desde los primeros años escolares, a la mustia dilapidación de cada tarde de domingo ante el lunes inminente, en la maduración al abatimiento por el fin de la fiesta cuando todavía danzan nuestros pies al son de la música. Sabedores, además, de que el imparable caer sin otoño ni estaciones de las hojas del calendario, el giro en apareciencia enfebrecido de las agujas del reloj acortando la distancia que nos resguarda del ahora temido, no cesarán de acrecentar el temor, la tristeza, la ansiedad que induce a rabiar por el pinchazo antes de que la aguja penetre la encía, a la arcada en el estómago cuando el purgante todavía no ha inundado la lengua. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;No deja de ocultarse aquí una verdad: difícilmente sobreviviríamos sin el anticipar, sin el movimiento de avanzadilla que, junto a la memoria en leve retroceso, ensancha de continuo e inventa los límites de cada ahora fugaz e inaprehensible. En su carencia, el accidente habitaría probable en cada curva tomada al volante, en cada esquina la ocasión para el tropiezo, el fracaso y el hambre en cada flecha lanzada contra el vuelo de las aves del cielo. Quizá en deriva ulterior del mecanismo que protege ahuecando el presente inmediato, sobre ese adelantarse tiende su estera el guerrero la noche previa a la batalla, en concentrada invocación del valor preciso para abrazar la idea de la muerte posible, en tenaz afán por dominar el terror de su negrura. Y, semejantes a ese guerrero, a menudo nos entregamos también nosotros a la fantasía minuciosa, truculenta, del mal trago futuro, en la creencia de que, llegado el momento de su cumplimiento, el ejercicio de la imaginación habrá agotado y por fin exorcizado los temores ya sufridos en la antelación, permitiéndonos afrontarlo con la requerida fortaleza. Como si la preparación del ánimo y el cuerpo pasara por la vivencia previa de la cabeza replegada sobre sí. Como si del torturante juego de inmersión en el dolor anticipado fuera a emerger la justa tensión de los músculos, la tranquilizadora sensación de un porvenir domesticado, amansado en su naturaleza ingrata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Olvidamos entonces que la imaginación se desborda delirante en la anticipación del suelo aún virgen de experiencia, por apoyarse precaria sobre la dudosa muleta del relato de otros, de la palabra ajena, tal vez inútil por en exceso extraña a la sensibilidad de nuestro espíritu y nuestra carne. Y que el error anida análogo en la recreación proyectante del terreno vital conocido, del pasado que cíclico retorna, si nada hay en el multiforme fluir de los acontecimientos del mundo, en el propio mundo, que se repita idéntico a sí mismo, que regrese con rostro imperturbable. Si la constante metamorfosis impuesta por ese imparable fluir en nuestras pieles nos convierte cada día en neonatos e inexpertos aprendices. Si, en alianza con ello, la mirada en perspectiva contaminada por el temor, el rechazo o la desgana, falsea magnificando el recuerdo de lo terrible para determinar su aparición ante nuestros ojos como doble, triplemente terrible. No es raro que más tétrica y repelente se moldee la figura del fantasma del futuro que florezca más tarde su realidad constatable.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Pero ante todo olvidamos, perdidos en ese mar de espectros anunciados, buceando con la respiración  entrecortada por la angustia por sus aguas solitarias, que la vida se despliega aquí y ahora, en este mismo instante, en este mismo lugar, donde nuestros dedos inconscientes no rozan fanstasmas, sino tan sólo estos otros dedos amables, esta superficie mullida, este viento suave y fresco soplando sobre ellos, este tierno brote de hierba. Y en flagrante desperdicio del presente precioso, único espacio para el reposar sentido, vibrante de nuestras plantas y manos, único pentagrama para la inscripción de la melodía que nos canta, permanecemos ciegos al rayo cálido de luz que cada amanecer baña las paredes a ratos grises de nuestras celdas. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-6798694343059680542?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/6798694343059680542/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=6798694343059680542&amp;isPopup=true' title='23 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6798694343059680542'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6798694343059680542'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/09/anticipar.html' title='Anticipar'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TH0RNn0z7rI/AAAAAAAAAxc/yMTBl5OBsLQ/s72-c/prisionero.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>23</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-4178009149644488800</id><published>2010-07-30T23:03:00.013+02:00</published><updated>2010-09-17T21:02:16.666+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ficciones veraces'/><title type='text'>Verdad II</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TFGhFfLAQwI/AAAAAAAAAxU/6HSzhYC6rR4/s1600/Mujer+Desnuda+1941+Pablo+Picasso.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 427px; height: 607px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TFGhFfLAQwI/AAAAAAAAAxU/6HSzhYC6rR4/s400/Mujer+Desnuda+1941+Pablo+Picasso.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5499353735635157762" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;"La verdad, en su nombre maldito nos perdimos, en su nombre solamente, no por la verdad misma, si acaso existiera, sino por el deseo de verdad que nos arrancó las "confesiones" más aterradoras, tras las cuales quedamos más alejados que nunca de nosotros mismos, sin acercarnos ni un paso a verdad alguna"&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Jacques Derrida&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Necesito saberla. Necesito saber la verdad. Sólo así, tal vez, podría perdonarte.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Quebrada por fin la eternidad de su silencio se atreve ella a alzar su rostro ojeroso, antes hundido entre sus manos, fija la mirada en los húmedos rodales que las lágrimas, en caída libre, han ido formando sobre el pantalón de su pijama en la zona de los muslos. Sus pupilas reptan en ascenso, despacio, por la figura erguida frente a ella para constatar que también el pijama de él está mojado a la altura del pecho. Al alcanzar, temerosa, sus ojos enrojecidos, la golpea con redoblada intensidad la humillación de su reciente derrota. La vergüenza que sobre sus hombros arroja su forzada capitulación. Tan sólo en una ínfirma parte por la mentira puesta al descubierto, si se la compara con la que mana de lo desvelado por su causa. Es obvio que sobreestimó su capacidad de resistencia. Quizá porque no exista mayor fuerza inquisitorial que la voluntad desesperada de verdad. La verdad que, frente a toda previsión, ha acabado emergiendo de su propia lengua tras el largo y torturante interrogatorio. Esa verdad que con tanta decisión se había propuesto ocultar. El reloj de la mesilla de noche marcaba las tres y cuarto cuando, al pronunciarla, ha girado la cabeza para rehuir su mirada.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- No te entiendo. Ahora ya sabes lo que querías saber - El perfecto retrato del dolor en esos ojos suplicantes, en la barbilla temblorosa oscurecida por la barba incipiente, comprime su abdomen y amenaza con cortar su respiración, obligándola a inclinar de nuevo el rostro, a atarlo esta vez al suelo. Un leve escalofrío recorre su espalda. Se sabe tan desnuda. Tan enteramente desnudada y expuesta sin el abrigo protector de la mentira.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Quiero saber por qué. Por qué - El tono desgarrado de su voz grave reposa sobre un fondo de firme serenidad, de segura calma. Por el rumor en los roces de la tela de su pijama al moverse, intuye que se ha sentado de nuevo sobre la cama, posiblemente cruzando los brazos sobre el pecho, en patente actitud de espera.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Por qué. Se siente exhausta, aturdida. Hace un esfuerzo por poner en marcha las ruedas dentadas dentro de su cráneo, paralizadas bajo el peso sofocante de las emociones. Por recordar. Por hallar, en algún punto de ese bloque compacto e impenetrable de cemento en que se ha transformado su cabeza, el cabo inicial que le permita hilar un discurso mínimamente coherente. Mínimamente convincente. Hay demasiado en juego. Necesita su perdón. Le aterra la idea de perderle, siempre le ha aterrado. Su memoria semeja una mancha emborronada y confusa. No hace tanto tiempo de aquello, pero en ese momento le parecen siglos. ¿Cómo pudo cometer tal error? ¿Cómo ha podido traicionarle de esa manera? No consigue explicárselo. Nunca ha dejado de quererlo, nunca. A menudo manifiesta ante sus amigas, complacida, seguir enamorada de él, pese a los altibajos que su relación ha ido atravesando. ¿Y qué pareja no los ha sufrido? Insoportable la sensación de suciedad que la invade, el encogerse de su corazón ante el asedio del remordimiento. Vuelve a apoyar los codos sobre las rodillas, sujetándose la frente con las manos, incapaz de enfrentar su mirada doliente, vencida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- No lo sé. Creo que me sentía sola. Tú estabas en esa época muy ausente, absorto en los problemas de la empresa, todavía abatido por la muerte de tu madre. Me parece que yo pasaba también por una mala racha... Sí, así es. Fue cuando la directiva rechazó mi proyecto y al poco me cambiaron de puesto... Sabes que no lo viví nada bien. Supongo que necesitaba más cariño del que tú podías darme en ese momento. Y bueno, entonces apareció él, cubriéndome de atenciones, de mimos, y... me dejé llevar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Javier. Probablamente el hombre más guapo de cuantos haya conocido. No era extraño que de joven hubiera trabajado esporádicamente como modelo. Recuerda su penetrante mirada azul, su seductora sonrisa. El modo en que su interés por ella, que se tiene por una mujer atractiva pero no una belleza, halagó su vanidad. El color crema de las sábanas que arroparon sus encuentros amorosos en su apartamento. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Apenas duró un par de semanas, ya te lo he dicho antes. Enseguida me di cuenta de que estaba haciendo una tontería. De que es a ti a quien quiero y a quien siempre he querido. No lo interpretes como un reproche, sé que fui débil y que actué mal... pero me sentía un tanto abandonada. Lo dejamos porque yo quise. Él aún insistió durante un tiempo, pero por suerte no tardaron en ofrecerle un traslado. No he vuelto a saber nada de él, ni quiero tampoco. Nunca pensé en dejarte, nunca me enamoré de él. No llegaste a sospechar nada porque nada de lo que pasó alteró mis sentimientos hacia ti. Pero necesitaba sentirme querida, deseada. Que alguien me cuidara. Ojalá pudieras creerme.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Levanta un poco la cabeza y busca sus ojos. Ahora es él quien, tras unos segundos, los aparta de los suyos para dejarlos reposar sobre la colcha, mientras frota en ella con el dedo índice una mancha inexistente. Resopla. Guarda silencio durante un intervalo que se dilata sin piedad, como un denso vacío que hubiera detenido el metrónomo de la línea pautada del tiempo. Hasta que la mira de nuevo y su voz brota de su garganta aún más rota y desgarrada. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Esto ha sido tu venganza por lo de Helena, ¿no es cierto? Siempre supe que, tarde o temprano, aquel error me pasaría factura.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Helena. Hace mucho que no piensa en ella, pero la simple mención de su nombre arde en sus mejillas y pone a palpitar la sangre en sus sienes. Aún estaban los dos en la facultad. Apenas la conocía. Pero acabó por enterarse -siempre la maldita casualidad- de que él se había liado con Helena mientras ella hacía sus prácticas en Londres. Estuvieron a punto de romper. También él le dijo entonces que se había sentido solo y abandonado. Cuánto daño le había hecho aquello. Cuánto le costó superarlo. ¿O quizá aún, después de los años transcurridos, no lo había superado? Las circunstancias eran ahora muy distintas pero... ¿es posible que se sintiera legitimada a tener una aventura con Javier a causa de aquella infidelidad suya? ¿Había querido, después de tanto tiempo, devolver daño por daño, golpe por golpe, pagándole por su falta con la misma moneda? ¿Había pretendido, guiada por una cierta inconsciencia, la igualación de los marcadores, la revancha, el empate? Sólo eso explicaría esta súbita y contundente resurrección de su antigua rabia. Este violento, sorpresivo reabrirse de la herida en apariencia cerrada. ¿Es ésa la verdad que él busca? ¿Es ésa su propia verdad? El puño que retuerce sus entrañas parece aflojarse. Su ceño se frunce mientras proyecta con resolución la barbilla hacia adelante.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Es posible... Sí, puede ser. Me hiciste tanto daño. Tanto daño...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El reloj marca las cuatro y media. Subrayando el silencio de la noche, el rítmico tic-tac del reloj se solapa a tramos regulares con la respiración acompasada de él. Recostada sobre la almohada, lo observa dormir mientras le acaricia el pelo con delicadeza. Finalmente, se acomoda a su lado y apoya una mano en su pecho velludo. Javier apenas tenía vello. En su conciencia se abre paso el recuerdo de la suavidad de su torso musculoso, la imagen de sus hombros robustos, perfectamente torneados, y su mano se despega en una suerte de automatismo de ese pecho velludo. Escruta el rostro dormido de él. Sus labios se curvan en una mueca de desagrado al comprobar que le está saliendo un feo granito en la nariz. Una inquietante aunque ya familiar sensación de hastío se apodera por unos instantes de su estómago. Tratando de ahuyentarla, deposita un leve beso sobre su frente, se da la vuelta y apaga la luz. En la oscuridad baila ante ella el rostro sonriente de Javier. Al cerrar los párpados, percibe de nuevo la cálida humedad de las lágrimas, desbordándolos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;Disculpen ustedes la &lt;/span&gt;&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255); font-style: italic;" href="http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/03/verdad.html"&gt;reiteración&lt;/a&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;. Pero es que la frase de Derrida da tanto de sí...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-4178009149644488800?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/4178009149644488800/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=4178009149644488800&amp;isPopup=true' title='17 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4178009149644488800'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4178009149644488800'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/07/verdad-ii.html' title='Verdad II'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TFGhFfLAQwI/AAAAAAAAAxU/6HSzhYC6rR4/s72-c/Mujer+Desnuda+1941+Pablo+Picasso.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>17</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-3844842263756378983</id><published>2010-07-15T14:35:00.006+02:00</published><updated>2010-07-18T16:24:43.522+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ojo crítico'/><title type='text'>La caja tonta</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TDySqVVK9vI/AAAAAAAAAxM/5i-YXl0LN8k/s1600/caja+tonta.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 457px; height: 318px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TDySqVVK9vI/AAAAAAAAAxM/5i-YXl0LN8k/s400/caja+tonta.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5493426901463267058" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Cualquiera sabe que si algo necesita una argumentación para poder tener lugar, ese algo es tiempo. Lo sabe el empleado que se reúne con su jefe para discutir sus condiciones de trabajo. Lo sabe el jefe que se reúne con su empleado para justificar esas mismas condiciones de trabajo. Lo sabe el padre que trata de explicar a su hijo por qué le disgusta su conducta. Lo sabe el hijo que trata de explicar a su padre el porqué de esa conducta. Sin embargo, resulta que el medio de comunicación que -no lo olvidemos- para una gran masa de la población constituye la única y exclusiva vía de acceso al conocimiento de lo que sucede en el mundo más allá del limitado perímetro de sus casas y barrios, un conocimiento, además, del que se desprenden no pocas decisiones, actitudes y tomas de posición frente a ese mundo, tiene como premisa elemental e indiscutible el control y la severa restricción del tiempo. La argumentación no tiene entonces cabida en la televisión. Así, ha señalado &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Pierre_Bourdieu"&gt;Pierre Bourdieu&lt;/a&gt;, en Estados Unidos la regla dice que las intervenciones en los debates políticos televisados no deberían superar los siete segundos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1996, este prestigioso sociólogo francés aceptó ofrecer por televisión dos conferencias dadas en el Collège de France que posteriormente fueron transcritas y publicadas bajo la forma de un libro titulado "&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.ucm.es/info/especulo/numero7/bourdieu.htm"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Sobre la televisión&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;". No es de extrañar que este texto provocara virulentas reacciones entre los periodistas franceses más destacados del momento. Bourdieu ataca en él con dureza la por él llamada "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;corrupción estructural&lt;/span&gt;" imperante en la televisión, una corrupción por la cual este medio de comunicación pone en peligro, sin necesidad de pretenderlo intencionadamente, no sólo las diferentes esferas de producción cultural sino también la vida política e incluso la materialización efectiva de la democracia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;El hecho de que Bourdieu apostara por la retransmisión televisiva de estas dos conferencias formaba parte de su misma voluntad de crítica. Pues si bien Bourdieu afirma que en el mundo de hoy no es inteligente ni por tanto deseable prescindir del potencial expresivo de la televisión, defiende a su vez que la actualización y canalización adecuada de ese potencial expresivo exige ciertas condiciones que son estructuralmente negadas por los mecanismos rectores de la realización de programas televisivos. Condiciones que, sin embargo, a él le habían sido garantizadas de manera excepcional en su situación privilegiada de conferenciante puntualmente mediático: frente a las cámaras, Bourdieu emitió sus conferencias sin ninguna limitación de tiempo, sin que el tema le hubiera sido impuesto y sin ningún tipo de cortapisa o restricción que apelara a razones técnicas, de audiencia, o relativas a cualquier clase de convencionalismos morales o sociales. Así, Bourdieu tuvo la oportunidad de protagonizar un evento por completo insólito en televisión desde hace ya décadas: la emisión de un discurso articulado, de un discurso argumentativo y demostrativo, que pretendía ejercer una labor crítica &lt;span style="font-style: italic;"&gt;desde&lt;/span&gt; y &lt;span style="font-style: italic;"&gt;sobre&lt;/span&gt; el medio que ha desterrado paulatinamente la posibilidad formal de la crítica al desterrar precisamente la posibilidad de la argumentación que ésta necesariamente requiere. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Según Bourdieu, los mecanismos que imposibilitan la concurrencia de aquellas condiciones con las que la televisión podría llegar a ser un verdadero medio de información, formación, debate y crítica -requisitos todos ellos imprescindibles para el auténtico ejercicio de la democracia-, pivotan fundamentalmente sobre la sumisión de la programación televisiva al criterio mercantil de los índices de audiencia. Como en casi cualquier otra esfera de nuestras sociedades contemporáneas, también la televisión busca un éxito comercial que en su caso depende estrictamente del número de telespectadores que sintonizan cada cadena. Pero es esa misma aspiración a contar con el número más elevado posible de telespectadores la que ha introducido toda una serie de dinámicas perversas -sin que sea preciso suponer tras ellas la existencia de mentes maquiavélicas igualmente perversas- que, a juicio de Bourdieu, han convertido la televisión en una maquinaria peligrosa. Estar a expensas de los índices de audiencia lleva aparejados el temor a ser aburrido y el afán de divertir a cualquier precio. Aumentar al máximo la cuota de telespectadores pasa por banalizar y trivializar la realidad para así ponerla al alcance de todos. De ahí que los telediarios, en aras del objetivo de captar el interés del público mayoritario, se hayan ido transformado progresivamente en espacios cada vez más sensacionalistas donde las crónicas de sucesos, las catástrofes naturales, las noticias deportivas o las anécdotas políticas se ofrecen como sucedáneo de la información. Que en los debates o pseudodebates políticos televisados se priorice el combate frente a la discusión y se privilegie el enfrentamiento entre las personas en lugar de la confrontación de sus ideas y argumentos. O la proliferación desmedida de programas televisivos exclusivamente dedicados a alimentar las retinas y las mentes de los telespectadores con la exhibición y exaltación de pasiones netamente primarias. Si la televisión de los años cincuenta, comenta Bourdieu, pretendía ser cultural e imponía desde su monopolio productos culturales para así formar los gustos del gran público, la televisión de los noventa, al competir por la audiencia, explota, halaga e incluso rebaja esos gustos ofreciendo productos sin refinar con la sola meta de atraer la atención de las masas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Han pasado casi quince años desde las críticas de Bourdieu, y el imparable proceso de degradación que sufre el medio televisivo -y me atrevería a decir de putrefacción a la vista de ciertos programas especialmente bochornosos de algunas cadenas- no hace sino confirmar día a día sus análisis. Tal vez sea entonces hora de asumir con resignación -si  es que no lo hicimos ya hace tiempo- que bajo el mandato del criterio capitalista de los índices de audiencia la televisión seguirá creando productos de entretenimiento y desinformación cada vez más groseros y banales. Sin embargo, pienso que lo que no deberíamos asumir ni con resignación ni sin ella es que este modelo televisivo reinante en la actualidad acapare el espectro de toda forma de televisión posible. Porque, al menos en teoría,  aún existe una televisión que cuenta con la posibilidad, y quizá incluso la exigencia, de sustraerse a la lógica mercantil de los índices de audiencia por no tener la estricta necesidad de estar sujeta a ella. Me refiero, como es obvio, a la televisión pública, financiada en parte con los impuestos de los ciudadanos y en parte, desde hace unos meses en nuestro país, por las cadenas televisivas privadas y de este modo liberada de la tiranía del patrocinio publicitario.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Exonerada con ello de la urgencia por captar el mayor número de telespectadores posible, la televisión pública &lt;span style="font-style: italic;"&gt;podría&lt;/span&gt; permitirse el lujo de ofrecer "aburridas" conferencias de dos horas como las de Bourdieu o cualquier otro intelectual que tuviera algo realmente valioso que decir. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Podría&lt;/span&gt; producir "aburridos" programas de análisis de la actualidad y debate como lo fue "&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/La_clave"&gt;La clave&lt;/a&gt;" desde mediados de los setenta a mediados de los ochenta, donde, después de proyectarse películas que no tenían por qué plegarse al gusto mayoritario, los participantes podían exponer sus puntos de vista durante diez minutos seguidos si así lo consideraban oportuno y sin que nadie les interrumpiera, así como prolongar sus discusiones por espacio de dos horas sin pretender entretener ni montar un espectáculo a fuerza de gritos, insultos o majaderías. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Podría&lt;/span&gt; financiar "aburridos" programas infantiles como "&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/La_bola_de_cristal"&gt;La bola de cristal&lt;/a&gt;" donde la bruja avería enseñaba a los niños que el mal es el capital. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Podría&lt;/span&gt; retransmitir "aburridas" obras de teatro que muchas personas jamás tendrán ocasión de ver ante un escenario. E incluso recuerdo una para mí mítica y probablemente también "aburrida" emisión del programa "&lt;span style="color: rgb(51, 51, 255);"&gt;El mundo por montera&lt;/span&gt;", moderado por Sánchez Dragó, donde "aburridos" intelectuales y profesores universitarios debatían sobre el complejo pensamiento de un importante filósofo alemán, fórmula que la televisión pública también &lt;span style="font-style: italic;"&gt;podría&lt;/span&gt; volver a realizar. Y a este "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;podría&lt;/span&gt;" os invito a vosotros, mis pacientes lectores, a añadir cualquier cosa de vuestro interés que se os ocurra.    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;La televisión pública, en sus actuales circunstancias, podría ofrecer a sus telespectadores todas estas cosas y muchas otras más, y así devolver a la tan denostada "caja tonta" el carácter de "caja lista" -pese a haber renunciado hace ya años a verla, creo con Bourdieu en el enorme potencial de una televisión bien utilizada- que ocasionalmente tuvo en el pasado. Podría, porque dispone de los medios económicos y técnicos para hacerlo. Podría, porque, sencillamente, nada le impide hacerlo. La cuestión, a mi juicio preocupante, es, por qué pudiendo, sin embargo no lo hace.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-3844842263756378983?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/3844842263756378983/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=3844842263756378983&amp;isPopup=true' title='20 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3844842263756378983'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3844842263756378983'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/07/la-caja-tonta.html' title='La caja tonta'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TDySqVVK9vI/AAAAAAAAAxM/5i-YXl0LN8k/s72-c/caja+tonta.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>20</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-8170995836083707527</id><published>2010-06-26T20:23:00.013+02:00</published><updated>2010-06-27T11:41:53.049+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La gran pantalla'/><title type='text'>Babel</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCT7g584vtI/AAAAAAAAAxE/Y_Iiy6km_y0/s1600/babel-end.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 456px; height: 342px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCT7g584vtI/AAAAAAAAAxE/Y_Iiy6km_y0/s400/babel-end.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5486786788774690514" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente hallaron una llanura en la tierra de Sinaí, y se establecieron allí. Un día se dijeron unos a otros: «Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego». Así el ladrillo les sirvió en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Después dijeron: «Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra». Jehová descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: «El pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; han comenzado la obra y nada los hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero». Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Génesis, 11:1-9&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Temían los hombres su diseminación sobre la amplitud incalculable de la superficie terrestre. Y con ella la ruptura de los lazos, la lejanía, la soledad y el aislamiento que emanan de la ausencia de comunidad. Pero es consustancial a la tragedia humana que toda estrategia encaminada a rehuir su destino –recordemos a Edipo, abrazando a cada paso, con sus ojos todavía intactos pero ciegos, el fatal cumplimiento de la profecía- se transforme en el certero instrumento de su realización. Comenzaron la construcción de la torre y dejaron de entenderse. Se hablaron y se sintieron solos, aislados. Incapaces de soportar sus mutuas miradas de extrañeza, la opacidad de las lenguas que antes les unían, el balbuceo ininteligible interpuesto como un muro infranqueable allí donde sólo conocían inmediatez, transparencia y comprensión ajena a la brecha y el equívoco, se alejaron unos de otros y así se desperdigaron sobre la faz de la tierra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Se asentaron los hombres sobre lugares remotos y enseñaron a sus descendientes las nuevas palabras que moldeaban sus pensamientos y bocas. Pero tal vez porque sus voces no fluían libres sobre los sonidos nacidos del castigo divino; o quizá porque la maldición agujereaba sus lenguas inmaduras y acusaban en ellas la falta de nombres que les dijeran y expresaran en lo más íntimo, en lo más terrible, en lo más alto; o acaso porque la memoria del antiguo pecado les robó el discernimiento entre el habla urgente por precisa y la serena elocuencia del silencio, nunca recobraron la capacidad de entenderse, de exponer y solapar sus mentes y corazones, en ausencia de hiatos de sentido ni resquicios de oscuridad, sin restos de vacilación e incertidumbre intérprete.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Y aunque otra vez hablaban entre ellos, tuvieron que aprender a convivir con la presencia de otros muros insalvables entre sus ojos y gargantas, con la caprichosa resistencia de las palabras a sus lenguas y ánimos, y a sobrellevar la ambigüedad que lastra los conceptos y llega a convertirlos en cajas vacías, en armas dañinas, cuando más se los desea bálsamo y caricia curativa. Sabedores del penoso esfuerzo que de ahí en adelante requeriría su recíproca comprensión, de su fragilidad una vez conquistada, tan proclive a la quiebra como los brotes tiernos ante los más livianos azotes del viento de la vida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Ya no alcanzan desde entonces los padres a entender a sus vástagos, pese a haber domesticado ellos mismos sus lenguas lloronas y menesterosas. En su afán por cultivar tallos rectos y robustos,  mezclan inconscientes sus amorosos cuidados con palabras que siembran el recelo, la envidia, la frustración en sus pechos inexpertos. Y los hermanos, rivalizando por su afecto y su admiración, pueden desencadenar la catástrofe con un simple disparo cargado de prepotente inocencia y mala fortuna.    &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCTyYX6xyNI/AAAAAAAAAwU/nPVbqp7mhCs/s1600/Babel6.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 456px; height: 355px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCTyYX6xyNI/AAAAAAAAAwU/nPVbqp7mhCs/s400/Babel6.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5486776746595436754" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Callan los amantes la muerte de sus hijos y mascan en silencio la sombra de la culpa, oscilando entre su vergonzante asunción y la avidez por descargar su peso sobre los hombros del amado. Encerrados en la estupefacción ante el golpe imprevisto. Rotas sus voces para comulgar en la identidad de su dolor intraducible. Paradójicamente inhabilitados por ese dolor para abrir sus brazos y compartir el duelo y el llanto. Perdida la unidad originaria, no es raro que la adversidad separe y aísle tornando agrias y torpes las lenguas, ahogadas en su decir más cercano, en sus palabras más cómplices, por el sufrimiento que enjaula el espacio interior aniquilando el significado, la fuerza vinculante de cada signo pronunciable.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCTyR5vMXwI/AAAAAAAAAwM/_dWX8eJY98g/s1600/babel5.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 456px; height: 260px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCTyR5vMXwI/AAAAAAAAAwM/_dWX8eJY98g/s400/babel5.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5486776635414568706" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Tampoco es la misma después de Babel la lengua de los pobres y la lengua de los ricos. Quienes nacieron en la miseria y huyeron de su lengua natal para aprender tardíamente el idioma del privilegio y la abundancia, nadan en la indefensión del conocimiento incompleto, de la comprensión precaria, tan sólo aproximada, del universo de palabras foráneas que ahora habitan. Y por ello cometen, imprudentes, errores de amargas consecuencias. Incomprendidos en su mostrenca ignorancia. Ignorados en sus legítimos deseos de pobres, de calidad inferior a los de los pudientes bajo el sucio manto de su indigencia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCT5tPygZZI/AAAAAAAAAw0/8OPRnGZeef0/s1600/babel7.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 455px; height: 266px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCT5tPygZZI/AAAAAAAAAw0/8OPRnGZeef0/s400/babel7.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5486784801771906450" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Y a algunos ni tan siquiera les concedió el dios temeroso de la audacia de los hombres el oído y el habla. Con desesperación batallan día a día con sus manos contra la soledad, el silencio y la incomprensión de un mundo sonoro. Y con desesperación pretenden en ocasiones suplir los sonidos ausentes de sus bocas ofreciendo la saliva de sus lenguas mudas, la desnudez virgen de sus cuerpos, expuestos con temeridad como un lienzo que propicie el contacto y la comunicación de las almas. También ellos yerran, ofuscados por su sordera, obviando que las conversaciones ocurren en el cruce de dos miradas sinceras, en el roce cálido de unos dedos que se buscan y entrelazan. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCTydG5WxzI/AAAAAAAAAwc/9qTWogISrzA/s1600/babel2.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 456px; height: 257px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCTydG5WxzI/AAAAAAAAAwc/9qTWogISrzA/s400/babel2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5486776827925415730" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;De nuevo hablan los hombres palabras comunes y aún así persisten en ellos la soledad y el aislamiento. De nuevo se enfrentan a la diseminación de las lenguas y todavía se alejan unos de otros, incapaces de soportar sus mutuas miradas de extrañeza, la opacidad, el balbuceo ininteligible interpuesto como un muro infranqueable. Y en cada signo estéril o hiriente, en cada silencio tenso, en cada vocablo bárbaro, experimentan la dureza del castigo del dios cobarde, asustado por su pretensión de tocar las alturas celestes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, no por ello cesan un solo día de esforzarse por hallar alivio a su soledad, por conquistar la comprensión recíproca que a intervalos les libere del asfixiante aislamiento de sus pieles vueltas hacia adentro. A menudo fracasan, y el fracaso les depara la pérdida, la soledad aún mayor, en el extremo la muerte irreparable. Pero a veces se yerguen victoriosos cuando, encontrándose al borde del precipicio, aúnan sus soledades y así logran vencer el miedo, superar el abismo y regresar juntos  a la tierra incierta para seguir resistiendo los azotes del viento de la vida bajo ese cielo inalcanzable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Hace unos días volví a ver la película &lt;/span&gt;&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255); font-style: italic;" href="http://historico.portalmix.com/cine/babel/"&gt;Babel&lt;/a&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;, dirigida por Alejandro González Iñárritu. Valga este texto como una reflexión sobre lo que, a mi particular entender, en ella se cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-8170995836083707527?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/8170995836083707527/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=8170995836083707527&amp;isPopup=true' title='16 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8170995836083707527'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8170995836083707527'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/06/babel.html' title='Babel'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TCT7g584vtI/AAAAAAAAAxE/Y_Iiy6km_y0/s72-c/babel-end.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>16</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-3917869593201751406</id><published>2010-06-14T17:58:00.008+02:00</published><updated>2010-06-14T23:10:36.759+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Hermes'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ojo crítico'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuestión de sexos'/><title type='text'>Hermenéutica IV: Falacias</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TBYpL_H1gdI/AAAAAAAAAv8/P6Hrgcthv2k/s1600/escher-cascada.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 454px; height: 578px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TBYpL_H1gdI/AAAAAAAAAv8/P6Hrgcthv2k/s400/escher-cascada.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5482614882269757906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;En el siglo XI,  momento perteneciente a esa época de la historia marcada por el notorio  desperdicio de todos los talentos intelectuales de Occidente en  peregrinas y estériles disputas sobre la existencia y atributos del Dios  cristiano, los llamados antidialécticos defendieron que el uso de la  lógica era perjudicial para la fe. Y no puede negarse que estaban en lo  cierto: no hay forma de admitir que Dios es a la vez uno y trino, o que  la Virgen María, siendo virgen, fuera igualmente madre, sin suspender  toda exigencia lógica.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero así como el rechazo de la  lógica es beneficioso para la fe, resulta tremendamente nocivo allí  donde se trata de valorar la credibilidad de los argumentos de los  políticos. Desde antiguo se sabe que una práctica habitual del discurso  político es la utilización de falacias o sofismas, esto es,  razonamientos que, si bien son lógicamente incorrectos, aparentan ser  correctos y se aplican con fines persuasivos para convencer de alguna  presunta verdad. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace unos días, la señora Ministra  de Igualdad &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://actualidad.orange.es/nacional/aido_dice_que_la_mayoria_de_las_32_mujeres_asesinadas_este_ano_no_presento_denuncia_previa_409421.html"&gt;condenaba&lt;/a&gt; las 32 muertes de mujeres a manos de sus parejas  que se han producido ya este año y, al preguntársele por las causas de  este aumento con respecto al año pasado, señalaba la necesidad de  atender al denominador común de todas ellas, a saber, que la mayoría de  las fallecidas no había presentado denuncias por agresiones previas. Ni  ellas ni su entorno. Por ello, sus declaraciones terminaban alentando a  la sociedad en su conjunto a denunciar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Entiendo que lo que la señora  Ministra quiere decir es que la ausencia de denuncias por agresiones  previas es una causa determinante de las muertes de esas 32 mujeres. De  lo cual se sigue que, si esas mujeres hubieran denunciado tales  agresiones previas, podrían haber salvado sus vidas. De ahí su mensaje:  si queremos evitar más muertes, presentemos denuncias ante cualquier  caso de agresión que conozcamos. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, a mi entender la señora Ministra ha  incurrido con sus declaraciones en varias flagrantes falacias que  intentaré analizar a continuación: &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a) La falacia formal o  razonamiento no válido conocida como falacia de negación del antecedente  se da en razonamientos de este tipo: aceptada la premisa de que si  llueve, las calles se mojan, se concluye que, en el caso de que no  llueva, las calles no se mojan. ¿Y por qué se trata de un razonamiento  falaz o incorrecto? Pues porque las calles podrían mojarse por otros  motivos: que pase el camión de limpieza del ayuntamiento, que un maremoto arrase la ciudad, o que todos los ciudadanos de un  determinado barrio se pongan de acuerdo para arrojar desde sus balcones  cubos de agua. Exactamente lo mismo sucede con el razonamiento de la  señora Ministra: aceptada la premisa de que en ausencia de denuncias de  agresiones previas se producen asesinatos, se concluye que, en el caso  de que tales denuncias sí se den, no se producirán asesinatos. Lo cual  es falso porque las mujeres podrían resultar asesinadas por sus parejas  por otros motivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;b) La falacia informal de la falsa  causa consiste en atribuir a dos sucesos o hechos  correlativos una relación de causa-efecto sin evidencias que la  soporten. Ejemplos un poco burdos de esta falacia serían afirmaciones  tales como: el sol ha salido porque el gallo ha cantado; el arcoíris ha  parado la lluvia. Un poco –aunque sólo un poco- menos burdo: aprobé el  examen porque llevaba mi amuleto de la suerte, ya que esta falacia es el  tipo de razonamiento incorrecto que suele primar en las creencias  supersticiosas. Tales falacias se refutan demostrando que no  existe una relación significativa entre los dos hechos que se pretenden  causa y efecto: bien probando que el efecto tiene lugar aunque no  intervenga la causa –el sol saldrá aunque todos los gallos sobre la faz  de la tierra se proclamen en huelga y dejen de cantar-, bien probando  que el efecto está producido por otra causa distinta de la presumida.  Pues bien, que la señora Ministra incurre en este tipo de falacia se pone de manifiesto atendiendo a sus propias declaraciones: el hecho de que la  mayoría de las mujeres no hubiera presentado denuncias significa que  algunas mujeres sí las habían presentado, en concreto cinco de ellas. No  obstante, la presentación de tales denuncias por agresiones previas no  las libró de la muerte. Luego es falso el establecimiento de una  relación causal entre la ausencia de presentación de denuncias y la  muerte, porque el efecto –la muerte- pudo ocurrir sin intervención de la  causa –es decir, habiéndose presentado denuncias-. Que ambos hechos –no  presentar denuncias por agresiones previas y acabar muerta- sean  correlativos no permite entonces concluir legítimamente que el primero  sea causa del segundo.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;c) Vamos a conceder a la señora  Ministra que sus declaraciones se sustentan sobre el dato fehaciente y  constatado de que algunas de las mujeres que han acabado muertas a manos  de sus parejas habían sufrido previamente agresiones por parte de  ellas. Ahora bien, otra falacia informal es la que recibe el nombre de  generalización precipitada, por la cual se otorga de manera  injustificada la propiedad que presentan varios individuos de un  conjunto a todos y cada uno de los elementos de ese conjunto. Un ejemplo  de esta falacia podría ser la afirmación de que el alcohol es dañino  porque genera alcohólicos, pues el hecho de que para algunos individuos  el alcohol resulte dañino no permite concluir que lo sea para todos.  Idéntico caso de generalización precipitada es el de la señora Ministra:  del hecho de que algunas mujeres muertas a manos de sus parejas hayan  sufrido agresiones previas no es legítimo concluir que todas las mujeres  muertas a manos de sus parejas las han sufrido. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la señora Ministra no es la  única política que incurre en razonamientos falaces. Al día siguiente de  sus declaraciones, también el &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.observatorioviolencia.org/noticias.php?id=2100"&gt;Delegado del Gobierno para la Violencia  de Género&lt;/a&gt; hacía un uso tácito de esta última falacia al plantear la  hipótesis de una posible vinculación entre las muertes de mujeres a  manos de sus parejas y el modo en que éstas son reportadas en los medios  de comunicación. Para justificar el aumento de mujeres muertas a manos  de sus maridos de los últimos meses, apelaba a un presunto “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;efecto  imitación&lt;/span&gt;”, “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;aquel en el que el agresor asesina a la mujer tomando como  referencia un caso anterior&lt;/span&gt;" y un presunto “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;efecto paso a la acción&lt;/span&gt;”,  “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;cuando el agresor se decide a cometer el asesinato al ver otro&lt;/span&gt;”. Puesto  que los medios de comunicación podrían entonces, involuntariamente,  estar incitando a nuevos asesinatos, el Delegado señalaba que la clave  para evitar este efecto indeseado estribaría en el tratamiento de la  información por parte de los medios. E indirectamente, condenaba la  emisión de testimonios de los vecinos como “era un hombre trabajador” o  “era un buen padre”, porque, según él, “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;provocan que la agresión sea  inexplicable”&lt;/span&gt;. ¿Y por qué inexplicable? Sencillamente porque, como se desprende de sus propias palabras, el Delegado  asume que todos los hombres que han matado a sus mujeres  las habían agredido previamente, es decir, que son agresores  habituales y por ello, según su propio juicio, personas que no pueden  merecer ninguna valoración positiva por parte de nadie. Por esta razón,  al igual que la señora Ministra de Igualdad, el señor Delegado terminaba  sus declaraciones instando a las mujeres y a sus entornos a denunciar. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá parezca difícil entender que  a la señora Ministra no se le haya ocurrido que la ausencia de  denuncias previas a las muertes de mujeres a manos de sus parejas  podría obedecer a la ausencia de motivos para realizar tales denuncias,  es decir, a la ausencia de agresiones previas. O que al Delegado no se  le haya ocurrido pensar que los testimonios de los vecinos nada tienen  de descabellado porque no es inexplicable que alguien que no ha  agredido previamente a su pareja pueda llegar a matarla bajo ciertas  circunstancias específicas. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, en el fondo, me temo que la falta de tales ocurrencias no es tan difícil de entender. Porque si el  Ministerio de Igualdad y la Delegación del Gobierno para la Violencia de  Género aceptaran la hipótesis de que gran parte de las muertes de  mujeres a manos de sus parejas no responde a una situación de maltrato y  constituye un suceso imprevisible en tanto desconectado de cualquier  acto violento previo, ¿podrían al mismo tiempo afirmar que la evitación o  disminución del número de muertes de mujeres a manos de sus parejas  depende de sus propias acciones? ¿Podrían justificar sus respectivos  trabajos en lo que respecta a esta cuestión concreta? ¿Podrían arrogarse  los &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.observatorioviolencia.org/opiniones.php?id=126"&gt;méritos&lt;/a&gt; aquellos años en que el número de muertes disminuye, como  suelen hacerlo habitualmente? Desde luego, yo creo que lo tendrían  mucho, pero que mucho más complicado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Por ello prefieren sostener como  única causa válida del asesinato el maltrato previo y animan  repetidamente a la denuncia, ya que según sus encuestas –y ya analizamos  &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/01/violencia-ii.html"&gt;aquí &lt;/a&gt;una vez de qué forma tan surrealista tales encuestas detectan las  situaciones de maltrato- existen &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.observatorioviolencia.org/opiniones.php?id=120"&gt;400.000 maltratadores&lt;/a&gt; en España,  300.000 de los cuales aún no han sido denunciados. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, debería dar que  pensar el hecho de que en noviembre del año pasado el número de presos  por violencia de género &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.elpais.com/articulo/sociedad/presos/violencia/machista/aumentan/ano/elpepisoc/20091130elpepisoc_3/Tes"&gt;creciera un 50%&lt;/a&gt; con respecto al año anterior.  Como debería dar que pensar que en el 2009 se produjeran &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.observatorioviolencia.org/upload_images/File/DOC1274175582_denuncias_2009.pdf"&gt;135.540  denuncias&lt;/a&gt;, de las cuales tan sólo &lt;span style="color: rgb(51, 51, 255);"&gt;32.550&lt;/span&gt; recibieron una sentencia  condenatoria, cifra que incluye aproximadamente un 50% de sentencias que  únicamente enjuician faltas y no delitos –y aquí es preciso tener en  cuenta que, a partir de la aprobación de la Ley Integral de Violencia de  Género, &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.matrix666.net/?p=1111"&gt;se tipifica como falta la injuria o vejación injusta de  carácter leve&lt;/a&gt;, mientras que cualquier otra injuria o agresión pasa a ser  considerada delito-. E igualmente debería dar que pensar por qué  ninguna institución se preocupa por tratar de explicar ni valora como un  problema social que junto a las 55 mujeres que en 2009 murieron a manos  de sus parejas, también murieran &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.observatorioviolencia.org/upload_images/File/DOC1272275712_informe_muertas_2009.pdf"&gt;10 hombres&lt;/a&gt; a manos de sus parejas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;   &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé vosotros, pero yo no tengo  ninguna intención de dejar de hacer uso del razonamiento lógico para  dejarme convencer por argumentos erróneos encaminados a fomentar  creencias cada vez más alejadas de la realidad. Y es que el conocimiento  de la realidad no pasa por la fe, sino, entre otras cosas, por ser  capaz de anteponer la mera lógica a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-3917869593201751406?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/3917869593201751406/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=3917869593201751406&amp;isPopup=true' title='20 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3917869593201751406'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3917869593201751406'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/06/hermeneutica-iv-falacias.html' title='Hermenéutica IV: Falacias'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TBYpL_H1gdI/AAAAAAAAAv8/P6Hrgcthv2k/s72-c/escher-cascada.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>20</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-166215885002085178</id><published>2010-05-30T11:33:00.018+02:00</published><updated>2010-06-07T18:48:05.659+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Verbos imprescindibles'/><title type='text'>Saltar II: Ítaca</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TAItods299I/AAAAAAAAAv0/li6rjPLnDSI/s1600/Joseph_Mallord_William_Turner_064.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 451px; height: 285px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TAItods299I/AAAAAAAAAv0/li6rjPLnDSI/s400/Joseph_Mallord_William_Turner_064.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5476990270026741714" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Dicen que a Ulises le venció la añoranza, esa semilla fatal germinada en su pecho capaz de engendrar brazos asesinos de cíclopes, oídos muertos para el bello canto de las sirenas, corazones de hielo frente a la dulzura vertida en caricias por criaturas como Calipso. Un abismo te separa de Ulises, y no obstante, a ráfagas fugaces, paladeas en tu boca el sabor de la nostalgia por pequeños pedazos de un mundo que rueda ajeno a ti en la distancia: un cielo que no es éste, un rayo matinal asediando impertinente la ventana, las voces amigas clamando en la lejanía. Imposible &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2009/09/saltar.html"&gt;saltar&lt;/a&gt; hacia adelante sin dejar atrás el suelo que impulsó nuestros pies, y sobre él sus huellas aún visibles en la arena, las piedras queridas que día a día moldearon sus plantas, las raíces de los árboles a cuya sombra hallaron fresco cobijo. También de los hilos todavía palpitantes, tendidos en arco inaudito sobre el ancho espacio, que atan y seguirán atando al suelo abandonado los tobillos ausentes. Los hilos que, como alambres suspendidos en el aire, fuerzan al regreso puntual a Ítaca. Y aunque Ítaca carezca ya para ti de la fuerza imantada de los destinos elegidos, nunca cesará su rostro afable de invitar al retorno para la celebración del origen, del inicio en la tierra natal que soportó paciente la torpeza tierna de tus primeros pasos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Has aprendido que largo es el tiempo necesario para pulir la totalidad de las aristas en los nuevos parajes que habitas. Más largo aún para mullirlos con el acogedor plumón de la memoria inconsciente. Continúan ocultando a tus ojos inexpertos oquedades tenebrosas, misterios inquietantes en sus múltiples recodos, y a ratos persiste en tus miembros la tensión exigida para acomodarse a sus caminos y, junto a ella, el deseo de sentirlos aflojarse. Porque de esas aristas y oquedades y misterios, y de la tensión y el deseo mana en ocasiones una tenue pero molesta sensación de extrañeza, de justa extranjería, es al término de tu travesía, al comenzar a percibir el singular aroma salino y la intensidad azul del cielo añorado de Ítaca, cuando más te asemejas a Ulises. Imaginas en tu mirada el brillo inmortal de la suya, pegada con inquieta avidez al horizonte, iluminada ante la perspectiva del reposo en lo fácil por palmo a palmo sabido, ansiosa del descanso en hábitos tatuados por los años en las articulaciones. Gozando en la anticipación del alegre reencuentro con quienes en sus manos aferran firmes los cabos de los lazos que, tirando de ti, te animaron a vencer la pereza ante las fatigas del viaje. Y, al saltar del barco, se pliega en reverencia tu torso ante Ítaca y saludas a sus gentes con una sonrisa, agradecido por hallarte de nuevo bajo ese azul que de nuevo ampara tu coronilla.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Basta, sin embargo, franquear la puerta del antiguo hogar para que empiece a aletear sobre tus cejas una desazón inesperada. Sus estanterías expoliadas componen el vivo retrato de la desolación. En el polvo acumulado sobre los objetos descartados, la desagradable señal que augura su cierta, solitaria decadencia. Sólo el enorme poder desfigurador de una memoria caprichosa y selectiva alcanza a justificar la absurda omisión en tu cabeza del dato inexcusable. El semblante en sorpresa frente a la evidencia cuya imprevisión te sitúa por unos segundos del lado de los dementes. A pesar de la mueca burlona que restaura el sano juicio y apacigua la incipiente tristeza contagiada por ese espacio en ruinas, no dejas de acusar, dolido, el gesto de despedida paralizado entre las paredes que durante largo tiempo resguardaron cálidas tus sueños y vigilias. El gesto que tímidamente te escupe y rechaza invitándote a la huida. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Frente a él, la inmovilidad casi intacta de las calles de Ítaca propicia amable el ajuste sin discordancias de la imagen conservada. Si antes enmarcaban tus trayectos cotidianos como un escenario apenas percibido, ahora las observas con la atención del paseante curioso y desocupado. Las pupilas se recrean en las figuras y contornos familiares, en la reconfortante identificación de sus insignificantes detalles. Con ella recobras esa grata sensación de seguridad animal que procuran los territorios mil veces hollados, donde se excluye la incertidumbre y el peligro del extravío. Pero el bienestar parece pronto condenado a extinguirse. Conforme se agota la emoción del reconocimiento, una creciente pesadez lastra tus músculos y tu corazón. Caído el velo embellecedor que tiende a cubrir en el recuerdo los objetos ausentes, contemplas en torno a ti la realidad gastada, tediosa por siempre idéntica a sí misma, que en tantos momentos te hizo anhelar otros lugares, otros dominios. Sospechas que algo en ti reproduce sin tú saberlo la fría operación de cálculo, proclive a la infravaloración, destinada en su día a aligerar la gravedad y el temor del salto. Que reaccionas a cierto raro mecanismo de protección que te quiere cómodo, contento en Ítaca, en la posición del mero visitante. O que, sencillamente, los recuerdos recientes nacidos fuera de Ítaca, unidos a la conciencia de tu provisional estancia en ella, alteran sin remedio la profundidad de tu mirada. No puedes ignorarlo, tampoco evitarlo.  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Y llegada la hora de decidir, necesario el ejercicio de economía impuesto por la limitación del tiempo, a qué llamadas acudirás, con qué manos de las que sostienen los lazos harás efectivo el reencuentro, te asalta la duda en amalgama con una cierta indolencia que, lejos de obedecer tan sólo al natural cansancio tras la travesía, acaba por desvelarte una dolorosa verdad: el deseo de mantener agarrados ciertos hilos dependía únicamente de la imposibilidad fraguada por la distancia; brindada la posibilidad, dispuesta ante ti para ser empuñada, el deseo abstracto, obligado a concretarse, se relativiza y reduce a unos pocos escogidos. Si la lejanía magnificó falsamente su número, ahora te percatas de que la recuperada cercanía, las condiciones del retorno, han deshecho el espejismo que te llevó a añorar lazos infecundos. Lazos quizá en algún momento sólidos, quizá siempre frágiles, que ahora se desgarran entre tus dedos como una tela raída por el uso. Y así compruebas, taciturno, que no son tantos como creías los vínculos que aún te ligan a esta tierra, por más que algunos permanezcan incuestionados. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;El reencuentro no defrauda tus expectativas y su poder vivificante asegura próximos regresos. Pero de vuelta al hogar decadente, bajo el influjo de ese aire de despedida ahora dueño de sus dependencias, te sobreviene la imagen de Ulises despertando en mitad de la noche, desanudando su abrazo del cuerpo insólito, desconocido, que es Penélope, evocando el mar agitado de sus travesías. Lamentando en la oscuridad el asesinato del cíclope, su tenaz sordera al bello canto de las sirenas, la renuncia gélida a las dulces caricias de Calipso. Abrumado por la certeza, al detectar bajo su piel sus huellas imborrables y el dolor por su pérdida, de no poder pertenecer ya a Ítaca. De no saber ya a dónde pertenece.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Tú sí lo sabes: la verdadera Ítaca no se encuentra en tierra iniciática alguna, sino que brota del fuego que impulsa nuestros saltos y sigue impulsándolos cada mañana, pese a los sinsabores y esfuerzos, pese a las aristas y oquedades tenebrosas. Una Ítaca que el fuego irá construyendo con calma, ladrillo a ladrillo, con la argamasa del transcurrir de los días y la confianza en ellos depositada. Porque también el viaje en pos del lugar sentido como propio al descubrirlo en el horizonte es retorno. Retorno sin fin hacia esa Ítaca que, levantándose despacio conforme caminamos hacia ella, siempre quedará frente a nosotros, siempre allí delante, siempre un poco más allá del alcance de nuestros pies. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-166215885002085178?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/166215885002085178/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=166215885002085178&amp;isPopup=true' title='16 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/166215885002085178'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/166215885002085178'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/05/saltar-ii-itaca.html' title='Saltar II: Ítaca'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/TAItods299I/AAAAAAAAAv0/li6rjPLnDSI/s72-c/Joseph_Mallord_William_Turner_064.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>16</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-4377716140084023482</id><published>2010-05-14T23:27:00.020+02:00</published><updated>2010-06-25T20:24:35.740+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><title type='text'>Lo eterno en lo fugaz</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S-2eONmTJ6I/AAAAAAAAAvs/KOm0B6shL3A/s1600/pieter_claesz2.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 456px; height: 323px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S-2eONmTJ6I/AAAAAAAAAvs/KOm0B6shL3A/s400/pieter_claesz2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5471203089330677666" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;No tengo hijos, no veo la televión y no creo en Dios, todas estas sendas que recorren los hombres para que la vida les sea más fácil. Los hijos ayudan a diferir la dolorosa tarea de hacerse frente a uno mismo, y los nietos toman después el relevo. La televisión distrae de la extenuante necesidad de construir proyectos a partir de la nada de nuestras existencias frívolas; al embaucar a los ojos, libera al espíritu de la gran obra del sentido. Dios, por último, aplaca nuestros temores de mamíferos y la perspectiva intolerable de que nuestros placeres un buen día se terminan. Por ello, sin porvenir, ni descendencia, sin píxeles para embrutecer la cósmica conciencia del absurdo, en la certeza del final y la anticipación del vacío, creo poder decir que no he elegido la vía de la facilidad. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Renée Michel, portera del número 7 de la calle Grenelle, París&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Empezaré hoy con una confesión: experimento una tenaz aversión por los best-sellers. Sí, ya sé que tal afirmación, sometida a un mínimo proceso de reflexión, no revela nada bueno de quien la enuncia. Porque a fin de cuentas un best-seller, tal y como su nombre indica, no es más que un libro que ha sido profusamente vendido. Ergo: que ha comprado mucha gente. ¿Y qué motivos deberían llevarme a rechazar lo que tantos otros han comprado? He aquí la respuesta prejuiciosa: que lo masivamente comprado sólo puede tratarse de un producto si acaso entretenido, pero de poca enjundia y calidad literaria. O lo que viene a ser lo mismo: que las mayorías -ésas de las que &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Agust%C3%ADn_Garc%C3%ADa_Calvo"&gt;Agustín García Calvo&lt;/a&gt; decía que siempre son feas- prefieren una literatura de evasión carente de verdadera sustancia que comunicar y envuelta en un estilo donde el amor por el lenguaje brilla por su ausencia. De lo cual se deriva, en perfecta lógica, que si no es eso lo que yo busco en la literatura, no puedo pertenecer a esa mayoría ni, en consecuencia, disfrutar con los libros que compran. ¡Fuera best-sellers!, proclamo entonces desde mi literaria torre de marfil cuyas alturas me llevan a sostener tan amable y benévola concepción de la mayoría de la humanidad lectora.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Prosiguiré con una segunda confesión: por primera vez desde que tengo uso de razón, figura entre los libros de mis estanterías un best-seller que he leído con auténtico entusiasmo. Un best-seller, además, con todas las de la ley: va ya por la edición número treinta y dos y en la horrible solapilla de color rosa que viste sus tapas se anuncia que sus lectores son más de 4.000.000 en todo el mundo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Y ahí va la tercera: que conste que me he resistido a este libro con toda la tenacidad que anima mi aversión por los best-sellers. Hace ya mucho me lo mencionó, para mi sorpresa, alguien por quien profeso una profunda admiración intelectual. Mmm, imagino que pensé extrañada, seguro que su motivación para leerlo proviene de alguna cuestión relacionada con sus hijos, pero no de sus propios intereses. Sin embargo, después de aquello, cada vez que he entrado en una librería y lo he visto,no he podido evitar acercarme a él y mirarlo con curiosidad, si bien para acabar devolviéndolo a su sitio, asqueada por un lado por la noña ilustración de su portada, y por otro auténticamente indignada por una frase que luce en su contraportada: que este best-seller es "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;un pequeño tesoro que nos revela cómo alcanzar la felicidad&lt;/span&gt;". ¿Pero quién puede ser el imbécil que piense que los lectores podemos tragarnos la mentira de que las claves de la felicidad se dejan embutir entre las páginas de un libro? Bueno, siendo realistas, habrá que conceder que ciertos lectores -incluso muchos- sí se dejarían embaucar por semejante reclamo. Pero, aun así, opino que algunos de los que se dedican a escribir las contraportadas de los libros merecerían ser asados a fuego lento por sus autores. Hasta que un día, de nuevo en una librería con el libro en las manos tras haber leído en el periódico una entrevista con su autora, pero dudando una vez más ante la odiosa frase de la contraportada, la persona con la que iba tuvo que decirme, "yo te lo compro", y lanzarse rauda a las cajas a pagarlo, haciendo caso omiso de mis ruegos por evitarle tan inútil gasto, para que el libro pasara a formar parte de mis posesiones.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Pues bien, ahora no tengo más remedio que admitir que el gasto no fue en absoluto inútil y que no me arrepiento de que uno de esos objetos pertenecientes al para mí tan denostrado género de los best-sellers se haya hecho un hueco en mi estantería. El objeto, escrito por Muriel Barbery, se llama "&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255); font-style: italic;" href="http://www.lecturalia.com/libro/16712/la-elegancia-del-erizo"&gt;La elegancia del erizo&lt;/a&gt;" y es una novela que, a mi juicio, se construye sobre una pregunta tan inquietante como ineludible: en medio de la más profunda lucidez, de la más extrema conciencia del absurdo que representa el hecho mismo de vivir una vida humana, condenada a encubrir trabajosamente el vacío sobre el que se sustenta, de continuo expuesta a la fugacidad, a la tediosa repetición y a la pérdida, ¿dónde hallar un mínimo resquicio de sentido que nos impulse no sólo a persistir en esa vida, sino también a gozar de ella? Las dos voces que tejen el hilo conductor del libro, dispares en las formas, hermanas en el fondo, se alternan y aúnan en la distancia tanto en la percepción y sufrimiento de ese absurdo como en la búsqueda del aliento vital que les permita sobrevivirlo y sobrellevarlo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Paloma, una niña de doce años en extremo inteligente, ha decidido suicidarse el día de su próximo cumpleaños -y de paso quemar el hogar familiar de 400 metros cuadrados, aunque sin sus habitantes dentro, tampoco es que la niña tenga alma de psicópata- movida por su firme convicción de que, cuando crezca, terminará como todos los adultos encerrada en la pecera que supone el fútil entramado de sus vanas existencias. Una pecera en la que tanto más se refugian y anestesian los adultos cuanto menos desean percibirla. Porque percatarse de sus límites implicaría cobrar dolorosa conciencia del modo en que la derrota de sus sueños juveniles de alcanzar las estrellas los ha abocado al sinsentido de habitar tan asfixiante y estéril espacio. No, Paloma desea con vehemencia eludir lo que considera un destino inevitable. Pero hasta la fecha programada de su muerte, y porque, según ella, "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;lo importante es lo que uno esté haciendo en el momento de su muerte&lt;/span&gt;", se ha propuesto escribir dos diarios. El primero, dedicado a lo que ella llama "ideas profundas", es decir, ideas que tratan de analizar y enfrentarse al sinsentido por el cual ha dedicido suicidarse. El segundo, al reto de buscar algo en la materia del mundo, en sus movimientos, en su belleza, que consiga hacerle replantearse su decisión de acabar con su vida.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Renée tiene cincuenta y cuatro años y es la portera de un bonito palacete con pisos de lujo poblados de familias ricas. Es pobre, fea, viuda y no tiene estudios. Pero bajo esa apariencia de ser insignificante, vulgar, inculto y carente de todo atractivo -apariencia que además ella se esfuerza árduamente por mantener ante el pudiente vecindario- se esconde una inteligencia ávida de conocimiento, una sensibilidad exquisita amante de la literatura, la música, el cine y el arte, y un férreo espíritu autodidacta que la lleva a devorar sesudos textos filosóficos y a debatir intelectualmente con ellos. Todo ello en la soledad invicta de su portería, a la que sólo tienen licencia de entrada su enorme y gordo gato León -así llamado en honor a León Tolstoy- y su amiga Manuela, una mujer sencilla que limpia las casas de los ricos y a la que Renée considera una auténtica aristócrata, pues, pese a estar rodeada de vulgaridad, esa vulgaridad ni tan siquiera ha llegado a rozarla. Atrincherada tras la puerta de la portería que la protege de insidiosas miradas, Renée pasa largas horas reflexionando sobre la naturaleza humana a partir de la observación de sus semejantes, sobre la dialéctica que une y separa a ricos y pobres, sobre la iniquidad del mundo, sobre la belleza singularmente retratada en las películas de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Yasujir%C5%8D_Ozu"&gt;Yasujiro Ozu&lt;/a&gt;, sobre la brecha de armonía serena que, en el absurdo de nuestras vidas, introduce el ritual de preparar un te y sentir cómo el tiempo y el vértigo del mundo se suspenden con cada pausado sorbo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;No creo decir nada que arruine la posible lectura de esta novela a quienes aún no lo hayan hecho si planteo que, a través de los diferentes acontecimientos que se suceden en ella y de los pensamientos de estas dos voces protagonistas, la respuesta dada por Muriel Barbery a la pregunta por el sentido capaz de mantenernos en vida, eludiendo hasta cierto punto el enclaustramiento de la pecera, apunta ya desde sus inicios a la esfera del Arte. Un Arte con mayúsculas que, sin excluir las grandes obras de la cultura, tampoco se reduce a ellas para extenderse a todos aquellos pequeños gestos de la vida cotidiana, a todos aquellos objetos insignificantes -como una camelia sobre el musgo- que de repente traen consigo una suerte de paréntesis en la rudeza del mundo: el paréntesis en el que la percepción y el disfrute de la belleza abren un instante de eternidad en medio del continuo movimiento y fugacidad de la vida. La vida es desesperación, dice Paloma al final de la novela, pero también momentos de belleza en los que el tiempo ya no es igual. Porque cada momento de belleza es un "siempre", un milagroso intervalo de eternidad sustraído a los afanes de la vida, a sus necesarios y esforzados proyectos, a los deseos inagotables de lo que nunca podremos poseer, tendidos sobre el curso imparable del tiempo que todo lo torna efímero y quebradizo. En la búsqueda de la belleza, bien allí donde las grandes obras de arte nos invitan y seducen a su contemplación, bien allí donde, si somos capaces de mirar con atención, menos pensábamos hallarla, reside entonces, para Muriel Barbery, la posibilidad de sostenerse y experimentar unos instantes de felicidad en medio del absurdo. Desde la certeza de que, aun cuando únicamente accesibles en tales breves instantes, también en el centro mismo del absurdo anidan brillantes brechas de perfección, de armonía y de goce ante su presencia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Quizá a muchos esta respuesta les parezca excesivamente pobre, por excesivamente esteticista. Yo aún no tengo una opinión clara sobre ella, pese a haber disfrutado sobremanera con el elegante estilo de esta novela, con sus sabias reflexiones, con su primorosa utilización del lenguaje, con sus constantes ironías y su fino sentido del humor. Pero lo que sí sé es que nada más cerrar su última página, ya a altas horas de la noche, sentí un cierto desasosiego que me llevó a levantarme de la cama, a encender un cigarro a oscuras ya sobre el sofá, y a concentrar mis ojos durante un buen rato sobre los débiles destellos de las luces nocturnas que me alcanzaban desde la ventana. Preguntándome desde cuándo, encerrada en mi propia pecera, he sucumbido al olvido de la existencia de esos espacios hurtados al tiempo que irrumpen y devienen patentes en la percepción de la belleza. Preguntándome por qué hace tanto que ni tan siquiera pienso en la belleza. Y preguntándome, a un tiempo, cómo un libro cómo éste ha llegado a convertirse en un best-seller. Tal vez deba revisar todos mis prejuicios sobre la mayoría de la humanidad lectora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PD. El porqué de la imagen que ilustra este post, una naturaleza muerta de Pieter Claesz, entre las páginas de "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La elegancia del erizo&lt;/span&gt;".&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-4377716140084023482?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/4377716140084023482/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=4377716140084023482&amp;isPopup=true' title='27 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4377716140084023482'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/4377716140084023482'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/05/lo-eterno-en-lo-fugaz.html' title='Lo eterno en lo fugaz'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S-2eONmTJ6I/AAAAAAAAAvs/KOm0B6shL3A/s72-c/pieter_claesz2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>27</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-6033284722679256510</id><published>2010-04-30T22:44:00.025+02:00</published><updated>2010-09-29T13:17:38.638+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Música'/><title type='text'>Metamorfosis</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S9tAHK59OmI/AAAAAAAAAvk/LNI4_l4Jihk/s1600/LouEric.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 460px; height: 351px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S9tAHK59OmI/AAAAAAAAAvk/LNI4_l4Jihk/s400/LouEric.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5466033064674933346" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;El descubrimiento -o quizá valdría decir en este caso el ser descubierto, raptado, hasta secuestrado por un suceso inesperado-  puede tener lugar con algo tan sencillo como trivial: poner a sonar un disco que aún no conoces. Quizá porque lo avala la recomendación de alguien cuyo criterio musical aprecias. Porque hace ya mucho que te anima el deseo de llenar las tantas y tan hondas lagunas que horadan para ti este campo. O porque es domingo, temprano, el día se extiende virgen por delante, las largas horas todavía en perspectiva horizontal, y aunque el trabajo se acumula y aguarda impaciente sobre la mesa, te propones abordarlo con calma, aflojando la presión, permitiendo que otro universo acaricie mientras tanto tus oídos y aligere la carga.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Empiezan los primeros compases y se desgranan por la habitación las melodías y las voces, las guitarras y los bajos, mientras tú te desplazas lentamente de un lado a otro, domesticando a tramos el pequeño caos reinante, preparando un segundo café, ya sobre la mesa organizando papeles, sin prestar excesiva atención a los sonidos, suelta la rienda de tus pensamientos que vagan como sin dueño por entre los muebles, sobre los libros y bolígrafos, flotando por encima de la música todavía distante. Y de repente el inicio tímido de una canción que comienza a arrastrarte consigo, el río de notas acoplándose al de tu propia sangre para marcar el ritmo de su fluir por tus arterias; la paulatina vibración, suave al principio, cada vez más potente, de cada una tus fibras al compás de ese ritmo. Y la cabeza entonces como una pizarra borrándose con precipitación, queriendo convertirse en lienzo en blanco para acoger sin interferencias dentro de sí el baile de sonidos, la sincronizada coreografía de las timbres y las cadencias. Acaba la canción y te levantas para hacerla sonar una vez más. Y otra vez. Y todavía más veces.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;En los últimos tiempos, dos son las canciones con las que más recuerdo haber vivido este saberse de súbito atrapado por la música . Dos canciones que sigo escuchando &lt;span style="font-style: italic;"&gt;ad nauseam&lt;/span&gt; mientras conduzco o camino sin rumbo por casa al tomarme un respiro. También cuando la música se reanuda según su capricho dentro de mi cráneo. Aunque sus melodías ya dejaban intuirlo, no averigüé hasta más tarde, conforme la repetición fue perfilando las voces en palabras, que las dos son canciones de amor. Nada extraño, siendo el amor tema inagotable en manos de músicos y plumas de poetas. Sólo que, en este caso, ambas coinciden en tematizar, desde ángulos en apariencia opuestos, un aspecto muy concreto de ese sentimiento universal tan bendecido como maldito por cada ser humano que lo goza y sufre en sus carnes: la revolución vital y anímica que opera en quien lo vive bajo la forma de una suerte de metamorfosis, de transformación en la percepción y realidad del propio yo. Una tranformación cuya detección anuncia sin posibilidad alguna de duda o error la sobrevenida del sentimiento amoroso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;En 1972, con su disco &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Transformer_%28album%29"&gt;"Transformer"&lt;/a&gt;, Lou Reed -la cuña publicitaria que lo presentaba decía: "Entre todos los que van de locos, de depravados, de anarquistas sexuales, Lou Reed es el auténtico"- no sólo hablaba del lado más salvaje, más sórdido, más viciado y vicioso de la vida. También compuso una canción de letra abrumadoramente sencilla sobre lo que significa vivir "un día perfecto" (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;A perfect day&lt;/span&gt;). ¿Y qué puede hacer de cualquier día un día perfecto? No los acontecimientos descritos en la canción, tan banales y perfectamente intercambiables por cualesquiera otros como beber sangría en un parque, acudir al zoo a dar de comer a los animales o ver una película al regresar a casa. Lo que lo hace perfecto se expresa, a mi juicio, en la estrofa cuya llegada espero cada vez que escucho esta canción: "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Simplemente, un día perfecto. Hiciste que me olvidara de mí. Pensé que era otra persona. Alguien bueno&lt;/span&gt;". La experiencia de haber hallado, en quien nos acompaña ese día perfecto, la posibilidad de olvidarnos de nosotros mismos, de perder la noción de lo que fuimos y somos. Un olvido benéfico, recibido como una gracia, que nos arranca de nuestras manidas miserias, de nuestras oscuridades cotidianas, de las tristezas que a menudo nos inundan. O, simplemente, del apático e indiferente deslizarnos por los estados de ánimo incoloros que tiñen nuestras rutinas. Y por medio de ese olvido y del consecuente diluirse de la conciencia de nuestra propia identidad, sentirnos convertidos en alguien distinto, en una persona diferente a la que éramos. Como si el núcleo rígido que en ocasiones nos aprisiona y asfixia desde nuestra interioridad reflexiva se esponjara ante la presencia de ese Otro y acabara vertiéndose, derramándose hacia afuera, para solificar de nuevo en un yo que ya no es el nuestro. Un yo más cálido, más bondadoso, más soleado. Un yo mejor. A cuyo nacimiento asistimos como a nuestra propia resurrección en una mente y un cuerpo extraños. Extraños pero amablemente hospitalarios, liberados de la pesadumbre y el desgaste que como una gruesa costra deslucen los nuestros. Una mente y un cuerpo insólitos que irradian vida, ilusión, bienestar en presencia de ese Otro. En la maravillosa canción "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;A perfect day&lt;/span&gt;", la metamorfosis que provoca el amor es literalmente éxtasis, salida fuera de sí, extrañamiento en un yo ajeno que se revela lugar más plácido y acogedor que el yo por costumbre habitado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;object height="385" width="480"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/89Zu2-NIsqc&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/89Zu2-NIsqc&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="385" width="450"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;Poco tiempo después, en 1974, Eric Clapton dejaba atrás una tenebrosa etapa de adicción a la heroína y la cocaína para, con una nueva formación de músicos, sacar a la luz el memorable disco "&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/461_Ocean_Boulevard"&gt;461 Ocean Boulevard&lt;/a&gt;". Entre sus temas, figura una versión de uno cuya interpretación por Clapton supera para mí con creces al original. Clapton proclama en él un conmovedor "por favor, quédate conmigo" (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Please be with me&lt;/span&gt;). Y se pregunta de entrada "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;¿Es el amor o soy yo lo que me ha hecho cambiar de pronto? Y mirar hacia afuera, y sentirme libre&lt;/span&gt;". De nuevo, la experiencia de la metamorfosis, del cambio, de la transformación. Pero, a diferencia de la canción de Lou Reed, la transformación acontece en esta ocasión en sentido inverso. En el tema de Clapton, aquél a quien se pide que permanezca a nuestro lado es quien ha logrado hacernos traspasar la puerta que conduce al interior de nosotros mismos. Porque en la cercanía del Otro hallado, a través de él, nos sabemos transformados al sentir que por fin hemos encontrado el yo que verdaderamente somos. La presencia de ese Otro nos pone en contacto con una suerte de fondo interior olvidado, o tal vez nunca antes vislumbrado, que ahora sentimos más nuestro que nunca, genuinamente nuestro, y al que nos adherimos plenamente sin grietas ni fisuras. En ese fondo antes enterrado nos reconocemos como sobre la superficie sin mácula de un espejo, y contemplamos dichosos la imagen nítida y luminosa devuelta por su reflejo. Como si hasta entonces hubiéramos caminado perdidos, enajenados, alienados de nuestro más íntimo yo sin tan siquiera percatarnos de ello, y la aparición de ese Otro en nuestras vidas nos hubiera regalado la oportunidad de recobrarlo, de retornar al punto primigenio, al hogar añorado. A ese yo nuestro que, sin duda, siempre fuimos de un modo u otro, pero que por primera vez percibimos como lugar propio y originario de donde brota una conciencia por completo reconciliada, solapada consigo misma. Radiante y en paz. De la que entonces, como dice la canción, pueden emerger las auténticas palabras, las palabras auténticamente merecedoras de su nombre que exprimen las bocas de poetas y enamorados. En la no menos maravillosa canción que es "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Please be with me&lt;/span&gt;", la transformación propiciada en uno mismo por el amor es abertura hacia adentro, pasadizo de interioridad, regreso a sí mismo, hallazgo del verdadero yo, antes huido, perdido o todavía ausente, dentro de uno mismo en los brazos de Otro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;object height="385" width="480"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/8wql_WN7zgc&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/8wql_WN7zgc&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="385" width="450"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;&lt;br /&gt;Y, sin embargo, no es difícil comprender que, más allá de las diferencias al expresarlo, Lou Reed y Eric Clapton están cantando exactamente la misma experiencia. Pues el camino hacia afuera y el camino hacia adentro de sí que recorre el enamorado son, en realidad, uno e idéntico camino. El camino que, transitando por el extasiado descubrimiento de la mera existencia de Otro, nos disloca y descentra, alejándonos del yo que somos, para, a un tiempo, trasladarnos a ese mismo yo ya convertido en otro. Un otro que no es sino el propio yo, sólo que renovado, ensanchado, engrandecido por el poderoso sentimiento que lo reviste de un halo dulcemente extraño, dulcemente familiar. Transformado en el otro que cada yo puede llegar a ser dentro de sí mismo, fuera de sí mismo, al agraciarle la fortuna con la brillante presencia de un Otro que lo despierte y haga aflorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Me perdonaréis la cutrez de los tubos. Pero lo que realmente importa es la música, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-6033284722679256510?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/6033284722679256510/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=6033284722679256510&amp;isPopup=true' title='14 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6033284722679256510'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/6033284722679256510'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/04/metamorfosis.html' title='Metamorfosis'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S9tAHK59OmI/AAAAAAAAAvk/LNI4_l4Jihk/s72-c/LouEric.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>14</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-8990373001959153335</id><published>2010-04-18T20:24:00.028+02:00</published><updated>2010-06-24T18:39:50.928+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Verbos imprescindibles'/><title type='text'>Mostrar(se)</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S8tC6syMjPI/AAAAAAAAAvU/3mtIFfngxto/s1600/ninafrenteespejo_picasso2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 433px; height: 538px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S8tC6syMjPI/AAAAAAAAAvU/3mtIFfngxto/s400/ninafrenteespejo_picasso2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5461532549338402034" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Apenas un ínfimo, ridículo segmento, apenas una nada insustancial de eso que somos, detectan los ojos extraños iluminando bocas mudas, cáscaras de piel estáticas o en libre y tranquilo paseo, impresiones de superficies cazadas en la distancia del desconocimiento. Los ojos propios ante la imagen familiar al detenerse opaca en el espejo. Frente al rostro congelado sin pálpito ni temblor en la fotografía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;No proviene esa nada del choque con el dato insalvable: tras la cáscara, el elemento plástico y maleable que habita la cantera informe de nuestro ser escamotea cualquier mirada; los rasgos de la figura día a día moldeada con su masa permanecerán por ello borrosos e inacabados mientras aún braceemos sobre el hilo tenso del tiempo. Pero asumida su esencial ocultación, lo que de ese ser se muestra, perfilándose en su emergencia en formas concretas, más o menos precisas, comparece ante todo en el movimiento, en el acto, en el hacer y el decir que es idéntico hacer. Por su maestría al forjar el metal descubrimos en el orfebre al orfebre. En el amante al amante por la amorosa delicadeza de sus caricias. En paso ágil y armonioso sobre la pista, al bailarín. Proyectando palabras claras sobre el misterio, al sabio. Para desvelarse, el ser que haciendo somos requiere exhibición, exposición, puesta en juego de uno mismo en salto sobre el riel de los saberes y destrezas adquiridos. En ocasiones, también ostentación del objeto tangible engendrado por el dinamismo de los miembros en mágica interacción con la materia, si justamente los frutos regalados al esfuerzo del hacer -pan o poema, herradura o preciosa joya- se adhieren al ser del artífice, y así certifican tanto su naturaleza como su valía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;La exhibición –nada más obvio ni por su obviedad desdeñable- acontece en primer término ante nosotros mismos. Ocupar la doble posición de agentes y espectadores de nuestro obrar nos convierte en testigos privilegiados, en la contemplación de nuestros actos, en la medición de nuestros logros, de aquello que a su través somos. Por ellos nos percibimos y aparecemos. A veces, con el pasmo de quien observara desplegarse una fuerza surgida de un fondo extraño. Defendiendo orgullosos otras tantas la bandera de nuestra autoría. Por momentos, horrorizados frente a los salvajes demonios, frente a los infantes estúpidos y desmañados, que activan nuestras lenguas y manos. Por nuestras acciones nos calificamos y juzgamos. Desde ese ventajoso, a menudo torturante espacio interior, poseemos además inmediato acceso –aunque no por inmediato menos laberíntico en su comprensión- a los sentires que las sustentan, a las nobles o bajas intenciones que las nutren, al recuerdo del esfuerzo cuya inversión en ellas bien puede incrementar su valor o condenar el de nuestros presuntos talentos. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Pero con igual transparencia advertimos ya de niños la insuficiencia de la perspectiva abierta en la butaca situada en el centro mismo del escenario. La cortedad en las retinas del espectador tan abrumadoramente comprometido con la representación a la que asiste. Y no sólo por rehusársenos la neutra lejanía capaz de ahuyentar al juez en exceso benévolo, en exceso despiadado en su severidad, que en alternancia coloniza el tribunal variable de nuestras singulares conciencias. Aún antes, quizás con el propio uso de la razón, tal vez todavía más temprano, aprendemos que la determinación de eso que haciendo somos y siendo hacemos pasa sin remedio por el juicio ajeno. Requiriendo exhibición, ser algo, esto o aquello, mejor o peor, demanda un otro -único o multitudinario en sus extremos- que en presencia de nuestros actos, sopesando sus resultados, pronuncie y nos conceda el nombre del ser que nos fije y diga. Nos revelarán sus juicios o silencios, sus gestos amables o reprobatorios, su semblante admirado o disimuladamente burlón, sus acciones y palabras en réplica a las nuestras, qué y cómo es ese ser sobre cuyo oscuro centro caminamos: soprano o contralto; egoísta o generoso; maestro o eterno aprendiz; mineral o ganga; oro, plata, bronce o simple morralla. Pues sólo será orfebre el orfebre si hay quien admire y codicie la belleza de sus joyas. Amante el amante si en la piel del amado palpa el estremecimiento del goce y el diluirse de sus fronteras. En la emoción contenida y el sonoro aplauso del auditorio, el bailarín. Vaciando ignorancias, esclareciendo enigmas comunes, rodeado de sus discípulos el sabio. Así se explica nuestro afán de mostración: sin el reconocimiento ganado al exponernos a otros, no cabe definición fiable ni construcción medianamente sólida, desde la interioridad semicerrada de nuestras pupilas, del retrato de eso que somos. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Pero por hallarse en juego ese retrato, de idéntico modo se alcanza a comprender el mecanismo de una de las más hondas raíces del conflicto, de la disputa, de los ánimos turbios engendrados por su siempre difícil resolución. Mientras nos falten el metal precioso, el amado, la pista de baile o los discípulos, careceremos de la oportunidad de mostrarnos en eso que hacemos o podríamos hacer. En ausencia del habitáculo adecuado donde estirar los brazos y ejecutar nuestras piruetas, perderemos la posibilidad de exhibición que nos permita ser ante otros, y sobre el brillo de ese espejo ante nosotros mismos. La inexistencia de esos otros que, otorgándonos el favor de sus miradas, tasen en su justa medida el valor que creemos debe atribuirse a nuestros actos, nos privará del tan ansiado reconocimiento. ¿No pugnaremos entonces por la conquista de los múltiples requisitos del ser? Reza la evidencia que ya siempre nos encontramos sumergidos en esa lucha. Rivalizando en la persecución de las condiciones necesarias para el despliegue de nuestras pericias. Tratando a menudo de seducir, incluso de tomar al asalto las cuencas de los ojos de otros, en un intento desesperado por forzar su atención hacia nuestros movimientos y sus obras. Agriamente enfrentados con ellos si consideramos errados sus juicios. Suplicando el reconocimiento esperado. Hasta maquinando comprarlo a cambio de veladas promesas, aun a sabiendas de que la operación misma de compra-venta anulará el sentido de su donación. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;No es raro, sin embargo, que sobre el tablero, donde abundan los peones, algunos son alfiles y sólo una la reina, nos impidan los azares o imponderables de la vida desplazarnos por sus casillas según las reglas acordes a nuestros saberes y destrezas. Limitada nuestra capacidad de maniobra y exhibición, aceptaremos con triste resignación el recortarse con ella de las dimensiones de nuestro ser real y tangible. Tampoco causa sorpresa que quien, por sus méritos o sin ellos, vence en la lucha por la posición de prestigio en la partida, acostumbre en sus intermedios a cubrirse de brillantes galones, ostentosas medallas y tarjetas de presentación que acrediten su valía, para acabar irritado si nadie se presta a rendirle culto por su causa, postrándose en graciosa reverencia. Y con demasiada frecuencia se nos usurpa el juicio ponderado, la estimación mesurada, cuando emitirlo significa para el otro proclamarse rebajado en el ser que es o piensa ser. Numerosos y complejos son los motivos subyacentes a la amplia difusión de este mal endémico: la frustración que deriva de la ausencia de reconocimiento. ¿Tal vez porque el hueco que éste ha de colmar jamás se sacia? Algunos pelean como gallos para compensarla. Otros sucumben a la tentación de hinchar el pecho y, como pavos reales, sacar de continuo a relucir sus plumas multicolores ante la impaciencia y el rubor azorado de sus semejantes. En esa exhibición inoportuna captamos al ser ávido de reconocimiento. Tras las plumas, la herida abierta por su falta. Al girar la cabeza, al hacer patente nuestra indisposición para admirar su pretendida belleza, no se nos escapa el daño infligido al otro en la negación, razonable o vengativa, premeditada o accidental, del reconocimiento anhelado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;En esa herida y ese daño intuimos la pesada carga que reside en el ser y tener que ser, en el férreo lazo que anuda el ser al hacer, a sus obras y su pública exhibición. Desearíamos en tales instantes arrancarnos de cuajo la gravedad de ese lastre. Prescindiendo de todo propósito de mostración, renegando de toda voluntad de exposición. Renunciando a buscar en el reflejo de ojos extraños parcial respuesta a la inquietante cuestión de qué y quiénes y cómo somos. Dar la espalda al mundo, ya desasidos del compromiso ineludible de ser. Para proseguir, agazapados en nuestra isla desierta, amasando panes o poemas, herraduras o joyas preciosas, sólo por entretener las horas, sólo por el placer, por el reto, por el desafío de hacer. Para no ser nada ni nadie. Sencillamente, para No ser, y de ese modo soslayar definitivamente la herida y el daño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero pronto entendemos: el desprendimiento completo exigiría cerrar nuestros párpados, suspender el juicio dirigido hacia adentro, ausentarnos de nuestra propia conciencia, desde niños entrenada para la búsqueda de esa respuesta. Aniquilar al íntimo tribunal que, en la contemplación y valoración de cada uno de nuestros actos y obras, dictamina qué y cómo somos. Y nos invade la duda. Quizá ese tribunal nunca se deje aniquilar. Quizá ni tan siquiera fuera deseable rehuir sus sentencias. Porque quizá constituya su presencia en nuestras cabezas y corazones, réplica maleada de la presencia de otros a nuestro lado, el fuego que aviva e impulsa hacia lo más alto nuestro hacer y decir que es idéntico hacer. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-8990373001959153335?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/8990373001959153335/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=8990373001959153335&amp;isPopup=true' title='21 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8990373001959153335'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8990373001959153335'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/04/mostrarse.html' title='Mostrar(se)'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S8tC6syMjPI/AAAAAAAAAvU/3mtIFfngxto/s72-c/ninafrenteespejo_picasso2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>21</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-8467923211597238728</id><published>2010-03-30T16:54:00.007+02:00</published><updated>2010-04-04T13:23:51.672+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ficciones veraces'/><title type='text'>Verdad</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S7IQRsBtyaI/AAAAAAAAAvM/yI9mOnNLq5A/s1600/melancolia_bergen_munch.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 447px; height: 333px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S7IQRsBtyaI/AAAAAAAAAvM/yI9mOnNLq5A/s400/melancolia_bergen_munch.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5454439994761267618" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;"La verdad, en su nombre maldito nos perdimos, en su nombre solamente, no por la verdad misma, si acaso existiera, sino por el deseo de verdad que nos arrancó las "confesiones" más aterradoras, tras las cuales quedamos más alejados que nunca de nosotros mismos, sin acercarnos ni un paso a verdad alguna".&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Jacques Derrida&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- ¿Y bien? ¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme que no podía esperar a la noche? - Sara lo mira mientras remueve el azúcar del café recién servido con una sonrisa expectante. Tras ella trata de disimularse sin éxito una cierta ansiedad. La misma que anima su voluntad de revestir de ligereza la pregunta que le quema en los labios desde que la ha llamado para citarla esta mañana. Sus mejillas se han arrebolado por el repentino contraste entre el frío callejero y la potente calefacción del bar. Debe reconocer que está preciosa. Conforme él baja los ojos hacia su propio café y su rostro se tensa, intuye agudizarse su inquietud, imagina sus dedos retorciendo el pendiente de su lóbulo izquierdo. Escupir la verdad, ésa es ahora su tarea. Inspira profundamente antes de empezar a hablar. También a él le queman las palabras en la lengua desde anoche.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Ayer la vi. A Nuria.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Nuria. Bajo ese nombre sin rostro se condensa para Sara el peso de un espectro desconocido bruscamente resucitado. La gravedad de un fracaso según él superado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- ¿Ayer? Me dijiste que la reunión se había alargado hasta tarde - Para Sara el fracaso pretérito tiene otros nombres. A ciertas alturas de la vida, es raro no coleccionarlos en pequeños tarros cuyos tapones debe uno esforzarse por mantener bien cerrados.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Sí. Te mentí. No hubo ninguna reunión. Salí más pronto del laboratorio y quedé con ella - Sus ojos abandonan con decisión la superficie líquida del café para posarse firmes sobre los de Sara.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- ¿Y eso? No me habías dicho que estuviérais en contacto - Sara enciende un cigarrillo y retorna a esos ojos oscuros por entre las volutas de humo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Bueno... en realidad no lo estábamos. O no más allá de los mails que intercambiamos de cuando en cuando.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- No sabía nada de esos mails. O quizá no te entendí bien cuando me lo dijiste, no sé... ¿Te pidió ella que quedárais? - Sara se esfuerza por recordar lo que él le ha contado de Nuria, de sus años juntos: su belleza, su carácter alegre y sencillo, un tanto apocado y proclive a los convencionalismos; las reflexiones de él ante la falta de aficiones y perspectivas comunes, ante la previsible divergencia de intereses conforme transcurría el tiempo; la llegada primero de la insatisfacción, luego del tedio y el hastío; y finalmente, la ruptura, propuesta por él, amarga para ambos, juzgada no obstante como necesaria por las dos partes. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- No. Fui yo. Sara... - Este súbito regreso de su nombre propio, antes reemplazado por apelativos cariñosos, le suena en la boca seria de él a escudo y coraza, a pantalla acristalada alzada entre ambos - supongo que estos últimos días he estado pensando en ella más que de costumbre. Y ayer... en fin, ayer sentí el impulso de llamarla, de volver a verla, y, sencillamente, no hice nada por refrenarlo. La llamé y quedamos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- ¿Y qué pasó? - Sara nota una molesta punzada en el vértice de su esternón. El extremo del cuerpo ya algunas veces recompuesto de su orgullo. La punta por donde han comenzado a temblar las expectativas forjadas poco a poco sobre él, sobre sus brazos cálidos, sobre su conversación inteligente, sobre su mutuo entendimiento, desde que lo conociera hace algunas semanas. Demasiado prematuro, se dice a sí misma intentando mantener la calma, para atribuir el malestar a un presunto amor malherido. No así a la ilusión que a menudo se confunde con su nacimiento.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- No pasó nada, Sara. Quiero decir, por fuera, por expresarlo de algún modo, objetivamente, no pasó nada. Tomamos un café y charlamos. Nada más. Pero por dentro... dentro de mí sí pasó algo. Es posible que aún sienta algo por ella. No sé si la echo de menos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- ¿Y ella? - La punzada se agudiza, acompañada por el sonido imperceptible de un leve chasquido: el de las expectativas al empezar a resquebrajarse.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- ¿Ella? Sara, ¿y eso qué más da? - Las facciones de él se contraen en un gesto de incipiente irritación - No sé si Nuria sigue sintiendo algo por mí, si es a eso a lo que te refieres. Ni siquiera me parece probable, aunque me quedó claro que no está con nadie. Estuvo estupenda. Sencilla, risueña, cariñosa. Pero es su manera de ser, no puedo sacar ninguna conclusión al respecto. Me contó de su vida, de su nuevo trabajo... luego nos despedimos como dos viejos amigos, eso fue todo. Pero Sara, eso no es lo importante. Lo importante, para mí, para nosotros, es lo que sentí yo. Eso es lo que no quería ocultarte. Lo que desde que colgué anoche el teléfono me pareció sucio ocultarte. Sólo trato de ser honesto, de ser sincero. Conmigo y contigo. De decir la verdad y poner todas las cartas sobre la mesa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Y supongo que lo que se deriva de esa verdad es que quieres que lo dejemos, ¿no? - La frase contiene una resolución que no esperaba de sí misma. Probablemente, un automatismo ante la amenaza que por primera vez ha sentido contenerse en la palabra "verdad". Blandida como un arma sobre su cabeza ante la cual sólo cabe la retirada.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- ¿Dejarlo? Sara, lo cierto es que yo no querría dejarlo. Que ayer sintiera lo que sentí no significa que no sienta nada por ti. Todavía no nos conocemos lo suficiente. Todavía no sé si todas las piezas acabarán encajando. Pero me gustas. Eres una mujer preciosa, inteligente, brillante... quizá incluso demasiado brillante para mí. Lo que conozco de ti me gusta. Te respeto y te valoro. Por eso pensé que debías saber dónde estabas, que debías saber a qué atenerte conmigo, lo que realmente ocurre dentro de mí. Pensé que no podía ocultarte esto que me ha pasado, incluso si aún no comprendo su relevancia. Y creo que eres tú la que debe decidir qué quieres que hagamos, ahora que ya sabes lo que hay. Por mi parte, estoy dispuesto a continuar - Su mano se acerca con timidez a la de ella, le acaricia el dorso de los dedos, se posa encima y la aprieta con suavidad, como queriendo retenerla.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Sara observa en silencio los dibujos de su cajetilla de cigarrillos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Sara, no quería mentirte. Te aprecio demasiado para hacerlo. Tenía que decirte la verdad. Siempre me he tenido por un tipo sincero - Al alzar la vista Sara se topa con unas pupilas que se proyectan sobre las suyas con intensidad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Las estudia con detenimiento. Busca en ellas esa verdad antes encubierta que, según él, ha aflorado de su interior por razones que no alcanza a comprender. Algún rastro revelador de la incógnita que es Nuria, la relación vivida con Nuria. Pero en ellas sólo encuentra un extraño brillo que se columpia entre el alivio y la autocomplacencia que destila la sensación del deber cumplido. Y parapetada tras ella, cree adivinar la sombra del miedo. Miedo al presente. Miedo a ella y a su supuesta brillantez. Miedo al riesgo de volver a querer, queriendo lo que aún se desconoce. Miedo y debilidad frente al reto de construir un nuevo castillo cuando, por causa de ese mismo miedo, las ruinas del antiguo, contempladas en la distancia, parecen ofrecer de pronto un ilusorio cobijo. Tampoco se le escapa el efecto balsámico de tal lectura para su arañado orgullo. En cualquier caso, no ha errado al decir que semejante verdad, incluso si flota sobre una maraña de mentiras no sabidas, desemboca para ella en una única salida. Hasta podría tratarse de una fea treta -da por sentado que no premeditada, hasta ese punto confía en conocerlo- destinada a brindarle una huida airosa. La inconsciencia suele retorcer nuestras intenciones. Poco importa ya. No piensa perder tiempo en averiguarlo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Sara retira sin brusquedad la mano, coge su abrigo y se levanta.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;- Paga tú los cafés, ¿quieres? Ya hablaremos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Cuando Sara ha salido por la puerta, también él se levanta y deja unas monedas sobre la mesa, perplejo ante su precipitada desaparición. Está empezando a llover. Bajo el paraguas, entre el tumulto de viandantes, se siente repentinamente solo, aislado. Se detiene bajo un soportal y marca en el móvil el número de Sara. Desconectado. Juega con la idea de marcar el de Nuria. Pero piensa en su voz, en la imagen de su rostro al otro lado del teléfono, y comprueba que sólo le evocan una fría indiferencia. Sigue caminando, preguntándose qué es lo que echa tanto de menos en cada bocanada de aire invernal.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-8467923211597238728?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/8467923211597238728/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=8467923211597238728&amp;isPopup=true' title='25 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8467923211597238728'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8467923211597238728'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/03/verdad.html' title='Verdad'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S7IQRsBtyaI/AAAAAAAAAvM/yI9mOnNLq5A/s72-c/melancolia_bergen_munch.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>25</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-3068299750607974693</id><published>2010-03-11T17:40:00.015+01:00</published><updated>2010-03-12T12:40:28.642+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><title type='text'>Consuelo</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S5kao55ld7I/AAAAAAAAAvE/QBLbGvbm3mI/s1600-h/Thomas+Cole+Consuelo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 452px; height: 330px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S5kao55ld7I/AAAAAAAAAvE/QBLbGvbm3mI/s400/Thomas+Cole+Consuelo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5447414514320766898" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Si al comienzo de la Ilíada Homero invocaba a la diosa para cantar la cólera de Aquiles, los &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikisource.org/wiki/La_Il%C3%ADada_-_Canto_24"&gt;versos&lt;/a&gt; que la clausuran se abrirán narrando su dolor, fruto amargo e indeseado de esa misma cólera. En su tienda, Aquiles se ha abandonado a las lágrimas, al lamento, al negro pesar por la muerte de Patroco. Su dolor parece no tener límite. Por su causa, al despuntar el alba, arrastra cada mañana el cadáver de Héctor, su asesino, alrededor del túmulo donde reposa el cuerpo de su amado. Pero ni tan siquiera esta inútil venganza alivia su inmenso sufrimiento, que lo ha conquistado por entero. Aquiles es sólo dolor y nada más que pétreo, frío dolor. Y en él, soledad extrema, parálisis, decidido distanciamiento del sol cálido que alumbra a los que aún se desean vivos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt; Los dioses disputan entre ellos. Unos proponen robar el cadáver de Héctor, quien por haberlos s&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;iempre venerado merece digna sepultura. Otros advierten de la injusticia de semejante acto para con la grandeza de Aquiles, engendrado por diosa y mortal, y al cual se debe especial reconocimiento. Sin embargo, todos admiten la verdad de las palabras de Apolo: Aquiles debe ceder, desistir en su dolor. No está permitido a los mortales que su lamento sea infinito. El tiempo legítimo del llanto por la pérdida es limitado. Tras él, es preciso retornar a la luz de la vida habiendo aprendido a sobrellevar, a soportar el dolor.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Pero, ¿cómo hallar consuelo ante la muerte del ser más querido? ¿Acaso existe sobre la tierra el paño que seque por fin las lágrimas de Aquiles, si nada restituirá su pérdida, si lo más amado nunca, jamás, admite reemplazo alguno? ¿Cómo restañar la herida en apariencia incurable? ¿Cómo superar el desgarro que parte de lado a lado el corazón, lacerando, atormentando cada nuevo latido?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Muchos siglos después, tampoco Marcia es capaz de desistir de su dolor, pese a los tres años transcurridos desde la muerte de su hijo. El sabio &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%A9neca"&gt;Séneca&lt;/a&gt; le dedica entonces una larga &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikisource.org/wiki/Consolaci%C3%B3n_a_Marcia"&gt;carta&lt;/a&gt; de consolación exhortándole a ceder. Porque persistir en su  dolor significa, como le sucedió a Aquiles, apartarse de los vivos, rechazar todo placer, odiar la luz, sepultarse entre sombras, y perpetuarse así en una vida valorada como horror y pura tiniebla. Allí le recuerda las palabras del filósofo Areo a Livia, también consumida tiempo atrás por la muerte de su hijo: al igual que la destreza del piloto se demuestra en medio de la tormenta, es en el infortunio donde debe probarse la fortaleza del ánimo. Allí le habla de la inutilidad de la aflicción si no hay lágrimas que logren devolver la vida a los muertos. Y le da argumentos para que, sabido que el paso del tiempo, antes o después, irá arrancando poco a poco el dolor instalado en su corazón, se anticipe con valor e inteligencia a ese término natural y renuncie ella misma a él.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;¿De donde procede, se pregunta Séneca, esa tenaz resistencia a cejar en el llanto por la desaparición de quienes amamos? Únicamente del hecho de que, por más que contemplemos cómo la desgracia y la pérdida se ceban de continuo entre aquellos que nos rodean, nos negamos a aceptar que del mismo modo nos hallamos nosotros tan expuestos como ellos a la desgracia. Rehuimos su pensamiento con tal perseverancia, que al caer la miseria sobre nuestras cabezas, nos golpea con fiereza por no hallarnos preparados para su más que probable llegada. Es necesario, pues, prever los golpes, cuya anticipación amortiguará su contundencia. Es necesario disponerse, prepararse para el sufrimiento inevitable. Inevitable en un mundo en el que nada escapa a la caducidad. Donde cada cosa porta sobre sí el sello de lo pasajero y fugaz. Donde, por tanto, todo se nos da en mero préstamo, en usufructo, jamás en propiedad. Nada de lo recibido dejará de sernos arrebatado. Nada de lo que gozamos se nos asegura más que en el momento mismo de gozarlo. Mañana, incluso en el plazo de esta misma hora, puede sustraérsenos. Hay que amar en la aceptación de que habremos de perder a quienes amamos. En la certeza de la omnipresente posibilidad de la inminencia de esa pérdida. De que ya siempre, de alguna manera, los estamos perdiendo. Apresúrate a gozar, apura sin dilación tu felicidad, impele Séneca a Marcia, si no hay garantía alguna de su duración más allá del instante en que se disfruta.   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Es preciso, además, vivir en la plena conciencia de que ya en el día de nuestro nacimiento se certificó nuestra muerte. De que sólo se nos regaló la vida bajo la inexcusable condición de su condición mortal. De que el azar, en su capricho, provee innumerables sufrimientos que eluden la balanza de la justicia. De que los seres humanos somos tremenda, terriblemente frágiles, endebles, sometidos en la debilidad de nuestra carne al accidente y la enfermedad. Muy poco se necesita para destruirnos y ya desde nuestra niñez nos hallamos tan inclinados a la muerte como cuando la fortuna nos concede llegar a la vejez. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Séneca propone entonces a Marcia un singular ejercicio: que imagine que, justo en el momento antes de su nacimiento, le hubiera sido dada la oportunidad de contemplar el mundo en el que va a entrar. ¿Qué vería en él? Todas las maravillas que éste ofrece: las brillantes estrellas del firmamento, la bella y exuberante naturaleza, el amor y el contacto humano; la alegría, el placer, la emoción, la risa. Pero, junto a ellas, también la tormenta, el rayo, el naufragio, la guerra, los incontables azotes del infortunio, los múltiples y ásperos padecimientos del cuerpo y el alma. Y le anima a que delibere consigo misma y piense bien lo que desea: si vivir o no vivir. Si elige vivir, debe asumir que está eligiendo el mundo en su totalidad, la vida en su totalidad, donde no hay maravilla sin horror, dicha sin padecimiento, amor sin pérdida. Y la elección de esa vida en su totalidad contradictoria demanda renunciar al lamento infinito. Porque ella misma ha elegido el lugar donde de antemano sabe que nada la salvará de la amargura de las lágrimas. Y ha aceptado esas lágrimas y ese dolor a cambio de gozar de sus maravillas. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Algo semejante razonará Aquiles cuando Príamo, el padre de Héctor, entre en su tienda a suplicarle la devolución del cadáver de su hijo. Príamo ha saltado por encima de su dolor para emprender una acción que supera toda cota soportable de sufrimiento: besar la mano del asesino de su hijo. En la admiración que su gesto le produce, Aquiles encuentra la fuerza capaz de cerrar las compuertas por las que mana a raudales, aniquilando en él todo aliento vital, su propio y desmesurado dolor. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir con dolor, dice a Príamo, sólo ellos éstán libres de él. Es preciso desistir del llanto, que a nada conduce. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Como Aquiles, como Príamo, como Marcia, tampoco nosotros somos dioses. No nos resta, pues, sino aprender a aceptar nuestra condición mortal, frágil y perecedera. La que nos regala la alegría sólo al precio de su necesaria alternancia con la tristeza. La que, para otorgarnos la felicidad, exige que con ella se nos dispense también la penuria. Porque aprender esa difícil aceptación significará haber empezado a construir los cercados que algún día habrán de contener el dolor de rostro infinito. Disponernos a levantar los puentes que nos permitan retornar a la luz cuando el Gran Dolor, por pretenderse inacabable, inabarcable, amenace con sepultarnos en el lóbrego reino de los muertos en vida. Dibujando en la anticipación el primer trazo del camino por el que habremos de seguir avanzando, bajo los rayos cálidos del sol, mientras soportamos el dolor inevitable.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-3068299750607974693?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/3068299750607974693/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=3068299750607974693&amp;isPopup=true' title='24 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3068299750607974693'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/3068299750607974693'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/03/consuelo.html' title='Consuelo'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S5kao55ld7I/AAAAAAAAAvE/QBLbGvbm3mI/s72-c/Thomas+Cole+Consuelo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>24</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-7174475906996212156</id><published>2010-02-25T18:09:00.004+01:00</published><updated>2010-03-11T17:43:18.636+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La gran pantalla'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ojo crítico'/><title type='text'>Palabras para Becky</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S4auxYq40oI/AAAAAAAAAu0/0Vmf7MEkG5k/s1600-h/dcbuena.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 449px; height: 319px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S4auxYq40oI/AAAAAAAAAu0/0Vmf7MEkG5k/s400/dcbuena.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5442229363182981762" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;La locura es la única reacción sana para una sociedad enferma&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Thomas Szasz&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;En 1999 salió a la luz un proyecto que el ya desaparecido director de cine &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.contrapicado.net/actualidad.php?id=16"&gt;Joaquín Jordá&lt;/a&gt; y Nuria Villazán llevaban gestando durante largos años y para cuya realización hubieron de superar numerosas dificultades. Se trata de la película "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Monos como Becky&lt;/span&gt;", un singular documental que pretende denunciar la agresividad de las técnicas psiquiátricas, a la vez que acercarnos a sus víctimas y al problema de cómo es y cómo debería ser tratada la enfermedad mental. Esta reflexión seria y a un tiempo tremendamente cálida sobre el complejo círculo que trazan en su recíproca relación psiquiatría y locura se desarrolla en dos hilos narrativos principales. Dos hilos que se entrecruzan constantemente y acaban confundiéndose, para abrir en tal confusión inquietantes interrogantes sobre la naturaleza, para muchos esencialmente perversa, de ese complejo círculo.&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un lado, "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Monos como Becky&lt;/span&gt;" se presenta como una aproximación biográfica a la figura de &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ant%C3%B3nio_Egas_Moniz"&gt;Egas Moniz&lt;/a&gt;, neurólogo portugués a quien en 1949 le fue concedido el premio Nobel por la introducción de la técnica quirúrgica de la &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Lobotom%C3%ADa"&gt;lobotomía&lt;/a&gt;. Moniz, ya famoso por haber realizado en 1927 la primera angiografía cerebral, pretendía encontrar un método quirúrgico para curar enfermedades mentales como la esquizofrenia o la paranoia que cursaban con crisis agudas y violentas. Se dice que la inspiración le llegó cuando en 1935 asistió a un congreso médico internacional en Londres en el que los neurocirujanos estadounidenses Fulton y Jacobsen presentaron los resultados de sus investigaciones con dos chimpancés, Becky y Lucy, que mostraban conductas agresivas. Tras extirpárseles parte del lóbulo frontal cerebral, Becky y Lucy se transformaron en monas mansas y dóciles, aunque también incapaces de resolver los problemas que habían aprendido a solucionar antes de la intervención. Moniz se decidió entonces a realizar una intervención similar, consistente en seccionar las fibras que unen el lóbulo frontal con el resto del cerebro, en enfermos mentales. Entre 1935 y 1936 Moniz practicó unas veinte lobotomías y se apresuró a publicar los resultados de sus investigaciones. Afirmaba que, tras la operación, todos los pacientes estaban clínicamente curados. La única prueba que aportó para avalar semejante afirmación es que su estado de agitación y su excesiva emotividad habían cesado por un corto período de tiempo. Pero en ningún momento mencionaba si tras la intervención los pacientes podían desenvolverse con normalidad en su vida cotidiana. Probablemente porque, de haberse visto forzado a hacerlo, no habría tenido más remedio que admitir que la lobotomía, además de eliminar la agresividad de los enfermos mentales, aniquilaba su personalidad y su capacidad de razonamiento y los convertía en seres apáticos, sumisos, faltos de toda iniciativa y de toda reacción emocional, cuando no los reducía a un estado puramente vegetativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S4WfJsH3BkI/AAAAAAAAAuc/GDGpWaVMtGE/s1600-h/walter_freeman.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 440px; height: 347px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S4WfJsH3BkI/AAAAAAAAAuc/GDGpWaVMtGE/s400/walter_freeman.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5441930713558877762" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El segundo hilo narrativo lo protagonizan los internos psiquiátricos de la Comunidad Terapéutica de Martutene. Joaquim Jordá les propone formar parte de una representación teatral sobre un peculiar episodio de la vida de Egas Moniz: en 1938 uno de sus pacientes atentó contra su vida disparándole ocho tiros. A cargo de la dirección de la obra se halla Joao Maria Pinto, actor portugués que, según descubrimos hacia el final del film, fue sometido a una intervención cerebral a raíz de una grave depresión que lo ha convertido en un paciente psiquiátrico de por vida, al dejarle como secuela un trastorno maníaco-depresivo crónico. Guiados por el argumento de la preparación de la obra, asistimos a la vida cotidiana de los enfermos en el sanatorio, a su autopresentación ante las cámaras, a sus diálogos con el propio Joaquín Jordá. También a la narración en primera persona de los orígenes de su enfermedad y de los tratamientos que reciben. Todos ellos son individuos rotos, que cargan sobre sus espaldas una larga historia de sufrimiento e incomprensión social hacia ese sufrimiento. Perros apaleados a los que la sociedad ha estigmatizado, aislado e incluso en ocasiones literalmente destruido, por haberse quebrado bajo el peso de los golpes. Por haber sido más frágiles que la media y sucumbir al dolor por la vía de la locura. Llama la atención su manera de hablar, en exceso lenta o, por el contrario, confusa y atropellada. Nada relacionado con sus respectivas enfermedades, sino producto de las medicaciones que toman para combatirlas. Pero su progresivo conocimiento de la historia y relevancia médica de Egas Moniz, interpretado en la ficción por el propio Joao Maria Pinto, terminará por impulsarles a poner de manifiesto su rechazo hacia la agresividad de la metodología psiquiátrica. En la representación final de la obra, contemplamos a Moniz celebrando junto a varios comensales la recepción del premio Nobel. Ramsés, un enfermo diagnosticado de esquizofrenia, en el papel de uno de los comensales que participan de la celebración, pregunta a Moniz insistentemente: "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;¿Y a usted por qué le han dado el Nobel?&lt;/span&gt;" Moniz comienza a contar pomposamente su trayectoria, sus logros, su gran dedicación a la medicina. Hasta que Ramsés le corta, con su hablar precipitado y sintácticamente fallido. Como si pensara más rápido de lo que su lengua le permite expresar: "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;¿Cambiar conciencias? ¿Suprimir la conciencia humana... a la esclavitud del cuerpo... en vez de a la libertad a la mente? ¿Cree que eso es positivo? Usted es un farsante, usted es un farsante&lt;/span&gt;". Y es entonces cuando otro de los enfermos-actores dispara a Egas Moniz.&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las reflexiones a mi juicio más interesantes que se intercalan entre ambas historias es la que plantea el filósofo Jorge Larrosa, para quien la brutalidad o agresividad de muchos procedimientos psiquiátricos se justifica por la voluntad de salvaguardar la vida del paciente. Un paciente al que hay que proteger de sus impulsos autodestructivos, al que hay que hacer vivir a toda costa. Sin embargo, la cuestión, dice, será siempre determinar qué significa vida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Así como nosotros tan sólo disponemos de una palabra para aludir a la vida, los griegos disponían de dos términos diferenciados que designaban dos maneras muy distintas de entenderla. Por una parte, con el vocablo "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;zoé&lt;/span&gt;" se referían a la vida desnuda, a la vida de supervivencia, a la vida pura. La vida cuyo valor se mide por su duración y por la ausencia de dolor. Pero los griegos utilizaban asimismo la palabra "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;biós&lt;/span&gt;" para apelar a la vida en cuanto vida de alguien, a la vida singular que puede ser objeto de una biografía. Y frente a la vida desnuda que era la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;zoé&lt;/span&gt;, solamente el &lt;span style="font-style: italic;"&gt;biós&lt;/span&gt; podía albergar sentido con independencia de lo que durara, con independencia de lo que doliera.&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El problema de las técnicas agresivas de intervención psiquiátrica, afirma  el filósofo, es que todas ellas &lt;span style="font-style: italic;"&gt;matan la vida para salvar la vida&lt;/span&gt;: matan una vida con sentido, aunque duela y dure poco, para crear una vida como supervivencia, una vida donde esté ausente el dolor, pero también el sentido. Ante lo cual resulta imposible eludir la pregunta: ¿qué vida vale la pena vivir? ¿hasta qué punto se puede matar la vida para salvar la vida, para alargar y hacer durar la vida, para proteger la vida?&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, para mí el momento más lúcido y a la vez más emocionante de todo el documental tiene por protagonista a Ramsés. Ramsés el esquizofrénico. Un enfermo mental a quien el pretendido progreso de la psiquiatría ha librado de la condena a una lobotomía irreversible, a cambio de someterlo a otra suerte de lobotomía, en principio reversible aunque de efectos desconocidos a largo plazo: la que supone la ingesta de neurolépticos como método sustitivo de las intervenciones cerebrales. En un último coloquio sobre la obra, Ramsés se revuelve contra la defensa de las "buenas" intenciones de Moniz realizada por uno de los psiquiatras del sanatorio con las siguientes palabras:&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;" &gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Yo tengo esquizofrenia y opino que soy como una planta. Me tienen que abonar, me tienen dar diplomacia, me tienen que dar ética y tratarme bien. Eso es lo primero. Lo segundo es el tratamiento de pastillas. Pero hablando también se puede curar. Hablando bien, psicológicamente y entendiendo al enfermo. Sus debilidades y sus puntos débiles y fortaleciéndolos. Ayudándole psicológicamente (...). Si no, no valen "pa ná". (...) Porque necesitamos alimento, de palabras... Por eso la película es una terapia, las películas son terapia. (...) Yo me considero como una planta, como una flor. Me tienen que abonar, regar y alimentar. Y ya está. Y si no, no florezco, me quedo mustio. Y ya está. Y tiene que haber una ética psiquiátrica para comunicarse con el enfermo. Primero, no somos niños. Ni nos entendemos o entendemos la mitad, pero no somos niños. Si sufrimos es porque necesitamos algo. Primero, alimentar las neuronas; luego, alimentarnos de cariño y de mucho amor. Y estas personas tienen que dar mucho amor".&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Me gusta fantasear con la idea de que tal vez la mona Becky hubiera dejado de comportarse con agresividad si alguien en su día se hubiera molestado en hablarle. En dedicarle las palabras adecuadas. Pero de no ser así, ¿es necesario recordarle a alguien que los enfermos mentales no son monos? ¿Que no merecen ser tratados como primates gritones y violentos a los que se debe acallar y calmar a toda costa al precio de sustraerles la legítima posibilidad de alcanzar una vida con sentido? Me temo que, por desgracia, se trata de una evidencia que la psiquiatría aún no ha sido capaz de integrar dentro de los supuestos que la cimentan.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;object height="344" width="425"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/pF5tJnglCg0&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/pF5tJnglCg0&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="344" width="425"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-7174475906996212156?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/7174475906996212156/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=7174475906996212156&amp;isPopup=true' title='35 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/7174475906996212156'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/7174475906996212156'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/02/palabras-para-becky.html' title='Palabras para Becky'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S4auxYq40oI/AAAAAAAAAu0/0Vmf7MEkG5k/s72-c/dcbuena.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>35</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-2545831294429460241</id><published>2010-02-09T18:37:00.002+01:00</published><updated>2010-02-09T19:22:50.424+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ojo crítico'/><title type='text'>El mundo como supermercado</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S3Bg1ZXMGZI/AAAAAAAAAuU/U8RX_gBvCNM/s1600-h/Houellebecq.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 349px; height: 499px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S3Bg1ZXMGZI/AAAAAAAAAuU/U8RX_gBvCNM/s400/Houellebecq.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5435951220693670290" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El polémico escritor francés Michel Houellebecq ha planteado que los peligros que en la actualidad amenazan a la literatura provienen esencialmente de que los occidentales contemporáneos ya no consiguen ser lectores. En un mundo en el que todo gira demasiado deprisa, en una realidad sometida a un proceso de constante fluctuación, renovación y recambio, no es extraño que  nuestras percepciones y sensaciones sufran una suerte de aceleración que las lleve a ajustarse a esa creciente velocidad. Frente a ella, dice Houellebecq, un libro sólo puede apreciarse &lt;span style="font-style: italic;"&gt;despacio&lt;/span&gt;. Porque apreciarlo exige reflexión. Vuelta atrás, parada, relectura. Algo imposible, absurdo, allí donde, en lugar de lectores dispuestos a la lentitud y a la parada, a la reflexión y la vuelta atrás sobre lo ya leído, sólo existen voraces consumidores. También de libros.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Quizá sea esta ausencia de verdaderos lectores diagnosticada por el propio Houellebecq lo que explique que tantos se hayan escandalizado con sus novelas. Por ellas se le ha acusado de misoginia, de racismo, de islamofobia. Incluso de hacer apología de la pedofilia y del turismo y la explotación sexual. Acusaciones que, en efecto, considero únicamente justificables como producto de una lectura en exceso apresurada de sus obras. De una lectura que no se ha detenido mínimamente a pensar en las motivaciones que hayan podido alentar a su autor a escribirlas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Leer a Houellebecq no es, admitámoslo, una experiencia agradable. Mucho menos si, como es mi caso, quien se enfrenta a sus novelas es una mujer. Sus protagonistas, hombres que en casi todas ellas son los narradores en primera persona de la historia, pueden causar reacciones de auténtica repulsa. Son seres vacíos, huecos, descreídos. Cínicos recalcitrantes, hacen gala de una visión fría y cruel de la existencia, del mundo, de sus semejantes. Algunos de sus comentarios provocan escalofríos, si no arcadas en los estómagos más delicados. En general, parecen detestar a las mujeres. Cuando no las detestan, las mujeres se reducen a sus ojos a las vaginas, a las bocas que ejercerán de fuente de su placer. Sus relaciones con ellas, obsesivamente sexuales, son narradas con una crudeza pornográfica que elude cualquier asomo de sentimiento, de emoción más allá de ese mismo placer buscado y obtenido a través de sus cuerpos. En las novelas de Houellebecq no hay lugar para la comunión de las almas, para los afectos espirituales. Las relaciones hombre-mujer pivotan en torno a los recurrentes intercambios de fluidos, a las reiteradas fricciones de los sexos, a las abusivas felaciones y masturbaciones recíprocas. Sin embargo, lo más sorprendente, y quizá para algunos lo más escandaloso del asunto, estriba en que esos personajes masculinos -y también algunos de los femeninos-, interpretan en términos de amor esos vínculos sexuales desnudados de todo sentimentalismo y descritos desde la óptica más fisiológica y carnicera. En el universo Houellebecq el amor nace, se focaliza y se agota en el sexo. En el placer predominantemente genital logrado a través del sexo. En apariencia, ningún otro lazo, ninguna otra ligadura, lo sustenta y arropa. Y es en el sexo donde sus protagonistas alcanzan ciertos estados de felicidad plena, en todas sus novelas irremediablemente abocados a la destrucción.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;La respuesta al porqué de semejante visión del ser humano, del amor, de las relaciones humanas, se halla sin duda &lt;span style="font-style: italic;"&gt;en &lt;/span&gt;cada una de las novelas de Houellebecq. Dar con ella exige, eso sí, esa lectura lenta, reflexiva, con vuelta atrás, parada y relectura que, según Houellebecq, no practican los consumidores occidentales del libros. Para quienes, sin embargo, no se sientan dispuestos a ahondar en la nada grata experiencia que supone leer sus obras, el propio Houellebecq ha elaborado y expuesto públicamente dicha respuesta. La encontrarán bajo la forma de una recopilación de ensayos y artículos titulada "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El mundo como supermercado&lt;/span&gt;" en la que, ya sin posibilidad de equívoco alguno, el escritor francés revela los supuestos teóricos que alimentan sus controvertidas novelas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Houellebecq defiende que no vivimos simplemente en una economía de mercado, sino en una &lt;span style="font-style: italic;"&gt;sociedad de mercado&lt;/span&gt; en la que la lógica consumista -lo que él llama la lógica del supermercado-, las operaciones de compra-venta, las transacciones comerciales, determinan toda relación humana, sea ésta erótica, amorosa o profesional. La misma despersonalización que observa en la arquitectura contemporánea, destinada a producir espacios neutros que faciliten la circulación de individuos y mercancías y el flujo de mensajes informativo-publicitarios, es la base del éxito del despersonalizado empleado moderno, impulsado a la infinita flexibilidad, al desprendimiento de cualquier rigidez intelectual y emocional. De la renuncia a toda clase de adhesión, fidelidad, o código de comportamiento estricto, dependerá el incremento de su valor, limitado a mero &lt;span style="font-style: italic;"&gt;valor de cambio&lt;/span&gt;. Pero el volátil y maleable hombre de supermercado no sólo carece de personalidad, sino también de voluntad. Ésta resulta incompatible con la dispersión y proliferación del deseo, con la multiplicidad variable y fluctuante de deseos suscitados por las decisiones publicitarias. Las decisiones que han engendrado un implacable super-ego que a todas horas, desde todos los flancos, le ordena que desee, que sea deseable, que compita, que luche, que no se detenga, que no se quede atrás.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El resultado: individuos egoístas, competitivos, calculadores. Partículas aisladas, atomizadas en el todo social. Individuos desarraigados, proclives a la depresión. Profundamente solos. Profundamente narcisistas. Hasta el punto de que, según Houellebecq, lo que se busca en el hipermercado del sexo ya no es el placer, sino la mera gratificación narcisista, la embriaguez narcisista de la conquista. El sexo queda así transformado en puro medio para la constatación y reconocimiento del propio valor erótico en la escala de cotizaciones del mercado. Una escala, popularizada primero por la industria pornográfica y más tarde por las revistas femeninas, cada vez más inflexiblemente ligada a rígidos parámetros numéricos (edad, altura, peso, medidas de caderas-cintura-pecho, medidas del pene en erección). En el gran supermercado del mundo, declara Houellebecq con ironía, tan sólo algunos seres con &lt;span style="font-style: italic;"&gt;valores desviados&lt;/span&gt; siguen asociando la sexualidad y el amor.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Los narradores masculinos de las novelas de Houellebecq, también algunas de las mujeres con las que follan, son el perfecto retrato de esos individuos egoístas, competitivos, calculadores. Aislados, desarraigados, proclives a la depresión. Profundamente solos. Profundamente narcisistas. No obstante, lo que los hace merecedores de protagonizar sus novelas es algo que aún los diferencia del resto. Exactamente lo mismo que los condenará al más estrepitoso fracaso: pese a su egoísmo, a su incompetencia emocional, a su incapacidad para entrar en comunicación con sus semejantes, mantienen una mirada lúcida sobre la vacuidad de sus existencias y todavía no se aman lo suficientemente a sí mismos, todavía no son lo bastante narcisistas, como para no querer amar y ser amados. Sólo que, desde la raquítica precariedad de sus valores y sentimientos, desde la extrema pobreza de su constitución como sujetos deseantes sin voluntad, la única vía, el único recurso del que disponen para amar y ser amados es el sexo. El placer que dan y reciben por medio del sexo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;"&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Eso es lo maravilloso de ti: te gusta dar placer&lt;/span&gt; -le dice el protagonista de "Plataforma" a la mujer que ama- &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia". &lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Comprendo que muchos rechazarán con una sonrisa escéptica y burlona esta visión tan pesimista, tan apocalíptica de nuestro mundo occidental. Que proclamarán con sinceridad no reconocerse ni reconocer en lo descrito por Houellebecq la realidad en la que viven día a día. Que valorarán que, definitivamente, el mundo que perciben, que pisan, en el que entablan relaciones con otros seres humanos, no es ese gran supermercado. Bien. Pero quizá sea necesario pararse a pensar con Houellebecq si ese gran supermercado que aún no experimentamos con nitidez a nuestro alrededor, pero del cual es imposible no percibir ya ciertos atisbos, no es tal vez, y al menos en parte, el mundo al que nos encaminamos. Un mundo deshumanizado y discapacitado para el amor que Houellebecq pretende denunciar anticipadamente con su polémica e hiriente escritura.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-2545831294429460241?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/2545831294429460241/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=2545831294429460241&amp;isPopup=true' title='35 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2545831294429460241'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2545831294429460241'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/02/el-mundo-como-supermercado.html' title='El mundo como supermercado'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S3Bg1ZXMGZI/AAAAAAAAAuU/U8RX_gBvCNM/s72-c/Houellebecq.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>35</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-2004232408373360576</id><published>2010-01-27T20:03:00.019+01:00</published><updated>2010-07-31T15:16:33.285+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ficciones veraces'/><title type='text'>Fronteras</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S2CIDgAjiEI/AAAAAAAAAuM/rzoZ9NVIhTs/s1600-h/klimt-Serpents.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 428px; height: 428px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S2CIDgAjiEI/AAAAAAAAAuM/rzoZ9NVIhTs/s400/klimt-Serpents.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5431490744322066498" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Siempre sentí una cierta inquietud por el sueño de Laura. Su carácter nervioso solía poner trabas al asalto nocturno de Morfeo, y no pocas noches abandonaba nuestra cama para fumar un cigarrillo y sentarse a leer en el sofá al acecho de algún indicio de su llegada. Cuando regresaba y el cansancio lograba al fin rendir sus miembros y sus párpados, su sueño era profundo como el de los muertos,  demasiado a menudo poblado de monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que la sacudían con fuerza mientras ella, mi dulce niña, les hacía frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos cerrados. No era raro que yo, tras la superficie ligera de mi propio sueño, percibiera su agitación y retornara a la oscuridad de su lado. Le hablaba entonces despacio, envolviéndola con mi abrazo, tratando de arrancarla con suavidad de los entornos inhóspitos que pisaba. Laura apenas volvía en sí unos instantes, sin tan siquiera alzar los párpados, para hundirse de nuevo con presteza en el mar de su inconsciencia. Pero ese brevísimo emerger al sonido de mi voz, al contacto cálido de mi piel, bastaba por lo general para ahuyentar a los monstruos, a los espectros, a las criaturas malévolas, y trasladarla a un renovado y más apacible escenario onírico. Por la mañana, casi nunca recordaba la trama de sus pesadillas, a quién se dirigían sus palabras, con qué o quién se había enfurecido en sueños. Yo acariciaba sus cabellos, besaba sus labios sonrientes, y la sabía a mi lado a salvo de sus demonios.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Aún guardo memoria de aquella noche, ya distante en el tiempo, en que por primera vez fue su risa la que quebró mi sueño. Una risa ligeramente distinta de la que tan bien conozco, que tanto adoro, manantial del que bebían mis días, y que ahora sólo se me ofrece en oscuras gotas. Esa risa un poco más aguda, y como amortiguada por una sordina, se entremezclaba en su boca con palabras ininteligibles, palabras también risueñas, cantarinas pese a su confusión, delatoras en el tono que las arropaba de una inusual alegría, de un conmovedor bienestar en el sueño de Laura. Inclinado por la costumbre, la rodeé con mi brazo y ella, aún profundamente dormida, lo apartó de sí rodando hacia un lado, alejándose de mí, como molesta por esa indeseable interferencia de mi cuerpo en su sueño. La risa cesó y con ella el diálogo a cuya mitad entrecortada e incomprensible había asistido en silencio. Pero la respiración honda y serena de Laura hacía surgir en torno a su espalda un extraño halo de felicidad que casi podía palpar.  Al levantarse, le pregunté qué había soñado. Tampoco esa vez podía Laura recordarlo. En su memoria, únicamente persistía la imagen aislada, huérfana, de unas hermosas flores blancas. La abracé buscando resarcirme de su inconsciente rechazo y ella me acogió tiernamente en su pecho.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Sólo meses más tarde, quizás ya demasiado tarde, fui capaz de intuir el mal presagio que anidaba en aquella primera risa, en aquel primer rechazo. Todavía hoy me tortura la sospecha de que quizá podría haber evitado la catástrofe que se avecinaba de haberla forzado a despertar, saboteando cruelmente esos momentos de felicidad onírica y así arrastrándola hacia mí. Pero, ¿cómo anticipar que a esa risa, a ese rechazo, por justicia sustraído al reproche sensato, les sucederían muchos más? ¿Cómo adivinar que habrían de dar inicio a la transformación, al principio casi imperceptible, luego dolorosamente evidente, de los hábitos nocturnos de Laura, y con ellos del tesoro que más preciábamos en cofre vacío y estéril?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Poco a poco, sus dificultades para conciliar el sueño fueron mitigándose hasta derivar en su extremo opuesto: como guiada por una oculta avidez por sumergirse en las tinieblas, un rayo parecía fulminarla casi al momento de posar su cabeza sobre la almohada, abandonándome en medio de una frase, ausentándose repentinamente de mis incipientes besos y caricias. Después, el sueño comenzó a apoderarse de ella cada vez más temprano, sobre el sofá en el que veíamos la televisión o leíamos. Conocía las tensiones que venía sufriendo desde hacía tiempo en la oficina, su exceso de trabajo, y creí que su cuerpo sucumbía tras tanto insomnio, doblegado por tanto cansancio acumulado. Yo mismo la incité al principio a dejarse conducir por él, a no oponerle resistencia, a acostarse en cuanto reclamara su merecido descanso. En lugar de saciarse, su necesidad de dormir aumentaba gradualmente. El sueño de Laura me la hurtaba cada noche unos minutos antes.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Por las mañanas, dejó de oír el despertador y debía hacer esfuerzos casi titánicos para que abriera los ojos y se preparara para su jornada. Los fines de semana no se levantaba hasta el mediodía, perturbado su sueño por el rugir de su estómago ocioso. Con frecuencia la observaba, mi niña dormida. Seguía riendo y hablando la lengua de Babel. Pero incluso cuando su rostro se cubría de la gravedad impenetrable de los durmientes, todo su cuerpo irradiaba ese extraño halo de felicidad que descubrí aquella primera noche. Una felicidad cada vez más tangible, cada vez más impúdica. Al despertar, Laura amanecía como iluminada por un sol infinito, sus labios curvados en una hermosa sonrisa. Todas las mañanas, aún en la cama, le preguntaba. Ella nunca recordaba más que  los mismos nimios, sorprendentes detalles: las flores blancas, un paisaje nevado, el canto de un pájaro sobre la rama de un árbol. Nada que me aproximara siquiera a la llave del misterio de sus diálogos y risas nocturnas. Los evocaba con una mirada bañada de enigmas, una mirada que, atravesando mis ojos, parecía traspasar los límites de este mundo para penetrar en otro. Otro mundo absoluta, radicalmente ajeno a éste. Luego, conforme iban diluyéndose las brumas del sueño, conforme se iba instalando en el día, la luz en Laura comenzaba a evaporarse, su semblante a ensombrecerse. Sus tiempos de vigilia fueron progresivamente invadidos por la tristeza, por el tedio, por el aburrimiento. Alternaban con una persistente irritación que la inducía al enfado infantil, a alzar su voz contra mí, a desbaratados accesos de furia, derramados sin motivo sobre mis hombros, que la obligaban a huir de casa con un portazo. Laura no dejaba de ser consciente de mi preocupación, de mis temores por su salud, de la creciente angustia que en mí provocaban su apatía, su irascibilidad infundada. También de la infección que, inoculada por ellas, se extendía mortífera por la sangre antes sagrada de nuestra relación. Tras cada disputa, leía en todos sus gestos una suerte de súplica: en silencio imploraba mi perdón por una falta paradójicamente nacida de la inocencia, por una culpa carente del suelo legítimo de la voluntad y la premeditación. Ya sólo lograba verla sonreír asomándome al espejo frío e inaccesible de su sueño.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Hace días que Laura se estremece y gime a mi lado mientras duerme, poseída por un cuerpo invisible que no es el mío. Ahora sé que, cada noche, Laura vive en sueños una vida que no es la nuestra, habitada por una presencia a todas luces más poderosa que la mía. Más atenta, más solícita, más amorosa. Una presencia que la ha elevado a cumbres de felicidad que jamás consiguió conquistar de mi mano. Que se esconde con su despertar sin dejar más rastro en ella que una intensa añoranza desconocedora de su objeto. Por cuya ausencia se duele Laura en su vigilia sin ser capaz de vislumbrar la fuente de su dolor. Cuya desaparición diurna apaga su rostro, retuerce su ánimo y me arrebata su afecto y su alegría. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Ahora sé que me he convertido para Laura en uno de esos monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que pueblan sus sueños y a los que ella, mi dulce niña, hace frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos, rabiosamente abiertos para mí, cerrados para esa presencia. Como sé que es esa misma presencia quien, ocupando mi antiguo lugar, suplantando la realidad cada vez más difusa de mi ser en Laura, le habla entonces despacio, la envuelve en su abrazo, y la arranca de este mal sueño que juntos habitamos para apartarla de mí y así calmar su agitación. La presencia que acaricia su pelo, besa sus labios sonrientes, y la sabe a salvo de sus demonios cuando Laura, cruzando al otro lado de la frontera insuperable que nos separa, despierta y se entrega dichosa a esa otra vida. La vida que me ha relegado al terreno borroso y quebradizo del sueño, de un sueño de Laura. La vida donde mi propia presencia, pálida, etérea, sufriente, apenas tiene ya la triste, pobre cabida de lo irreal.   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-2004232408373360576?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/2004232408373360576/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=2004232408373360576&amp;isPopup=true' title='26 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2004232408373360576'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/2004232408373360576'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/01/fronteras.html' title='Fronteras'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S2CIDgAjiEI/AAAAAAAAAuM/rzoZ9NVIhTs/s72-c/klimt-Serpents.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>26</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-7425662245176534916</id><published>2010-01-16T19:07:00.010+01:00</published><updated>2010-01-21T19:30:39.133+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conceptos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Verbos imprescindibles'/><title type='text'>Libertad II: Rebotar</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S1IAbfHLlVI/AAAAAAAAAuE/jBDSWcrz-Pg/s1600-h/ernst24.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 446px; height: 346px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S1IAbfHLlVI/AAAAAAAAAuE/jBDSWcrz-Pg/s400/ernst24.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5427400973142955346" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Quizá nunca terminarás de discernir qué acontecimiento de rostro banal pero oculta trascendencia, qué rastro difuso de un mal sueño borrado al sobrevenir de la vigilia, qué recuerdo fugazmente rescatado y apenas entrevisto antes de regresar al laberinto caprichoso de tu memoria, madurados en ti por el consumirse de las horas, alcanzan a propiciar mi aparición en una esquina del rumor de tu conciencia solitaria adherida al mundo. Una vez más, me anuncio con el suave repiqueteo del rebotar languideciente de una pelota. Una vez más, me descubres como con el rabillo de un ojo interior. Ahí estoy, tímida, callada. No es mi intención molestar, parezco decir. La fealdad de mi figura, mis contornos deformes, vestidos de sombras oscuras, impiden -lo sé a ciencia cierta- que sea bienvenida. No obstante, como quien saluda a un viejo amigo, a un viejo enemigo, me dedicas un leve gesto de reconocimiento y rápidamente me abandonas para retornar a la exterioridad que te ocupa y eres en esos momentos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Percibo tu inquietud cuando al poco me elevo en arco sobre el reverso de tu frente, desmantelando el orden de las palabras reflejadas en tus pupilas frente al libro, interrumpiendo el fluir de la corriente que transita entre tus neuronas y tus dedos al teclado, para descender después en perfecta parábola y acabar aterrizando con un más vivo rebotar. Detecto tu incomodidad ante esta impertinente, por reiterada, llamada de atención, y en ella puedo anticipar sin posibilidad de error tu próxima reacción: fingir no haberte percatado de mis movimientos, hacer oídos sordos al sonido hueco del choque de mi cuerpo contra el suelo de tu cráneo, apresurarte a continuación a sumergirte en los signos ante ti en busca del significado extraviado, del cabo suelto en la frase incompleta sobre la pantalla. Como si nada hubiera sucedido, logras retomar el hilo. Y, en efecto, por unos instantes, he desaparecido para ti. Hasta que, haciendo gala de mi usual tenacidad, me disparo en un nuevo salto, ahora con más fuerza, y vuelvo a atravesar de un lado a otro el habitáculo invisible de tu cabeza, aprovechando el más intenso rebote para recorrerlo en toda su extensión en parábolas de decreciente tamaño. Siento florecer en ti la irritación. Nunca deja de sorprenderme tu extraordinaria habilidad para olvidar mi natural e inevitable insistencia. Las férreas leyes que rigen mi conducta. Somos viejos amigos. Viejos enemigos, ¿recuerdas?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Comienza entonces la pugna habitual, de antemano perdida para ti. Por fin te avienes a voltear los ojos hacia adentro, a mirarme a la cara. Detienes con un seco manotazo mis movimientos y giras sobre tu eje para volcarte hacia afuera con redoblada concentración. Como si me nutriera de esa misma energía, de ese mismo esfuerzo invertido en rehuirme, reanudo mis saltos con un ritmo aún más frenético. Repites la operación. La frecuencia de mis movimientos aumenta. Vuelves a repetirla. Otra vez más. Y otra. Y otra. Y otra. Pero mis sucesivas subidas y bajadas son ya tan vertiginosas, tan alienante el ruido de mis constantes rebotes, que tus ojos apenas consiguen iluminar lo que te empeñas en poner ante ellos, casi cegados desde tu interior. Como en cada ocasión, aprietas los párpados y acabas capitulando sin remedio. Mientras tu cuerpo se levanta maquinalmente de la silla y se acerca quizás a la ventana, o se tumba sobre el sofá, o acaso se lanza al aire callejero, firmas con un ronco suspiro la rendición de tu mente. Ante mí: el parásito que, según una cadencia imprevisible, cada cierto tiempo la conquista triunfante, colonizando cada uno de sus recovecos, sellando todas las vías de escape hacia el exterior. Ante mí: la idea obsesiva, idea fija, corrosiva, recurrente, idea devoradora que, sorteando diques de contención, rebrota del desgarrón mal zurcido, del conflicto palpitante, de la herida oscura que aún supura en algún doblez oculto o visible de tu ser.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;A partir de ese momento, nada podrá ocuparte más que yo misma. Nada serás más que el rebotar incesante, enloquecedor, de esa pelota contra las paredes aturdidas de tu cráneo. En vano tratarás de domesticarme, de analizarme y diseccionarme. De aniquilar mi absorbente poder desarticulando a golpe de razonamiento mi armazón interno. Atraídas por un secreto imán, cada pieza que aísles tornará a acoplarse a su lugar originario, recomponiendo mis contornos deformes, y te hallarás de nuevo en el punto de partida, caminando en círculos. Inútilmente intentarás, a intervalos irregulares, aligerar la presión de los grilletes tendiendo una mano hacia afuera, hacia la realidad que te rodea. Hacia dentro, hacia algún paraje apacible grabado en tu cerebro. Y ya exhausto, te dejarás finalmente arrastrar como un títere por el curso delirante de mis movimientos. Asumiendo con hastío, triste, rabioso, tu impotencia frente a mí. Aceptando, al sentirte rodar de mi brazo por la ladera más siniestra de tus estados de ánimo, el evidente grosor de las ligaduras que todavía nos atan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo el fundido en negro del sueño sobre tu conciencia, con toda probabilidad forzado por la gracia de la química,  logrará que me evapore para entregarte a un amanecer resacoso pero milagrosamente presidido por mi ausencia. A la luz del nuevo día, ya a salvo de mi influjo, lanzarás con cuidado la vista atrás y me contemplarás como se contempla a un extraño. Te costará creer que apenas unas horas antes, una noche antes, todo tu espacio mental era yo, sin resquicios, sin rincones vacíos. También la totalidad sin fisuras del mundo frente a ti, anulado por mi presencia. Pero el cansancio en apariencia injustificado y la sequedad en tu lengua no cesarán de recordarte -por encima del creciente velo de lejanía, de incomprensibilidad, arrojado sobre ella por el transcurrir luminoso de la mañana- que el sentido profundo de la experiencia vivida reside en la pérdida de tu más íntima libertad: la que por costumbre te otorgas en el gobierno de tus propios pensamientos, la que deseas adjudicarte en el dominio de tu propia interioridad. Y de cargar sobre tus cejas el peso de la posibilidad, siempre real, para ti más que tangible, de volver a perderla por mi causa.     &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-7425662245176534916?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/7425662245176534916/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=7425662245176534916&amp;isPopup=true' title='35 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/7425662245176534916'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/7425662245176534916'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/01/libertad-ii-rebotar.html' title='Libertad II: Rebotar'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S1IAbfHLlVI/AAAAAAAAAuE/jBDSWcrz-Pg/s72-c/ernst24.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>35</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-8437286194066312220</id><published>2010-01-04T17:58:00.007+01:00</published><updated>2010-09-17T21:03:08.433+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ojo crítico'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuestión de sexos'/><title type='text'>Violencia III</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S0HCtKG8HTI/AAAAAAAAAts/Mb6cqg9dMxE/s1600-h/ri%C3%B1agatos2.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 453px; height: 237px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S0HCtKG8HTI/AAAAAAAAAts/Mb6cqg9dMxE/s400/ri%C3%B1agatos2.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5422829507394149682" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Si es cierto que en el mundo de hoy el conocimiento de determinados ámbitos de la realidad viene indefectiblemente ligado a la estadística, no es menos cierto que quienes ostentan el poder, los medios y los dispositivos para llevar a cabo tales estadísticas tienen en su mano el poder de definir esos ámbitos de la realidad. De producir e imponer la imagen que revelaría en qué consisten o cómo se constituyen. Como tampoco es menos cierto que el conocimiento, lejos de ser una actividad fundada exclusivamente sobre sí misma, siempre se nutre de algún tipo de interés, más o menos expreso, más o menos legítimo, que lo impulsa y dirige. La imagen de la realidad que de él pueda desprenderse –ya es hora de asumirlo- nunca dejará de ser entonces una representación igualmente interesada. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;La última&lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 51, 255);font-family:verdana;" &gt; &lt;/span&gt;&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255); font-family: verdana;" href="http://www.inmujer.migualdad.es/mujer/mujeres/estud_inves/violencia%20final.pdf"&gt;macroencuesta&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt; realizada por el Instituto Nacional de la Mujer sobre la violencia contra las mujeres arrojaba en abril de 2006 el resultado de que el 3.6 por ciento de las mujeres residentes en España mayores de 18 años se habrían “autocalificado” como maltratadas durante el último año. Sin embargo, el Instituto decide sumar a este porcentaje un 9.6 por ciento de mujeres que, pese a no haberse “autocalificado” de maltratadas, considera “técnicamente” como mujeres maltratadas. En ambos casos, la encuesta señala que el maltrato sería causado, al margen del perpetrado por hijos, progenitores, hermanos o cuñados, mayoritariamente por los maridos, ex-maridos y novios de dichas mujeres. Razón por la cual la encuesta analiza más detenidamente el perfil y características de tales maltratadores e incluye un apartado en el que se estudia en qué medida la violencia sufrida por las mujeres podría ser motivo de separación de sus parejas sentimentales varones. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Centrémonos de entrada en la diferenciación entre estos dos tipos de mujeres, introducida por la propia encuesta. Las mujeres “autocalificadas” de maltratadas son para el Instituto de la Mujer todas aquellas que han respondido afirmativamente a la pregunta: “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Durante el último año, ¿en alguna ocasión ha sufrido alguna situación por la que Ud. se haya considerado maltratada por algún familiar, por su novio o por alguna persona de las que conviven con Ud.?&lt;/span&gt;”, con independencia de las respuestas dadas a cualquier otra pregunta del cuestionario. Por otro lado, al colectivo de las mujeres consideradas “técnicamente” como mujeres maltratadas pertenecen aquellas que, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;no &lt;/span&gt;habiendo respondido afirmativamente a esta cuestión -es decir, habiendo negado haber sufrido a lo largo del último año alguna situación de maltrato-, han marcado la casilla de “frecuentemente” o “a veces” en sus contestaciones a al menos una de entre trece preguntas, escogidas a su vez de un listado más amplio, formuladas en la encuesta. Lo diré de otro modo para que no haya posibilidad de confusión al respecto: para el Instituto de la Mujer, basta con que se conteste “frecuentemente” o “a veces” a uno de tales interrogantes para que una mujer entre a computar en las filas de mujeres “técnicamente” maltratadas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Supongo que a estas alturas, y si habéis tenido la paciencia de leer hasta aquí, ya os estaréis preguntando cuáles serían esas preguntas. Pues bien, ahí va el listado, teniendo en cuenta que todas ellas vienen introducidas por el siguiente pie: “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;En la actualidad&lt;/span&gt;, ¿con qué frecuencia diría Ud. que alguna persona de su hogar (o su novio/pareja que no convive con Ud.)...”:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;1…le impide ver a la familia o tener relaciones con amigos, vecinos?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;2…le quita el dinero que usted gana o no le da lo suficiente que necesita para mantenerse?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;3… le insulta o amenaza?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;4… decide las cosas que usted puede o no hacer?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;5… insiste en tener relaciones sexuales aunque sepa que usted no tiene ganas?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;6… no tiene en cuenta las necesidades de usted (le deja el peor sitio de la casa, lo peor de la comida...)? &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;7… en ciertas ocasiones le produce miedo?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;8… cuando se enfada llega a empujar o golpear? &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;9… le dice que a dónde va a ir sin él / ella? &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;10… le dice que todas las cosas que hace están mal, que es torpe?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;11… ironiza o no valora sus creencias (ir a la Iglesia, votar a algún partido, pertenecer a alguna organización)? &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;12… no valora el trabajo que realiza? &lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;13… delante de sus hijos dice cosas para no dejarle a usted en buen lugar? &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y por qué estas trece preguntas? Porque, para el Instituto de la Mujer, responder “frecuentemente” o “a veces” a alguna de estas preguntas sería indicativo de estar sufriendo algún tipo de violencia: psicológica (1, 3, 7, 9, 10, 12 y 13), física (8), económica (2), sexual (5), estructural (4 y 6) y espiritual (11). &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S0G_7W1OOYI/AAAAAAAAAtc/wMLEXxGKALg/s1600-h/violenciamujeres.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 444px; height: 274px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S0G_7W1OOYI/AAAAAAAAAtc/wMLEXxGKALg/s400/violenciamujeres.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5422826452792785282" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Yo no sé a vosotros, pero a mí la lectura de estos datos me ha producido auténtica perplejidad y estupefacción. Por numerosos motivos. En primer lugar, me cuesta conceder que el mero reconocimiento por parte de una mujer de haber vivido “alguna situación” en la que se ha considerado maltratada –una situación que podría ser única, puntual, aislada y debida a circunstancias muy concretas- justifique la extrapolación de que dicha mujer se “autocalifica” (sic) de maltratada, como si eso fuera una situación constante y estable en su vida. Pero aún me cuesta más entender con qué legitimidad un organismo público sentencia que una mujer que, recordémoslo, niega sentirse víctima de maltrato, está siendo “técnicamente” maltratada por decir que “a veces” su marido o algún otro familiar, por ejemplo, no valora el trabajo que realiza. Como tampoco comprendo qué psicólogo titulado puede haber determinado que no valorar el trabajo del otro es un indicativo significativo, relevante, preclaro, de una situación de maltrato psicológico de género. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, yendo aún más lejos, para la mayor parte de estas trece preguntas, e incluso para todas ellas si me apuran, podría imaginar más de una situación en la que responder “a veces” o hasta “frecuentemente” a ellas, habiendo rechazado previamente sentirse víctima de maltrato, no sea un indicativo objetivo ni mucho menos evidente de estar sufriendo maltrato. Porque las relaciones familiares, y todavía más las de pareja, son un hervidero de sentimientos y emociones no siempre gestionados de la manera más inteligente ni tampoco más pacífica. Y aunque los insultos o las amenazas frecuentes, o los empujones y los golpes, o los celos que llevan a limitar las relaciones con personas fuera de la pareja, sean síntomas de una relación quizá enrarecida y por ello no deseable para muchos, no necesariamente lo son de una relación de poder en la que cupiera identificar a un verdugo y a una víctima. Entre otras razones, porque esa “violencia” naturalmente asumida por muchas parejas -en determinadas circunstancias o en su dinámica cotidiana- puede ser ejercida y de hecho se ejerce, como indican &lt;/span&gt;&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255); font-family: verdana;" href="http://www.psicothema.com/pdf/3418.pdf"&gt;otros estudios&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt; elaborados sin atender a la perspectiva de género, por cualquiera de sus miembros con independencia de su sexo. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S0IkyybiHLI/AAAAAAAAAt0/mmi7kDUvdoY/s1600-h/violenciaj2.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 416px; height: 486px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S0IkyybiHLI/AAAAAAAAAt0/mmi7kDUvdoY/s400/violenciaj2.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5422937356256812210" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Ahora bien, lo que menos entiendo de los resultados de esta macroencuesta del Instituto de la Mujer es cómo a partir de tales criterios de medición de la violencia el resultado arrojado no ha implicado al cien por cien de la población femenina. O al cien por cien de la población masculina, si alguien se hubiera molestado en hacerles partícipes de dicha macroencuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-8437286194066312220?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/8437286194066312220/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=8437286194066312220&amp;isPopup=true' title='46 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8437286194066312220'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/8437286194066312220'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/01/violencia-ii.html' title='Violencia III'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/S0HCtKG8HTI/AAAAAAAAAts/Mb6cqg9dMxE/s72-c/ri%C3%B1agatos2.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>46</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-977212471814759857</id><published>2009-12-24T12:27:00.007+01:00</published><updated>2009-12-26T13:59:09.614+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Divertimentos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><title type='text'>Cuento de Navidad</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SzNPu7yVFeI/AAAAAAAAAtE/DDcCpi1YJSo/s1600-h/dickens-2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 364px; height: 477px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SzNPu7yVFeI/AAAAAAAAAtE/DDcCpi1YJSo/s400/dickens-2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5418762444398204386" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;"...defender la alegría como un derecho&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;defenderla de dios y del invierno&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;de las mayúsculas y de la muerte&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;de los apellidos y las lástimas&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;del azar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;y también de la alegría"&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-family:verdana;font-size:85%;"  &gt;Mario Benedetti&lt;/span&gt; &lt;/div&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Corre el año 1843. Bajo la luz de una vela y al calor de una estufa de carbón que mitiga el helor de la noche invernal, la pluma de Charles corre rauda sobre el papel: “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;-No estéis enfadado, tío -dijo el sobrino. -¿Cómo no voy a estarlo -replicó el tío- viviendo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas! ¡Buenas Pascuas te dé Dios! ¿Qué es la Pascua de Navidad sino la época en que hay que pagar cuentas no teniendo dinero; en que te ves un año más viejo y ni una hora más rico; la época en que, hecho el balance de los libros, ves que los artículos mencionados en ellos no te han dejado la menor ganancia después de una docena de meses desaparecidos? Si estuviera en mi mano -dijo Scrooge con indignación-, a todos los idiotas que van con el ¡Felices Pascuas! en los labios los cocería en su propia substancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. ¡Eso es!&lt;/span&gt;” La pluma se detiene. La boca de Charles se abre en un sonoro bostezo. Mira el reloj. Ya es tarde, muy tarde. Mañana continuará. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún le quedan algunos detalles por concretar, pero la historia ya está completamente esbozada  en su cabeza, se dice mientras se mete silenciosamente entre las sábanas para no despertar a su mujer. El viejo Scrooge recibirá la visita de tres espíritus, que previamente le habrá anunciado el desgraciado espectro de Marley, su antiguo socio: el Espíritu de las Navidades Pasadas, el de las Navidades Presentes, y el de las Navidades Futuras. Gracias a estas visitas, Scrooge, un banquero avaro y cruel, falto de toda humanidad, se transformará en un buen hombre. Un hombre que de ahí en adelante celebrará respetuosamente la fiesta de Navidad como una “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;agradable época de amor, perdón y caridad&lt;/span&gt;”, puesto que es en Navidad cuando hombres y mujeres “&lt;span style="font-style: italic;"&gt;abren libremente sus corazones&lt;/span&gt;”. Le gusta cómo le ha quedado esa caracterización de la Navidad que el sobrino de Scrooge propone a su amargado tío, piensa antes de sumirse en un profundo sueño.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un ruido metálico lo trae de vuelta a la realidad de su habitación. Una luz suave ilumina su cama, el dormir tranquilo de su esposa. Gira la cabeza y, tras las cortinas del lecho descorridas –ése debe de haber sido el ruido que lo ha despertado-, contempla una figura vestida con extraños ropajes que lo mira con fijeza y gravedad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;- Charles –susurra la figura- soy el Espíritu de las Navidades del siglo XXI.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;- ¿Siglo XXI? Dios mío, otra vez tengo una pesadilla, debe de ser la coliflor que he cenado, mira que le tengo dicho a Cathy que no me sienta bien por la noche…&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;- Déjate de explicaciones bobas, Charles, y sal de la cama, que te he dicho que soy el Espíritu de las Navidades del siglo XXI. Debo enseñarte algo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;- Está claro que es mi imaginación, que hasta en sueños se desboca… demasiadas vueltas le he dado a mi último cuento y a los espíritus navideños.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;- Charles, ¡que salgas de la cama te digo, hostias!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Charles se frota los ojos con insistencia pero obedece. El presunto Espíritu se dirige hacia la ventana, la abre, toma su mano, y, ambos aparecen súbitamente en la esquina de una amplia calle intensamente iluminada. Sobre la calzada se alinea una multitud de armazones metálicos con ruedas, a través de cuyas ventanas se vislumbra a sus ocupantes. ¡Qué carruajes tan raros!, exclama Charles para sí. Como si se tratara de una manada encabritada de elefantes, de ellos emerge un clamoroso y desagradable estruendo de algo semejante a bocinas. Las aceras están repletas de gente que camina deprisa, ataviados con indumentarias tan singulares para él como las del Espíritu. Llevan en sus manos numerosos hatillos brillantes y coloridos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;- ¿Dónde estamos? ¿Y cuándo?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;- ¿Dónde? Importa poco. Pongamos que es Londres, pero podría ser cualquier ciudad europea, y también de otros lugares del mundo. ¿Y cuándo? El año nos da también más o menos igual. Basta con que te diga que estamos a comienzos del siglo XXI, y es el día de Nochebuena, aunque aún falta un rato para que anochezca.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;- ¡Nochebuena! ¡Como en mi cuento!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;- Sí, Charles, como en tu cuento. Pero nada es en realidad como en tu cuento, aunque toda esta gente se disponga, tal y como tú pretendes inculcar al señor Scrooge, a celebrar la Navidad.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;- Pero, ¿es que no es maravilloso celebrar la Navidad? ¿No crees, Espíritu, que Scrooge está equivocado a causa de su avaricia capitalista?&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;- Mira, Charles, ¿me creerías si te dijera que los Scrooge del Capital de hoy en día son los que más interés tienen en que se celebre la Navidad? ¿Que nunca más volverán a permitir que no se celebre por los cuantiosos beneficios que de ella obtienen? Porque, ¿sabes cómo se celebran estos días en el siglo XXI? Comprando, comprando, comprando, y es de comprar de donde vienen o a lo que van todas estas personas que nos rodean. Y luego, regalando lo que han comprado, comiendo y bebiendo hasta hartarse lo que han comprado, luciendo las galas o aplicándose los perfumes que han comprado o recibido de regalo. La Navidad, Charles, se ha convertido en la orgía del consumo, en el desenfreno del gasto y la ganancia material. ¿Y &lt;span style="font-style: italic;"&gt;el amor, el perdón, la caridad&lt;/span&gt;, me preguntarás? ¿Y el&lt;span style="font-style: italic;"&gt; libre abrirse de los corazones&lt;/span&gt;? Ja! Todo mera y obscena apariencia, mi querido Charles. Todo mera obligación de impostura de felicidad y buenos sentimientos. Cáscaras vacías envueltas con brillantes lazos de colores y dibujos navideños. Muy pocas son las personas que realmente sienten lo que expresan estos días. La gran mayoría, sencillamente, acepta con resignación que deben esforzarse por representar la Gran Mascarada de la felicidad, la concordia y la alegría. Con resignación y también con tristeza, porque nada hay más triste, más deprimente, que experimentar la coerción de sentir amor, o perdón, o alegría, cuando no hay verdaderas razones para amar, para perdonar o para estar alegres. ¿O es que puede ser fuente de alegría tener la obligación de regalar a quien nada deseas regalar, o sentarse a la mesa junto a personas a las que no soportas, o incluso a las que detestas, pero ante las que debes fingir amor o cariño sólo porque la traidición y los lazos familiares lo dictan, o lo exigen los imperativos sociales? Te parece importante que se celebre la Navidad, ¿no, Charles? Pues bien, lo has conseguido. Ahora, ricos y pobres, jóvenes y viejos, se suman sin remedio estos días a la celebración de la Navidad. Pero si crees que esa celebración inspira sus corazones y les mueve a ser mejores, estás muy equivocado. Muy al contrario, muchos de esos corazones se sienten torturados, atormentados en esta época del año. Y si uno les preguntara, o si se atrevieran ellos mismos a examinar sus propios corazones, menos libres que nunca en estas fechas señaladas para abrirse y mostrar lo que en el fondo albergan, reconocerían que también a ellos les gustaría enterrar a todos los idiotas que van exclamando “¡Felices Fiestas!” con una vara de acebo atravesándoles el corazón. Así que me temo, mi querido Charles, que en el siglo XXI la postura más sensata frente a la Navidad es la que tú esta noche has puesto en boca de tu cruel y avaricioso Scrooge: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¡Patrañas!&lt;/span&gt; La Navidad es una enorme, una gigantesca Patraña. Y es su sobrino Fred quien está en un error. O quien, a ojos de muchos, pasaría por un auténtico hipócrita… Mira, Charles, vamos a ser prácticos. El protocolo me exige que te lleve primero a un centro comercial y luego a que contemples cómo se desarrolla la cena de Nochebuena y la comida de Navidad en algunos hogares para que, por ti mismo, puedas percatarte de esta vil Mentira. Pero es que resulta que se me ha echado el tiempo encima y aún tengo que visitar a Frank Capra, a ver si consigo disuadirle de que no ruede “&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Qu%C3%A9_bello_es_vivir"&gt;¡Qué bello es vivir!&lt;/a&gt;”. Nada, el cine, un invento moderno que tú no conoces pero más pernicioso a veces que los propios libros por su capacidad para propagar masivamente ideas nocivas. Quién sabe, igual también tú, de haber podido, te hubieras hecho cineasta. De todos modos, confío en que con lo que te he dicho tengas ya suficiente motivo de reflexión para plantearte si debes o no escribir ese dichoso “&lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/OtrosAutoresdelaLiteraturaUniversal/dickens/CanciondeNavidad/canciondenavidad.asp"&gt;Cuento de Navidad&lt;/a&gt;” que has empezado a escribir…&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Charles mira a su alrededor confundido. De repente, un hombre gordo vestido con un chillón traje rojo con ribetes blancos que camina distraído tropieza con él y Charles se precipita hacia el suelo. Antes de que pueda sentir el golpe, se descubre de nuevo en la oscuridad de su habitación, tumbado sobre la cama. Su mujer sigue respirando acompasadamente a su lado. Charles suspira aliviado. Ahora sabe que sólo ha sido un mal sueño. Esa indigesta coliflor. ¿Cómo va a ser la Navidad una patraña? No, Scrooge tiene que estar equivocado. Mañana, en cuanto se levante, proseguirá con el cuento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Queridos y queridas, me disculparéis una vez más por este vómito navideño. Es que a algunos se nos atragantan estos días de qué manera y no me resisto a soltar un poco de bilis, confiando en que tenga algún efecto paliativo. Que ustedes lo pasen bien. Si pueden :P&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y para todos aquellos a los que les gustaría pasar estas "fiestas" bajo el efecto de potentes estupefacientes, aquí les dejo como regalito navideño una canción para animarles :)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;object height="344" width="425"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/hugY9CwhfzE&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;"&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;param name="allowscriptaccess" value="always"&gt;&lt;embed src="http://www.youtube.com/v/hugY9CwhfzE&amp;amp;hl=es_ES&amp;amp;fs=1&amp;amp;" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="344" width="425"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1098392656461807774-977212471814759857?l=lacoleradeaquiles.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/feeds/977212471814759857/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1098392656461807774&amp;postID=977212471814759857&amp;isPopup=true' title='32 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/977212471814759857'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1098392656461807774/posts/default/977212471814759857'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2009/12/cuento-de-navidad.html' title='Cuento de Navidad'/><author><name>Antígona</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16663356725297508681</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SzNPu7yVFeI/AAAAAAAAAtE/DDcCpi1YJSo/s72-c/dickens-2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>32</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-8756727552216067624</id><published>2009-12-11T20:14:00.005+01:00</published><updated>2009-12-11T22:03:13.282+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Maestros de la pluma'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La gran pantalla'/><title type='text'>Las brumas de Rusia</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SyKCn9sVjEI/AAAAAAAAAsk/8zCnZ74GVUg/s1600-h/Ojos+negros8.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 451px; height: 336px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SyKCn9sVjEI/AAAAAAAAAsk/8zCnZ74GVUg/s400/Ojos+negros8.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5414033325139790914" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;"Yo he vivido cada día como si fuera una parodia... una mala imitación. (...) No me acuerdo de nada. Si muriese en este momento y el padre eterno me dijera: "Romano, ¿qué recuerdas de tu vida?"&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño, el rostro de Elisa la primera noche, y las brumas de Rusia".&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;¿Cómo es posible que los recuerdos de una vida se reduzcan a tan poco? ¿Que los largos años que componen el trayecto de una vida desaparezcan en el desierto sin nombres del olvido como si jamás hubieran existido? Quizá todo dependa del modo en que se ha vivido esa vida. O mejor: del modo en que &lt;span style="font-style: italic;"&gt;no&lt;/span&gt; se ha vivido. Porque en la condena a la ausencia de memoria adivinamos el vacío de una vida carente de verdadera vida. Una vida transcurrida sobre los cauces invisibles de la rutina apática, de la tranquila indiferencia, incluso de la alegría hueca y banal, buscada y sentida con agitación en el presente pero incapaz de dejar poso alguno. Una vida sin emociones auténticas, sin desafíos ni decisiones propias. Tantas y tan variopintas pueden ser las máscaras del vacío. Pero el elemento común a sus diferentes contornos reside tal vez en esa falta de de peso y profundidad que les impide dejar una huella indeleble, una impronta resistente a la erosión y el desgaste naturales del imparable tic tac del reloj, en la tierra movediza de nuestra frágil memoria. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Romano salva tan sólo tres momentos de ese vacío. La música que, cantada por su madre, meció los sueños de su niñez, la etapa en que nuestra memoria virgen y aún inocente resulta más impresionable. El rostro joven y fresco de su mujer, que intuimos iluminado por el iniciático descubrimiento del misterio del amor en esa primera noche, una noche en la que Romano aún podía acariciar la imagen de una vida cargada de promesas. Y las brumas de Rusia. Mientras Romano va extrayéndolos como tesoros del pozo seco de su memoria, sus ojos han ido llenándose de lágrimas. Pero con este último recuerdo las lágrimas se desbordan en un llanto que parece el llanto inconsolable de un niño. De un niño que, como Romano, llevara las manos a sus ojos y los frotara y así se cegara al mundo en su dolor. De un niño que, como Romano, aún no hubiera vivido. Sólo que a diferencia de ese niño, el llanto de Romano brota de la sinceridad con la que se enfrenta, a través de esos tres recuerdos arrancados al olvido, al erial en que esas mismas manos han convertido su vida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SyKC97I3wNI/AAAAAAAAAs0/6w1AVVaR0mI/s1600-h/Romano2.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 451px; height: 337px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SyKC97I3wNI/AAAAAAAAAs0/6w1AVVaR0mI/s400/Romano2.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5414033702411288786" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Sin embargo, el momento de franco desgarro, de inapelable reconocimiento del fracaso y del vacío por él mismo labrado, apenas dura unos pocos segundos. Tal y como ha sido habitual en él durante toda esa vida, Romano arroja con premura sobre su dolor un velo de fatua e inconsciente alegría que le impele a cantar y a bailar al ritmo de la música gitana surgida de su cabeza al recuerdo de las brumas de Rusia. Éste es Romano. Eternamente frívolo. Eternamente despreocupado y alegre en danza sobre el vacío.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Las brumas de Rusia representan, para Romano, el último momento de su vida en que tomó la decisión de trocar la alegría frívola y ligera en proyecto de felicidad. El último momento en que se resolvió a abandonar su tranquilo y plácido letargo para dar un paso hacia la vigilia, difícil, en ocasiones dolorosa, pero también más plena e intensa, de la verdadera vida. Unas horas antes se ha declarado a la mujer que ama. La mujer por la que ha recorrido miles de kilómetros desde Italia, donde goza de una vida fácil y cómoda junto a su esposa, Elisa, una rica heredera a quien ya no ama. Romano conoció a Ana, la mujer del perrito, en un balneario en el que también había conocido y después olvidado a muchas otras mujeres. Pero con Ana le ha sucedido algo distinto, algo sorprendente: de vuelta en el hermoso palacio de su esposa, no consigue olvidar su rostro. Por eso, la noche anterior, cuando finalmente la casualidad le lleva hasta ella, le ha dicho con voz clara y firme: "No puedo vivir sin ti". Y Ana, con voz trémula, le ha confesado que tampoco ella puede vivir sin él. Bajo las brumas de Rusia, Romano viaja a bordo de un carro hacia Italia empuñando la idea de poner fin a su matrimonio y posteriormente regresar a Rusia para emprender una nueva vida con Ana. Una vida muy diferente de la que ha vivido hasta entonces. Romano palpa ya la felicidad. Está pletórico, exultante, pero sobre todo, reconciliado consigo mismo. Por primera vez, confesará mucho tiempo después a un hombre ruso en el restaurante de un barco, después de largos y largos años, no siente el peso de su conciencia. Porque por primera vez ha tomado las riendas de su vida y se aleja del vacío para embarcar rumbo hacia la posibilidad de la plenitud.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SyKCtltZOpI/AAAAAAAAAss/Gwrcoit_bi0/s1600-h/Ojos+negros5.JPG"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 451px; height: 337px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_PaSVUnVfNbQ/SyKCtltZOpI/AAAAAAAAAss/Gwrcoit_bi0/s400/Ojos+negros5.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5414033421780990610" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Pero Romano, pobre Romano,  no logrará estar a la altura de esa decisión. De vuelta en Italia, y llegado el momento de comunicarla a su esposa, basta que ella le pregunte inquieta, temerosa, si hay otra mujer en su vida para que Romano niegue, ante ella y ante sí mismo, la felicidad serena, grave, resuelta, proyectada hacia adelante, que ha vivido bajo las brumas de Rusia. ¿Por cobardía? ¿Por miedo? Sin duda si, como &lt;a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Vladimir_Jank%C3%A9l%C3%A9vitch"&gt;alguien&lt;/a&gt; dijo, el miedo es, al igual que la mentira, una tentación de la facilidad. En ese instante crucial, es más fácil para Romano mentir a su mujer que afrontar el sufrimiento de ella ante la ruptura, los reproches, su mirada decepcionada o iracunda. Lejos de las brumas de Rusia, es más fácil tratar de aniquilar el recuerdo y dejarse vencer, traicionando la verdad sobre sí allí descubierta, por la fuerza de la costumbre, por la inercia de su vida cómoda y regalada. De regreso en casa, es más fácil elegir la seguridad de lo ya conocido frente a la incertidumbre y el riesgo que supondría mantenerse fiel a esa verdad. A fin de cuentas, ése ha sido siempre Romano. Alegre, frívolo, inconsciente. Habituado a rehuir lo difícil sucumbiendo cada vez a la tentación de la facilidad.  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Y, sin embargo, ocho años después, Romano llora amargamente. Ni tan siquiera su natural despreocupación, su pertinaz ligereza, su carácter jocoso, han conseguido borrar, en el desierto de su memoria vacía, el recuerdo de las brumas de Rusia y lo que para él significan. Porque por más que Romano sea un maestro de la facilida
